La Ley Olimpia es un conjunto de reformas legales en México que reconocen y sancionan la violencia digital y la violación a la intimidad sexual. En esta entrevista la cineasta narra cómo realizó el documental en torno a la batalla de Olimpia Coral Melo.

Una imagen, un video o un audio íntimo se escapa de las manos de quien alguna vez lo protagonizó y empieza a circular sin consentimiento ni control por Internet: se replica, cambia de manos, reaparece en lugares inesperados, hasta volverse inasible. Y en ese desplazamiento, de lo privado a lo público, no sólo se pierde la agencia sobre el propio cuerpo, sino también sobre el nombre, la identidad, la forma en que una persona es mirada por los demás. A lo largo de catorce años Olimpia Coral Melo ha sostenido una batalla para poder enunciar aquello que, hasta no hace mucho, ni siquiera tenía un lugar claro dentro de la ley y de la que ella misma fue víctima: la violencia sexual digital.
En el documental Llamarse Olimpia, su ópera prima, Indira Cato se acerca desde la complicidad a esa historia, que con el tiempo daría lugar a la llamada Ley Olimpia, y sigue la búsqueda por volver a habitar aquellos espacios que parecían haberle sido arrebatados por la exposición pública, la virulencia propia de las redes sociales y el desgaste emocional.
A propósito del reciente estreno de la película (tras haber sido reconocida en los festivales de Guadalajara, Morelia y Málaga), compartimos la entrevista con la realizadora, quien habló acerca de las tensiones y polarizaciones que atraviesan al feminismo en el entorno virtual, la incorporación de la dramaturgia en el cine documental y los retos de filmar una lucha en curso, marcada por una realidad con pocas certezas.
Indira Cato se acerca desde la complicidad a esa historia, que con el tiempo daría lugar a la llamada Ley Olimpia, y sigue la búsqueda por volver a habitar aquellos espacios que parecían haberle sido arrebatados por la exposición pública, la virulencia propia de las redes sociales y el desgaste emocional.
—El estreno de Llamarse Olimpia se dio en una coyuntura particular, días previos al 8 de marzo. Y como ocurre cada año, bastó asomarse a las redes sociales para confirmar el hervidero de toxicidad en que éstas se convierten: violencia, machismo, ignorancia, donde se regurgitan las mismas frases, los mismos “argumentos”, las mismas burlas hacia cualquier expresión feminista. En la película, Olimpia habla de las redes como un nuevo espacio inquisitorial donde cualquiera, con la mano en la cintura, señala a otra persona. ¿Tú qué opinas al respecto?
—Como bien sabemos, la violencia hacia las mujeres siempre ha existido y está en todos lados, pero ahora también se extiende al espacio digital. Afortunadamente, ya existe la Ley Olimpia y está regulada, pero al principio era absurdo que ni siquiera se considerara violencia o delito. Yo creo que la principal aportación de la ley es justamente ésa: poder nombrarla y enunciarla como violencia. Lamentablemente, muchas veces nos regimos más por lo que está escrito que por el criterio o el sentido común. Es como si se dijera: “Si no está escrito aquí, entonces no existe”.
Aunque son una extensión de la vida física, las redes sociales tienen características muy particulares. Por ejemplo, está el anonimato. Ahí entramos todos: hombres, mujeres, todo el mundo. Pero cuando hablamos de temas como violencia de género, ese anonimato se vuelve problemático. Las redes generan una sensación de irrealidad, como si lo que ocurre ahí fuera efímero, como si olvidáramos que del otro lado hay personas reales. Cualquiera se puede esconder detrás de un avatar y eso da una libertad que podría ser positiva, pero con frecuencia se convierte en impunidad para escribir cualquier comentario. Por ejemplo, si aquí, sentada contigo, hago un comentario, tengo que sostenerlo e intentar discutirlo hasta llegar, quizás, a alguna conclusión. En cambio, en redes, cualquiera puede aventar una bomba y seguir navegando. No tiene que comprometerse con lo que dijo, puede irse sin saber qué respondió la gente o si alguien se sintió afectado.
