Una aproximación literaria y estética a El libro de la almohada en la que se explora su vigencia, su estructura fragmentaria y la actitud desafiante de su autora frente a los mandatos de su época. Una selección de pasajes y listas sobre el goce sensorial, la contemplación de la naturaleza y la construcción de una voz femenina que trasciende el tiempo.

¿Qué me llevó a sumergirme en la lectura y reflexión sobre El libro de la almohada (Makura no Sōshi, en japonés) de Sei Shōnagon? Ante todo, el placer puro de recorrer esas líneas fluidas que oscilan entre el ensayo, la observación cortesana y la contemplación sensual. ¡Escrito hace mil años por una mujer en Japón! Al leerlo, el tono intimista y sagaz parece susurrarme comentarios jugosos y sensaciones exquisitas, como si se tratara de una amiga confidente.
Hay más hilos que me conectan con esta obra: mi amor y dedicación al sumi–e, la pintura zen japonesa que practico. Me atrae por su doble dimensión: lo material —la reverencia al papel, al pincel, a la tinta— y lo espiritual —la aventura del trazo único, cargado de sutileza y fuerza. El peso del papel, su textura y la fluidez de la tinta influyeron en Shōnagon y en su deleite por la escritura, como ella misma lo expresa en diversos pasajes del texto.
Encuentro en Shōnagon —la blogger medieval japonesa, adicta a todo lo que acontece en palacio— una antecesora de las influencers de nuestros días, pero con un talento, una inteligencia y una agudeza muy difíciles de encontrar entre los productores de contenido en la red.
Al comentar el libro, no pretendo producir un artículo académico riguroso, sino escribir un ensayo personal y fluido.
Encuentro en Shōnagon —la blogger medieval japonesa, adicta a todo lo que acontece en palacio— una antecesora de las influencers de nuestros días, pero con un talento, una inteligencia y una agudeza muy difíciles de encontrar entre los productores de contenido en la red. Intuyo en ella el temor al FOMO (fear of missing out), ese miedo a “quedarse afuera” y no enterarse de lo que acontece. En su entorno cortesano e intelectual, del cual fue estrella, ese impulso por estar al tanto, por adelantarse, por ser la primera en saber y comunicar, está siempre presente.
Algo sobre la vida y el contexto de Sei Shōnagon
No sabemos con certeza mucho sobre la biografía de la autora antes y después de su vida en la corte. Lo que sí sabemos es que vivió a fines de la era Heian (siglos VIII al XI). Una versión sostiene que, en el año 993, a los veintiséis años, fue llamada a servir en la corte de la emperatriz Fujiwara no Teishi, debido a su fama como escritora de relatos de mujeres. No se conoce su nombre verdadero, ya que en su época las mujeres no eran registradas oficialmente en los árboles genealógicos familiares.
Shōnagon sirvió como dama de honor (nyōbō) hasta los treinta y tres años. La emperatriz la admiraba profundamente: Sei se convirtió en su educadora, su dama de compañía y una figura muy cercana, ya que al conocerse la emperatriz era apenas una adolescente. La corte de Shōnagon se transformó en un salón literario que atraía a muchos hombres jóvenes y cultos. Ella no pertenecía a la nobleza, sino a una clase aristocrática de nivel medio, proveniente de una familia muy ilustrada. Esa posición ambigua frente a la nobleza la llevó a ejercer su sarcasmo y arrogancia frente a las clases menos privilegiadas que la suya.
Tras la muerte de la emperatriz, que falleció en el parto a los veinticuatro años, Shōnagon desapareció de la vida pública. Una versión sostiene que volvió con su segundo marido y murió pobre y sola a los sesenta años. Otras versiones la imaginan retirada como monja humilde, a menudo humillada, después de haber abandonado el palacio.
Rivalidad entre dos autoras cortesanas
Es importante mencionar que la célebre Murasaki Shikibu, autora del Genji Monogatari o Relato de Genji —la primera novela psicológica japonesa— servía a Shōshi, prima de la emperatriz Fujiwara no Teishi. Shōshi ocupó el trono por intrigas de su tío, quien logró destronar a Teishi y coronar a su sobrina. Esta rivalidad entre ambas cortesanas y escritoras constituye el telón de fondo de El libro de la almohada, aunque jamás se menciona explícitamente en el texto.
Murasaki libró una ardua lucha interior entre lo que percibía en la corte y sus convicciones: notaba la falsedad, la doble moral, la hipocresía y la decadencia. Shōnagon lo sabía, pero eligió retratar las escenas exteriores: el fasto, lo exuberante, lo placentero y lo frívolo de la vida cortesana. Murasaki asumió el profundo dolor femenino de la época; Shōnagon prefirió tomar distancia, idealizar la decadencia, burlarse de los menos privilegiados y ostentar su erudición, sus virtudes cortesanas y amatorias. Dos caras de una misma moneda que vale la pena conocer.
Este hecho no menor podría explicar los vaticinios de Murasaki sobre una Shōnagon anciana, condenada a pagar lejos de la corte por sus pecados de juventud libertina, arrogante y cínica. Algunos estudiosos suponen que esas maledicencias se confundieron con hechos reales en los relatos sobre el ocaso de su vida.
El libro
El texto original jamás se encontró. La primera versión escrita data de 1475, y la primera impresión corresponde al siglo XVII, al inicio de la era Edo.
En el siglo XX Arthur Waley tradujo parcialmente el libro al inglés en 1928. Ivan Morris publicó la traducción completa en 1967. Hubo traducciones al francés en 1934 y al alemán en 1944. En español, Amalia Sato lo tradujo en 2001; Iván Pinto Román y Osvaldo Gavidia Cannon lo hicieron en 2002, y en 2004 Jorge Luis Borges y María Kodama publicaron una versión seleccionada con los capítulos más representativos.
