La literatura es, desde el principio, una poderosa forma de conocer el mundo, la realidad, las personas. Díganlo si no después de leer estos relatos en los que la condición humana se muestra en toda su cruda y compleja ingenuidad…

Albergue
El albergue no era más que un añadido de concreto en la azotea, un cuartucho habitado por un escritor de nombre solemne y magra fortuna: Parménides Bernal. Cansado del yugo paterno, se había recluido allí, cerca de la librería José Carlos Becerra donde trabajaba. Su vida, un inventario de ausencias: ni perro, ni mujer, ni grandes ambiciones. Se conformaba con ser un fumador empedernido, aficionado al licor de anís y a los tacos de canasta del puesto al pie del edificio. En la librería su labor resultaba casi invisible; consistía en un tránsito espectral por la penumbra, salvando del olvido títulos que nadie quería poseer.
Se impuso el retiro como quien busca un sacramento. Buscaba en la soledad la invocación de la musa; no ocurrió así. Sentado ante el ventanal, urdía tramas y personajes atrapados en medio de algún conflicto; pero, qué va, sus ideas se deshacían con el humo del cigarro. La musa ignoró su escondite, pero su amigo Eusebio sí lo encontró.
Un lunes, Eusebio irrumpió escoltado por dos mujeres: Anapolet y Natalia. Eran figuras difusas; a ratos parecían estudiantes de filosofía y a ratos estafadoras profesionales o actrices de cine porno. Se decía que llegaron del norte, o quizás de Centroamérica; nadie sabía a ciencia cierta, pues las pescó en una aplicación de citas. Fiel a su arrogancia, logró apropiarse del lugar; se rascó los testículos con aire de triunfo y soltó la bomba: filmarían un cortometraje.
—Algo chingón, Parme. Algo pretencioso —remató.
Escupió nombres de festivales —Sundance, Palm Springs— y una constelación de lugares que Parménides apenas ubicaba. La retahíla de sus delirios llenó el espacio: el guion firmado por Andrés Nezahualcóyotl, la cámara de William Trejo, la edición de Verónika Herrera. Las protagonistas, por supuesto, serían Anapolet y Natalia.
Ante semejante aluvión, su intento de réplica fue inútil: el trío ya lo había borrado del mapa. En silencio, se sirvió una copa de anís. La soledad, pensó mientras los veía enredarse en un collagede brazos, piernas, bocas y nalgas, es un pozo oscuro donde uno termina bebiendo sin compañía. A la séptima copa vio su vaso de licor y resolvió alejarlo unos cuantos centímetros, como quien ha decidido controlar su consumo. Para ese entonces, Eusebio había desaparecido. Alguien abrió la ventana y una ráfaga de aire caliente invadió el cuarto. Al guardar la botella en el anaquel las dos jóvenes le lanzaron el anzuelo.
—¿Podemos quedarnos un par de noches?
Mientras esperaban la respuesta lo miraron con una fijeza húmeda, un asedio directo que le puso la piel de gallina. Empezó a sudar frío y a frotarse la nuca; incluso se le escapó un pedo, como el último suspiro de su dignidad evaporándose. Siempre fue un minusválido frente a las mujeres: una era un problema, dos eran una emboscada. Al final, aceptó gruñendo.
Parménides dejó de escribir. Dejó de comer. Su universo se contrajo hasta tener la forma de ese objeto de cuero. Resignado, comenzó a especular sobre el contenido: ¿monedas antiguas?, ¿drogas?, ¿perfumes de catálogo?, ¿el guion de la película?
El par de noches se volvió un mes. Ellas nunca pidieron un juego de llaves; entraban y salían a su compás, bajo una sincronía misteriosa que calcaba sus turnos en la librería. Jamás encontraron el cerrojo puesto; iban y venían siempre cargando una maleta de cuero azul a cuestas. Al volver, se desnudaban con una naturalidad que lo hería, se bañaban juntas y, tras quedar limpiecitas, se entregaban a un ritual sagrado: contemplar en silencio el interior de la roída maleta. Parménides dejó de escribir. Dejó de comer. Su universo se contrajo hasta tener la forma de ese objeto de cuero. Resignado, comenzó a especular sobre el contenido: ¿monedas antiguas?, ¿drogas?, ¿perfumes de catálogo?, ¿el guion de la película?
Una madrugada, mientras dormían después de un festín de hot cakes y canciones del Buki, él se arrastró hacia el tesoro. Con el corazón martillando en las costillas, forzó el cierre. Antes de abrirla, vaciló; le asaltaron unos breves escrúpulos por profanar lo ajeno. Sin embargo, recordó que ninguna aportaba un peso para la renta y se sintió con todo el derecho de actuar. Al abrirla, un resplandor amarillo le pegó de frente; se vio obligado a apartar la cara, deslumbrado. Tuvo un chispazo de claridad, hasta que un golpe seco en el vidrio lo cortó de tajo. Parménides casi se zurra. Por un instante creyó ver un duende y se talló los párpados violentamente, pero sólo era un gato con los ojos amarillos fijos en él desde el marco de la ventana. El susto lo obligó a cerrar la maleta de golpe. No veía nada claro: sólo ese brillo hipnótico que le dejó las retinas quemadas.
