Sex Man

El héroe en el año del miedo

El despertar sexual entre un golpe de Estado y la propagación de virus de inmunodeficiencia humana llevaron a dos adolescentes argentinos a dibujar un cómic en que el héroe combate la terrible enfermedad.

Verano de 1988. Enero. Mucho calor. Son mis primeras vacaciones sin mis viejos. Mis tíos me llevan a Pinamar, una ciudad balnearia que se consolida por su prestigio y elitismo. El viaje de ida es tenso. A través del relato radial seguimos un nuevo levantamiento militar. En Argentina sólo transcurrieron cinco años de democracia. El teniente coronel Aldo Rico se acuartela en Monte Caseros, Corrientes, junto a unos sesenta oficiales y 200 suboficiales. En la radio hablan de tanques de guerra desfilando por las rutas. Los insurrectos se autodenominan carapintadas. Rico ya había liderado una rebelión militar durante la célebre Semana Santa de abril de 1987. Esta vez repudiaba su arresto domiciliario. La palabra maldita volvía a sonar: posible golpe de Estado. Miedo.

Ese verano del 88 yo tenía trece años, aún no había ido a ver mi primer recital de Los Redonditos de Ricota aunque ya me había transformado en fan por sus acordes estridentes y sus letras retorcidas. Tal vez lo que más me atraía era ese misterio que generaban por no ir a la TV. Los Redondos le escapaban a los medios de comunicación. Yo sólo tenía una foto desdibujada de un Indio Solari bigotudo en la revista Pelo. En la tele el rock tenía su espacio en Badía y Cía., el magazine de Canal 13 encabezado por Juan Alberto Badía. Un flaquilargo Marcelo Tinelli comentaba deportes en ese programa y aún faltaban dos largos años para que el joven de Bolívar inventara VideoMatch. La TV aún seguía firme con un tono radial.

Mientras la Asamblea General de las Naciones Unidas manifiesta su profunda preocupación por la propagación del HIV, declarando en 1988 el 1 de diciembre como Día Mundial del Sida con el fin de transmitir mensajes de prevención, mejorar la asistencia de los infectados por el HIV y luchar contra el rechazo y la discriminación, nuestro despertar sexual estaba condicionado por una enfermedad que vinculaba el sexo con la muerte. Nuestra generación estaba acorralada entre las constantes amenazas de golpe de Estado y el avance fantasmagórico de una enfermedad estigmatizada. Ese verano, Miguel Abuelo y Federico Moura todavía estaban vivos. Los líderes de Los Abuelos de la Nada y Virus aún seguían cantando en el reverdecer de una democracia que quería extender la fiesta hasta la madrugada. Y mi generación trababa de crecer despejando dudas. Esquivándole al miedo.

Nuestra generación estaba acorralada entre las constantes amenazas de golpe de Estado y el avance fantasmagórico de una enfermedad estigmatizada.

Revolviendo fotos viejas de aquel verano en la costa argentina encontré algunas hojas pintadas con tinta china. Junto a mi amigo Alejandro Raineri dimos forma a nuestro primer y único cómic: Sex Man. Con apenas trece años, los dibujos y los diálogos de aquella historieta hoy resultan reveladores. La lupa del tiempo permite decodificar algunos indicios sobre qué sentíamos como generación. Sex Man es una especie de liberación de nuestra libido, el escaparate de una infancia pueblerina plagada de prejuicios rurales. Apabullada por tanta represión. Mientras en la escuela las charlas sobre educación sexual eran sólo para señoritas donde se les explicaba las características de la menstruación, el cura del pueblo defenestraba el uso del preservativo y la TV no hablada sobre el sida; nosotros, a los trce años, viviendo en una ciudad en plena pampa argentina, quebrábamos algunos límites y a escondidas guionamos un par de capítulos de una historieta adolescente que jamás vio la luz. Un intento ingenuo por exorcizar el año del miedo.

La historia de un superhéroe distinto…

Primer cuadro. Un pibe como nosotros vive en el Vaticano. “Con sus pósters del Papa Juan Pablo II pegados en su pieza, duerme profundamente”. Escucha ruidos. En escena aparece Afrodita. Le entrega un paquete con unas pastillas. Afrodita “le mete una trompada”. Tienen sexo.

Segundo cuadro. El joven padece una transformación y se convierte en Sex Man. La diosa le entrega su traje y más pastillas “para tener superpoderes”.

Tercer cuadro. Sex Man siente que el mundo que lo rodea no lo entiende y decide irse del Vaticano. Se encuentra con el Papa y le pide ser monaguillo. Luego roba “una virgen de oro” y viaja a un “país insólito, pobre e inhóspito llamado Argentina”. Llega a Colón, Buenos Aires, mi ciudad de origen. Allí conoce a un par de amigos y le dan una pocilga en Villa Poroto. Sex Man convida a uno de sus amigos y él también se transforma.

Cuarto Cuadro. Sex Man devela sus intenciones. Planea construir una fábrica de preservativos para frenar el avance del sida. Le pide dinero al Fondo Monetario Internacional, haciéndose pasar por el dictador chileno Pinochet. Sex Man engaña al FMI y le envían el dinero. Instalan la fábrica y lanza una campaña de difusión masiva. Argentina se convierte en “una poderosísima potencia dedicada a la exportación de profilácticos”. El FMI descubre el engaño y envían fuerzas internacionales para detener a Sex Man. Lo condenan a pena de muerte, “pero los científicos logran descifrar el enigma entre el sida y la muerte”.

Quinto cuadro. “Gracias a Sex Man el sida disminuye un 10% en todo el mundo”. Hay manifestaciones. Piden su libertad. Lo liberan, lo aclaman y todo vuelve a la normalidad. Fin del capítulo uno. El presidente Raúl Alfonsín y el Canciller Dante Caputo le encomiendan la segunda misión al héroe…®

—Rosario, Argentina, enero de 2011

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Febrero 2011

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