El porqué de esta obra singular
En la traducción de Pinto Román y Gavidia Cannon (capítulo 300), Shōnagon explica por qué escribió este zuihitsu, este ensayo “al correr del pincel”, sobre sensaciones, poemas y descripciones diversas, sin un orden unitario: una escritura fragmentaria e intensa. Lo escribió para sí misma, pensando que nadie lo leería. Consciente de su malicia, trató de ocultarlo para no ofender a quienes lo leyeran. El propósito era una miscelánea personal para su propia diversión. Testifica que quienes lo leyeron lo disfrutaron, pero lamenta que haya sido sacado a la luz. Un gobernador y capitán amigo la visitó, se llevó el libro, y así comenzó a difundirse en la corte.
Las mujeres no tenían acceso al chino clásico, que era la lengua culta de la clase alta masculina. Sei Shōnagon adoptó los silabarios hiragana y katakana —más cercanos a la lengua oral japonesa que los ideogramas chinos— para escribir sus notas, anécdotas, impresiones y poemas.
Otra versión sostiene que la intención del libro era distraer a la emperatriz de sus penas durante los últimos años de su vida, a causa de las intrigas políticas que la destronaron. En el texto, esas intrigas no se dejan ver. Nunca hay victimización, sólo esplendor.
La lengua
El libro de la almohada es el primer texto escrito en japonés kana. Las mujeres no tenían acceso al chino clásico, que era la lengua culta de la clase alta masculina. Sei Shōnagon adoptó los silabarios hiragana y katakana —más cercanos a la lengua oral japonesa que los ideogramas chinos— para escribir sus notas, anécdotas, impresiones y poemas. Sin embargo, era erudita en la literatura de su tiempo y se ufanaba de sus dotes poéticas, ajustadas a los cánones clásicos.
Los títulos
El título del libro es una incógnita. Se tiende a considerar que fue escrito por la autora cada noche antes de retirarse a dormir; sería entonces un zuihitsu, un diario espontáneo y colorido que ella escribía y ocultaba en un cajón, bajo su almohada. Hay otras interpretaciones que adoptan la palabra “almohada” en un sentido metafórico. En la tradición poética japonesa waka existía el concepto de uta makura: palabras de cinco sílabas que funcionaban como introducción a un poema, palabras–almohada sobre la naturaleza, el calendario o lugares del país. Algunos estudiosos han especulado en ese sentido, basados en los títulos de los 301 capítulos del libro.
El deleite y la ceremonia de la escritura
En una entrevista entre Krishnan Venkatesh y Ron Wilson, expertos en literatura nipona del St. John’s College en Santa Fe, Estados Unidos, ambos se refieren al libro que nos ocupa y a la importancia de la tinta, el pincel y la caligrafía en la escritura poética de la era Heian. El papel impone una seriedad, una ceremonia que valora los elementos y exige escribir sin margen de error ni trivialidad.
La escritura de Shōnagon, según ellos, es una escritura de alto riesgo por varios motivos: por la pleitesía a la emperatriz y el temor a defraudarla —a ella y a la corte—, donde se la consideraba la dama más descollante y favorecida; además, los materiales que se le ofrecían eran de gran valor e imponían respeto y altas expectativas. Es una condición muy exigente. Ambos expertos coinciden en que la posición de Shōnagon como escritora era a la vez privilegiada y maldita. Su cercanía con la emperatriz contribuyó a las altas expectativas que se tenían de ella, y que ella misma tenía sobre sí.
Consideraciones respecto a las fuentes de referencia
Para este análisis se han utilizado dos traducciones de El libro de la almohada. La mayoría de los fragmentos citados pertenecen a la versión de Jorge Luis Borges (Emecé, 2004), que ofrece una selección personal de capítulos numerados. El capítulo 301, en cambio, ha sido tomado de la edición completa traducida por Iván Pinto Román y Osvaldo Gavidia Cannon (PUCP, 2002), que respeta la estructura original de la obra.
Aspectos de contenido
Los contenidos del libro se han reorganizado a lo largo de los siglos de lectura y traducción. Los capítulos, tal como los conocemos, no responden a ningún orden jerárquico ni lineal. Se trata de temas heterogéneos que se entrelazan a capricho de la autora. Podríamos clasificar estos contenidos en tres grandes núcleos:
- aspectos de la vida cortesana y la conducta del mundo que rodea a Shōnagon
- artes amatorias, el hombre y la mujer
- contemplación estética de la naturaleza y el entorno (diseño de interiores, ropaje, aspecto físico de las personas)
Entre las 164 listas y textos misceláneos, destaco aquellos que más me impactaron. Mi ensayo no aspira a cumplir con rigidez académica: se trata de un convite a la lectura.
Aspectos de la vida cortesana y conducta del mundo social que rodea a Sei Shōnagon
En los títulos de los capítulos hay listas de cosas que Shōnagon considera negativas y otras que califica como positivas, muchas de ellas referidas a la sociedad que la rodea. Destaco las observaciones negativas por su sorna y agudeza. Citaré algunas de las listas que me impresionaron por su sofisticación, ingenio y elegancia.
Cosas inconvenientes
Una mujer de feo cabello vestida de damasco blanco.
Nieve sobre los tejados de la plebe. Esto es especialmente
desagradable cuando brilla la luna.
Un carro común en una noche de luna; o un buey color castaño uncido a ese carro.
Una mujer de la plebe usando una falda pantalón escarlata
(Shōnagon, trad. Borges, cap. 27, 31).
Shōnagon observa a los demás con una actitud de superioridad, excepto la emperatriz y algunos jóvenes de clase alta instruidos. El tono de sarcasmo predomina en los capítulos que enumeran conductas de sus allegados y también de personas de clases bajas.
Cosas infrecuentes
Un servidor que no habla mal de su amo.
Uno ha mandado seda al batanero y cuando la devuelve es tan hermosa que uno grita de admiración
(Shōnagon, trad. Borges, cap. 36, 34).