Aquella noche no pudo pegar el ojo; la angustia lo consumía como la brasa de un cigarro barato. Su cabeza intentó reconstruir la imagen del interior de la maleta; los pensamientos chocaban sin cobrar una forma reconocible. Por más que se restregaba los ojos, el inventario de su memoria estaba en blanco: una mancha informe flotando en la oscuridad de la azotea.
Pasó otro mes. De Eusebio no hubo rastro; su teléfono mandaba a buzón. Reclutada por ellas, se sumó Carlota, aumentando el hacinamiento y el delirio. No traía equipaje, sólo un abrigo de piel sintética y una risa estridente que le crispaba los nervios como si fueran cables pelados. Su llegada terminó por oprimir la jaula. Parménides acabó relegado a un rincón, durmiendo sobre una pila de libros descabalados, convertido en un mueble que las tres evitaban con cortesía distante. Mientras ellas reían o se trenzaban el cabello, la maleta azul se mantuvo en el centro como un altar. Él ya ni las saludaba; vivía en una vigilia de anís y sospechas. Una tarde, finalmente, ellas se apiadaron de su obsesión.
—¿Quieres ver? —preguntaron, subiendo la maleta a la cama.
El cierre corrió con un siseo. La tapa se abrió. Parménides se plantó petrificado. El orgullo le ganó a la curiosidad: no quería pasar por chismoso frente a esas suripantas.
—No —mintió, y se fue a beber.
El final llegó un viernes. Harto de vivir como un extraño en su propia casa, de beber a escondidas entre las sombras de los escalones, entró a la habitación resuelto. Contempló la maleta durante un tiempo indefinido. La tocó. Sintió un mareo súbito, una náusea eléctrica; entendió, de pronto, la existencia de verdades que, una vez vistas, te dejan ciego. Miró hacia la cama, donde los tres cuerpos se enredaban bajo la cobija en una pesadez absoluta. Se acercó. Tiró del cobertor con una fuerza ajena —como si estuviera arrancando la piel de su propia casa— y rugió.
—¡A chingar a su madre, ya!
Las tres mujeres, sin una sola queja, recogieron sus bártulos y se disolvieron en la oscuridad. Se llevaron todo: el olor a hot cakes, los susurros de la película inexistente y el eco de sus risas. Sólo dejaron una cosa: la maleta de cuero azul.
Antes del pétalo, la espina
Terminal de autobuses. Sala de abordaje. Once treinta.
—Tú fuiste quien me regaló mi primera rosa.
Son sus únicas palabras dirigidas a mí, palabras que cortan mi cerebro como una enorme y glacial hacha vikinga. Mientras tanto, mi memoria intenta resolver el acertijo: ¿la conozco? Por desgracia, la memoria se niega a cooperar; a la muy huevona le falta una dosis urgente de vitamina B12 y, pese a los intentos, rehúsa responder. Observo a la joven: es alta, de piel oscura, con trenzas amarillas hasta el talle. Una aparición seductora que debería ser imposible olvidar. Aun así, sigo en blanco hasta verla ocupar el asiento contiguo y quedar bajo su asedio.
—¿Sabes quién soy? —insiste.
No tengo escape. La miro de nuevo. Un chispazo en la penumbra y salta un nombre: Odalis. Fuimos vecinos en Montecristo, donde ella, la menor de tres hermanas, recorría las calles pregonando dulces caseros. Se formó bajo el yugo de una mujer cuya fe asfixiante alimentaba el chisme: decían que castró al marido con agua hirviendo por un desliz. Su infancia transcurrió en una clausura familiar: ropa vieja y ni un solo amigo varón.
Pero el amor es un pinche demonio que se te mete, pica y pica hasta calarte, y yo, jugando a ser un joven señor Darcy de pueblo, terminé por seguirla a todas partes hasta regalarle una rosa en nuestro único refugio clandestino: los pasillos de la biblioteca.
Ahora, ya instalados en el autobús hacia San Juan Bautista tras convencer al pasajero de junto, Odalis es una explosión de estilo pop y arrebato callejero. Apenas salimos a la carretera, me platica de sus noches en Ciudad del Carmen. La miro de reojo —piernas espigadas, escote pronunciado— y le suelto.
—Te ves demasiado sexi para cualquier oficio.
—¿A poco se me nota? —pregunta mirando a otra parte.
—Un poco. Habla.
—Soy teibolera —escupe, y sus ojos castaños me fusilan—. Y cojo con viejitos: pagan mejor.
