Reflexiones sobre arte contemporáneo
Brevísimo diccionario de una impostura
Nunca estará de más cuestionar el mal arte, o anti-arte, como lo llama la autora de este implacable diccionario que desnuda imposturas, ideas y actitudes que se han incrustado en el ámbito del arte contemporáneo.

© Martin Creed
Arte conceptual o contemporáneo.— Las obras a las que se denomina arte contemporáneo son conceptuales porque en todas son las ideas y el discurso el único peso intelectual que poseen, y es el concepto lo que les da sentido como arte. La acepción cronológica, al ser siempre inestable, es inexacta. Cualquier obra —desde el ready made hasta las que tienen algún tipo de factura— que hace de las ideas su gran valor real es conceptual. Si una obra despojada de esas ideas pierde su sentido como arte, entonces no es arte.
Arte contemporáneo y otras artes.— La música, el teatro, la literatura, la danza, el cine llevan lo de ser contemporáneos con otra perspectiva. Son artes que requieren de un involucramiento más real del público, que debe pagar para entrar al teatro o a la sala de conciertos, sentarse y presenciar durante una o más horas una obra y con sus aplausos o abucheos manifiesta su opinión. En cambio, el arte contemporáneo se ve en cinco minutos y el público se larga. Los críticos de estas disciplinas son feroces, el cine soporta toda clase de análisis y nadie se rasga las vestiduras. Leer un libro exige tiempo y concentración y el escritor ve cómo sus libros se quedan en la bodega o se convierten en un éxito. El artista contemporáneo vive en una burbuja, no tiene contacto con el público, niega la crítica que no es favorable y si el público no va a la sala es porque no entiende, nunca porque su obra deje insatisfecho al espectador o porque se perciba como una farsa. Este anti-arte no es para el público ni para el museo, es una práctica endogámica para sus curadores, críticos y artistas.
Arte que nadie se roba.— El criterio del ladrón es el del sentido común, la realidad de que todas las obras son lo que son: una pintura es una pintura, un dibujo es un dibujo, una lata vacía es una lata vacía y un escusado es un escusado. Y algo tan real como un robo, tan inmediato, lo pone en evidencia. Nadie se roba un montón de ropa sucia o unas cajas de cartón. Los nuevos museos no requieren de alarmas, medidas de seguridad o guardias, y lo que llegaran a robarse puede ser reemplazado en un instante y sin la presencia del artista.
Arte tradicional y arte contemporáneo.— La distinción entre arte tradicional y arte contemporáneo es una deformación estética. Los “contemporáneos” tienen cien años haciendo lo mismo, un tiempo suficiente para crear una tradición. En cambio, la pintura que se hace hoy no detiene su evolución, y sus preocupaciones, estética y estilos están completamente inmersos en nuestra actualidad. Los artistas contemporáneos no son modernos, tienen cien años sin evolucionar.
Artista.— Todos son artistas y todo lo que el artista designe como arte es arte, es el estatus actual. Hoy tenemos a la mayor población de artistas de la historia del arte, por lo tanto ninguno es indispensable. Ser artista contemporáneo es una moda elitista, pues antes querían poner un bar nice, luego ser “diseñadores de imagen”, después DJs y hoy, finalmente, son artistas contemporáneos. La actitud de arrogancia y de fatuidad de los artistas es justificable: venden sus ocurrencias elementales y los coleccionistas demuestran su poder adquisitivo con estas compras caprichosas y exhibicionistas.
Artista, requisito para ser…— El requisito es no saber hacer las cosas para hacerlas. No saber hacer arte para ser artista.
Aspiraciones.— Los artistas quieren ser millonarios y los millonarios quieren ser artistas. Si declarar que algo es arte te hace artista, aceptarlo, motivarlo y pagar por eso, también te hace artista. Pagar el precio convierte al coleccionista en un artífice más del objeto; sin su aprobación y su inversión la obra nunca hubiera trascendido como arte, así, el comprador forma parte esencial en el montaje de esta farsa. Comparar algo de valor “teórico” te define como moderno y actual. El precio en estas obras es su validación real: si es caro entonces es arte.
El artista contemporáneo vive en una burbuja, no tiene contacto con el público, niega la crítica que no es favorable y si el público no va a la sala es porque no entiende, nunca porque su obra deje insatisfecho al espectador o porque se perciba como una farsa. Este anti-arte no es para el público ni para el museo, es una práctica endogámica para sus curadores, críticos y artistas.
