MeToo, escrache y suicidio

El triste desenlace de una militante feminista

Al feminismo reciente, llámese de tercera ola o de cuarta, se le ha cuestionado si lo que busca son privilegios sobre los hombres, a lo que responden: “El feminismo lucha por la igualdad entre hombres y mujeres”. Los testimonios que acompañan este reportaje exponen circunstancias que incumplen la máxima de la sororidad y el apoyo incondicional entre mujeres.

No cuenten otra historia, a Luz la mataron cuando le dieron la espalda las mismas que decían luchar por nosotras.
—Paula Gialdroni

María Luz.

Fueron dos años de acoso, malos tratos y bloqueo constante ejercido contra María Luz Baravalle, de 28 años de edad, por el colectivo feminista donde militaba. Baravalle, licenciada en Filosofía y docente auxiliar de la cátedra de Introducción al Conocimiento Científico en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), en Chaco, Argentina, dejó testimonio de los malos tratos y la exclusión que llevaban tiempo de hacer en su contra las mujeres del colectivo de resistencia, y es gracias a su amiga, Paula Gialdroni, como hoy tenemos acceso a las capturas de pantalla de sus conversaciones por Whatsapp tras haberlas hecho públicas en su cuenta personal de Facebook días después del suicidio de María Luz.

La noticia del suicidio de Luz —como la llamaban sus amigos—, el 14 de diciembre de 2018, se dio a conocer a través de algunos medios pero sin el tratamiento de investigación periodística que pudiera proporcionar datos relevantes para exponer el caso con la importancia que merece. Fue presentado como un suicidio causado por el escrache que otras feministas —sí, porque Luz también fue feminista y activista por los derechos de las mujeres— habían hecho en su contra como una manera de reprobar la violencia intragénero —que se da en el entorno de una relación afectivo­–sexual entre personas del mismo sexo— que, se decía, Luz ejerció en contra de su expareja, otra mujer.

La información que circula en los medios es escasa, apenas si se menciona el hecho con cierto dejo de asombro en algunos e incredulidad en otros. La causa del suicidio no dejaba bien visto al movimiento feminista, pues echaba por la borda lo que tanto les ha costado obtener: atención, legitimidad y respeto por los derechos de las mujeres. La muerte de otra mujer, aparentemente, por causa del escrache —una manifestación de denuncia pública en contra de cualquier acusado de delitos graves o actos de corrupción sin justicia para la parte ofendida— que tanto se empeñan en justificar como un medio de defensa y de justicia social ante el fallo de la ley, había cobrado su primera víctima. La llamada sororidad dejaba entrever sus colores de índole selectivo.

Este caso expone varias aristas pertinentes en una época en la que el discurso feminista enfoca su estrategia para dar la batalla, pero, lamentablemente, no acepta concesión alguna hacia temas complejos, como, por ejemplo, si el suicidio de María Luz pudo ser detonado por el escrache que realizaron en su contra y, también, abrir el diálogo respecto de la violencia intragénero.

¿Por qué a los hombres se les puede escrachar y, si es mujer, en cambio, debemos acompañarla?, protestan algunas a través de las redes sociales para justificar el escrache contra Luz. ¿La sororidad exige ser leales a otras mujeres e ignorar sus faltas? ¿La violencia es ejercida exclusivamente por hombres en contra de las mujeres? ¿El escrache podría inducir al suicidio? ¿Es un detonante? ¿O el suicidio es una decisión personal que nada tiene que ver con ser expuesto de manera negativa e irreversible ante la opinión pública? Aceptar y denunciar la violencia horizontal, entiéndase entre mujeres, ¿sería restarle importancia a la lucha feminista en contra del heteropatriarcado y las violencias machistas? ¿Qué ocurre con la violencia intragénero, es decir, la violencia entre parejas del mismo sexo? ¿Por qué no se le da la debida importancia?

El momento previo al salto…

Luz comenzó a aislarse, a salir lo menos posible a lugares y eventos públicos en los que pudiera encontrarse con las militantes del colectivo y ser presa nuevamente de sus insultos y vejaciones. Salía para cumplir con sus horas de trabajo como auxiliar docente en la universidad, y su medio de comunicación se redujo a correos electrónicos, números telefónicos y el WhatsApp. Luz fue contando los meses del rompimiento con su última pareja, casi veinticuatro —los marcó con una cruz roja en el calendario sostenido por una tachuela detrás de la puerta del baño—. Pero el tiempo parecía haberse suspendido. Su entorno social le recordaba a cada instante que se portó como una desalmada, como una mujer machista que maltrató a su novia, y eso se lo harían pagar. Ellas le impedían dar vuelta a la página. Luz deseaba empezar de nuevo, vivir en otra ciudad, trabajar y prosperar; prestar su apoyo y servicio a otras mujeres maltratadas ayudándolas a salir adelante y continuar con su vida normal de antes.