Son listas que leo y releo con gusto, por su precisión y su filo.
Cosas que han perdido su poder
Una mujer que se ha sacado sus rulos postizos para peinar el poco pelo que le queda.
La figura de un luchador de sumo que se aleja después de una derrota.
Un hombre insignificante que amonesta a un sirviente.
Un hombre viejo que se quita el sombrero y descubre su calvicie.
Una mujer que se ha enojado con su marido por un motivo trivial abandona la casa y busca algún lugar donde esconderse. Está segura de que él se apresurará a buscarla. Pero no hace nada y muestra una despiadada indiferencia. Como su ausencia no puede ser eterna, traga su orgullo y vuelve
(Shōnagon, trad. Borges, cap. 48, 41).
Cosas incómodas
Uno ha ido a una casa y pide ver a alguien. Aparece otra persona, creyendo que la buscan a ella.
Alguien cuenta, llorando, una historia patética. Uno se conmueve, pero en nuestros ojos no hay una lágrima. Muy incómodo. Pero hay veces en que uno llora después de oír un hecho feliz
(Shōnagon, trad. Borges, cap. 40, 36).
Hay una profunda sagacidad en estas observaciones. A pesar del milenio que nos separa de la obra, conservan vigencia y brillo.
Cosas presuntuosas
Un niño que no tiene nada de particular y que, sin embargo, es mimado.
Toser.
Uno está a punto de decir algo a una persona que no se anima a hablar, y de pronto ella toma la palabra. Rarísimo.
Un niño de unos cuatro años, cuyos padres viven cerca, viene a nuestra casa y se porta mal. Toma nuestras cosas, las desparrama por todos lados y las estropea. Por lo general, son muy severos con él y no puede hacer lo que quiere, pero cuando su madre está con él se siente apoyado… La madre es odiosa también. Ya que parecería mal decir algo, uno se queda inmóvil y en silencio, mirando al niño con ansiedad
(Shōnagon, trad. Borges, cap. 57, 44–45).
La agudeza del pincel de la cortesana se destaca en cada línea.
Cosas desagradables
El revés de una tela bordada.
El interior de la oreja de un gato.
Una camada de ratas que todavía no tienen pelos, cuando salen arrastrándose de su nido.
Las costuras de un abrigo de piel cuando está sin forro.
La oscuridad en un lugar que no parece limpio.
Una mujer poco atrayente que cuida a muchos niños.
Una mujer que se enferma y tarda en reponerse. Para su amante, que no se siente muy apegado a ella, el espectáculo es ingrato
(Shōnagon, trad. Borges, cap. 58, 45).
El efecto surrealista de esta lista tiene un gran encanto y un tono casi lúdico.
Listas de cosas positivas
Shōnagon se regodea en los placeres de la vida cortesana y en su frivolidad. Es frecuente que, en medio de descripciones de ceremonial y liturgia, se deslice su mirada ligera y curiosa sobre el entorno. Un ejemplo que mezcla su atracción por el ritual religioso con una curiosidad menos devota (Shōnagon, trad. Borges cap. 46, 39):
Ahora, la campana tañía para el recitado de las sutras. Me confortaba mucho pensar que tañía por mí. En la celda vecina a la nuestra, un caballero solitario estaba postrado en plegaria. Primero pensé que lo hacía porque sabía que estábamos oyéndolo, pero pronto comprobé que estaba absorto en las devociones, que prosiguió, hora tras hora. Me emocionó mucho. Cuando descansaba, entre plegaria y plegaria, comenzaba a leer las sutras con voz algo inaudible, aunque no por ello menos solemne. Yo estaba deseando que leyera más alto para poder oír cada palabra; pero en cambio se detuvo y se sonó la nariz, no de un modo ruidoso y desagradable, sino gentil y diestramente. Me pregunté qué podía rogar con tanto fervor y deseé que sus súplicas fueran concedidas.
Cuando estoy en los templos, me divierto imaginando quiénes son los desconocidos; también es agradable descubrir gente que una ya conoce.
Al mencionar cosas placenteras (Shōnagon, trad. Borges cap. 96, 67–68), Shōnagon presenta una lista miscelánea de situaciones y figuras:
Encontrar muchos cuentos que uno nunca ha leído o adquirir el segundo volumen de una obra cuyo primer volumen uno ha disfrutado. Aunque a menudo uno queda defraudado.
Una persona muy querida ha caído enferma. Uno se aflige mucho por ella, aunque viva en la capital y mucho más si vive en un lugar lejano. ¡Qué placer cuando nos dicen que se ha recuperado!
Me siento muy feliz cuando una persona importante habla de alguien que yo quiero.
Un poema compuesto para una ocasión especial o escrito como respuesta a otra persona, es muy elogiado y la gente lo copia en sus cuadernos. Aunque es algo que todavía no me ha ocurrido, debe ser muy grato para el poeta.
Entre las cosas adorables (Shōnagon, trad. Borges cap. 56, 44) Shōnagon presenta una lista enternecedora de niños y bebés, algo que sorprende por el desapego que suele mostrar hacia lo que conmueve a otros. Aquí se entremezclan observaciones sutiles y sensibles sobre la naturaleza:
Una cara de niño dibujada en un melón.
Un pichón de gorrión que acude saltando cuando uno imita el chillido de una laucha; o cuando uno lo ha sujetado de la pata con un hilo y los padres le traen insectos y gusanos y se los meten en el pico. ¡Encantador!
Un bebé de unos dos años gatea velozmente por el suelo. Con su vista aguda descubre un pequeño objeto y, levantándolo con sus lindos deditos, se lo muestra a una persona grande.
Un niño cuyo cabello ha sido cortado como el de una monja, revisa algo. El cabello le cae sobre los ojos. En lugar de apartarlo, pone la cabeza de lado. Las bonitas cintas blancas de su falda pantalón están atadas sobre sus hombros y esto también es adorable.