—Esa ligereza genera una forma muy extraña de interactuar: “Ahí va mi comentario, total, no hay consecuencias”. Y eso también pasa con la violencia sexual digital. Uno de los argumentos más comunes para desestimarla era y sigue siendo: “Bueno, pero no es algo físico, no estoy tocando el cuerpo de ninguna mujer”. “Es Internet, tampoco es para tanto”. “Sólo se trata de una foto”. “Pero si ya estaba circulando; yo solamente la reenvié”. “Ya no saben de qué quejarse”… Abundan las frases para trivializar el problema.
—Exacto. Pero la realidad es mucho más compleja. Para las víctimas significa una pérdida total de control. Ese material crece y se multiplica; las personas no saben hasta dónde pueden llegar las fotografías, los videos o los contenidos íntimos, ni qué pueden hacer con ellos. Eso genera muchísima angustia y, psicológicamente, ya está demostrado que tiene consecuencias muy graves.

Como toda herramienta nueva, las redes pueden usarse de formas positivas o negativas. En el caso de Olimpia y de Defensoras Digitales, el colectivo activista que ella fundó, han sido una de sus principales plataformas de lucha. Pero al mismo tiempo es el espacio donde reciben ataques, críticas y donde comenzó la violencia contra ellas.
—Y ahora la inteligencia artificial entra en la ecuación: en segundos, cualquiera puede generar imágenes sexuales falsas a partir de rostros reales e incluso lucrar con ellas.
—Es brutal, y abre una nueva forma de violencia todavía más difícil de enfrentar, porque ahora el argumento será: “Bueno, pero ni siquiera es su cuerpo”. Da igual si ese cuerpo es real o no: el escarnio social va a ser exactamente el mismo. Entonces sí, las redes son un espacio muy delicado. Y, como dices, cada 8 de marzo se vuelven particularmente intensas. Es algo muy extraño de observar.
—Y en medio de esa dinámica en redes, también se empieza a notar el desgaste que genera esta discusión.
—Algo que veo constantemente en los comentarios es que mujeres dicen: “Ya estamos agotadas de tratar de educar a los hombres”. Yo, personalmente, estoy dispuesta a dialogar, pero con gente que legítimamente quiera escuchar. Sin embargo, siento que a menudo eso no sucede. Es como si alguien ya tuviera una idea preconcebida, una frase estándar, y simplemente la lanzara sin querer escuchar lo que tiene que decir el otro. Entonces llega un punto en el que uno ya no quiere gastar energía en eso.
—Sí, porque sabes que no vas a llegar a nada, es una batalla perdida de antemano.
—Definitivamente. En cambio, es padre cuando alguien sí quiere conversar. Tampoco creo que los hombres tengan que tener todo resuelto. Ni nosotras. Estamos en una época de cambios constantes y todos estamos aprendiendo. Pero el punto es querer repensar y cuestionar. Lamentablemente, veo poca apertura en ciertos espacios, aunque en otros sí empieza a haberla. Creo que poco a poco vamos avanzando.
—Lo peor es que esta falta de disposición para escuchar al otro ocurre en cualquier tema y en cualquier ámbito. Aquí estamos hablando del feminismo y de la violencia contra las mujeres, pero puede pasar incluso en los temas más superfluos.
—Sí, totalmente. Pienso que todos tenemos ideas y sesgos muy arraigados, y nos resulta difícil que nos cuestionen y pensar en otras perspectivas. Creo que justamente el cine documental ofrece esa oportunidad, y eso me parece fascinante. Los documentales me han permitido escuchar voces que quizá no habría escuchado de otra manera. Recuerdo, por ejemplo, los sentimientos encontrados que me provocó ver El alcalde (Emiliano Altuna, Diego Enrique Osorno y Carlos F. Rossini, 2012), sobre el político Mauricio Fernández Garza. Me cayó muy bien, tomando en cuenta que fue un personaje muy complicado y polémico. Y probablemente nunca me habría puesto a buscar noticias sobre él o entrevistas por mi cuenta. Para mí, el cine documental ha sido una gran escuela en la vida y en mi cultura general.
Pienso que todos tenemos ideas y sesgos muy arraigados, y nos resulta difícil que nos cuestionen y pensar en otras perspectivas. Creo que justamente el cine documental ofrece esa oportunidad, y eso me parece fascinante. Los documentales me han permitido escuchar voces que quizá no habría escuchado de otra manera.