—Paula, hacéme el aguante —escribía Luz—, es injusto esto, hagamos algo. Vamos a grabarlas. Es injusto que no podamos trabajar. Vamos a hacer eso y que quede constancia de quiénes son las violentas.

Los mensajes de Luz continuaron durante meses, tratando de encontrar solución.

—Y nada, me vienen echando de lugares, quiero circular en paz. No nos dejan viajar, nos boludean. El encuentro (eventos y manifestaciones públicas) es de todas y se cagan en eso. Trataron de echarme de la facultad, yo trabajo allí y no me fui. Se quedaron con una bronca porque no pueden echarme. Esa actitud hace que ellxs sigan avanzando sobre nuestros derechos, no se van a calmar nada. Construyen la verdad. Me dijeron “Está súper comprobado”. Y no tienen pruebas. Las inventan. Así que, hay que mostrar cómo nos discriminan.

Construyen la verdad y no tienen pruebas. Las inventan…

“Luz no estaba deprimida, estaba marginada por haber sido humana y cometer un error como cualquier persona. La escracharon por violenta con saña, injustificadamente le cerraron espacios feministas, laborales, culturales, personales”, dijo Paula Gialdroni en una de sus publicaciones. Seguí las huellas de Paula, le dejé mensajes en que le explicaba el proyecto en el que estaba trabajando, no sin antes darle las condolencias por la pérdida de su amiga; por lo que necesitaba que me concediera una entrevista para que hablara de cómo habían sido las últimas semanas de vida. María, hermana de Paula, fue el enchufe para que me abriera una de sus cuentas personales en una red social, sin embargo, la distancia y sus resistencias para responderme continuaron. El desinterés de los medios y el hermetismo de los amigos y familiares de Luz no hacen sencilla la tarea de dilucidar las razones que pudieron conducirla a tomar la decisión de “Alzar la mano sobre sí misma”, en palabras de Jean Améry. Ese momento en el que ocurre “un estado de presión realmente angustioso”.

Luz, María Luz Baravalle.

Lourdes Alegre Borsini, compañera de militancia, echó más leña al fuego al decir: “¿Tanto se esforzaron en lograr ‘espacios seguros’ echando a Luz? Los espacios NUNCA estuvieron seguros porque los habitaban personas verdaderamente violentas como ustedes, inventando, escrachando gratuitamente a compañeras”.

Al revisar las publicaciones de amigos y compañeros de Luz, existe una palabra que utilizan en común para invalidar la afirmación de que Luz ejerció violencia en contra de su expareja, y es la de que las militantes del colectivo inventaron hechos, mintieron para construir una verdad. ¿Coincidencia?

La psicología nos enseña que existen sesgos cognitivos o prejuicios cognitivos, efectos psicológicos que causan una alteración en el procesamiento de la información captada por los sentidos,

lo que genera una distorsión, juicio errado, interpretación incoherente o ilógica sobre el fundamento de la información de que disponemos. Los sesgos de tipo social son los que refieren a sesgos de atribución y perturban nuestras interacciones con otras personas en nuestra vida1

Por otro lado, la sociología afirma que, tanto desde el ámbito social como de lo privado, las relaciones personales están sujetas, sin darnos cuenta, a un discurso circundante entre poder y verdad. Para que la construcción de una nueva verdad se engendre, se reproduzca y se mantenga es necesario que la ostente el poder. De ello se deriva la exclusión y engendración,2 que distingue Michel Foucault. Quien excluye tiene el poder de negar, de prohibir, de ocultar. Es el funcionamiento del discurso. Pero ¿cómo se distorsiona el discurso? Puede verse alterado por distintas cuestiones, como mezclar verdades con mentiras, esparcir rumores, la palabra de uno contra la de otro, crear el efecto halo3 sobre alguien o algo. Para que un rumor se instale como una verdad, reproduzca y mantenga tiene que respaldarse en el poder. ¿Será el escrache la nueva arma de poder del feminismo punitivista? Mis reflexiones se orientan a indagar el significado que tuvo para los allegados de Luz el concepto de “construcción de la verdad”.