Un joven paje del Palacio, que es todavía un niño, pasa con traje de ceremonia.
Uno alza a un hermoso bebé y lo sostiene por un momento entre los brazos. Mientras uno lo acaricia, se prende de nuestro cuello y se queda dormido.
Los objetos que se usan para la Exposición de Muñecas.
Uno recoge una pequeña hoja de loto que flota en un estanque y la examina. No sólo hojas de loto sino flores de malva hortense y, en verdad, todas las cosas pequeñas son adorables.
Un bebé muy gordo, de alrededor de un año y con una hermosa piel blanca, se acerca gateando vestido con un largo kimono de gasa violeta con las mangas arremangadas.
Un niño de unos ocho años que lee en voz alta un libro con su voz infantil.
Hermosos pollitos blancos que todavía no tienen todas sus plumas y dan la impresión de que sus ropas les quedarán cortas. Chillando fuerte nos siguen con sus largas patas o caminan cerca de la gallina madre.
Huevos de pato.
Una urna que contiene las reliquias de un santo.
Claveles salvajes.
Observación del entorno social
A veces es muy irreverente, a veces muy rígida (Shōnagon, trad. Borges cap. 46, 48–49), siempre saliéndose de lo riguroso con un guiño hacia la frivolidad palaciega:
El sacerdote, convencido por la vista de los recién llegados de que ésta es una gran ocasión, se lanza a una prédica ostentosa que, según él, hará famoso su nombre en la sociedad. Pero en cuanto los jóvenes se han acomodado, y han terminado de prosternarse, piensan en irse en cuanto puedan. Dos de ellos echan miradas a los carruajes de las damas afuera y no es difícil imaginar lo que están diciendo. Reconocen a una de las mujeres y alaban su elegancia; luego, viendo la presencia de una desconocida, se preguntan quién puede ser. Encuentro fascinante que tales cosas ocurran en un templo.
Siempre que estoy en un templo, o en cualquier lugar nuevo, me parece aburrido estar acompañada solamente por sirvientes. Se necesita gente de nuestra propia clase con quien conversar en un mismo plano. Puede haber algunas mujeres adecuadas entre las doncellas, pero el fastidio reside en que una ya sabe demasiado bien lo que van a decir. Los hombres parecen pensar lo mismo, porque noto que, cuando van en peregrinación, llevan consigo algunos compañeros agradables.
A veces, la descripción casi etnográfica de su presencia en ceremoniales religiosos (Shōnagon, trad. Borges cap. 46, 40) parece una excusa para referirse a lo que más la intriga y le atrae: la vida social.
Hacia el fin del Segundo Mes y comienzos del Tercero, cuando se abren los capullos de cerezo, hice otro placentero retiro en el templo. Mientras estaba ahí, llegaron dos o tres agradables caballeros, que viajaban, aparentemente, de incógnito. Estaban elegantemente vestidos con túnicas de color cereza y de color sauce, y se los veía muy distinguidos con los bordes de los pantalones finamente recogidos y atados. Los acompañaba un servidor de apariencia correcta, que llevaba un cesto de provisiones muy bien adornado. Sus pajes, que llevaban ramas de cerezo florecidas, vestían ropas rojo ciruela y verde brillante, con abigarrada ropa interior y faldas estampadas con espaciadas manchas de color. También figuraba en su grupo un esbelto paje, que parecía muy atrayente al tocar el gong, a la entrada del templo. Reconocí a uno de los señores. Naturalmente, él no podía saber que yo estaba ahí y no me vio cuando pasó cerca de mí. Aunque no tenía especial deseo de encontrarlo, esto me entristeció. «Si pudiera hacérselo saber», pensé, y encontré algo extraños mis sentimientos.
A menudo compara el presente con tiempos pasados. En el contexto de las luchas del ocaso de la era Heian podemos leer entre líneas su intuición de que se acerca un fin de época y su anhelo de preservar la memoria del esplendor (Shōnagon, trad. Pinto Román 300, 214):
Uno imagina que está muy bien para damas de calidad visitar los templos y echar una mirada discreta hacia el dosel del predicador. Después de todo, hasta mujeres del pueblo pueden oír con devoción los sermones. Pero en otra época, las señoras no iban nunca al templo a oír sermones. Las raras veces que asistían, tenían que usar elegantes ropas de viaje, como cuando llevaban a cabo las debidas peregrinaciones a santuarios y a templos. Si la gente de esa época hubiera alcanzado a ver la conducta de hoy en los templos, cómo la habrían criticado.
Shōnagon es muy juzgadora, no sólo de conductas en la corte, sino también de diseño interior, arquitectura, atuendos, etiqueta, cortejo de damas, pajes, jóvenes cortesanos, conductores de carruajes y todo el elenco que la rodeaba. La agudeza de su juicio deslumbra en la lectura. En el siguiente párrafo menciona lo que le causa envidia (Shōnagon, trad. Borges cap. 60, 45):
Uno ha memorizado un texto sagrado, pero, a pesar de haberlo leído y releído, lo recita aún con vacilación y olvida palabras. Al escuchar a otras personas —no sólo clérigos, para quienes esto es natural, sino también gente común— recitar esos pasajes con soltura, uno se pregunta cuándo será capaz de emularlos.
Cuando se está enfermo en cama y se oye a la gente caminar, reír fuerte y charlar como si no tuvieran ninguna preocupación, ¡qué envidiables parecen!
En algunas listas, Shōnagon plantea miradas peculiares, como en el caso de “Cosas que deben ser grandes”, sacerdotes, fruta, casas, bolsas de provisiones, pinceles para tinteros. Los ojos de los hombres, cuando son muy estrechos, parecen de mujer; por otra parte, si fueran tan grandes como bolas de metal, más bien causarían temor. Braseros redondos, cerezas de invierno, pinos, pétalos de rosas amarillas, caballos y bueyes: todos deben ser grandes (Shōnagon, trad. Borges, 62–63).
