AVATAR, FUERA

Mitología griega, historieta reciclada, naturaleza new age…

Nos alegró que Avatar no ganara el Oscar a la mejor película, y que en cambio el galardón fuera para The Hurt Locker (Zona de miedo), de Kathryn Bigelow, ex esposa del director de aquella sobrevalorada pieza de ramplonería. El autor de este artículo comparte sus reflexiones después de haber visto la película de James Cameron.

Las maravillas de Avatar, es decir, la región del pueblo na’vi, no son otras que las del terrenal mundo; árboles gigantes, medusas, cascadas, caballos, esporas, plantas gigantes y variantes de animales prehistóricos o de especies que aún caminan o vuelan sobre la tierra. El marine Jack —lisiado en el mundo “real” y quien acude a la misión mercenaria para pagarse la operación de columna— se convierte por obra de la realidad virtual en un agente infiltrado que toma la corporalidad de un na’vi, deja de ser momentáneamente un lisiado y se asombrará de la conexión con la madre tierra de esta raza y sobre todo de su entendimiento “con todas las cosas vivientes”. Una filosofía de tal envergadura como la que dice que “toda la energía es prestada y un día tienes que devolverla”. Cuando a su llegada es atacado por feroces criaturas prehistóricas, una na’vi —quien a la postre será su novia— lo salva de morir y le reprocha matar sin dar las gracias o sin compadecerse de su víctima. Tiempo después, cuando logre que estos sentimientos afloren, ella aseverará: “Ya estás listo”. Un marine lisiado, de buena apariencia y personalidad cool que descubre la espiritualidad a la Deepak Chopra y entonces, sólo entonces, alcanza su integración con los na’vi, o sea con la naturaleza.

Cúspide de la tecnología, espectáculo visual, talento y artesanía mayores, pero pobreza en contenido. Hay más aventura en las complejas profundidades de la terrenal alma humana que en el ostentoso y virtual triunfo de Avatar. No rompe ningún esquema porque no pasa de ser eso, la versión sobada de Pocahontas o una de indios y vaqueros. Parece que es un portento de imaginación, pero no inventa nada. Pretende descubrir inventando y se queda en argumento fácil.

A su llegada a la nave Jack es advertido varias veces. ¿Dónde estuvo antes? ¿Panamá? ¿Irak? Eso no es nada, éste es el verdadero infierno. Afortunadamente, esos terribles seres, los na’vi, hablan convenientemente inglés estadounidense, al contrario de los habitantes de esos lugares pobres que suele invadir Estados Unidos. Pero, como se verá, la espiritualidad de los na’vi y su lazo con los animales no es otro más que el mismo que el de cualquier humano abusador, sólo que los na’vi —y aquí está el detalle— sienten “buenos sentimientos” hacia los animales aunque la finalidad sea la misma: atraparlos para convertirlos en animales utilitarios, es decir, domarlos para usarlos luego como medio de transporte, guerra o diversión. Por eso debe suponerse que estos animales, al percibir los buenos sentimientos de sus captores, están felices de, en lugar de vivir libremente, servir a tan buenos amigos.

Mitología griega, historieta reciclada, naturaleza que será ya para siempre la que las nuevas generaciones virtuales sepan apreciar. Más, mucho más espectacular que la versión original, no porque una está cada vez mas ensombrecida y arrasada —precisamente por la cultura que materializa películas como avatar—, sino porque ¿a quién le interesa ver el espectáculo de la naturaleza desde el pobre punto de vista del hombre caminando en dos pies si puede tener los ojos digitales de Hollywood con sus grúas, paneos y una vista que debe ser la vista de Dios?

El gerente de la expedición, quien en la nave suspendida en el espacio, más que científico o estratega parece, por su actitud, un gerente de minisúper, patán e ignorante. Sigourney Weaver, personificada en científica “dura” al principio pero descompuesta e incongruente como personaje después, intenta explicar la riqueza de la natura de la región na’vi mencionado que los árboles  “tienen conexiones entre sí bajo la tierra…”, y prepara al espectador para la gran revelación ya que estas conexiones o raíces son “más que las del cerebro humano”. ¿O sea que la naturaleza terrenal está desconectada entre sí bajo tierra como para que esto sea digno de mención? A esto el patán gerente de la misión —sin dejar de beber café en su taza gerencial prácticamente toda la película— responde “Son sólo árboles, ja ja” (políticamente incorrecto, boy), y entonces Sigourney revela la gran verdad que como científica, vaya, ha descubierto y la hace dudar de la misión: “La riqueza de este mundo (o sea el mundo na’vi) no está en el suelo, está en su entorno. Los na’vi lo saben y están peleando por defenderla”. ¿En qué universidad estudió la científica? Una verdad y un problema a la altura de la nave y a la altura del costo material, humano y científico de la expedición para apropiarse de una tierra que posee un material parecido al uranio pero veinte millones de veces más valioso, aunque, habiendo mujeres y niños (¿o sea que no lo sabían ya?) sería una injusticia invadirlos. Y la epifanía del marine Jake sucede frente a la cámara, pues como en el Big Brother lo colocan en el “confesionario”, donde relata la experiencia —para dejar un testimonio (recurso faciloide)— y ahí tiene su epifanía: “Por qué cambiar un mundo natural, ¿por un par de jeans y una budweiser?