El escrache no nació con el feminismo

El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas derrocaron el gobierno de María Estela Martínez de Perón, quien había asumido el poder tras la muerte de su esposo, el presidente Juan Domingo Perón. El general Jorge Rafael Videla fue designado por una junta militar integrada por el Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea. Fue una etapa histórica de la Argentina de 1976 a 1983 conocida por los actos genocidas del gobierno militar, la más cruel y represiva. La última dictadura militar: la ingeniería del terrorismo de Estado. Denuncias de secuestros, desaparecidos, represión y violaciones a los derechos humanos por parte del gobierno para acallar a las voces disidentes.

Cada 30 de abril se conmemora la irrupción en el escenario político de lo que conocemos hasta el día de hoy como Las Madres de la Plaza de Mayo, quienes, perseguidas por la dictadura militar, dieron lucha sin cuartel para encontrar a sus hijos. Fue el inicio de una acción colectiva, cuando se empezaron a idear prácticas políticas novedosas.4 Las madres conformaron la primera asociación de que se tiene registro en enfrentar, sin ningún tipo de respaldo, el golpe de Estado y a la represión ilegal.

En 1995 surgió la asociación H.I.J.O.S. (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) fundada por los hijos y familiares de los detenidos y desaparecidos, expresos políticos y exiliados durante la última dictadura militar en Argentina. Esa asociación mostró formas de organización y protesta igualmente novedosas por su discurso y su manera de participar. Una de las prácticas que más representa a H.I.J.O.S fue la del escrachecomo herramienta de protesta social. En una entrevista hecha a Facundo, uno sus líderes en 2001, decía que

El escrache aparece como consecuencia de la impunidad, en un intento de romper con el olvido y el silencio. Lo que se intenta es buscar la condena social para lograr la justicia. Hay que terminar con la mendicidad de la justicia. No la mendigamos, la empezamos a construir, ubicando a los responsables.

En México, concretamente en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la segunda década del siglo XXI se tiene registro de casos y testimonios de mujeres estudiantes que utilizaron los llamados tendederos, que son cuerdas, cordones o lazos de más de diez metros donde se colgaban los nombres de los tipos acosadores, a la vista de toda la comunidad estudiantil y docente. Eso, como explicó la docente Sandra Escutia,5

propició cambios, pero no en los varones, sino en las compañeras. ¿A quién sirve la denuncia? En términos de reparación de daño no está funcionando, pero en términos de creación de colectivos sí. […] Lo del escrache es una continuidad de otro tipo de acompañamientos políticos, como una forma de anunciar problemas. En ese sentido, al inicio de toda conferencia de prensa dicen: no vamos a hablar en forma personal, sino de forma colectiva para protegernos, eso como forma política es muy importante.

Llama la atención que cuando se creó el Protocolo para la Atención de Casos de Violencia de Género en la UNAM el 26 de agosto de 2016, a las seis semanas de activado se recibieron más de setenta denuncias. Cantidad desconcertante, si se toma en cuenta que anualmente la Unidad de Atención y Denuncias anexa a Jurídicos de la UNAM había procesado entre 2003 a 2016 apenas treinta denuncias. ¿Por qué se disparó el número de casos? Mónica González Contró, abogada general de la UNAM, explicó que se denuncian casos de violación bajo los efectos del alcohol o las drogas, y “una persona que está bajo los efectos de las drogas o del alcohol no puede dar consentimiento”.6

Entramos a un terreno delicado, pues aquí ya no se utiliza el escrache como un contrapeso frente a la falta de justicia, es decir, haber denunciado ante las autoridades correspondientes con nulos resultados. Aquí presenciamos escrache a través de las redes sociales —que lo empeoran aún más— con matices tan vastos que no permiten evidenciar si estamos frente al llamado de la justicia social o de un linchamiento público, donde lo último rara vez lleva a lo primero. Activistas y analistas a favor de su uso confiesan que el escrache no resarce los daños, pero sí ayuda a crear colectivos. Así, si no se castiga ¿cómo se recupera la sanación y la reparación del daño a la víctima? Y sobre todo la confianza en las instituciones encargadas de impartir justicia. ¿Ha sido efectiva la fuerza colectiva para frenar la delincuencia organizada o la iniciativa de tomar venganza contra los denunciantes? ¿Es el escrache una herramienta democrática en la mayoría de los casos?