El apresto de arroz mezclado con agua… Sé que éste es un tema vulgar y que a la gente le desagradará que lo toque. Pero eso no me detendrá. De hecho, debo sentirme libre para incluir cualquier cosa, hasta las tenazas que se usan para las antorchas de despedida. Al fin y al cabo, estos objetos existen y todo el mundo los conoce. Admito que no corresponden a una lista que otros verán. Nunca pensé que estos apuntes llegarían a ser leídos por otros, y por eso incluí todo lo que se me ocurría, por raro o desagradable que fuera (Shōnagon, trad. Borges, cap. 82, 63).
Sigo citando observaciones de una perspicacia sorprendente: “Cosas que están lejos, aunque estén cerca” (Shōnagon, trad. Borges, cap. 66, p.51): fiestas que se celebran cerca del Palacio, relaciones entre hermanos, hermanas y otros miembros de la familia que no se quieren, el camino zigzagueante que lleva al templo de Kurama, el último día del Duodécimo Mes y el primero del Primer Mes (Shōnagon, trad. Borges, cap. 66, 51). Y “Cosas que están cerca aunque estén lejos” (Shōnagon, trad. Borges cap. 67, 51–52): el Paraíso, el derrotero de un bote, las relaciones entre un hombre y una mujer (Shōnagon, trad. Borges, cap. 66, 51–52).
Artes amatorias, el hombre y la mujer
Shōnagon reflexiona sobre la imagen de la mujer:
Cuando trato de imaginar cómo puede ser la vida de esas mujeres que se quedan en casa, atendiendo fielmente a sus maridos, sin vísperas de nada, y que a pesar de todo se creen felices, me lleno de desprecio. Pueden ser de alcurnia y no haber tenido ocasión de saber lo que es realmente el mundo. Ojalá pudieran convivir con nosotras, aunque sólo fuera como servidoras, para darse cuenta de las delicias que están a nuestro alcance (Shōnagon, trad. Borges, cap. 12, 19).
Podemos trazar una línea de intertextualidad entre estas líneas y el poema “La loba”, del poemario La inquietud del rosal de Alfonsina Storni, en el que la voz lírica se siente rodeada de ovejas —símbolo de mujeres que no se atreven a vivir plenamente su vida— y es marginada por ser diferente. Hay sorna y un cierto tono despectivo hacia ellas. Sorprende la clarividencia de Shōnagon, antecesora tan lejana en el tiempo; si bien ella expresa plena satisfacción en su vida cortesana, en Storni hay dolor y un espíritu de lucha y reivindicación ciertamente ajeno a la visión de Shōnagon.
Shōnagon también denuncia los prejuicios hacia las mujeres de la corte
No soporto a los hombres que piensan que todas las servidoras del Palacio son frívolas y malas. Ese prejuicio es comprensible. Al fin y al cabo, las mujeres de la corte no pasan su tiempo escondiéndose modestamente detrás de abanicos o de biombos. Van de un lado a otro y miran de frente a las personas con las cuales se cruzan (Shōnagon, trad. Borges, cap. 12, 20).
Las aventuras cortesanas y la intimidad entre amantes están descritas a menudo como escenas fílmicas logradas, que ocurren entre la noche y el amanecer: la textura de la ropa, los aromas, las sensaciones sonoras, la porosidad térmica. La sensualidad y el goce predominan sobre el sentimiento y la profundidad emocional. No hay enamoramiento ni fidelidad en estos juegos amatorios.
Para encontrarse con su amante, nada mejor que el estío. Verdad que las noches son breves y que el alba asoma antes de que uno haya podido dormir. Ya que las persianas no se han cerrado, uno puede mirar el jardín en el fresco aire de la mañana. Hay que cambiar algunas caricias antes que el hombre se vaya y los amantes se hablan en voz baja; pronto se oye un fuerte ruido, pero no es más que el graznido de un grajo, volando en el jardín.
En invierno, cuando hace mucho frío y una está oculta bajo las sábanas oyendo las dulces palabras del amante, es delicioso oír el sonido del gong del templo, que parece llegar desde el fondo de un pozo profundo. El primer canto de los pájaros, cuyos picos están aún metidos entre las alas, parece también raro y amortiguado. Entonces, un pájaro tras otro prosigue el canto. ¡Qué grato es quedarse escuchando mientras el sonido crece y se aclara! (Shōnagon, trad. Borges, cap. 34, 33).
La visita de un amante se describe también como una escena teatral o cinematográfica, siempre desde la percepción externa de la intimidad, como el eco en los demás de un acto tan privado como el encuentro entre dos amantes.
La visita de un amante es la cosa más deleitable del mundo. Pero cuando el hombre es sólo un conocido o ha llegado para una charla casual, qué incómodo puede ser.
Entra en la habitación de la dama, donde otras mujeres charlan detrás de las persianas, y nada indica que la visita será breve. Los servidores que lo acompañan esperan afuera, impacientes, convencidos de que “el mango de su hacha se hará polvo”. Bostezan sonoramente y maldicen su suerte: “¡Oh, la servidumbre! —murmuran para sí—. ¡Oh, el sufrimiento! ¡Ya ha pasado la medianoche!” Probablemente no se dan cuenta de que alguien puede oírlos, y de cualquier modo sus palabras no importan mucho. Sin embargo, es desagradable oír esos comentarios, y la visita advierte que las cosas de las que debería disfrutar han perdido su encanto.
A veces, los servidores no se atreven a decir lo que sienten, pero lo muestran claramente en sus rostros y en sus suspiros de impaciencia. En esa oportunidad, me divierte recordar el poema sobre las aguas que se agitan abajo. Pero si se apoyan en el cerco del jardín y dicen “va a llover en cualquier momento”, me resulta odioso. Los servidores de los príncipes o de los nobles nunca se conducen de ese modo vulgar, pero semejantes cosas ocurren con hombres de rango inferior. Cuando va de visita, un hombre solo debe llevar consigo servidores cuyo carácter le sea conocido (Shōnagon, trad. Borges, cap. 35, 33).