Células espejo.— Éstas crean un proceso cognitivo mediante el cual nos ponemos en la situación del Otro; sin ellas no existe la imitación, que es fundamental para el aprendizaje, y se activan al ver una acción o cómo se realiza y tratan de recrearla. Estas neuronas también trabajan cuando tú, al ver una obra de supuesto arte, te ubicas en el sentido del creador y piensas que esa obra no requirió de un talento sobresaliente; analizas rápidamente tus habilidades y comparas lo que tú sabes hacer con el resultado de la obra y deduces que no tiene rastro de inteligencia creadora. Al no reconocer inteligencia o emoción en el trabajo, decides que es algo sin la calidad para poseer el estatus de arte. Al ubicarte en el papel del artista lo identificas como un estafador que suplanta la verdad del arte por una mentira. El arte tiene entre sus objetivos ayudarnos a comprender la realidad a través de la representación y lo hace con la herramienta de las células de espejo: si eliminan el objetivo de representar, las células no trabajan en ayudarnos a ordenar nuestra realidad y la existencia. Este anti-arte va en contra de los procesos de la inteligencia y nos encamina a disminuir habilidades formadas durante decenas de miles de años. Este arte volverá estúpida a la humanidad.
Concepto.— Si lo único que tiene valor en la obra es el concepto, y despojada de esto pierde su valor, entonces no es arte. El concepto es un enunciado arbitrario que pretende cambiar la naturaleza de un objeto sin conseguirlo, exigiendo una comprensión que no requiere; un objeto es lo que es, nada más.
Crueldad.— Ejercer la crueldad no tiene que ver con recrearla y eso es patente en la literatura. Asesinar animales, explotar la muerte de otros, alardear del racismo no es arte porque, como todo en el arte contemporáneo, no es resultado del talento ni del trabajo del creador o “ideador”. Su función es escandalizar para llamar la atención. En una corrida de toros la crueldad es parte del espectáculo, pero el torero asume riesgos que no asume ningún artista contemporáneo. Si Guillermo Vargas Habacuc, que dejó morir de hambre a un perro, amarrara al curador y al galerista para matarlos de hambre no habría existido jamás el performance criminal que hizo. Muchos toreros han muerto en el ruedo, pero ¿quién ha muerto haciendo una obra? Nadie. Estas obras tienen una lógica elemental: si hablan de que dejaron morir de hambre a un perro, entonces funciona dejar morir de hambre a un perro. Si hablan de que pusieron suásticas, entonces funciona poner suásticas. Si hablan de un asesinato, entonces funciona asesinar. Estoy esperando el suicidio colectivo de estos mediocres para que cierren su ciclo de obras, ya que trabajan con las herramientas de su época. Adelante, la violencia es la gran herramienta actual para acceder al poder y la fama.
Curador.— El curador es un vendedor, un publicista, un dictador y es, al final, el verdadero creador de la obra. Las exposiciones no son anunciadas con el nombre del artista, lo principal es el nombre del curador. El curador vende la idea de su colectiva, decide qué artistas van en la exposición y con su texto inventa los valores subjetivos e invisibles de su producto, es decir, los artistas y sus obras. El curador le dicta al artista lo que tiene que hacer, lo que significa y decide el valor que tiene en la exposición. Como todos son artistas, todos debieran ser curadores, pero no es así. Éstos y los teóricos son los entes pensantes de la obra. El artista es sustituible, el curador, como los dictadores, no lo es. Al dar sentido a la reunión de objetos y llevarlos al recinto expositivo el curador es el artífice real de la obra. Desháganse de los artistas. Para poner una piedra con una patineta rota o una tina de aceite quemado en el museo basta un curador, no se requiere a nadie más.

© Song Dong
Entender.— “Si no te gusta es que no entiendes”. Confunden creer con entender. Cuestionar a la obra es no entender. No piden que se entienda, piden que se crea que eso es arte. En el momento en que dejen de creer que eso es arte dejará de serlo. Si no crees en el milagro, el milagro no existe. Esta actitud elitista: “Tú no entiendes”, margina al público, lo expulsa de los museos y le quita al artista la responsabilidad de las consecuencias de la obra. Si el público no ve en la obra lo que el concepto y el significado dictan es que es ignorante. El artista es infalible, nunca se equivoca. La sensibilidad del espectador es inoperante, el artista es intocable.
Escuelas de arte.— Las escuelas de arte ya no son necesarias, ser artista es una actitud que se adquiere, como ponerse unos zapatos, y el arte se designa. El arte no tiene valores de calidad ni técnicas específicas, por ello tampoco requiere ser enseñado en una escuela.