Hay denuncias serias, denuncias anónimas y denuncias frívolas

Donde no hay justicia, hay escrache, reza la sentencia del feminismo punitivista. Una sentencia que describe la razón por la cual millones de mujeres abrazaron el movimiento MeToo el 5 de octubre de 2016 tras las denuncias de abuso sexual contra el productor cinematográfico Harvey Weinstein. La actriz Alyssa Milano fue la que trajo de vuelta la frase convirtiéndola en hashtag, frase que había sido creada por Tarana Burke (Nueva York, 1973).

Del muro de Facebook de Paula Gialdroni, amiga de María Luz.

Burke, activista afroamericana, acuñó la frase tras su experiencia en un refugiode chicas marginadas en 1996, cuando conoció a Heaven, una adolescente de trece años que le confesó las violaciones a las que la sometía su padrastro. Tras menos de cinco minutos de las exposiciones más aberrantes, Burke, atónita, balbuceó que la llevaría con una psicóloga. “Fallé. Debí decirle Me Too” (yo también). Abrumada, siguió con la mirada a la pequeña figura que se retiraba rumbo a la marabunta de mujeres del refugio. Fue debido a esa experiencia como Burke creó el movimiento “Me Too” en 2006, como una manera de sensibilizar sobre el alcance de la violencia sexual, el acoso y el abuso en la sociedad que padecen tanto mujeres como hombres. “MeToo no es un movimiento antihombres, ni de mujeres de Hollywood, sino de sobrevivientes”, dijo ella.

En el mejor de los casos, el escrache junto al movimiento Me Too han provocado que las mujeres más jóvenes manifiesten ideales frescos, revolucionarios, con sentido de justicia, compromiso y empoderamiento. También, que los hombres tomen conciencia de la vulnerabilidad, inequidad, violencia y marginación histórica cometida en contra de las mujeres, y que prevalece en algunos sectores, ámbitos, culturas y estratos sociales. En el peor de los casos, ha provocado aislamiento social, estigmatización y la puerta del suicidio para quienes se han sentido acorralados, con culpabilidad o sin ella. Téngase presente que suicidarse tras una denuncia de abuso no significa necesariamente culpabilidad con todo el rigor de la palabra. Ejemplos como el del adolescente Agustín Muñoz, escrachado falsamente por una de sus amigas en Bariloche, Argentina; el escritor y cantante Armando Vega Gil, en México, y el de María Luz Baravalle, en Chaco, representan unos casos públicos de consecuencias irreparables de los que se tiene registro en los medios hasta la fecha.

La periodista Blanche Petrich (Ciudad de México, 1952) siguió muy de cerca el desarrollo del movimiento MeToo, entusiasmada y realmente interesada por las denuncias y las historias valientes y la solidaridad manifiesta entre mujeres. No obstante, recibió un llamado de alerta cuando leyó la carta escrita por Armando Vega Gil en la que éste expuso los motivos que tuvo para quitarse la vida.

Lo que verdaderamente ya sonó todas las alarmas en mí fue la reacción que hubo por parte de las administradoras de la cuenta de #MeTooMúsicosMexicanos y de sus seguidoras. Decían “ya mátate”, “eso es un chantaje”, “eres cobarde y ruin”, “eres un pederasta asqueroso” … Ese tipo de cosas a mí me hicieron sentir que ya todo se había ido por la borda.

Para Marta Lamas (Ciudad de México, 1947), antropóloga, feminista y escritora, destaca el cambio de usos y costumbres en esta nueva generación de mujeres, que muestra un claro rechazo a la galantería y el cortejo.

Hay un rechazo muy legítimo a cierto tipo de requerimientos con un lenguaje obsceno o soez, pero de repente también hay mucha hipersusceptibilidad con respecto a cosas que, desde mis esquemas, son una galantería o son actos inocentes de connotación sexual. […] Veo ese panorama complejo, creo siempre que las denuncias, para ser realmente eficaces, tienen que ser hechas con mucho cuidado. El problema en México es que hay una deficiencia institucional muy fuerte respecto a los mecanismos y canales para denunciar, y en ese sentido la irrupción de este movimiento es una problemática que las instituciones deberán revisar.

