Todo su peso y toda su furia sobre mí

La soledad de una adolescente violada

Una chica de diecisiete años fue brutalmente violada hace dos años, y desde entonces sufre una tristeza, un miedo y una soledad que no la dejan vivir en paz. ¿Puede un hombre comprender eso?

La menstruación, el parto, la violación y sus consecuencias: asuntos de sangre, la carga cuyo peso ha de soportar la mujer, el recinto mismo de la mujer.
—J. M. Coetzee

—Molesta, y profundamente triste. Por mi cabeza no pasaba otra cosa que sentirme castigada.

Son palabras de una amiga de la preparatoria con quien compartí lindos momentos en compañía de amistades decisivas. Una mujer alegre en aquellos días, siempre sonriente, con un magnetismo que realmente entusiasma. Al momento de pronunciar esas palabras parece como si hubiera sido raptada por un monstruo. Todo en ella se transforma. Esa mujer, frente a mí, es una mujer hecha pedazos. Su testimonio, como ella misma lo dice, es el de la sobreviviente de un crimen que la ha marcado para siempre: hace dos años años fue víctima de una violación.

Lágrimas. Fotografía tomada de rebellesociety.com

La primera charla que tuve con ella sobre ese tema ocurrió hace unos meses. Uno tiene que encontrar el coraje y tener cierta sabiduría para formular las palabras para iniciar una conversación como ésta, aunque no me siento del todo capaz de hacerlo. Hasta cierto punto, yo mismo me siento como un sobreviviente luego de aquella conversación. No pensaba que ocurriría, sucedió casi espontáneamente, como una revelación. ¿Quién diría que yo, entre todas las personas, escucharía un testimonio de tan brutal magnitud? ¿Que aquel día se me revelaría un acontecimiento abrumador y una oportunidad de reflexión no solamente sobre ese crimen y la víctima, sino de la posición que ella y yo compartimos durante esa conversación?

Uso este texto como un navío a través del cual pueda atravesar el ciclón que significó lidiar con las palabras de mi amiga. Después de aquella primera charla supe que tenía que entrevistarla otra vez. Escribir de la única manera en que podría rendirle honor: colocándome a mí mismo dentro del relato.

Al confrontarla con esta cuestión, el hecho de saber que me volcaría a escribir a partir de su testimonio, ella no me pidió ocultar su nombre. Sin embargo, creo que dejarla en el anonimato no sólo acerca las respuestas a un margen más universal, sino que radicaliza mi propio estado emocional luego de mi encuentro con ella.

Cuando el filósofo Giorgio Agamben reflexiona sobre los escritos testimoniales de Primo Levi sobre el horror de Auschwitz define al testimonio como una laguna. Dentro de la expresión de la experiencia traumática existe un vacío, muy en su centro: algo de carácter intestimoniable, inenarrable, algo que escapa tanto a los intentos de representación simbólica del que lo recibe como del sobreviviente que lo recita.1 En las palabras de mi amiga se percibe mucho de eso. Sus palabras son un resto de aquel suceso. Su declaración de sentir una huella del crimen en su cuerpo es sugerente de la penetración que nunca abandonará su interior. Tiemblo al momento de rememorar y escribir esto. Debe de existir una forma de plantearlo para extraer algún sentido positivo. ¿Alguna salida, quizás?

Mi primera reacción, un poco para despejar mi mente, es buscar una fuga desde el extremo contrario. Recurro a la teoría del amor de Alain Badiou.2 El francés lo eleva a la dimensión del acontecimiento: lo llama un encuentro. El amor tiene una naturaleza contingente, azarosa, precisamente porque implica la aparición de un nosotros que se conjuga a partir de una disyunción. El amor como encuentro de dos: dos subjetividades, dos diferencias, que en el placer de encontrarse aprenden a experimentar el mundo y experimentarse a sí mismos de una manera nueva. El amor reinventa.

Algo de esto encuentro también en Bourdieu y los últimos pasajes del Post–scriptum sobre la dominación y el amor. El sujeto amoroso es definido como una especie de sujeto a la vez emancipado y emancipador a partir de una dialéctica paradójica de liberación mediante la libre y recíproca entrega de la libertad al otro. El amor funda una especie de dominación reconocida y consentida mutuamente. El amoroso “se vive a sí mismo, a diferencia de un Pigmalión egocéntrico y dominador, como la criatura de su criatura”.3

—De verdad que no se entiende. ¿Por qué?, ¿por qué a mí?, ¿y qué es lo que lo propició? No te voy a mentir, hace dos años no tenía ni idea de cómo responderme estas preguntas sin acabar un poco culpándome a mí misma.

Existe un punto de diálogo entre estos dos autores. Me parece que ambos reconocen la importancia central de la disyunción. Y ambos consideran que ésta se origina, por lo menos, en la diferencia sexual. Bourdieu es muy claro en este aspecto. Y me parece que nos permite problematizar la metafísica amorosa de Badiou. Si esta última posee una naturaleza inherentemente contingente, los juegos de dominación intrínsecos en la diferencia entre los sexos, ampliamente discutidos por Bourdieu, son estructurales y estructurantes. Es decir, mientras el amor como encuentro se aproxima a una definición mágica y azarosa, la dominación es un fenómeno socialmente pre–codificado y reproducido, quizás de imposible escape.