Imaginar la obra.— Decir que estas obras nos invitan a que imaginemos a partir de ellas es también un mito. Nos imponen qué es lo que debemos imaginar, lo ordenan claramente en las cédulas explicativas del curador. ¿Dónde está la libertad del ejercicio imaginativo si te dictan la reflexión? Instrucciones de obras imaginarias: la gente mira una pared y se supone que tendría que imaginarse la obra. ¿Por qué el autor no imaginó la obra y la realizó en vez de dejar ese trabajo al público? Un escritor no deja el libro en blanco para que te imagines la novela. Pedir que el público se imagine la obra encubre el vacío que el artista deja ante su incapacidad de terminar algo.
Juventud. Su nombre oficial es “artistas emergentes”. Ser joven o emergente es un requisito para estar en exposiciones, es la adicción a lo nuevo del marketing del arte contemporáneo. Caras nuevas aunque las obras sean iguales. La virtud no es el talento, es la fecha de nacimiento. Las obras emergentes son de temática intrascendental, relacionadas con falta de inteligencia, irrelevancia, banalidad y sin un compromiso social o estético serio. Es arte niñato al que no le importa lo que suceda en el mundo, y aunque en la cédula hablen de la “decepción que les causa esta época” no existe una obra que describa esa decepción o un sentimiento de rebeldía ante lo que sucede. Estos artistas reflexionan sobre su ropa, la televisión, las redes sociales; son decorativos, conformistas, consumistas y políticamente correctos. Son un producto del sistema y trabajan para el sistema. Estos artistas sin arte son ciegos al hecho de que las grandes obras del Caravaggio o Lucian Freud también son obras de juventud.
Su nombre oficial es “artistas emergentes”. Ser joven o emergente es un requisito para estar en exposiciones, es la adicción a lo nuevo del marketing del arte contemporáneo. Caras nuevas aunque las obras sean iguales. La virtud no es el talento, es la fecha de nacimiento. Las obras emergentes son de temática intrascendental, relacionadas con falta de inteligencia, irrelevancia, banalidad y sin un compromiso social o estético serio.
Mal gusto.— Si el buen gusto carece de prestigio en esta época, como lo carece la belleza, lo que ya tiene prestigio universal como expresión contemporánea es el mal gusto. No se trata de acabar con obras terribles, que golpean a la mirada con la agresividad de la realidad —ya lo demostró Otto Dix con sus grabados sobre la Primera Guerra que tienen la virtud de enfrentar al espectador. Lo que hacen los artistas contemporáneos es tratar de llamar la atención con rabietas visuales y chistes monumentales para provocar de forma artificial y pretenciosa. Objetos que siempre pasaron por kitsch, detestables y desechables, hoy son la apoteosis de las subastas. Los objetos de feria de Koons son llamados esculturas; los animales en formol de Hirst son reflexiones sobre la existencia; las llantas y los coches de carnaval de Betsabé Romero están en los museos. El mal gusto es el pase de entrada a la instantánea posteridad de este efímero capricho de la vulgaridad al que llaman arte contemporáneo.
Mediocridad.— Pretender que el talento, la disciplina y la técnica en el arte son cosas del pasado es tratar de imponer la mediocridad como signo de distinción de nuestra época. La “democracia del arte” y “la muerte de la tiranía del genio” son la dictadura de los mediocres. Hoy existen artistas completos, que trabajan en su obra, desarrollando e investigando en la constante revolución de la pintura, la escultura y el grabado, que se ven marginados para que la falta de talento y la mediocridad tenga “derecho a crear”. El imperio de gente sin obra, que designa sus orines como arte, se ha apropiado de las galerías y los museos, amparados por curadores y críticos que lo explican y lo aplauden, convirtiendo el arte en una trama especulativa, en un negocio vulgar. Son libres de hacer con su detritus, con la basura que recolectan y con su pose de artistas lo que quieran, pero rebajar el nivel del arte al capricho de los mediocres es otra cosa.
Muerte y cadáveres.— El robo de cadáveres para obras era un canon en la Antigüedad. Leonardo pintó cuerpos, la modelo de Caravaggio para su Muerte de la Virgen es el cadáver de una prostituta. Para el Caravaggio el propósito de la obra no era llevarse un cadáver, pues su objetivo fue que la imagen de la virgen se viera muerta, desprotegida, inerme, que los colores de la piel fueran los de un cuerpo por el que ya no circula la sangre. En el anti-arte y sus pseudo-obras el propósito es la exhibición morbosa y descarada de algo que aseguran es el cadáver de alguien o la sangre de un crimen. La sangre, el cadáver, es un ready-made que hace del amarillismo la obra y de las aficiones patológicas el único talento del artista.
