La noche avanza

Crónica de Oaxaca y una feria del libro

El autor atestiguó la charla entre el director de cine Arturo Ripstein y el escritor Guillermo Fadanelli antes de abismarse en una noche de mezcal y barbarie que sólo terminaría con el alba.

Acontecimientos hay muchos, pero pocos tan memorables durante un mismo fin de semana. Hagamos cuentas: la noche de una ciudad es violentada por un puñado de bárbaros, un gladiador boxea a muerte en un cuadrilátero contra su némesis filipina, un secretario de gobernación (uno más) pierde la vida al desplomarse la aeronave en la que viaja. Todos habrán de caer vencidos, los bárbaros, el boxeador, el secretario, la noche.

Dato periodístico: la ciudad es Oaxaca de Juárez y los bárbaros son los escritores, cineastas, músicos y artistas que han sido invitados a la XXXI Feria Internacional del Libro, en esta ocasión dedicada a los márgenes difusos entre el cine y la literatura. El plato fuerte es la presencia del cineasta Arturo Ripstein y Rosen (Ciudad de México, 1943). Hay una retrospectiva con lo más emblemático de su filmografía, un homenaje por su trayectoria cinematográfica y el estreno de su última película Las razones del corazón (2011). He venido por el plato fuerte, pero he de quedarme con los postres.

Dato anecdótico: la bebida oficial de la FIL de Oaxaca es el mezcal Pierde Almas. Las comidas, las cenas y demás actividades están amenizadas con este elíxir pan-báquico. Es un mezcal gourmet, feroz, alucinante (50 grados de alcohol). En grandes dosis, como toda bebida espirituosa, es portadora del espanto y la locura entre los hombres. A mi llegada reclama sus primeras víctimas: sedientos, un grupo de reporteros han saqueado la sala de prensa, donde se encuentran las bolsas de regalo con mezcales para los invitados. ¿Quién se habrá quedado sin su botella de cortesía?

Viernes

El director de El Evangelio de las maravillas (1998) arriba a la ciudad de Oaxaca en fecha cabalística (11/11/2011). Amable, bromea y comparte los alimentos —¿dónde quedó el ogro?— con los escritores invitados y los organizadores de la feria. Más tarde, en compañía de su productor Roberto Fiesco y de Guillermo Quijas Corso (director de la FIL-Oaxaca y de la editorial Almadía) ofrece una rueda de prensa: “No soy un lector voraz, pero sí un lector atento. Desde muy joven todo lo que leía era pensando en cómo se filmaría. Nunca tuve dudas en lo que quería; no ser escritor, sino hacer películas”, confiesa Ripstein.

*

19:30 hs. Carpa de la FIL. Charla entre Arturo Ripstein y el escritor Guillermo Fadanelli sobre el binomio cine-literatura. Leonardo Da Jandra (filósofo) modera. Más de cien personas los escuchan atentamente: “La primera obligación cuando uno hace una adaptación es faltarle el respeto al autor y a la esencia del libro. Hay que volver tuyo lo es que es de otros”, afirma un cineasta que le ha faltado el respeto a escritores del calibre de Gabriel García Márquez (Tiempo de morir, 1966), Elena Garro (Los recuerdos del porvenir, 1969) y Naguib Mahfuz (Principio y fin, 1993).

“La relación literatura-cine es una relación falsa y de mucho amor. Una novela no puede ser llevada al cine, lo que puede ser llevado es quizá su impulso creador o cierta anécdota. La literatura es intransferible. Aunque sea una puta no puede ser de todos”, coincide, a su manera, Fadanelli.

“La relación literatura-cine es una relación falsa y de mucho amor. Una novela no puede ser llevada al cine, lo que puede ser llevado es quizá su impulso creador o cierta anécdota. La literatura es intransferible. Aunque sea una puta no puede ser de todos”, coincide, a su manera, Fadanelli.

La charla se prolonga y se ramifica en múltiples subtemas: el fracaso como forma de existencia, la imposibilidad de redimirse, la derrota y la tragedia del hombre medio. Queda algo claro, sin embargo. Ambos autores poseen una voz única, inconfundible, y han expresado su vivencia del mundo a través de un lenguaje íntimo, singular.

—Los personajes de Ripstein, como los de mis novelas, no tienen salida. No hay salida. No te puedes rehabilitar. ¿Dime alguien de tus películas que sea feliz? —pregunta entusiasmado el autor de La otra cara de Rock Hudson.

—En mi cine no hay salida. Yo tengo una profunda fascinación por lo sórdido y por la pesadilla. El infierno es unívoco —contesta Ripstein.

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Cena en Los Danzantes. Sentado en la mesa principal, Ripstein se muestra afable y exaltado con el grupo de escritores. Recuerda un poco al personaje de Don Alejo (Fernando Soler), el viejo patriarca y cacique del Olivo, ese pueblo fantasmal y en ruinas que aparece en uno de sus mejores filmse: El lugar sin límites (1978), basada en la novela homónima del chileno José Donoso.

