Dos cuentos inverosímiles

“La (in)visible e (in)verosímil historia de Sócrates Laporta, profesor universitario” y “Evita a Shakespeare si puedes”

Dos breves cuentos, uno más que otro, que además de inverosímiles son insólitos y hasta desconcertantes. Léalos bajo su propio riesgo.

Otro Sócrates.

La (in)visible e (in)verosímil historia de Sócrates Laporta, profesor universitario

para josé eugenio sánchez

Por fuerza, condenar a tu hijo con el nombre de Sócrates tiene que ser producto de un severo acto de inspiración, una especie de pacto ateniense que un padre delirante toma a solas, sin consultar a su mujer, quien, como entre los antiguos, carece de voz, no se diga de voto. O bien de la imposición de una vocación en la cual la vida entera del chilpa en cuestión se gastará en la resolución de una trampa, de un falso predicamento. Cupieron en la tremenda decisión de hallarle un nombre a Sócrates Morcilla el ejercicio de la política, quizás la filosofía, las matemáticas y hasta las ciencias ocultas de la economía —en este caso hablamos específicamente de economía política, atendiendo al canon marxista prevaleciente entre los círculos que frecuentaba entonces el padre del niño recién nacido.

Casada con un militante de izquierdas y al cual había dejado de desear y quizás de amar durante el acto en el que fue concebido el primer y único vástago de su matrimonio, una cosa es cierta, pensó para sí Silvina Morcilla, neé Laporta, segura que de aquello saldría un hijo varón: basta de vulgares tenderos y dementes izquierdosos de pacotilla en la familia, se dijo Silvina mientras el cuerpo de su marido, que visto desde las alturas semejaba a un carapacho cubierto de vellos —no precisamente su mejor imagen ni hora, pues sus dotes amatorias eran las de un comisario del partido, bruscas y limitadas— todavía zangoloteaba dentro de ella luego de expulsar a unos 39 millones de miembros del partido trabajador de los espermatozoides al interior de la vagina de su mujer —a quien llevaba meses tratando de convencer: amorcito, no tienes nada que perder al hacer la revolución, excepto las cadenas de la explotación… siempre y cuando sigas cocinando igual de sabroso, ni mi madre tenía tu rica sazón—, quien para ese momento ya había decidido: quiero que mi hijo Sócrates dedique su vida al conocimiento, que sea un profesor universitario serio, un científico, astrónomo, médico, matemático, nada de pendejadas de dizque ciencias sociales.

Para bien o mal, como es el caso en todo cuanto tiene que ver con asuntos humanos, así fue. Sócrates Morcilla Laporta, jamás usó el apellido de su padre sencillamente porque a los pocos meses de nacido, éste desapareció de su vida sin dejar el menor rastro; y así ocurrió, tal como lo quiso Silvina: Sócrates se convirtió en un profesor universitario.

¿Qué tipo de profesor universitario? Imposible contestar con la debida hondura a semejante pregunta: esto es un relato, no una novela; sobre todo, no una de esas novelas “de trama épica”, así las calificaba, a las que el profesor Sócrates Laporta era un verdadero adicto.

¿Cuál era la razón de semejante adicción?

La respuesta a esta pregunta es la razón de ser de esta historia y la justificación de una vida a la cual se le sustrajo un apellido tal como se despoja al cuerpo de un órgano —por ejemplo el apéndice— con tal de no llevar problemas adicionales a casa o al propio cuerpo. Razón y justificación caben en la que fue la larga, inmemorable pero en un cierto grado también productiva vida del profesor universitario, especializado en ciencias neurológicas, Sócrates Laporta.

Laporta; como está inscrito en la pequeña lápida bajo la cual yace desde hace más de una década el profesor, en el lote del cementerio donde también descansan otros miembros de la familia, comenzando por su santa y chingada madre, quien supo disolver como nadie, como practicante de la alquimia más arcaica, cuanto quedaba de Morcilla en esta tierra.

Evita a Shakespeare si puedes

para Ricardo Pohlenz    

Hablo de la maravilla de vivir en una ciudad–estado en la que, con suerte, no vuelves a encontrarte jamás con quien no quieres ver ni en pintura, como dice la manida expresión. Hablo también de la macabra pesadilla cuando el encuentro se vuelve realidad.

Traté de cambiar de fila en el supermercado. No funcionó. Ambos me reconocieron y en menos de un segundo los tenía junto a mí, ofreciéndome detalles no solicitados de la que hasta ese momento era la excepcional vida de matrimonio feliz.

Un matrimonio feliz.

Un matrimonio feliz y descortés. ¿O será que a los infelices, a fuerza de desdichas, dolencias y otros infortunios, no nos queda otra que ser en extremo educados, precavidos, incluso corteses?

Al fin, casi sin soplo ni aliento, él cerró el pico para que ella, mi antigua novia de años, escupiera a mi cara su mísera pregunta. Me defendí como pude:

—Yo, qué va: genial: un Romeo sin su Julieta—. Par de miserables. ®

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Publicado en: Narrativa

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