Las primeras lágrimas por el fútbol

El segundo previo a la renuncia de Messi

Nunca lo había visto así. Sus primeras lágrimas por el sentimiento fútbol son a los seis años. Sé que es un hito, que es un momento inaugural del cual se acordará toda su vida.

Messi se lamenta luego de fallar un penalti en la serie contra Chile en la final de la Copa América Centenario en el estadio MetLife de East Rutherford, Nueva Jersey. EFE.

Messi se lamenta luego de fallar un penalti en la serie contra Chile en la final de la Copa América Centenario en el estadio MetLife de East Rutherford, Nueva Jersey. EFE.

Un jugador chileno que no recuerdo su nombre patea un penal. No sé a dónde va la pelota pero veo que la red se mueve. Es gol. Bauti agacha la cabeza, mentón al pecho y no corre. Va a la pieza dando pasos cortitos como cuando se hace el “pan y queso”. Yo me quedo encorvado y en silencio, sin reacción, sin respuestas, sin preguntas. Pasa el tiempo pero no sé cuánto tiempo pasa. Apoyo mis manos en las rodillas para que me den un poco más de fuerza y me incorporo.

Suspiro. Camino por el pasillo en silencio. Entro en la pieza de Bauti y lo veo a él en una posición idéntica a la mía, salvo que con la mano derecha se sostiene la cabeza y llora con congoja. Nunca lo había visto así. Sus primeras lágrimas por el sentimiento fútbol son a los seis años. Sé que es un hito, que es un momento inaugural del cual se acordará toda su vida. Nadie enseña a los padres qué hacer en ese momento. No sé qué es lo que pasa por su cabecita, qué significará no traer la copa de oro pero sí traer las medallas de plata. Messi llora en la tele. Bauti llora a upa. Lo abrazo y no digo nada. En el silencio de ambos siento sus lágrimas y la respiración entrecortada en mi pecho que se va humedeciendo de agua salada y saliva. Él siente mis latidos que son constantes, permanentes, continuos.

Aún el hashtag #NoTeVayasLio no repercutió en Twitter. Aún no escuchamos a Messi decir: “Se terminó para mí la selección. No es para mí. Lamentablemente lo busqué, era lo que más deseaba y no se dio”. Aún no se subieron a YouTube los videos de niños llorando desconsoladamente sin ningún tipo de contención de sus padres. Aún la prensa que hace justicia por mano propia no dio el veredicto sobre Martino: vivo o muerto. Aún el conductor del 13 que comía alfajores en vivo y en directo no brindó ninguna cadena nacional en prime time. Aún ninguna maestra escribió una carta sobre los valores y la renuncia. Aún no desesperaron en la Asociación del Fútbol Argentino. Aún las pacatas celebridades, ni los intelectuales oportunos, ni los fanáticos desmedidos, ni los escépticos trágicos peregrinaron en las redes sociales. Aún Messi no renunció ni les cambió la tapa de los diarios a los editores que tuvieron que descontar algunas horas de sueño. Aún no pasó nada de eso porque el instante del duelo es sólo de duelo.

Las lágrimas tienen un lenguaje propio. Y más aún aquellas que se derraman por primera vez. Luego de un espacio sin mensura un recuerdo aparece y es la forma de poder decir algo. “Di María también lloró, Bau. Vos me contaste que era porque le dedicó el gol a su abuelita. Te acordás que te dije que los hombres también lloran”. “Estoy triste”, me respondió. Y siguió llorando. Atrás quedaban la lectura y el análisis. Los pros y contras de un equipo que otra vez vuelve a perder una final. Por adelante había que sumar algunas palabras —si es que cabían— para ponerle espesor a un dolor nuevo. Y las palabras no alcanzaron. Después de un rato de abrazos regresé al living. Él quedó en soledad atravesando su propia experiencia. El dolor tiene un significado tan personal y tan íntimo más allá de las etapas de la vida. Un abrazo contiene de forma tan momentánea y tan eterna un sentimiento compartido. ®

Publicado en: Apuntes y crónicas

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