Museo.— Anunciaron y clamaron hace cien años la muerte del museo y hoy se dan cuenta de que sin este contexto la obra no puede demostrarse como arte. Por eso a los artistas del anti-arte les urge entrar al museo, porque sólo parasitando el contexto del museo legitiman sus obras como arte y les dan trascendencia y valor en el mercado. Fuera del museo estas obras —cadenas de bicicleta, urinarios, bloques de concreto, agua sucia— no existen, regresan a su situación original de objetos sin valor y no son arte.
No objetual.— Derribemos mitos: el arte contemporáneo no es abstracto ni es no-objetual. Si existe algo objetual, concreto, adicto a las referencias cotidianas y a las formas más costumbristas es este anti-arte, que depende en su totalidad de objetos prefabricados, que no inventa ni crea. “Objeto encontrado”, “objeto intervenido”, “objeto pateado”, “objeto recuperado”, “objeto reciclado”… decenas de categorías, una para cada cosa. Es el arte de la pepena que parasita la costumbre y la familiaridad con el objeto para relacionarse con el espectador. Carece de la abstracción de la recreación, rémora de las cosas hechas; es el arte del consumismo y la acumulación. ¿No objetual, no retinal? Entonces no depreden, hagan, recreen.
Oportunismo.— El arte contemporáneo se aprovecha de un problema grave para, en un acto oportunista, vender una patraña como arte, y sucede la reacción lógica, pues criticar a la obra es estar en contra de la supuesta “denuncia”.
Performance.— El performance es cobarde con el público, no permite la interacción. Si un espectador le dice algo al artista éste se indigna y pide que saquen del recinto al espectador. Hay una diferencia enorme entre la transgresión y el exhibicionismo. El performance es la versión políticamente correcta y decente de lo que hacen en los clubes de shows porno. En esos antros los actores que se desnudan, se cagan o se masturban aguantan al público, soportan sus insultos y ni ellos ni ningún cliente consideran que lo que hacen sea arte; saben que es exhibicionismo y que explotan la necesidad morbosa de ver un espectáculo escabroso. Los performanceros, sin llegar a lo que se hace en un burlesque o en un antro XXX, se hacen llamar artistas, quieren escenarios cultos y además exigen respeto del público y becas estatales.
Proceso.— El proceso de la obra se supone más importante que el resultado. Vemos obras inconclusas porque esto “abre posibilidades”. Primar el proceso evita que se haga un análisis de la obra ya que al no estar terminada no podemos emitir un juicio crítico. Es parte de la irresponsabilidad de este anti-arte. Es evidente que estas obras no tienen una relación tiempo-calidad, procesos de meses arrojan obras que en realidad tomó instantes pensarlas y hacerlas. Hacer énfasis en que el proceso es largo y complicado sólo disfraza la falta de calidad de los pobres resultados para hacernos creer que hay un rastro de inteligencia y esfuerzo en ello. Los resultados y la banalidad de las obras contradicen la importancia de su proceso. Para que esta contradicción no sea puesta en evidencia el texto curatorial explica las intenciones del artista. El proceso es intención. El arte verdadero no es intención, son hechos.

© Jessica Stockholder
Reflexión.— La gran bandera de este anti-arte es la “reflexión”; las obras, por banales que sean, exigen una reflexión superior a lo que ellas representan en sí mismas. La reflexión es un proceso que sustituye a la contemplación. La obra, al no motivar que el público permanezca observándola, impone una tarea ajena a ella misma, impone un pensamiento en el que debemos entretenernos porque la obra no provoca ideas. Esta reflexión es además parte del significado, debemos “reflexionar” en lo que significa y esto es una idea que se suma a la obra para darle un valor intelectual del que carece y que no justifica con su presencia. Dice Danto que “el artista haga la obra, la filosofía y los teóricos le daremos significado”. El artista es un ser que no piensa, designa algo como arte y un teórico le da un peso intelectual. Reflexionemos en eso.