—Ligado a lo anterior, este 2026 se cumplen cinco años de la entrada en vigor de la Ley Olimpia. Sin embargo, después de este tiempo —y pese a que ya existen casos documentados donde se ha aplicado— en redes sociales todavía se percibe mucha confusión sobre qué sanciona exactamente la ley. ¿Por qué crees que sigue costando tanto trabajo comprenderlo?
—Creo que primero hay que partir de algo: en este país casi ninguna ley se entiende del todo. Lo que tiene la Ley Olimpia es que, a diferencia de muchas otras, viene acompañada de una historia mediática y viral, y también de un rostro. Eso, de alguna manera, la ha acercado más a la sociedad; la hace más accesible. Pero también provoca que se hable de ella indiscriminadamente y que circule muchísima desinformación. De pronto alguien dice: “Si alguien te graba en la calle, ya le van a aplicar la Ley Olimpia”. Y no es así. Hay mucho mal uso cotidiano del término, mucha confusión sobre qué es realmente.

Como con cualquier nueva legislación, una cosa es que exista en el papel y otra muy distinta es que las instituciones sepan aplicarla. Al principio, los propios ministerios públicos no tenían ni idea de cómo tomar una denuncia. Parte del trabajo que han asumido las Defensoras Digitales es justamente capacitar a ministerios públicos para que sepan recibir denuncias relacionadas con la Ley Olimpia, pero también para que lo hagan con perspectiva de género, evitando la revictimización, algo que dentro del sistema que tenemos, a veces parece casi inevitable.
Ellas mismas son muy conscientes de que una ley aislada no sirve de nada si no es bien aplicada, si no hay acompañamiento y si no existe todo un trabajo integral alrededor. Y esa labor continúa. Por eso, tanto en el documental como en la vida real, la historia no termina con la aprobación de la ley a escala nacional. A mí me preocupaba que la película terminara como un cuento de hadas, con una leyenda implícita de “Y vivieron felices para siempre”.
Y esa labor continúa. Por eso, tanto en el documental como en la vida real, la historia no termina con la aprobación de la ley a escala nacional. A mí me preocupaba que la película terminara como un cuento de hadas, con una leyenda implícita de “Y vivieron felices para siempre”.
Me parecía importante mostrar que sí hay avances, que los logros son fundamentales, pero que no podemos quedarnos con la idea de que la violencia digital ya se acabó, porque eso es falso y además es un discurso peligroso. Había que mostrar que detrás hay muchísimo trabajo todavía por hacer. Sobre todo en términos de prevención: cómo se relacionan con la virtualidad las nuevas generaciones que ya nacen con ella encima; cómo entienden las tecnologías, cómo las usan, cómo se desarrollan dentro de ellas, cómo pueden generar más empatía y responsabilidad.
—¿Cómo fue tu acercamiento con Olimpia? ¿De qué manera llegas a ella y se empieza a formar esa relación que eventualmente te permite documentar su vida y su lucha?
—Yo la encontré en redes sociales, como la mayoría de la gente. Empecé a leer sobre ella, a investigar cada vez más, a escuchar sus conferencias, y me parece fascinante. Entonces pensé: “Quiero saber aún más de ella, quiero entender cómo se organiza y cómo lleva adelante todo lo que hace”. Porque se dice fácil: “Le sucedió este episodio en su vida y terminó impulsando una ley”, pero, ¿qué hay en medio de eso?
Después de mucho tiempo de seguirla, un día me animé y le escribí por Facebook. Le mandé un mensaje larguísimo presentándome y diciéndole que me parecía muy importante registrar lo que estaba pasando con la Ley Olimpia. En ese momento ya estaba aprobada en varios estados, pero todavía faltaba la aprobación nacional, y yo estaba segura de que iba a haber muchas cosas que valía la pena documentar.