Shōnagon analiza también las intenciones del hombre del que tanto disfruta y con quien le gusta flirtear:
El corazón de un hombre es una cosa vergonzosa. Cuando está con una mujer que lo aburre y que le desagrada, no le dice que no le gusta y le asegura que puede contar con él. Aún peor, un hombre que tiene fama de ser bondadoso y cariñoso trata a una mujer de tal modo que ella está convencida de que sus sentimientos son sinceros. Pero él le es infiel no sólo en sus palabras sino en sus actos; le habla mal de otras mujeres, del mismo modo que les habla mal a las otras de ella. La mujer, por supuesto, no sospecha que está siendo calumniada y, oyendo que habla mal de las otras, cree candorosamente que él la prefiere. El hombre, por su lado, sabe muy bien que ella piensa esto. ¡Qué vergüenza! (Shōnagon, trad. Borges, cap. 35, 33).
La cortesana tiene una mente intrincada:
“¿Por qué rechazas toda intimidad conmigo? Es muy extraño porque sé que no te desagrado. Pienso que una amistad que ha durado tanto no puede concluir de un modo tan frío. Ahora puedo visitarte cuando quiero, pero llegará un tiempo en que eso sea imposible y entonces, ¿qué quedará de nuestra amistad?”
Le respondí:
Así es. No sería difícil estar juntos, pero si ello ocurriera, yo no podría seguir elogiándote, y eso sería una vergüenza. Tal como estamos, cuando estoy en presencia de Su Majestad con todas las otras damas rodeándonos, no dejo de elogiarte como si ésta fuera mi función en la vida. Pero si obrásemos como quieres, todo eso cambiaría. Me sentiría culpable si dijera algo grato sobre ti. Piensa en mí con cariño y no llevemos el asunto más lejos”.
Tadanobu dijo riendo:
¿Cómo? Hay mucha gente cuya relación es íntima y que se alaban más que los menos.
Le respondí:
—Si no encontrara esto tan desagradable, no dudaría en aceptar tu proposición. Pero no puedo soportar a las personas que alaban a sus amantes y que se irritan cuando alguien dice algo desagradable sobre ellos.
Tadanobu dijo:
—Veo que no puedo contar contigo.
Sus palabras me divirtieron mucho (Shōnagon, trad. Borges, cap. 35, 33).
La autora habla de las cartas en sus aspectos contradictorios: su aparente trivialidad y su efecto catártico y aliviador. En la época que le tocó vivir, la comunicación epistolar ocupaba un lugar de suma importancia, desde la corte imperial hasta la vida amatoria:
Las cartas son triviales, pero pueden ser espléndidas. Cuando alguien está en una provincia lejana y uno se preocupa por él y de pronto llega una carta, uno siente como si estuviera viéndolo cara a cara. También es un alivio haberse desahogado en una carta, aunque ésta no haya llegado aún. Si no hubiera cartas ¡qué hondos abatimientos nos oprimirían! Cuando uno está preocupado por algo y quiere comunicárselo a alguien ¡qué alivio poder dejarlo escrito en una carta! Todavía mayor es nuestra alegría cuando nos llega una respuesta. En ese momento la carta es un verdadero elixir (Shōnagon, trad. Borges, cap. 86, p.63).
El goce sensorial se extiende a los cinco sentidos, con lujo de detalles y un hedonismo que me contagia como lectora: “Se perfuma cuidadosamente un kimono y al cabo de los días lo hemos olvidado. Cuando uno se lo pone, la fragancia es aún más deliciosa que en ropas recién perfumadas” (Shōnagon, trad. Borges, cap. 80, 62).
Lo lúdico y caprichoso
Lo lúdico y caprichoso de su escritura atraviesa todo el texto. Como ejemplo, el dúo de listas:
Cosas que dan la sensación de limpio (Shōnagon, trad. Borges, cap. 54, 43):
Una taza de barro. Un bol nuevo de metal. Una estera de junco. El juego de luz sobre el agua cuando uno llena una vasija. Un arcón nuevo de madera.
Cosas que dan la sensación de sucio (Shōnagon, trad. Borges, cap. 55, 44)
Un nido de ratas. Alguien que no se ha lavado las manos por la mañana. Mucosidades blancas, y niños que se sorben la nariz mientras caminan. Los recipientes de aceite. Pequeños gorriones. Una persona que se baña durante mucho tiempo, incluso cuando hace calor. Toda la ropa desteñida me da la sensación de sucio, especialmente la de color lustroso”.
Contemplación estética de la naturaleza y el entorno
Aparecen en las páginas del libro los cerezos en flor, los gansos salvajes, las grullas, los huevos de pato, el rocío, la niebla, las lagunas cubiertas de hierbas bajo el fulgor de la luna, los estanques y las montañas sagradas de Mitake, Kumano y Kurama, con sus frondosos bosques y templos budistas. Sei Shōnagon recorre los paisajes de día y de noche, en todas las estaciones del año y la visión que ofrece de ellos resulta exaltada y llena de emoción: “Sea planta o árbol, sea pájaro o insecto, no puedo ser indiferente a nada que tenga relación con alguna ocasión especial o que alguna vez me haya conmovido o deleitado” (Shōnagon, trad. Borges, cap. 80, 61).
Vale destacar la conciencia autorial de Shōnagon al expresar que también lo cotidiano tiene para ella valor literario:
Sé que […] es un tema vulgar y que a la gente le desagradará que lo toque. Pero eso no me detendrá. De hecho, debo sentirme libre para incluir cualquier cosa, hasta las tenazas que se usan para las antorchas de despedida. Al fin y al cabo, estos objetos existen y todo el mundo los conoce (Shōnagon, trad. Borges, cap. 82, 63).