Pasan los minutos y el silencio se vuelve un muro entre nosotros mientras el autobús devora el asfalto. No puedo reconciliar a la adolescente de la biblioteca con esta mujer que jala aire cada cinco minutos con un espasmo seco.
—¿Te duele algo? —pregunto, mirando su nariz roja.
—¡Güey, adoro la cocaína! —lanza, con la frescura de quien pide un refresco.
Carajo. A veces los sentimientos estorban. Se tiran al fondo de un pozo y se les echa tierra.
Al llegar a nuestro destino pactamos vernos en la noche. Una parte de mí desea cogérsela; la otra, la romántica, intenta soñar con «arreglarle la vida», sacarla de esa ruta rancia y putañera.
Son las ocho. El parque Juárez es un hervidero de gente y ni rastro de ella. Estoy por rendirme cuando siento un apretón en el brazo. Odalis surge sudorosa, con la mirada deshecha; agita las manos con un ritmo frenético.
—¡Quiero cocaína! —vocifera, ante el asombro de los transeúntes.
Un tipo con facha de Kurt Cobain tropical nos guía por una escalera de concreto. El miedo muerde el estómago; imagino un asalto, un golpe, un final atroz en esa esquina oscura. Aprieto su mano con fuerza, pero ella me la arrebata con un «¡Coño, suéltame!»
A duras penas explico que no la consumo. Ignoro dónde chingaos obtenerla. Me apura mientras se baja el escote. Sin duda, un par de pechos mueve voluntades. Asumo el papel de su «caballero matadragones» y termino negociando con un taxista. En el asiento trasero Odalis no deja de tamborilear los dedos contra la rodilla. Miro esas manos que antes cargaban canastas de dulces caseros, ahora temblorosas por un gramo de polvo; busco en su perfil a la niña de Montecristo, pero el olor a perfume barato y sudor frío boicotea cualquier intento de nostalgia. Acabamos en una obra negra en la colonia Tamulté. Un tipo con facha de Kurt Cobain tropical nos guía por una escalera de concreto. El miedo muerde el estómago; imagino un asalto, un golpe, un final atroz en esa esquina oscura. Aprieto su mano con fuerza, pero ella me la arrebata con un «¡Coño, suéltame!», dejando la palma fría, reducido a mi papel de extra.
Con la mercancía oculta fuimos a dar al malecón. Ella se mete a los servicios. La noche tiene un filo astillado. Siento un hartazgo de plomo. Lo mejor será abrirme en cuanto regrese. A mi lado, una pareja detiene su marcha. Se besan con una lentitud de cine antes de que la novia entre a los baños. El contraste es un insulto: a mi derecha, un novio con la mirada franca espera a su chica; de este lado yo, un idiota solemne, aguardo a una teibolera–cocainómana–coge–viejitos.
Sale disparada por la euforia, se cuelga de mi cuello y me clava una mirada eléctrica. Minutos después caemos en un bar de mala muerte donde canta frente a una rocola como si entonara himnos de guerra. Su desgarro estridente es un contraste brutal con los susurros clandestinos que nos dábamos entre los estantes de la biblioteca. Disfruta la distorsión de esa realidad postiza, armada por el polvo.
A las tres de la madrugada alquilamos un cuarto en el hotel Miraflores, un refugio de pasillos lúgubres. Adentro, el aire apesta a cloro y sábanas curtidas; el decorado no tiene pulso. Se acerca al tocador y vuelca el resto de la cocaína.
—Necesito una tarjeta —dice, dispuesta a ser la sacerdotisa de mi iniciación.
Saco lo primero que palpo en la cartera: una estampa de San Judas Tadeo, regalo de mi madre. Me clava un gesto de asco.
—No mames, güey. Eso no.
—Es lo único que hay —contesto, malhumorado.
Al final, San Juditas se encarga de alinear el paraíso. El ángel teibolero aspira con una destreza impecable; yo, con un ímpetu torpe que le arranca un rugido de desesperación. Al segundo jalón el golpe me estalla en el cráneo; la euforia trepa, nos sacude; pero en lugar de coger como bestias nos entra la paranoia de fisgonear a los vecinos.
A través del tabique, oímos cómo se despedazan por dinero en el dormitorio de al lado.
—Seguro se la cogió y no le quiere pagar —gruñe, y se abalanza hacia la puerta para partirle la madre al imbécil.
La jalo de las trenzas amarillas y la tiro sobre el colchón. Odalis se quiebra y se pone a llorar. Aguanto a su lado unos veinte minutos. Poco a poco el llanto se le apaga y se sumerge en un sueño pesado. Repaso sus facciones y lo entiendo: no hay nada que rescatar. La nostalgia no sobrevive en un cuarto que apesta a cloro. No habrá reencuentro. Salgo de la habitación sin despedirme. ®