Me contestó casi inmediatamente, pero luego se fue volviendo una situación un poco extraña para ella. Hay que entender que el acto de hacer un documental es rarísimo. Para empezar, es un acto invasivo en sí mismo: de un día para otro ya tienes a alguien con una cámara siguiéndote todo el tiempo y tienes que fingir que esa cámara no está. Entonces lo primero que hice fue presentarme sin cámara y empecé a convivir con ella. Pero, claro, después de unos meses Olimpia estaba desconcertada; se preguntaba: “¿Por qué hay una chica metida en mi casa todo el tiempo, si dijo que quería hacer un documental?” Ella pensaba que la iba a entrevistar durante un par de horas y ya; hasta ese momento ni siquiera habíamos empezado a grabar. Estaba acostumbrada a que le hicieran reportajes, pero esto era algo distinto y no sabía qué estaba pasando. Le expliqué que la idea era conocernos primero y que ya era hora de pasar a la siguiente etapa y llevar a mi equipo. Ahí fue cuando comenzó a formarse realmente el vínculo entre nosotras.
—La historia no se quedó solamente entre ustedes dos. ¿Cómo se fueron sumando las otras mujeres que aparecen en la película?
—A través de Olimpia conocí a Marcela Hernández Oropa, su mano derecha dentro de Defensoras Digitales, y posteriormente conocí a Prania Esponda, quien también fue víctima de violencia sexual digital, pero en otra época, ya con la ley en vigor. Eventualmente, ambas se convirtieron en personajes de la película. Conforme la cámara y la presencia de un equipo dejaron de ser una anomalía, fue surgiendo una espontaneidad y autenticidad que le vino bien al documental.

Sin embargo, siempre estuvo presente algo muy importante: estaba trabajando con personas que habían sido violentadas precisamente con una cámara. Nunca perdí de vista eso. Desde el principio les dije: “Con toda confianza ustedes pueden decirme hasta dónde sí y hasta dónde no; si quieren que deje de grabar, si algo no les gusta, o si grabamos algo y después prefieren que no aparezca”. Todo eso estuvo siempre sobre la mesa, y creo que también ayudó a que se sintieran más tranquilas al abrirse, porque sabían que tenían ese respaldo.
Por otro lado, Olimpia es una persona absolutamente hiperactiva. No para nunca: está en un estado, luego en otro, luego en otro. Conferencia tras conferencia, marchas, capacitaciones, entrevistas. Es una máquina. Y eso para un documentalista es una pesadilla, porque no puedes planificar nada: no puedes cambiar un lente, montar un tripié o preparar una escena. Si bien los documentales son reales, muchas veces puedes pedirle a tu personaje que repita una acción: “Oye, te bajaste del coche y no lo alcancé a grabar, ¿te puedes bajar otra vez?” Con Olimpia eso fue imposible. Lo entendí desde el principio y lo asumí así con mi equipo. Todas terminamos compadeciendo a Laura Miranda, mi fotógrafa, que hizo milagros con una cámara pequeña y siempre al tiro para empezar a grabar cuando sucediera algo inesperado… cosa que, por supuesto, pasaba todo el tiempo (risas).
Ella no quería dar pie a que se pensara que era débil o que estaba cansada. Fue un diálogo constante entre nosotras, porque, por un lado, sí quería expresarse, pero, por el otro, también le daba temor. Y para mí era justo lo contrario. Yo le decía: “Olimpia, si te veo en redes haciendo todo lo increíble que haces, y además veo que estás cansada, para mí eso lo vuelve todavía más valioso”.
—Hace un momento mencionabas que te preocupaba que la película pudiera terminar de una manera idílica. Sabemos que eso no ocurrió. De hecho, dentro del documental, la propia Olimpia reconoce que impulsar la ley trastocó por completo su vida: sus vínculos sentimentales, sus relaciones familiares, su trabajo, incluso sus hobbies. Y entonces aparece un dilema muy claro: por un lado, seguir siendo empática con otras chicas a quienes les ha pasado lo mismo y acompañarlas; por el otro, no querer ocupar ese lugar de protagonismo que muchas veces se le ha reprochado, acusándola de querer lucirse o de subirse oportunistamente a la ola del feminismo. ¿Cómo abordaste ese conflicto?