Todos son artistas.— La falsa democratización del arte, el “todos son artistas”, se convirtió en una tiranía. El problema es: si todos son artistas y todo es arte, no hay espectadores; el que mira puede ser creador en ese instante, así, para qué ver algo que tú como creador potencial puedes hacer y hasta superar. El segundo problema: al margen de la calidad artística —que por lo general es nula— no hay nada que observar porque todo es arte, no hay objetos que requieran de nuestra dedicación especial para contemplarlos. Desde los temas que abordan hasta los materiales que usan, esta actitud totalizadora está dirigida a que la experiencia estética pierda sentido. La decisión, puramente dogmática, que de que todas las aptitudes son iguales —y eso le da a cualquiera la capacidad de hacer arte— implica que no hay nada admirable o valioso en hacer arte, porque se convierte en una operación común, corriente e intrascendente. Lo que hace innecesario un recinto tan costoso y pretencioso como un museo. ¿Para qué alojar, exhibir y resguardar algo que todo el mundo puede hacer? Si todos son artistas y todo es arte, por lo tanto hasta el último centímetro cuadrado de la realidad es arte y es un museo al mismo tiempo. Pues afuera con sus obras, a la calle y que dejen los museos para lo extraordinario.
Transustanciación.— Es una superstición religiosa que afirma que un objeto puede cambiar de sustancia sin alterar su forma. El objeto es algo más de lo que representa, es otra cosa. En eso se sostiene el fraude del arte contemporáneo y sus ideas conceptuales, la figura, o sea lo evidente, no cambia, cambia lo que no vemos, el significado. Los conceptos de los artistas, sus curadores y críticos son como la publicidad que nos habla virtudes del producto que no son evidentes pero basta creer en ellas para que existan. La galería, el museo y la iglesia son incuestionables, y todo lo que está dentro es verdadero porque lo ampara una idea mal redactada incapaz de ser comprobada. Ante la exposición de adjetivos de las reseñas de los críticos que apoyan este anti-arte cuesta enterarse de si hablan de una instalación o de un performance, pero de lo que sí nos enteramos es de que la obra es genial, transgresora, que invita a la reflexión, que rompe con esquemas y hace denuncia social —y detrás de este edificio retórico hay un video pornográfico de Santiago Sierra o unos espaguetis en una silla. Por ello la duda, que es el primer rasgo de inteligencia, nunca es bienvenida en la publicidad, la religión o el arte contemporáneo, porque cuestiona esas verdades fabricadas, y es en este proceso en el que se derrumban todos los mitos. Estas ideas supersticiosas han penetrado como la publicidad y por eso las instituciones y fundaciones creen que apoyar a estas obras es apoyar al arte, restando apoyo al arte verdadero. ®











Estimado Adonis F, por empezar, creo que comete el craso error de prejuzgar a la gente, luego de insultarla con términos como “basura” al referirse a sus consideraciones. Luego se da el lujo de la omnisciencia y la arrogancia al considerar a un desconocido como “de un nivel de atención tan bajo”. Ubíquese hombre, que no tiene idea de sobre quién está hablando.
Veamos: los museos no “producen” arte, eso por empezar. Y si Ud. se aburre con lo que ve en los museos, pues debería buscarse alguna otra ocupación, u otro museo con temas que le atraigan más, sería lo más lógico.
Mi “falta de experiencia” -según Ud.- incluye estudios universitarios completos en las Bellas Artes, con todos los cánones que Ud. decide suponer en su arrogancia, que yo no aprendí y que “propongo no estudiar”, aunque jamás dije eso. Luego, la forma en que está redactado el artículo de Lésper, propone ciertamente conceptos que parece considerar irrefutables, ya que se pone en su misma posición, Adonis: hay un arte de cánones aparentemente eternos, que es el “arte verdadero”, contra un arte contemporáneo considerado por la autora como “arte falso”. El “disgusto” de alguien con el arte contemporáneo es sólo válido como muestra de gusto personal, igual que el concepto de la falta de “escuelas” y la mera existencia de “procesos”, que en parte y sólo en parte es tal. El pretender asegurarla como lo único que existe con tal vehemencia, da cuenta de una cierta irrefutabilidad en los conceptos que se pretende exponer, y deja completamente de lado que el arte contemporáneo incluye todo lo anterior en su quehacer. En buen castizo: hay cultores de escuelas, cultores de la simple comunicación de ideas, del cruce entre técnicas y de éstas con la tecnología, y tantos etcéteras como sean posibles. Las fronteras se han ampliado, está en el consumidor de arte buscar aquello que le agrade consumir, más allá de un sistema de curadores bastante retorcido que sí existe y que bien mencioné en mi escrito, desde mi -según Ud.- “falta de experiencia” ;-)
Si “intentar constru-í- (!)r un discurso explicando porque (!) poner basura de NY en un cúbo (!) de acrílico transparente no es arte tan inútil como tratar de demostrar que sí lo es” (sic), entonces no sé para qué discute, ya que su misma proposición está negando todo lo que escribió, salvo que haya sentido la imperiosa necesidad de insultar a un desconocido, quién sabe…
Justamente, le falta por lo visto leer bastante sobre arte contemporáneo, porque tiene mucho y al mismo tiempo nada que ver con lo que hacía su ahijado, y creo que justamente esa falta de fronteras concretas es lo que tanto a Ud. como a Lésper, está generando terribles problemas. Para eso, le recomiendo algunas de las siguientes lecturas: “Cómo ver el arte contemporáneo” de Giorgio Guglielmino, revista LNR, enero de 2010; “Vanguardias y arte contemporáneo”, de Andrea Giunta y “Moderno, posmoderno y contemporáneo”, de Arthur Danto. Ahí tiene alguito como para empezar ;-) Luego, hay cantidad de textos que le pueden aclarar algunas cuestiones antes, mucho antes de ponerse a agredir gratuitamente a alguien que obviamente no piensa como Ud., e incluso le vendría muy bien la historia del arte de Ernst Gombrich, un clásico que da un vistazo general y basamento cronológico como para entender por qué está sucediendo hoy lo que sucede y tanto le disgusta.