En la violación no hay nada de mágico, pero sí mucho de profano.

—De verdad que no se entiende. ¿Por qué?, ¿por qué a mí?, ¿y qué es lo que lo propició? No te voy a mentir, hace dos años no tenía ni idea de cómo responderme estas preguntas sin acabar un poco culpándome a mí misma.

Le pregunto a qué cree que se deba esto.

—Siento que todo es parte del propio shock. Te enmudece. Me quedé sin palabras, literalmente. No pude rendir declaración después del hecho. Con mis papás sólo lloraba. Imagínate, una niña que no puede declarar, ¿cómo no iban a desechar mi caso?

La herida de la violación, de esta violencia sin igual, es una que se produce no sólo sobre lo enfáticamente presente, sino que se extiende sobre un más allá.

—¿Él te dijo algo durante el acto? —le pregunto.

—Sí. Me insultaba, me obligaba a llorar con más fuerza. “Llora, nadie te va a sacar de aquí. Habla y te va a ir peor”.

Es una declaración espeluznante, casi increíble.

¿Cuál es el afán que persigue el violador? La dominación no sólo se expresa salvajemente sobre el cuerpo, sobre el aquí y ahora en el que ocurre. Es una violencia cuya magnitud reclama la voz de la víctima, le impone una autocensura. No creo que sean casualidades las exigencias del agresor. Arrebatar la capacidad de dar testimonio mediante la producción de una experiencia innombrable es una reclamación con severas implicaciones sociales. Más aún cuando consideramos que es una experiencia sostenida por una forma de jerarquía y simbolización del acto sexual, manchada por la dominación del hombre sobre la mujer. Si el amor es potencia que reinventa, la violación es violencia que busca reafirmar. Si el amor libera o, por lo menos, aligera los grilletes de la dominación, la violación es sometimiento total.

Bourdieu ofrece comentarios que, a la luz de la realidad actual, parecen estar desprovistos de un contenido que impacte o que sacuda. Es un hecho que se comprueba de maneras dolorosas, una y otra vez. La realidad está estructurada a partir de una formación simbólica de oposiciones homólogas que colocan al hombre en el estadio de lo normal, lo recto y lo superior, mientras que la mujer es relegada a lo incompleto, lo desviado, lo inferior. Es en la diferencia sexual donde estas oposiciones pretenden fundamentarse biológicamente, y es el acto sexual un ejemplo más donde se objetiva bajo comportamientos sociales, donde la posición de “dominante” es reservada para el hombre.

En un interesante trabajo la antropóloga Rita Segato se adentra en la mentalidad de los condenados por violación en las prisiones brasileñas. Su conclusión refuerza el argumento de Bourdieu. La violación es “expresión de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y nuestras fantasías y les confiere inteligibilidad”.4 Algo profundamente temerario se revela en esta cita: el acto de la violación es un acto que fuerza su lectura en tanto está revestido por el propio lenguaje de signos de la dominación, los mismos que llevamos interiorizados.

—Me sujetó por el cuello para reclinarme sobre la orilla del asiento trasero de su auto. Siento muy fresca la rudeza con que lo hizo. Sólo con una mano. La otra apretando mis brazos contra mi espalda. Todo su peso y su furia sobre mí.

La crudeza de este hecho se revela en lo bien tipificada con que se nos aparece la escena que se rememora. Los actores (el agresor y la víctima) ocupan lugares y papeles rápidamente asociados a su sexo. Mi amiga no tiene que ahondar mucho para que, al momento de compartirlas, sus palabras se traduzcan en imágenes claras en mi mente.

—Me sujetó por el cuello para reclinarme sobre la orilla del asiento trasero de su auto. Siento muy fresca la rudeza con que lo hizo. Sólo con una mano. La otra apretando mis brazos contra mi espalda. Todo su peso y su furia sobre mí.

El hombre dominante arriba, la mujer víctima debajo. Él activo, ella sumisa. Él poderoso e imbatible, ella indefensa y abandonada. Sometida al placer brutal del violador encima de su cuerpo, y a la fuerza social que la ha puesto debajo y fuera de todo orden.

El mensaje del violador para su víctima es la reafirmación de la virilidad. La violencia del acto es el medio a través del cual se sujeta a la víctima a la posición a la que la propia estructura la ata. ¿Por eso se complacía con hacerla llorar? ¿El llanto es la comprobación de la eficiencia de su poder sobre ella? ¿Son las lágrimas la única respuesta aceptable para él? Quizás este énfasis en la imposibilidad de contestación es ejemplo del miedo a lo femenino a que se refiere Bourdieu.

Este crimen es la aparición sintomática de un miedo a la posibilidad de respuesta femenina. Es a través de su ejercicio como se reafirma el monopolio sobre la capacidad de someter y de responder: “Yo, hombre, reafirmo mi posición de dominación reclamando y negándote a ti, mujer, todo poder sobre tu cuerpo y tu voz para responder y dar testimonio”. Es el triunfo de la estructura bajo la forma atroz de una conquista sobre aquello que nos es más íntimo: el cuerpo y la memoria; ambos marcados de por vida.