Por principio, hay una misión clara y eso es lo único claro: apoderarse de esas tierras y hacerse del recurso mineral. Pero nuestro marine transformado en agente secreto parece olvidar de inmediato que hay una misión en marcha. En sus múltiples “regresos” a la nave que su vez son regresos a su invalidez (uno de ellos es sólo para comer apresuradamente para luego “regresar”; tan parchado está el corte que más parece que se les había olvidado que debía “regresar”) el marine va proporcionando información “sin darse cuenta” al cruel general de la expedición (ese que le advirtió de lo terrible del lugar). Así, le informa que ya no será necesario que regrese al mundo na’vi pues ya ha traído suficiente información. “Gracias, hijo”, le dice, a lo macho G.I. Joe, y luego le explica que gracias a sus servicios él lo ha arreglado todo: en premio le arreglarán las piernas de vuelta a casa. Pues sí, ha participado como marine, se lesionó en alguna guerra y no tuvo derecho a la operación pero ahora, metido a mercenario espacial y por los servicios prestados —nosotros sabemos que involuntariamente— se le hará la operación para que vuelva a caminar. (Tenía razón Michel Moore, el seguro médico en Estados Unidos es muy malo.)

En contraparte de los estilizados y felinos na’vi, los estadounidenses —que no son nuestro héroe Jack— mascan chicle, fuman, beben café constantemente, es decir, están atados a elementos no naturales. Pero no es sólo eso, hay una actitud obvia de vulgarizarlos para justificar su derrota. Cameron retrata a su clientela sin que sepa que es retratada, pues ése es precisamente el retrato de los millones de usuarios de su artefacto visual.

Fuera de la transformación de Jack, la transformación que los otros personajes sufren ocurre sin que se justifique realmente. Se da por hecho que semejante misión y la suerte de recursos que se está jugando suponen una estrategia de invasión planeada como para que el repentino descubrimiento de “hay mujeres y niños” resulte convincente y una científica involucrada en el proyecto decida cambiar de bando y actitud “para salvarlos”. La apoteosis de la tontería llega cuando los agentes del imperio, es decir el gerente y el cruel mercenario militar a cargo de la invasión, acceden a que Jack se transforme una vez más en na’vi y “regrese” a advertir a su novia y al espiritual (tan espiritual que padece prácticamente todas las debilidades humanas) pueblo na’vi de la inminente invasión, por lo que más vale que emigren a otra región (gran recurso bélico, inexplorado hasta ahora por los estrategas militares de todos los tiempos). Pero, ¡ah!, Jack les tiene preparada una sorpresa y entonces, como aquel conquistador español Gonzalo Guerrero que cambió de bando después de amancebarse con una india y guerreó a su propia raza, así Jack pelará contra sus propios hermanos que no merecen otra cosa que ser derrotados, no por imperialistas ni inconscientes antiecologistas, sino ni más ni menos que por vulgares y nacos con su cafecito siempre en la mano y su actitud petulante y vulgar.

Pocahontas virtual o de cómo el Army perdió contra los buenos sentimientos. Una épica batalla donde —en el colmo; sí, hay otro colmo— ciertas bestias prehistóricas deciden pelear en el bando de los na’vi —siendo que antes se presentaron como enemigos naturales—. ¿Por qué? Porque Jack, personificado como na’vi en ese momento, se acercó al árbol de la vida —ese que tiene más ramificaciones que el cerebro humano— y le pidió con todo su corazón que le ayudara y entonces, con la ayuda de las enormes bestias se comienza a descomponer la eficaz y tecnológicamente impresionante maquinaria de guerra en una batalla digna de verse por su sofisticación tecnológica, la cúspide de lo digital y 3D al servicio del Hollywood más puro.

La historia, después de la II Guerra Mundial, ya no la hacen los vencedores. La hace Hollywood. Lo que parece tecnología y realidad futurista es en realidad un reflejo del primitivismo. El mensaje es claro: el resto del mundo y sus culturas no existen, sólo Estados Unidos, con sus incongruencias y belicosidades, sí, pero también generando, entre sus buenos muchachos, a los que recomponen el mundo y le devuelven las buenas intenciones del American dream. Estados Unidos produce, sí, gerentes patanes, G.I. Joes crueles y al servicio de empresarios voraces, mercenarios inconscientes, pero también al muchacho de la película, que ignorante pero buena gente recompone el mundo apoyando el ecologismo bobo, el humanismo bobo y la justicia boba hecha de venganza y sangre, pero disfrazada de víctimas colaterales que no importan.