“Un hombre tiene que ser capaz de todo. ¿No cree?”, es la frase que Pancho (Gonzalo Vega), ese hombrón tan machote, homosexual de clóset, le dirige a la inolvidable Manuela (Roberto Cobo) antes de besarse con ella, y que resume el leitmotiv de la película. Pero aquí, en Oaxaca, todavía hacen falta más mezcales para que los hombres se comporten como Pancho y la Manuela. Sólo hay una mutua e interminable sobadera de huevos hacia Don Alejo.

—Nosotros escribimos, humildemente, chaquetita, brandy y dos líneas. Pero los directores de cine parecen como Aquiles Son, como luchadores peleando contra todo el mundo, tratando de que sus ideas sobrevivan —asevera Fadanelli, trago en mano­—. Luchan con productores, con actores, fotógrafos, con mil personas. El director de cine es siempre un héroe. Yo creo que Arturo es uno de los pocos directores que ha podido luchar contra toda esa locura.

—Sí. Al final de cuentas el trabajo del director de cine es del mayor mentiroso y seductor posible, es el de estar convenciendo a un grupo de personas disímbolas para que hagan exactamente la misma película —responde Don Alejo, con su sabiduría de viejo.

No sería extraño que se besaran en cualquier momento.

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J.M. Servín

Una de las características de la FIL de Oaxaca, a diferencia de otras ferias del libro, es que las jerarquías entre creadores, el público y los periodistas desaparecen. Y conforme avanza la noche se transforma más bien en una celebración entre cómplices y amigos, un espacio sin tiempo donde los bárbaros y los dipsómanos se encuentran.

“Es como si los más viciosos del país se hubieran puesto de acuerdo para venir hasta aquí”, me grita al oído J. M. Servín (escritor gonzo), en medio de la música de James Brown, los tragos y la euforia del Café Central, el antro-barpor excelencia de la FIL. Le creo. Por allí andan Da Jandra y Fadanelli, Joaquín Cosío y Julián Herbert (poetas y consumados histriones), Rodrigo Márquez Tizano y Carlos Martínez Rentería (bardos del underground). Fue precisamente Martínez quien calificó a buena parte de los creadores congregados en la FIL como los “nuevos bárbaros” un par de horas antes, durante la presentación de su poemario Barbarie.

Luego, el contingente se mueve al Cookies, un after dos calles abajo. Allí bebemos un poco más. Un reportero intenta recoger los últimos fragmentos de una noche que explota en su pecho con la potencia de una supernova. Pero fracasa. Cerca de las siete de la mañana sale caminando a trompicones del lugar. Está desorientado y es incapaz de encontrar el camino de regreso a su hotel. Al día siguiente, como en el poema de Malcolm Lowry, “despierta totalmente exhausto, farfullando en el regazo de Belcebú, y observa una vez más, el terrible puente cortado del día”.

Sábado

Resaca y aperitivo cinematográfico al medio día. El imperio de la fortuna (1986) de Ripstein, remake de El gallo de oro (1964),de Roberto Gavaldón, ambas inspiradas en la novela de Juan Rulfo, se exhibe en el Teatro Macedonio Alcalá. La entrada es gratuita, pero el recinto no se llena.

Blanca Guerra, anunciada en el programa para presentar la película, no está presente. La cinta comienza: “¡Buenota! ¡Piernudona! ¡Con tranca y pecho, como me gustan! ¡Qué ganas de tenerla aquí!”, dice el personaje del pregonero Dionisio (Ernesto Gómez Cruz) al gallo dorado en sus brazos, como invocando a la bellísima “Caponera” (Blanca Guerra).

Más tarde, comida en Casa Oaxaca. Hay tacos de huitlacoche con guacamole, pechuga de pato en adobo y pastel de durazno de postre. Un reportero intenta comer pero los malestares de la cruda persisten. Es como el gallo de la cinta de Ripstein, exangüe y moribundo.

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El plato fuerte, el homenaje y la premier de Las razones del corazón se sirven por la noche. El Teatro Macedonio Alcalá, con su imponente arquitectura renacentista, luce abarrotado, hasta el último de sus palcos. En el escenario, Guillermo Quijas profiere un encomio acerca de la trascendencia de la filmografía del director de Profundo carmesí (1996). A su vez, Rigoberto Pérezcano (director) agradece a Ripstein por sus películas. Roberto Fiesco y Arcelia Ramírez, productor y actriz, respectivamente, comparten con el público anécdotas que han vivido trabajando al lado de Arturo, como le dicen.

El plato fuerte, el homenaje y la premier de Las razones del corazón se sirven por la noche. El Teatro Macedonio Alcalá, con su imponente arquitectura renacentista, luce abarrotado, hasta el último de sus palcos.

“Es muy abrumador estar aquí, sentado, escuchando tanto elogio. Estoy muy agradecido”, confiesa el homenajeado cuando sube al podio. Allí se le entrega un reconocimiento especial: una reproducción enmarcada del cartel oficial de la FIL. Los flashes inundan el escenario. Emocionado, el director dedica su película y su “brindis” (no quiso llamarlo homenaje) a su mujer y guionista Paz Alicia García Diego: “Al final de cuentas, hacer una película es hacer una acto de amor. Yo quiero dedicar este acto de amor a Paz. Y naturalmente este acto de amor es para compartirlo con todos ustedes”.

