Notas sobre un sueño mundialista

En el país del ¿y si sí?

La pasión explica cómo vivimos el fútbol, pero no por qué seguimos perdiendo. Para responder esa pregunta hay que mirar menos al alma mexicana y más a las instituciones que organizan el deporte. México bien puede hacer milagros, pero para eso hay que enfocarnos en la planeación, en la visión, en la preparación, y no sólo confiarnos a la providencia cada cuatro años.

«A pesar del escepticismo inicial, esta selección nos demostró que México puede hacer mucho aun cuando las dudas persisten.»

El domingo 5 de julio el Mundial concluyó para México con un partido en el Estadio Azteca, el mismo lugar donde unas semanas antes había comenzado la ilusión. Después de llegar invictos de la fase de grupos y de haber triunfado con dos goles sobre Ecuador la selección nacional fue eliminada por Inglaterra, que se impuso 3 a 2 en un partido que México no dejó de pelear hasta el último momento. No bastó el gol de Quiñones ni el penal cobrado por Raúl Jiménez, con los que el Tri nos hizo saborear la salvación. No bastó jugar con un hombre de ventaja por más de media hora. No bastaron los 2,400 metros por encima del nivel del mar. No bastaron la afición entregada al equipo ni los días de emoción en los que aún nos preguntábamos, con modestia, pero con más esperanza al finalizar cada partido: ¿Y si sí? Sabíamos que la derrota era casi segura, pero en esa pregunta estaba encerrada la obstinación de una nación que se atreve a soñar contra todo pronóstico.

El partido frente a Inglaterra demostró que la esperanza tenía fundamentos reales. Vimos una selección que tiene un nivel de juego superior al de las últimas décadas, jugadores con carácter y que, incluso cuando tenían goles en contra —dos de ellos en apenas dos minutos, cortesía de Jude Bellingham—, supieron mantener su fortaleza como equipo. México atacó una y otra vez la portería contraria, pero no logró sobreponerse a la figura de Jordan Pickford entre los tres postes ingleses. La derrota en octavos de final nos obliga a despertar luego de varias semanas de ensueño. La conclusión del sueño mundialista, el eco de las trompetas que acompañaron a Juan Gabriel en su mítica presentación en Bellas Artes y que ahora emprenden su retirada, nos deja con la sensación de haber recibido una grata sorpresa y, al mismo tiempo, de haber sido víctimas del mismo desengaño de siempre.

Vale la pena detenerse en lo que se sintió durante el paso de la selección mexicana en este Mundial, paso que coincidió con el periodo en que la Copa del Mundo se disputó en territorio nacional. Cuando México venció 2 a 0 a Ecuador y accedió por primera vez en cuarenta años a una ronda de eliminación directa, no festejamos lo que en realidad era un pase a octavos de final, festejamos como si hubiéramos ganado la Copa. Más de un millón de personas se congregaron esa noche en el Ángel de la Independencia y sus alrededores, y la fiesta se replicó, con la misma intensidad, en Guadalajara y Monterrey. Nos sentíamos agrandados aun conociendo demasiado bien nuestras limitaciones.

Octavio Paz, dos décadas después, en El laberinto de la soledad, complementó esa idea: no se trataba sólo de un complejo de inferioridad, sino de una soledad, la del mexicano que se esconde detrás de máscaras y que sólo se permite salir de sí mismo en la fiesta, en la borrachera colectiva, en el estadio. Un Mundial jugado en casa es, quizás, la fiesta más grande que Paz nunca imaginó describir…

Pocas cosas revelan tanto sobre el nacionalismo mexicano como esos momentos de entusiasmo desbordado. En El perfil del hombre y la cultura en México Samuel Ramos observó hace casi un siglo que el mexicano parece oscilar entre la inseguridad en sí mismo y la exaltación. A la desconfianza en sus propias capacidades, a la desconfianza en lo extranjero, el mexicano responde con un grito de orgullo con el que busca llenar su necesidad constante de afirmación. De ahí expresiones como “el mejor país del mundo”, “México es una chingonería”, “Viva México, cabrones”, tan frecuentes en las celebraciones que siguieron a nuestras victorias. Puede que la tesis parezca un tanto exagerada para el lector moderno, pero es difícil no pensar en ella al ver la facilidad con la que pasamos de la crítica severa a la convicción de que no existe otro país igual en el mundo. Octavio Paz, dos décadas después, en El laberinto de la soledad, complementó esa idea: no se trataba sólo de un complejo de inferioridad, sino de una soledad, la del mexicano que se esconde detrás de máscaras y que sólo se permite salir de sí mismo en la fiesta, en la borrachera colectiva, en el estadio. Un Mundial jugado en casa es, quizás, la fiesta más grande que Paz nunca imaginó describir, la posibilidad de que ciento veinte millones de personas rompan simultáneamente su soledad particular y se disuelvan, por noventa minutos, en un “nosotros”. Por eso la reafirmación nacionalista se vuelve tan intensa en los momentos de fiesta colectiva. Al ver las imágenes de cientos de miles de personas reunidas en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey todos nos decíamos, convencidos, que en el mundo no hay otro país como México.