—¿Cuándo hemos escuchado que digan que un hombre hace algo porque quiere ser protagonista? Claramente, todo se castiga mucho más cuando se trata de una mujer. Yo creo que Olimpia ha llegado tan lejos justamente por ser como es: por mostrarse muy fuerte, muy dura, muy honesta. Y esas son cualidades que, dentro de esta sociedad, muchas veces no son bien vistas en una mujer. Trabajar eso dentro del documental fue complicado, porque ella no quería dar pie a que se pensara que era débil o que estaba cansada. Fue un diálogo constante entre nosotras, porque, por un lado, sí quería expresarse, pero, por el otro, también le daba temor. Y para mí era justo lo contrario. Yo le decía: “Olimpia, si te veo en redes haciendo todo lo increíble que haces, y además veo que estás cansada, para mí eso lo vuelve todavía más valioso”.
A veces se nos olvida que los activistas también se abruman y necesitan descansar. Hay que pensar que, además de la presión de contestar cuatrocientos mensajes diarios, ir de un lado a otro para conceder entrevistas o dar conferencias, muchas de esas actividades están directamente relacionadas con lo que más dolor le causó en el pasado. Hay un desgaste emocional y físico enorme. Yo misma me preguntaba: “¿Cómo puede vivir con esto todos los días?” Cuando yo estoy cansada, normalmente es por periodos y puedo decir: “Bueno, la próxima semana no me voy a levantar de la cama”. Pero Olimpia no: ella ya se subió a este barco y va a llegar hasta el final. Fue todo un proceso el encontrar el punto exacto para que pudiera expresarse sin que se sintiera vulnerable. Y creo que, al final, logramos un equilibrio con el que todos dentro de la película quedamos bastante satisfechos.
—Escribiste el guion junto con Jazmín Cato Sosa, quien además tiene el crédito de dramaturgia. Es un crédito poco común en el cine documental. ¿Qué implica exactamente ese trabajo?
—Jazmín es mi prima, así que entre nosotras también existe una relación de mucha confianza para dialogar y discutir las cosas. La dramaturgia, como sabemos, es un término que viene del teatro, pero en el caso de esta película se relacionaba con acompañar el proceso creativo, reflexionando sobre lo que estábamos haciendo: qué estaba diciendo el documental narrativamente, cómo se estaban leyendo las imágenes y qué implicaciones tenían.

El trabajo de Jazmín tuvo que ver con la investigación de los temas, pero no sólo desde la teoría, sino también desde lo vivencial. Tenía toda la información, pero además la puso a dialogar con lo que estaba pasando en la realidad. A veces, lo que está en los libros no necesariamente se traduce de manera directa en las personas o en los contextos reales. Entonces, convivió con el colectivo, asistió a eventos y observó cómo funcionaban las dinámicas en esos espacios sociales.
También hablamos mucho de cómo hacer un registro digno y cuidadoso, por ejemplo, de los cuerpos de las mujeres, evitando reproducir ciertas miradas. En ese sentido, entre las dos fuimos aterrizando todo en decisiones muy concretas para la película.
—Hablabas del ritmo frenético de Olimpia y de cómo Laura Miranda, tu fotógrafa, tenía que hacer malabares para seguirla con la cámara. En la película, sin embargo, también aparecen segmentos atmosféricos que funcionan como pausas —habitaciones vacías, paisajes neblinosos—. ¿Cómo trabajaron el aspecto visual del documental?
—Esas secuencias fueron una especie de regalo para Lau después de todo su sacrificio durante el rodaje. Pudimos dedicar unos días a filmar con calma en espacios naturales y ahí sí pudo controlar la luz, elegir los lentes, componer las imágenes y trabajar a otro ritmo. Fue muy feliz haciéndolo.
Pero, más allá de esos momentos de calma, con Laura construí una complicidad muy importante. Como sucede con la mayoría de los documentales, el proyecto cambió muchísimo. Teníamos un guion, pero la realidad siempre iba modificando las cosas y nos obligaba a ser flexibles. Incluso nos llegamos a preguntar en más de una ocasión si tenía sentido aferrarnos demasiado a algo que quizá no iba a suceder tal como lo habíamos imaginado.
Hay una anécdota que me gusta mucho porque creo que resume bien lo que terminó siendo el resultado. Estábamos afuera de la Cámara de Diputados durante la aprobación nacional de la ley. Se instaló un campamento por más de treinta horas y todo era un caos: se nos llenaban las tarjetas de memoria de la cámara, durante varias horas cayó una tormenta, estábamos agotadas… Yo estaba más preocupada por que mi equipo no se desmayara que por cualquier otra cosa. Les preguntaba todo el tiempo: “¿Qué necesitan? ¿Agua, comida?”