Ripstein es ovacionado por el respetable durante varios minutos. Las imágenes de Las razones del corazón inundan la pantalla.

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“La realidad es difícil de aprehender. No tiene estructura. La literatura nos enseña cómo se estructura la realidad. El cine pretende emular eso. La literatura tiene muchos caminos. Pero el cine tiene que ser compacto, esencial”, dijo Ripstein la noche anterior, en su charla con Fadanelli.

Las razones del corazón ejemplifica de sobra esta última idea, ya que si bien se trata de una adaptación poco apegada a la novela de Gustave Flaubert, Madame Bovary, el filme de Ripstein sí rescata lo esencial de la obra: el implacable realismo con que el escritor francés retrata el melodrama burgués de la infidelidad femenina, así como el prototipo de la mujer histérica y frívola de nuestra época, recluida en su propio mundo de fantasías e ilusiones, presa de un deseo desmesurado, imposible de saciar.

Lo mejor de la película: las intrincadas toma-secuencias (el sello personal del cineasta) y la fotografía en blanco y negro. Lo peor: cierto tono risible en los monólogos de Emilia (Arcelia Ramírez), que a momentos parecen sacados de un culebrón tipo Mujer, casos de la vida real (show en el que Ripstein, por cierto, también llegó a participar).

*

El plato fuerte termina. Sigue el postre. Cena de gala en Los Pacos. De menú hay sopa de verduras y una suculenta tamaliza. También hay más mezcal, whiskey, cerveza, vodka y tequila. ¡Todo gratis! Los más de cincuenta comensales esperan con ansiedad el inicio de la pelea entre Juan Manuel Márquez y Manny Pacquiao. Las apuestas están divididas. A excepción de los escritores —¿cuándo les salió lo patriotas?— la mayoría están con el filipino. Pero conforme se van sucediendo los asaltos y los contragolpes de Márquez se hacen más contundentes las opiniones cambian. El púgil mexicano acaricia la cima pero es incapaz de noquear a Pacquiao.

“A mí me fascina la caída, porque es en la caída donde vemos la verdadera dimensión del ser humano. Y si hay una disciplina que tiene esa capacidad de sublimar, no de imitar o de plagiar, sino de sublimar esa caída, es el cine”, son las palabras que Leonardo Da Jandra dijera la noche anterior en relación con la obra de Ripstein y Fadanelli y que ahora adquieren una nueva dimensión.

Hay incertidumbre. Entonces acontece lo inesperado: “Dinamita” Márquez pierde por puntos, perjudicado por el estrabismo de tres jueces pro-filipinos. La rechifla y la indignación moral es generalizada. Su derrota confirma lo siguiente: el destino de ciertos hombres —y de ciertos pueblos también— parece estar marcado de entrada por el signo de la caída.

“A mí me fascina la caída, porque es en la caída donde vemos la verdadera dimensión del ser humano. Y si hay una disciplina que tiene esa capacidad de sublimar, no de imitar o de plagiar, sino de sublimar esa caída, es el cine”, son las palabras que Leonardo Da Jandra dijera la noche anterior en relación con la obra de Ripstein y Fadanelli y que ahora adquieren una nueva dimensión.

Coda

En ocasiones las cosas se toman demasiado literalmente. Y hay quienes buscan con ímpetu desmedido su propia pérdida. Tras la pelea, el grupo encargado de amenizar la fiesta, una fusión de jazz, salsa y música tradicional oaxaqueña, marca el pulso de la velada. Ripstein y su esposa, sus actores y colaboradores más cercanos, se marchan cerca de la medianoche. Sólo quedan los bárbaros, que ya se levantan y bailan como posesos cuando se escucha “La llorona”. Daniel Guzmán (artista cinco estrellas de Kurimanzutto) se quita la playera y la agita como un rehilete, el autor de la trilogía de Entrecruzamientos salta y baila enérgicamente hasta dar de bruces en el suelo, un locutor de radio del IMER y Sergio Raúl López (periodista cultural) —“viva imagen de la derrota”, en palabras de Da Jandra— quedan desmayados e inconscientes sobre una mesa, y más tarde han de vomitar fuego desde una camioneta en pleno movimiento.

A las cuatro de la madrugada los que todavía quedamos en pie nos movemos al Café Central. Está cerrado. Así que vamos al Wawis (trampa mortal en caso de incendio), una cuadra arriba. Hay música electrónica. Y más postres de nieve espolvoreada, cortesía de Arturo García Abraján (librero). Enloquecemos.

Cae la noche y una ciudad, que parecía indomable, también es derrotada. Cerca del alba un reportero se marcha, tambaleante. El cielo azul-eléctrico de Oaxaca, tapizado de innumerables estrellas, iluminando su cabeza. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Noviembre 2011


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  • Sorcière

    Reportero borracho, jajaja…

    Lo bueno es que si llegaste a tu hotel sano y salvo.

    Besos