La ternura y la muerte

Sobre Amour, de Haneke

Haneke muestra desapegadamente la fragilidad de los cuerpos envejecidos, deteriorados y deteriorándose por la enfermedad, situación que tiene su correlato en el edificio, en las habitaciones que habita la pareja: los espacios cerrados, el deterioro del edificio, la fragilidad de las puertas…

Haneke con Trintignant y Riva

Haneke con Trintignant y Riva

Un grupo de policías irrumpen en un domicilio cuyas puertas y ventanas han sido clausuradas y en donde apesta a muerte: en el interior de otra habitación clausurada se encuentra el cuerpo marchito y abandonado de una anciana que se ha suicidado inhalando gas. Fue la peste, la descomposición del cuerpo, la que volcó la atención del resto de los inquilinos y finalmente violó la soledad del cadáver.

Alguien toca la puerta. Georges (Jean Louis Trintignant) acude al llamado. “¿Quién?”, pregunta y no hay respuesta. Abre la puerta. En el corredor de un edificio decadente no hay nadie. Silencio. “¿Hay alguien ahí?”, pregunta el viejo con insistencia y mientras lo hace recorre el pasillo donde el resto de las puertas están cerradas. Finalmente llega a un rellano inundado. Por detrás del viejo una mano le tapa la boca, como para acallarlo o asfixiarlo. Georges despierta gritando. Anne (Emmanuelle Riva), su esposa, lo consuela. Es una pesadilla.

En Amour (2012) Michael Haneke aborda lo que efectivamente ha devenido una pesadilla en sociedades donde impera el culto a la belleza, a la juventud, a la salud: la soledad que acompaña la vejez, la enfermedad. En un filme donde predominan los planos fijos, Haneke muestra desapegadamente la fragilidad de los cuerpos envejecidos, deteriorados y deteriorándose por la enfermedad, situación que tiene su correlato en el edificio, en las habitaciones que habita la pareja: los espacios cerrados (la vejez como retraimiento, como encierro), el deterioro del edificio, la fragilidad de las puertas como huesos que pueden romperse fácilmente.

El director muestra cómo el mundo cerrado, íntimo, casi completo de la pareja, se mantiene inclusive después de la enfermedad de Anne, que poco a poco la va despojando no sólo de sus habilidades físicas sino también de la capacidad de hablar. Hay una bella secuencia en la que Anne balbucea una palabra y Georges reconstruye un enunciado con sentido, una historia. La adecuada “interpretación” de cada palabra se ve confirmada en la felicidad del rostro de Anne ante cada una de las reconstrucciones de su esposo.

Hay una bella secuencia en la que Anne balbucea una palabra y Georges reconstruye un enunciado con sentido, una historia. La adecuada “interpretación” de cada palabra se ve confirmada en la felicidad del rostro de Anne ante cada una de las reconstrucciones de su esposo.

En un memorable ensayo, Antonio Tabucchi reflexionaba sobre el origen de su novela Réquiem, escrita en portugués, y recordaba que entre su padre y él había un juego secreto que consistía en llamarse uno al otro “pá”, apócope de papá, pero también palabra que en portugués indica la afabilidad entre dos personas y que también corresponde a la contracción de la palabra joven (rapaz, en portugués). Nadie más sabía lo que esa palabra significaba para ambos. En el ensayo, Tabucchi concluye que quizá es posible que una novela pueda nacer de una palabra minúscula, exclusivamente nuestra, y que a veces “una sílaba puede contener un universo”. En ese bello diálogo entre Georges y Anne ambos reconstruyen no sólo un sentido en las palabras, sino una vida entera, un universo compartido del que el resto del mundo está excluido. Esta intimidad contrasta con la desesperanza, la frustración y desesperación de Eva (Isabelle Huppert), la hija de ambos, por su incapacidad de escuchar, de reconocer un sentido en las palabras de su madre; lo que para Georges es un universo, para ella es el balbuceo de una persona que está perdiendo la razón.

El diálogo...

El diálogo…

Este universo cerrado no es sólo una imagen que abarca la vida en común de la pareja; también representa cómo el mundo exterior, ajeno, los ha excluido. Precisamente en el diálogo entre Eva y Georges después de que ésta viera la condición de su madre, Eva exige al primero que haga algo al respecto, que él no puede quedarse sólo con ella, con él no se basta para cuidarla. Georges sobriamente le contesta que no hay adónde más ir: la enfermedad es progresiva y la muerte inevitable: ni la hija ni las instituciones sociales representadas por las enfermeras o los hospitales pueden dar la atención digna a una persona vieja en pleno proceso de deterioro.

El trágico final se anuncia en esta exclusión total, que también deviene física, y hace eco con las primeras secuencias de la película. Georges clausurará definitivamente las puertas y las ventanas de su mundo, que ya se ha extinguido.

Acertadamente, Haneke evita el dramatismo de estas últimas secuencias y nos presenta a Georges escribiendo una larga carta. ¿A quién se la escribe, a su hija, a su esposa, a los espectadores? ¿Hacen falta más palabras para expresar la soledad de la vejez, la soledad del moribundo?

En las pocas tomas exteriores que hay a lo largo del filme hay unas cuantas en las que se muestran algunas calles de París desde la ventana del apartamento de Anne y Georges, y vemos algunos edificios que, como la gente que los habita, inevitablemente se han deteriorado, han envejecido. ®

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Publicado en: Cine, Marzo 2013

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  1. Mario A. Delgado

    Dos detalles. Primero, la muerte de Anne no fue un suicido con gas -como sí lo fue el de Georges-, sino una muerte inducida por su propio esposo. Segundo, en el penúltimo párrafo dices que «Acertadamente, Heineke evita el dramatismo…»; sólo te recuerdo que es Haneke. Tal vez fue un antojo espontáneo inconsciente de una cerveza lo que interfirió.
    En fin, dejando a un lado la superficialidad de los detalles anteriores, me parece acertada la reflexión sobre el decaimiento de los seres humanos en una sociedad donde la belleza y la juventud se sobrepone a otros valores como la dignidad y la calidad de vida. Me hubiera gustado que ahondaras más en ese aspecto.

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