En cuanto a que en el arte contemporáneo los cánones -no especifica cuáles, y hay muchos- “no se usan”, le comento que está bastante errado en cuanto a esa cuestión, infórmese antes, luego escriba. Por otro lado, endilgarme a mí haber dicho que “está mal estudiar esos cánones” cuando nunca lo dije, y de hecho los enseño en escuelas de arte de nivel medio y superior, es poco menos que un berrinche injustificable en un adulto, y sobre todo cuando se refiere a un desconocido.
Si conoce a poetas que hacen lo que Ud. dice, creo que haría bien en trenzarse en alguna interesante discusión con esos poetas. Al menos en ese caso, declara conocerlos, lo que ya es un progreso.
En cuanto a la palabra “suástica”, lamentablemente no figura en el diccionario de la RAE, que es mucho más confiable que Wikipedia, cuyos textos a menudo corrijo en sus faltas ortográficas y sintácticas.
Para terminar, no deja de sorprenderme que alguien que se declara escritor, tenga tan poco tino como para dirigirse a alguien de la manera en que lo hace Ud. Deje mejor la omnisciencia para el escritor de novelas, aquél que sabe todo lo que sucede en la cabeza de sus personajes. A la gente que Ud. no conoce, debe dedicar un mínimo respeto, y no suponer cosas. Del mismo modo, es válido todo debate sobre arte, pero a nivel histórico, juzgar al arte de hoy por no concentrarse exclusivamente en cánones de otras épocas históricas, es un absurdo, además de una falacia.
En cuanto a mis períodos de atención, están dentro del mismo tema de sus suposiciones. Intente ser más adulto y no referirse a personas a las que no conoce, atacando burdamente en lugar de aportar argumentos válidos para sostener sus ideas, que a pesar de su declarado oficio de escritor, no pudo más que exponer con generalidades más que vagas y una puntuación y ortografías bastante dudosas…
Saludos
De toda la basura que Santiago S. Responde, hay al menos que reconocer que leyó el texto completo, algo que es casi un milagro para alguien con un nivel de atención tan bajo como para no aburrirse con lo que los museos producen hoy. Pero su falta de experiencia al leer le ha impedido percibir que lo que el autor buscaba no era exponer conceptos irrefutables, sino transmitir su descontento con el sistema actual de cosas en el que la calidad,manifestada en un dominio técnico, no existe, porque sencillamente no existen ni técnicas ni escuelas, solo “procesos”. Intentar construír un discurso explicando porque poner basura de NY en un cúbo de acrílico transparente no es arte tan inútil como tratar de demostrar que sí lo es. Mi ahijado de 2 años jugaba a ocnstruir estructuras colgantes con perchas, y le encantaba mostrar los resultados. Yo me divertía viendo su expresiòn reconociendo que hay un artista en potencia. Pero de ahí a llevar eso a una galería….
Lo que más me sorprendió fue ver que hay personas (le hablo a usted Santiago, por favor no se distraiga) que crean que está mal estudiar los cánones porque en el arte moderno “no se usan”. Como escritor me he topado con una docena de grupos de poesía en los que sus miembros juran romper con tiránicas tradiciones métricas que nunca estudiaron. ¿El resultado? Mierda sin rima ni ritmo. No conosco, y reto a que se me presente, un poeta bueno en verso libre que no tenga dominio del ritmo adquirido a práctica y estudio de métrica. Y lo mismo va para cualquier rupturista: la única forma de romper un dogma es conociéndolo. Salir por la puerta trasera y quejarte de que aquello era difícil no te hace artista, te hace un cobarde.