Respecto de las denuncias anónimas, las opiniones de Petrich y de Lamas difieren. Para Lamas el uso del escrache para realizar denuncias anónimas es un arma de doble filo, es complejo y, parece, sin propuesta inmediata para solucionarlo, además, la presunción de inocencia del acusado es un derecho que debe prevalecer: “Lo que necesitamos es una transformación cultural también, y las transformaciones culturales requieren conversaciones públicas y debate público, que se hable de estos temas como para que la gente empiece a cambiar las ideas y las creencias que tienen sobre los problemas”. La antropóloga vislumbra un cambio cultural, pero esos cambios culturales traerán víctimas tanto de denunciantes como de denunciados.

Petrich, por su parte, asegura que su ejercicio periodístico le ha demostrado que sí es válido hacer una denuncia anónima. Sin ese recurso el periodismo de investigación no existiría. El error no debe recaer en las denunciantes propiamente, sino en las personas encargadas de recoger y publicar la denuncia por medio de las cuentas en las redes sociales:

Las administradoras de las cuentas deben actuar como una mesa de edición con todos los mecanismos de verificación necesarios. Ellas dicen que verificaron, pero es evidente que no siempre lo hicieron y tampoco hubo un arbitraje en el tono de odio de muchas respuestas. Se les fue de las manos, en mi opinión.

Debe destacarse que un año antes de la irrupción del movimiento MeToo en México se utilizó el hashtag #MiPrimerAcoso el 1 de abril de 2016, lanzado por la columnista colombiana Catalina Ruiz–Navarro. En 140 caracteres millones de mujeres narraron cómo fue el primer acoso sexual en sus vidas. No, no hubo nombres ni denuncias anónimas. Fueron historias muy emotivas y muy fuertes que cimbraron profundamente la conciencia de quienes las leyeron, pues la edad promedio en la que se presentó el acoso o abuso sexual fue antes de los diez años. Una infancia marcada por la violencia y la desatención de las autoridades en América Latina y que continúa entre los asuntos poco importantes de la agenda política y de las instituciones gubernamentales.

Violencia intragénero

“No íbamos a marchas. No salíamos. Ya no militamos por miedo a ser increpadas y señaladas públicamente como muchas veces sucedió. Porque el feminismo estaba reservado para mujeres bien. Jamás tuvimos una oportunidad ni espacio para la problemática. Simplemente exclusión”, prosigue Paula Gialdroni en su carta. Luz tuvo una relación tóxica con su pareja de tiempo antes y eso salió a la luz, se viralizó, pero nadie del colectivo quiso escucharla. Fue una relación como la de cualquier pareja, pero al ser ambas mujeres y feministas el rumor distorsionado la increpó injustamente. Por ello Gialdroni asegura que las mujeres debemos asumirnos también como violentas y necesitamos un espacio donde podamos reconocerlo: El machismo y el patriarcado nos atraviesa a todos —y a todas. Estamos perdiendo la oportunidad de discutir la violencia entre mujeres.

Escrache en Buenos Aires. Foto AFP.

La violencia es un fenómeno complejo que tiene su origen en múltiples causas que pueden relacionarse entre sí. Los diversos tipos de violencia familiar son representados de manera física, psicológica, económica y sexual. Por lo general la violencia se manifiesta mayormente en contra de la mujer y los hijos, y contra las personas más vulnerables, ancianos, niños o discapacitados. Pero ese “mayormente” parece excluir otro tipo de violencia: hombres maltratados por mujeres, mujeres maltratadas por otras mujeres, lesbianas maltratadas por sus parejas, homosexuales maltratados por sus parejas.

En materia de violencia de género se ha recorrido un largo camino, se ha legislado y se cuenta con una fuerte campaña de concientización. No obstante, existen otros grupos vulnerables, minorías que continúan siendo ignoradas. Luis Manuel Rodríguez Otero, doctor en Trabajo Social con énfasis en investigación en violencia intragénero la define así:

La violencia intragénero sería la violencia que se da en el entorno de una relación afectivo­–sexual entre personas del mismo sexo. ¿Qué se entiende entre personas del mismo sexo? Puede ser una relación homosexual, lésbica, una relación en la que alguna de las dos personas es bisexual y la otra persona es de su mismo sexo, también se incluye lo que serían las relaciones en la que uno de sus miembros es transexual, transgénero o intersexual. Que dependiendo del país y la legislación que tengan, se trate de personas transexuales o transgénero sería considerado como violencia de género —hablo del caso español—, personas que han transitado al género al que se identifican y están legalmente inscritas, en el caso de una persona que nace hombre e inicia un proceso legal de sexo y se le concede el cambio en el registro, pasaría a ser mujer. Por lo tanto, si está en una relación en la que su pareja es hombre y sufre violencia por parte de ese hombre, pues sería una relación de violencia hacia una mujer, por lo cual sería violencia de género. En el caso de que fuera una persona transexual que transita al género femenino y está legalmente inscrita y tiene una relación afectivo–sexual con otra mujer, en ese caso sería violencia intragénero. Es importante, por ejemplo, en el caso español la diferenciación. Porque si se trata de violencia de género aplicaría una ley de violencia de género, y en el caso de ser intragénero pues incluiría el código penal con sus atenuantes”.7

Cuando Paula Gialdroni habla de que “Jamás tuvimos una oportunidad ni espacio para la problemática. Simplemente exclusión”, se refiere a la posibilidad de abrirse al diálogo con sus compañeras del colectivo feminista respecto de los casos de violencia entre parejas del mismo sexo, esto es, violencia intragénero o lo que otros llaman violencia horizontal entre mujeres. ¿Qué ocurre con esto? ¿Por qué la mayoría de colectivos LGTB+ y feministas no se abren a la discusión de esta problemática?

Para Rodríguez Otero los motivos tienen que ver con la manera en que ciertos colectivos se apropian de sus problemáticas y prohíben al resto investigarlas. Por supuesto, esto es un error, pues los temas sociales deben ser compartidos, dice. Asimismo, se han focalizado en mostrar un rostro positivo de los colectivos LGTBI+ y de los feminismos, con la intención de optimizar lo obtenido hasta hoy.

En cuanto a la violencia intragénero, lo más importante es visibilizarla, analizar las causas y las medidas que favorecen que este tipo de violencias se perpetúen. Es necesario que desde el ámbito legislativo se desarrollen leyes que ayuden a prevenir y presentar un esbozo del camino a seguir cuando hay un caso de estos tipos. También que cada país tenga un registro de las personas que son víctimas de la violencia de género e intragénero.

Casos como el de María Luz Baravalle no deben repetirse. Su muerte, pero sobre todo su vida, el deleznable ejemplo contra una mujer a la que no se le dio la oportunidad de hablar y expresar sus más profundos sentimientos. Recibió rechazo, condena y marginación por las mismas que dicen luchar por todas:

Luz estaba llena de proyectos, ideas y un corazón. Verdadera sororidad. Compañerismo, sinceridad y aguante que jamás conocieron porque prefirieron aleccionarla con no sé qué feministómetro que tanto les gusta ostentar. No cuenten otra historia, a Luz la mataron cuando le dieron la espalda las mismas que decían luchar por nosotras.

“Te quiero siempre, puti. […] Me rehúso a defender esa clase de feminismo que nos destruye entre todas. Que dios o lo que sea las perdone”. Así se despide Paula en su publicación. ®

Notas

1 Bertrand Regader, “Sesgos cognitivos: descubriendo un interesante efecto psicológico”, Psicología y Mente.

2 Luis Cortés Briñol, “La verdad y el poder en Foucault”, 5 de febrero de 2010.

3 El efecto halo consiste en un error asociado a la existencia de escasos datos y elevada incertidumbre en la emisión de un juicio sobre circunstancias o personas, que conlleva afirmaciones exageradas o irreales sobre destrezas, capacidades o atributos de una persona o de una cierta circunstancia. […] Este efecto se da en muchos ámbitos de la vida cotidiana, incluyendo en las aulas y en procesos judiciales. El nombre de efecto halo fue acuñado por Edward L. Thorndike. Consultado en Wikipedia.

4 Uno de los primeros símbolos ideado por estas madres fue el clavo, que significaba los clavos de Cristo en la cruz. Otro símbolo de identificación fue el pañuelo blanco en la cabeza, como un referente del pañal de sus hijos, cada uno con su respectivo nombre. Las estadísticas de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo e Hijos de Desaparecidos registran la muerte o desaparición de 30 mil personas.

5 Antes del escrache, ¡sí denunciamos! Pie de Página, 10 de octubre de 2017.

6 Ibid.

7 Consuelo Sáenz, Entrevista al Dr. Luis Manuel Rodríguez Otero, “La violencia intragénero debe ser visibilizada”, Avispa Midia, 11 de julio de 2019.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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