Sin duda, se adelantó un milenio a la metaescritura.
Otro aspecto de su originalidad es la enumeración de plantas, animales y objetos inanimados de gran riqueza cromática. Imagino este bellísimo bodegón descrito con palabras, una mélange que apetece pintar. Se titula Cosas elegantes (Shōnagon, trad. Borges, cap. 25, 30):
Una chaqueta blanca sobre un chaleco morado.
Huevos de pato.
Trozos pulidos de hielo mezclados con jugo de jagüey, servidos en un bol nuevo de plata.
Un rosario de cristal de roca.
Flores de glicina. Flores de cerezo cubiertas de nieve.
Una linda criatura comiendo fresas.
El embeleso de Shōnagon por las plantas y los animales es notorio, al igual que su erudición. Llega a mencionar más de 150 especies vegetales. Algunos ejemplos aparecen en el capítulo 32:
La maranta. La mata espinosa acuática. Los potrillos. El granizo. El bambú. La violeta de hojas redondas. Los licopodios. La avena. Las barcazas. El pato mandarín. Los juncos de chigaya desparramados. Los prados. El vino verde. El peral. El árbol de guinjo. El malvavisco (Shōnagon, trad. Borges, cap. 32, 32).
En la lista “Cosas que no pueden compararse” menciona pares de contrarios a modo de juego lógico. Sin embargo, el último párrafo es un alarde de elegancia y profunda observación de un escenario natural:
El estío y el invierno. La noche y el día. La lluvia y el sol. La juventud y la vejez. La risa de alguien y su ira. El negro y el blanco. El amor y el odio. La plantita de índigo y el gran filodendro. La lluvia y la neblina. Cuando uno deja de querer a alguien, uno siente que es otro, aunque sigue siendo el mismo (Shōnagon, trad. Borges, cap. 33, 33).
En un jardín de plantas perennes, los grajos están todos dormidos. Hacia la medianoche, se despiertan en uno de los árboles con mucha agitación y se echan a volar de un lado para otro. Su inquietud se contagia a los otros árboles y en breve, todos los pájaros se despiertan y graznan alarmados. ¡Qué diferencia con los mismos grajos durante el día! (Shōnagon, trad. Borges, cap. 33, 33).
Cosas que caen del cielo
En el capítulo 88 Shōnagon enumera fenómenos atmosféricos con una sensibilidad estética que transforma lo cotidiano en poesía:
Nieve. Granizo. No me gusta la cellisca pero, mezclada con la blanca nieve, es linda.
La nieve es maravillosa cuando ha caído sobre un techo de corteza de ciprés.
Cuando la nieve empieza a derretirse o cuando no ha nevado mucho, penetra en las rendijas de los ladrillos. De suerte que el techo es negro en algunas partes y blanco en otras, muy atrayente.
Me gustan la llovizna y la lluvia cuando caen sobre un techo de tejas. Me gusta asimismo la escarcha sobre un techo de tejas o un jardín (Shōnagon, trad. Borges, cap. 88, 65).
Las nubes
La descripción de las nubes en el capítulo 89 es un verdadero tesoro poético en prosa:
Me gustan las nubes blancas, moradas y negras y las nubes cargadas de lluvia cuando las arrastra el viento. Es un encanto ver en el alba las nubes oscuras que gradualmente se hacen blancas. Creo que esto ha sido descrito en un poema chino que nos habla de “los matices que se alejan en el alba”. “Es conmovedor ver una hebra de nube contra la luna llena” (Shōnagon, trad. Borges, cap. 89, 65).
Naturaleza cíclica
Las descripciones sensoriales de la naturaleza siempre cambiante son complejas y de gran valor estético.
En el Quinto Mes me encanta ir a una aldea en la montaña. Cuando uno atraviesa una ciénaga en el camino, una espesa capa de juncos oculta el agua y la hace parecer una extensión de campo verde, pero cuando la escolta cruza estas manchas verdes, el agua surge bajo sus pies, aunque sea muy playa. El agua es increíblemente clara y parece muy linda cuando salpica.
Cuando el camino corre entre setos, una rama suele abrirse paso y entrar en el carruaje. Uno la toma con rapidez tratando de arrancarla, pero siempre, ¡ay!, se resbala. A veces, el carruaje hace crujir una rama de artemisia que queda enredada en la rueda y que se eleva en cada vuelta y deja oler a los ocupantes su delicioso aroma (Shōnagon, trad. Borges, cap. 78, 62).
El viento como pulso vital
La riqueza descriptiva del efecto del viento revela un espíritu sensible que Shōnagon sólo se permite expresar en el entorno de la intemperie y la naturaleza.
Viento de tormenta. Al alba, cuando una está acostada con las persianas y las puertas abiertas, el viento irrumpe en la habitación y nos da en la cara. Esto es una delicia.
Un helado viento de invierno.
En el Tercer Mes, el viento suave y húmedo de la tarde me conmueve hondamente.
No menos conmovedor es el viento del Octavo y del Noveno Mes. Rachas de lluvia soplan con violencia lateralmente y me divierte ver la gente que cubre su ropa rígida de seda sin forrar con los gruesos abrigos acolchados que habían guardado después de las lluvias del verano.
Hacia el fin del Noveno Mes y el principio del Décimo, el cielo se nubla. El viento es fuerte y las hojas amarillas caen suavemente, en especial las de los cerezos y las de los olmos. Todo esto nos depara una grata melancolía. En el Décimo Mes ya me encantan los jardines llenos de árboles (Shōnagon, trad. Borges, cap. 74, 58–59).
Instrumentos de viento
Hay escenas cuya descripción refleja empatía y una gran sensibilidad, más allá de las frivolidades de la vida cortesana. Uno de los pasajes más emotivos es el dedicado a los instrumentos de viento:
Adoro los sones de la flauta. Es hermoso oírla acercándose desde lejos y también cuando la tocan muy cerca y luego se aleja y casi no la oímos.