—Te vuelves su territorio. Como una jauría de un solo hombre que se adueña de ti.

Me impresiona esta manera tan evocativa de describir el momento.

—Su intención fue hacerme suya, lo peor es que en muchos sentidos lo logró. Es algo que no puedo olvidar aunque quiera.

—¿Temes aún por ti? —le pregunto.

—Sí. Temo que vuelva… Más aún, puede volver en muchas formas: una mirada de alguien en la calle, alguien que se me acerca, algún hombre con quien salga. Puede estar aquí conmigo.

“Puede estar aquí conmigo”. Esas palabras resuenan en mí de una manera profundamente incómoda. Es como si en ellas recayera toda la fuerza explosiva de una guerra relámpago sobre mi conciencia. Creo que ella lo notó, porque tuvo que detenerse y aclarar.

—No digo que seas tú. Es sólo que, ya sabes…

La interrumpo para decirle:

—No, te entiendo.

—Mmmh. No, no creo que lo entiendas.

La conversación siguió durante largos, muy largos y pesados minutos. Este último punto que tocó, la versatilidad con que su agresor reaparece, la manera en que éste ha llegado a fundirse con su mundo, es lo que termina por romperla. La veo descomponerse, primero de manera lenta. A sus ojos se los comen las lágrimas que, sin poder evitarlo, desbordan sus párpados. Después se lleva las manos al rostro, llora y gime desconsoladamente. Prefiero no acercarme. No quiero mirarla, lloro también con los dedos apretándome los ojos, intento inútilmente contener las lágrimas.

Creo que lloro por ella y también por mí. A esto me refiero con la urgencia de colocarme a mí mismo en este escrito. Hasta cierto punto, me resulta incómodo tener que invadir su testimonio con mi presencia. Pero creo que la revelación complementa la crudeza del relato. Esperaba concluir este texto con una nota positiva, quizás reinvocar a Badiou. Pero para una historia tan extrema, ofrecer una respuesta límite, como la afirmación del amor como potencia emancipadora y corazón de una ética definitiva, es simplemente tapar el sol con un dedo.

Lo duro del asunto es que no hay salidas. No hay moraleja.

—Aún no entiendo por qué —me dice al final—. ¿Qué hice para haber merecido ser odiada de esa forma?

Es como si recordar la hubiera vuelto a colocarse en el cuerpo de esa adolescente de diecisiete años: responsabilizándose, restándose a sí misma la fuerza de su voz, la potencia contestataria de su testimonio; como podría decir Agamben: hundiéndose ella misma en su propia laguna.

En un pasaje de Desgracia, de J. M. Coetzee, el personaje principal también confronta a una víctima de violación: “Tú eres hombre, tú deberías saberlo”, le contesta la mujer. Una frase que asocio al comentario de mi amiga: “Puede estar aquí conmigo”. Vaya resolución tan fuerte y abarrotada de sentido. Antes de ese pasaje en la novela se lee: “Quizás para los hombres odiar a la mujer dé una mayor excitación al sexo en sí mismo”.

Mi amiga se equivoca. De verdad lo entiendo, porque, en cierta manera, puedo estar ahí: en el momento en que fue violada. Es la misma lección que se extrae de la novela de Coetzee. Los hombres se forman para ocupar el puesto del violador. El lenguaje de las representaciones corporales de la dominación son fácilmente traducibles y performativizadas. En el relato del crimen de la violación la imaginación masculina no requiere tantos desvíos para llegar al puesto del victimario. La cuestión es ésta: ¿está a mi alcance colocarme en el lugar de la mujer víctima? Creo que no. Y eso es lo tremendamente aterrador. ¿Cómo puedo compartir y acompañarla en su dolor cuando estoy mucho más cerca del monstruo que le provocó tanto daño?

Insisto. No encuentro un lucero al final de esta conversación como para poder iluminar un poco este escrito. Los dos terminamos llorando, sí. Pero no creo que sean ese tipo de lágrimas de confort, ésas que se puedan verter en agradecimiento por la compañía durante la crisis, ni después. Son lágrimas de total confusión y desesperación. Quizás, inconscientemente, las lágrimas que me brotaron durante su relato, ese sentir tan horripilante y misterioso del alma que se me rompía, sean no por el crimen en sí, por la imágenes generada de mi amiga como víctima. Tal vez son por la triste comprobación de que, en el momento en que el crimen se rememora, conmigo ahí presente, ella se siente tan sola como lo pudo estar mientras fue violada a los diecisiete años. ®

Notas

1 Giorgio Agamben, Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Valencia: Pre-Textos, 2005.
2 Alain Badiou, Elogio del amor. Barcelona: Paidós, 2015.
3 Pierre Bourdieu, La dominación masculina. Barcelona: Anagrama, 1998.
4 Rita Segato, Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Buenos Aires: Prometeo, 2010.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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