Y si, si un escultor coloca espaguetty sobre una silla se verá totalmente distinto a como estos instaladores “Light” lo hacen. La calidad técnica se nota siempre.
Por cierto, suástica es muy usado en español y portugués. Algunos diccionarios, como el.de wikipedia, las ponen de sinónimos.
Algunas de las cosas expuestas en el artículo son parcialmente ciertas, como el tema de curadores y demás. Pero: 1- no conozco absolutamente ningún artista que diga que si alguien no gusta de lo suyo, es porque “no entiende”. Eso no es un discurso típico de artista, sí es típico de espectador que cree que la cosa pasa por entender algo racionalmente y poder identificarlo con algo que ya conoce. Tal vez esa sea su postura, Lésper, ante una obra contemporánea, de ahí su fracaso y su prejuicio.
2- para hablar de “anti arte” primero hay que definir qué es lo que se considera como arte, y para el caso, no dejará de ser una simple opinión personal.
3- es característica del arte contemporáneo haber democratizado la producción artística, ya que cualquiera que quiera hacer arte, puede. De ahí a que los nuevos museos no necesiten de alarmas hay un largo trecho. Por otra parte, el concepto de que en un museo deba haber alarmas conlleva la idea de que dentro del museo hay algo valioso MATERIAL y FINANCIERAMENTE. No se puede criticar la actividad artística como de “elogio de la decadencia del capitalismo” desde esa postura. Además, siendo la principal característica del arte contemporáneo su calidad de efímero, es absurdo reclamar su presencia en “museos que no necesitan alarma”.
4- Si el arte es libertad, es ruptura. No podríamos estar produciendo esculturas griegas clásicas con cánones de belleza de hace mil años. Simplemente porque eso ya está hecho, y el arte es búsqueda. Del mismo modo, no se pueden pintar floreros toda la vida porque una capa de la población considere que eso sí es arte, y el resto es “anti arte”. Esa postura es semi religiosa, el arte no es un dogma, es libertad.
5- Efectivamente, en la democratización del arte, quien es observador también puede crear algo similar o superior a lo que está observando. ¿En qué se basa el concepto de “calidad artística nula”? ¿Con qué se compara el arte actual para decir que carece de calidad artística? Otro punto relacionado es el por qué la autora de semejante arrebato fascista da tantísima importancia al curador y su discurso, cuando las obras de arte contemporáneo prácticamente nunca se publicitan. Parece la autora confundir el arte moderno con un producto de consumo que se publicita por la tele. Por eso, el concepto detrás de “un vídeo porno o un plato de espagueti sobre una silla” puede ser bastante más que lo que puede percibir la autora del artículo.
6- Y aquí llegamos a la pregunta del millón, que en medio de su fárrago de prejuicios, la autora olvida por completo aclarar: ¿qué vendría a ser “arte verdadero” en su concepto, y cree que su concepto es ley universal como para despacharse como lo hace?
7- Creo que la reflexión sería algo que Avelina Lésper debería practicar más a menudo. Por un lado, aparenta creerse todo lo que el sistema de galerías y curadores dice, y por eso lo critica. La reflexión pasaría por considerar que hay mucho más que un sistema de galerías y curadores, y que considerar a cada artista como “no pensante” en una generalización salvajemente agresiva y denigrante, mientras asegura que las obras “no producen ideas”, es transmitir la propia subjetividad al resto del mundo, de modo absurdamente omnisciente. Con todo respeto, Lésper: si Ud. no siente nada ante una obra, bueno, eso tiene que ver con Ud. misma.
8- Sobre el “proceso”: considera que una obra tiene un proceso que indefectiblemente lleva a un final. De tal modo, más de un boceto de DaVinci -que seguramente considera un artista-artista y no un “anti artista”- no tendrían el menor valor, ya que no concluyeron en una obra terminada. La no conclusión de una obra no es una característica del arte contemporáneo que lo distinga, y tampoco es impedimento para su crítica. No lo fue en el pasado, no lo es hoy.
9- Por último, lo que Ud. llama “mediocre” se debe a su dogmática visión del arte. Algo libertario Ud. pretende encerrarlo en dogmas de “arte verdadero” en contraposición con “anti arte”, haciendo de su propia subjetividad, ley suprema. Cualquiera diría que está haciendo arte contemporáneo con la masa de sus prejuicios “pepenados” con la máquina del tiempo en el siglo XI.