No hay nada más encantador que un hombre que siempre lleva una flauta cuando sale a caballo o a pie. Aunque la guarde oculta en su ropa y uno no pueda verla, nos gusta saber que está ahí.
Me agrada oír cadencias conocidas tocadas en una flauta. Asimismo, es grato en el alba encontrar que una flauta ha sido dejada junto a una almohada por un caballero que nos ha visitado.
Después envía un mensajero para buscar el instrumento y cuando uno se lo entrega primorosamente envuelto, es como si fuera una elegante carta de la mañana.
Una flauta de trece orificios es deliciosa cuando se la oye desde un carruaje en una clara noche de luna. Es verdad que es pesada y es incómodo tocarla y ¡qué cara pone la gente cuando la sopla! También parecen desmañados cuando tocan flautas comunes (Shōnagon, trad. Borges, cap. 76, 59–60).
El mar y la pescadora de perlas
En muy pocos momentos del texto Shōnagon se muestra expuesta a sus sentimientos. Este pasaje, que describe la inclemencia del mar y la ardua labor de la pescadora de perlas, es profundamente conmovedor por la vulnerabilidad humana que plasma:
El mar es siempre aterrador, aún más aterrador debe ser para esas pobres mujeres que, en busca de perlas, tienen que sumergirse en el abismo para ganarse la vida.
Uno se pregunta qué les sucedería si la cuerda que ciñe su cintura se rompiera.
Yo puedo imaginarme a hombres haciendo esta clase de trabajo que requiere un valor extraordinario en el caso de una mujer.
Después de que la mujer ha descendido, los hombres se quedan tranquilamente en los botes, entonando largas canciones, sin perder de vista la cuerda que flota en la superficie.
La escena es asombrosa, porque no parece importarles nada el peligro que corre la mujer.
Cuando quiere salir, la mujer tira de la cuerda y los hombres la izan fuera del agua con una rapidez que entiendo muy bien.
Casi enseguida ella está aferrada al borde del bote, respirando jadeante.
Esta vista es suficiente para que el espectador sienta esto como una experiencia propia.
Me cuesta imaginar que alguien pueda desear este trabajo (Shōnagon, trad. Borges, cap. 109, 77).
Comentario final
Es difícil concluir en un breve comentario la profunda impresión que la lectura de El libro de la almohada causó en mí. Esta obra singular, compuesta por 301 capítulos misceláneos, cada uno con vida propia, reúne observaciones palaciegas, listas diversas y escenas íntimas, libradas al ingenio y sensibilidad de su autora.
Quisiera compartir algunas reflexiones sobre el corpus de Sei Shōnagon, que se extravió y fue reescrito varios siglos después en versiones diversas. La labor de reorganización de un texto tan fragmentario plantea desafíos interpretativos. Quizás le atribuyamos a la autora intenciones ajenas, debido a la mediatez del texto apócrifo, traducido con criterios que excluyeron partes del corpus original. En mi caso, leí la traducción de Jorge Luis Borges y María Kodama, quienes omitieron gran parte del texto japonés por considerar innecesario traducirlo en su totalidad. Completé la lectura con la versión de Pinto Ramón y Gavidia Cannon.

Es especialmente notoria su postura desafiante frente a la vida normativa de su época, más digna de una intelectual y activista social del siglo XX que del siglo XI. Se supo brillante, atractiva y erudita, y lo confesó abiertamente. No se sometió a los cánones familiares que limitaban a la mujer al entorno doméstico.
Encuentro que Shōnagon tenía motivos para ufanarse de la calidad de su escritura, su agudeza mental y la admiración que despertaba en su entorno cortesano. En estas líneas quise compartir mi deleite por las escenas, las sensaciones y el disfrute de todos los sentidos que transmite este diario tan singular.
El libro de la almohada es una valiosa contribución a la literatura universal y a la historia social. Su frescura, sinceridad y alta estética cruzan las barreras del tiempo y la geografía, y su lectura fascina también en el siglo XXI.
Cité algunos pocos ejemplos de la actitud de la narradora y su exquisita estética para invitar a los lectores y lectoras a conocer un mundo milenario en el que podemos reconocernos como si se tratase de un texto contemporáneo. Es especialmente notoria su postura desafiante frente a la vida normativa de su época, más digna de una intelectual y activista social del siglo XX que del siglo XI. Se supo brillante, atractiva y erudita, y lo confesó abiertamente. No se sometió a los cánones familiares que limitaban a la mujer al entorno doméstico. Ocupó el espacio público, vivió una intensa vida amorosa como cortesana y lo documentó. Describió detallada y sagazmente su entorno.

Si tuviese que elegir lo que más disfruté del libro serían las descripciones del mundo natural y el goce táctil y visual de las escenas cortesanas y los atuendos. Me encantan los títulos de las listas y su contenido tan conciso y puntual.
A pesar del ingenio y la agudeza, a veces su ironía me parece excesiva; en ocasiones percibo cierta rigidez y aires de superioridad al opinar sobre sus prójimos.
Entiendo que su notable admiración por la emperatriz Teishi y el deseo explícito de alabarla y describir la corte en toda su opulencia respondieron a un propósito político. El mundo configurado en el texto se desmoronaba a paso acelerado y Shōnagon, testigo de ese ocaso, quizás quiso preservar su memoria. Nunca sabremos si estas conjeturas tienen algo de verdad.
Un matiz personal me lleva a reflexionar sobre el hechizo de El libro de la almohada. Como alguien que estudia y goza de la sabiduría japonesa desde mi modesta práctica de pintura sumi–e, encuentro un ensamblaje perfecto entre el libro y mi arte: la atención a la estética de lo material nos acerca a lo otro, lo espiritual que asoma en el silencio de los trazos, en el camino del pincel sobre la textura del papel y el insondable mar oscuro de la tinta. ®
Bibliografía
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