Chicas por todos lados celebrando eufóricamente, humo morado, gritos, consignas. Yo empecé a buscar a Lau para decirle: “¡Hay que grabar esto!”, pero no la encontraba. Cuando por fin volteé, Lau ya estaba grabando exactamente lo que yo quería…
En un momento empezaron a escucharse los resultados: se había aprobado la Ley Olimpia y todo se volvió todavía más caótico. Chicas por todos lados celebrando eufóricamente, humo morado, gritos, consignas. Yo empecé a buscar a Lau para decirle: “¡Hay que grabar esto!”, pero no la encontraba. Cuando por fin volteé, Lau ya estaba grabando exactamente lo que yo quería: en lugar de concentrarse en las banderas o el humo morado estaba apuntando a Olimpia y a su mamá abrazándose. Ese momento era fundamental para el documental. Por un lado, estaba ocurriendo un logro social enorme, algo que cambiaba la historia del país, pero al mismo tiempo se producía un cierre íntimo entre Olimpia y su mamá. Era como si en ese abrazo se cerrara el círculo de todo lo que había empezado en el momento en que su mamá vio el video y decidió apoyarla. Entonces estábamos viendo el triunfo colectivo, pero también ese momento personal entre ellas dos.
—Además del trabajo en la filmación, también eres coeditora de la película. ¿Cómo fue ese proceso?
—Como puedes ver, soy una controladora terrible (risas). Durante el desarrollo del proyecto estuve participando en talleres en los que siempre nos pedían mostrar fragmentos de lo que estábamos haciendo. Cada vez que grabábamos algo, yo misma hacía pequeños montajes para poder compartir avances. Hay que decir que yo no soy editora: sé lo básico; sin embargo, esos primeros montajes me ayudaban a probar ideas.
Cuando el proyecto creció, llegó el momento de buscar a una editora y ahí se sumó Alicia Segovia. Yo le entregué todos esos fragmentos que había armado y ella retomó varios de ellos: algunos se quedaron muy cerca de lo que yo había montado, otros los replanteó y algunos más simplemente no entraron en la versión final. Además, Alicia descubrió cosas en el material que yo nunca habría imaginado. Después de tantos años filmando, había escenas que ni siquiera recordaba haber grabado o que en su momento pensé que no iban a servir. Ella las recuperó y les dio otro sentido.
Hacia el final, yo también volví a entrar al proceso para darle otra pasada al corte. Fue un ir y venir muy bonito entre las dos: cuando yo ya no tenía la mirada fresca, entraba Alicia, y cuando ella sentía que se estaba perdiendo en ese mar de imágenes, volvía yo con otra perspectiva. Fue como un partido de fútbol: una entraba a la cancha, la otra salía a descansar y luego volvíamos a hacer el cambio. Trabajar con Alicia fue muy lindo, porque juntas fuimos encontrando la película.

—¿Cómo es la producción de una película como Llamarse Olimpia?
—Súper complicada. Yo también soy productora, pero en este documental tuve a mi lado a Hugo Chávez Carvajal, quien es mi socio en éste y otros trabajos. Él entró un poco tarde al proceso. Llegó un punto en el que yo estaba tratando de sostener todo: buscar financiamiento, gestionar las filmaciones, coordinar al equipo… y ya me estaba volviendo loca. Fue entonces cuando se sumó Hugo y pudimos conseguir apoyos como Focine y Eficine. Ahí la película realmente despegó.
El equipo estaba integrado enteramente por mujeres, lo que en principio podía representar un reto, pero Hugo supo sostener la película desde un lugar de escucha: sin buscar protagonismo y atendiendo tanto las necesidades del grupo como las que iban surgiendo en el camino.
Producir cine es un camino muy abrumador y solitario. Con Hugo encontré una mancuerna que nos ha permitido desarrollar varias producciones a la vez y repartirnos las tareas según lo que cada quien hace mejor. Como bien sabes, es muy difícil vivir del cine, y si hablamos de documental, todavía más. No puedes depender de un solo proyecto, necesitas tener varios en distintas etapas para que las cosas realmente puedan avanzar. ®