Y como ayuda: se dice esvástica, la palabra “suástica” no existe.
Saludos y reflexione mucho.
Es una lástima el hecho de que algunas confusiones de concepto y cierta cerrazón en cuestiones más que evidentes quiten razones en lugar de darlas.
Porque razón tienes en bastantes de las cosas que dices, la pena es que falta solidez argumental en tu discurso. En lugar de atacar el hecho de que algo sea arte o no, cuando es evidente que lo es, deberías poner en entredicho si ese algo tiene mucho o poco valor artístico, ahí está la cuestión. Y por cierto, algunas cosas son artísticas una vez, la primera, después habrá que añadir algo o nos quedaremos en copia, plagio o repetición.
Saludos y suerte en tu cruzada, pero prepara mejor el discurso, que razones tienes, sólo tienes que encontrarlas adecuadamente.
Bravo
Tienes buenas ideas, pero creo que hace falta una revisión a algunos conceptos, hay demasiados prejuicios sin justificación válida, eso empobrece los postulados.
Lo que mas indigna al artista verdadero, que esta en su estudio luchando con sus experiencias, sus ideas y sus desórdenes estéticos, es que no le compran porque no es reconocido, porque su firma no vale, ¿pero como puede valer su firma si no hace lo que obliga el sistema?. El sistema lo quiere llevar a la falacia del arte contemporáneo, sostenido por merdaderes pseudo intelectuales. Descubrimos que ser artista es hoy por hoy, es sacrificar la vida por una vocación invisible o quizá tan solo una obseción de lograr plasmar un mundo personal que se cree, puede impresionar a muchos otros. Pero al compartir ideas, descubre que el mundo en gran parte, es indiferente a la lágrima, al miedo, y al largo trabajo filosófico-tecnico que se realizó. Es como tratar de vender un sueño. No tiene valor de mercado en la realidad, el artista necesita suplir sus necesidades, pero en la sociedad actual, debe trabajar en cuestiones seculares inmediatas, y no seguir buscando un nicho de mercado donde no existe. Porque o te vendes y te traicionas, o sigues con tu arte y lo mantienes con un trabajo que si logre beneficios económicos. En el mundo, el arte es una cuestión de decoración o de pose, o en último grado, es irrelevante. La gente solo cree necesitar cosas y mas cosas, esa es su felicidad, una pintura o escultura es una cosa mas, si no es accesible al bolsillo como lo es una silla, no lo compran, si no tiene una función utilitaria básica, no lo compran, ¿pues para que vender arte?, ¿para quienes?… y si vendes bien… yo he vendido muchas obras ha precios accesibles, para sobrevivir, pero llega un punto en donde ya no quieres compartir eso que es subvalorado. Simplemente dedicarse a vender cualquier otra cosa y tener la obra para mi, mi familia y quienes me visiten. ¿Es darse por vendico? talvez, o talves es solo ser realista y despertarse y entender que por soñar nadie te va a mantener.
Buenisimo! apenas con un alfiler se podría descoser.
Es triste que el arte este en una etapa donde la creatividad este sometida al encierro. Solo se piensa en complacer a las galerías que no le interesa para nada al artista perse, sino cuanto dinero pueden obtener para sus arcas. Si le llevan una obra que tenga contenido temático, no la aceptan por que no vende el tema. Esto convierte al artista en un arte sano que solo sirve para decorar las viviendas de los burgueses. Los mercaderes del arte tienen a los artistas de hoy montados en la rueda como lo hacen los guimos, queriendo llegar alguna parte y no llegan a ningún lado. Muy de acuerdo con el reportaje del Diccionario artístico.
En los ultimos tiempos el arte, se puede conparar con la religion, tienen tantas tendencias y derivados, que hasta nos confunden, y terminamos sin entendernos. Cuando realmente entendemos, pero solo aceptamos nuestra sensibilidad subjetiva.
El tema es tan interesante, como lo tangible y lo intangible, lo investigamos, practicamos y predicamos, y de alli nuestro criterio en que creemos.
existen verdadaros fundamentos, en lo contemporaneo y en lo clasico, y la diferencia la hacemos cada uno de nosotros, o no podemos aceptar eso.
En lo personal creo, que muchos artistas creadores de arte comtemporaneo, tomaron la coyuntura del facilismo para sacarle provecho, apoyandose en unos malos fundamentos teoricos y practicos, pero en lo contemporaneo no todo es malo. y tambien todo no es bueno.