La imaginación es sueño, el hombre no puede inventar nada que no conoce. Avatar es una la Barbie ideológica que se condensa en una espiritualidad ligth o new edge con despliegue de tecnología apantallante y de verdad espectacular, pero huera y ñoña como consejos de superación personal para los hijos del mall y el outlet.

Cuento oral, fábula, mitología griega, momentos espectaculares de poesía visual y la novedad del 3D perfeccionado, pero que olvida que cuando la sociedad avanzó ya las mitologías y las fábulas tuvieron que dar paso a antihéroes y nuevos personajes que enriquecieron la narrativa y la llevaron a terrenos donde se pueda aspirar a una mayor complejidad y a respetar la inteligencia del lector, del espectador. Avatar es tan espectacular e imponente es en su logro visual e imaginativo como tan pobre en su contenido, porque se condensa todo el esfuerzo en el culto a la imagen y su subyacente ideología que es atraer la mirada y ocupar la mente en el espectáculo, nunca en la reflexión. La realidad virtual sólo conduce a una copia de este mundo porque el hombre no puede imaginar nada que no conoce. Si a las masas se les integra por medio de la propaganda —descubierta o patentada en el plano de las masas por Goebbels—, los movimientos de control actuales transforman la realidad de la sociedad y la fijan en significados aparentemente universales pero en realidad vacíos, inocuos, y tiene un efecto más fuerte que la mezcla antigua de supersticiones y miedo simplemente porque es mucho más banal.

El esclavo del mundo moderno, entre el trabajo y el mall, utiliza el puente de la imaginación prestada de la imagen cuya eficacia radica precisamente en su efectividad como vehículo de control ideológico. Entre el mercado y Hollywood producen tantas imágenes que invaden al mundo y lo someten a un simple designio: basta con mirar. Antes la imagen condensada en el icono exigía un esfuerzo, se exigía el esfuerzo de la religión, la del alcance de lo mítico o la penitencia; ahora basta con mirar, desear y comprar en una espiral interminable. Producto exitoso, generador de millones de dólares, Avatar es un impactante espectáculo de masas para ser visto en centros comerciales con música épica que prepara al espectador para los momentos sublimes como el paisaje virtual o los momentos claves de sus personajes, y cumple exitosamente —como también en las películas de Spielberg— en eso de convertir la crítica al imperio en una sublimación de éste. ¿Quién quiere algo más? ®

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Publicado en: Abril 2010, Cine


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  • ZIZOU RINCON

    ES MUY FACIL CRITICAR… …LA TRAMA DE LA PELICULA ESTA SUCEDIENDO EN ESTOS MOMENTOS CON LAS EXPLOTACIONES MINERAS…. MENOS CRITICA Y MAS ACCION

  • Psiar

    Eso pasa cuando vas a ver una película para niños.

  • el arquero

    Por el amor al cielo que critica tan larga, me recuerda a los escritores resentidos por que “el Alquimista” se vendió mucho, jeje..

    Disfrute esta pelicula con mi novia, luego con mi Sobrinita y mi familia. Sea como sea el mensaje (viejo o nuevo) llego y sea como sea la película estuvo mejor que Pocahontas o Danza con lobos (que también usaron la misma formula)…

  • César Ramírez

    Pues tu critica es muy obvia, ¿para que la hacías tan extensa?, con dos parrafos en tu muro de Facebook ubiera bastado.

  • FRANCISCO MARTINEZ

    A ESTO SE LE LLAMA BUENA CRITICA DE CINE (EL ARTÌCULO SOBRE LA DEFICIENCIA DE LOS CRTITICOS EN EL CINE DEBERÌA AGRADECER, COMO YO, ESTA CRÌTICA). CUALQUIER PERSONA CON UN CONOCIMIENTO BÀSICO SOBRE CINE SE DARÀA CUENTA QUE AVATAR NO ES LO QUE SE NOS HIZO CREER. LAMENTABLEMNTE NO TODOS QUICERON VER LA REALIDAD. GRAN CRITICA!!

  • Alejandro Bravo

    ¡Felicitaciones! La neta me parecía encabronante que la mayoría de mis conocidos anduvieran viniéndose con semejante gringada. Me encargaré de difundir tu reseña a quien conozca, para que comprenda un poco este descarado sistema de control: tecnology defeated ideology. Una mierda, realmente.