En línea con lo propuesto por nuestros eruditos y poetas, que esa efervescencia haya encontrado su banda sonora en Juan Gabriel no es ninguna casualidad. La versión de “Hasta que te conocí” en el Palacio de Bellas Artes se convirtió, de manera completamente espontánea, en el himno no oficial de esta Copa del Mundo. Lo curioso es que nadie parece prestarle demasiada atención a la letra. Detrás de las trompetas beligerantes que se convirtieron en nuestro grito de guerra hay palabras de abandono, vulnerabilidad y desengaño. Es como si incluso en medio de la fiesta, cuando más enardecidos nos sentimos, cuando más alarde hacemos de nuestra mexicanidad, persistiera en el fondo de nosotros la sospecha de estar desamparados. Sin embargo, en el calor del juego, la letra desgarradora quedó ahogada entre las trompetas que nos hacían sentir más fuertes con cada partido que pasaba. En la entrega casi religiosa con la que Juan Gabriel cantaba estaba la entrega con la que el país acompañaba al equipo nacional. Así, una canción sobre la vulnerabilidad fue convertida, contra toda lógica, en amuleto de la victoria: así de inexplicable es el orgullo de los mexicanos.

Al anunciarse los nombres de los jugadores que participarían en el torneo, hace ya unos meses, la mayoría del público notó la ausencia de los nombres que habían definido a la selección mexicana en los últimos lustros. La única excepción fue Memo Ochoa. Era un equipo prácticamente compuesto por desconocidos, al menos para el público amplio. Había dudas serias sobre los jugadores convocados y sobre el propio Javier Aguirre. A pesar del escepticismo inicial, esta selección nos demostró que México puede hacer mucho aun cuando las dudas persisten. El equipo llegó a su último partido invicto y sin goles en contra. Además, de ahí salen jugadores —como Quiñones o Morita— con una carrera prometedora por delante y que probablemente definirán los próximos lustros del fútbol mexicano. No obstante, y para pesar de la nación, todas las condiciones favorables, el Azteca, la altura, la afición, no fueron suficientes para acabar con la maldición que nos persigue desde 1986 y que sigue impidiéndonos pasar a cuartos de final. La antes llamada “maldición del quinto partido”. No puede negarse que el desempeño del equipo fue mejor que hace cuatro años, cuando ni siquiera pasamos de la fase de grupos, pero la derrota ante Inglaterra confirmó que la maldición sigue viva.

¿Debemos de sumergirnos en la lectura de Samuel Ramos y Octavio Paz para comprender por qué seguimos sin pasar a cuartos de final a pesar de nuestra pasión colectiva? Para nuestra tranquilidad, ni Paz ni Ramos habrían sostenido que el destino del país estuviera inscrito en el carácter nacional.

¿A qué se debe esto? ¿Es una cuestión de financiamiento, de recursos, de mentalidad? ¿Debemos de sumergirnos en la lectura de Samuel Ramos y Octavio Paz para comprender por qué seguimos sin pasar a cuartos de final a pesar de nuestra pasión colectiva? Para nuestra tranquilidad, ni Paz ni Ramos habrían sostenido que el destino del país estuviera inscrito en el carácter nacional. La pasión explica cómo vivimos el fútbol, pero no por qué seguimos perdiendo. Para responder esa pregunta hay que mirar menos al alma mexicana y más a las instituciones que organizan el deporte. México bien puede hacer milagros, pero para eso hay que enfocarnos en la planeación, en la visión, en la preparación, y no sólo confiarnos a la providencia cada cuatro años.

Aquí es donde el argumento deja de ser sólo futbolístico. Por una parte, está el manejo privado del deporte. La Femexfut y la Liga MX parecen estar más interesados en el negocio que en la competencia deportiva, como lo demuestra la eliminación del ascenso y el descenso hace unos meses. Las críticas hechas al manejo de los clubes son muchas y conocidas, por lo que aquí quisiera detenerme en cómo se impulsa el deporte desde el sector público. ¿Cuántos recursos destina realmente el Estado mexicano al deporte? La Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade) —que no financia a la selección masculina, pero sí es el termómetro de cuánto le importa el deporte al Estado mexicano en general— operará en 2026 con alrededor de 2,564 millones de pesos, una cifra que representa una reducción respecto a 2025 y que, ajustada por inflación, equivale hoy a poco más de la mitad del poder adquisitivo que ese mismo presupuesto tenía diez años antes.

México, con una afición y una infraestructura futbolística envidiables a escala internacional, sigue tratando la esperanza como sustituto de la estrategia. Para ver resultados duraderos —para que Gilberto Mora no sea la excepción sino la norma—, el entusiasmo tiene que traducirse, tarde o temprano, en un mayor y más serio apoyo estructural al deporte.

La comparación internacional, aun tomada con pinzas por las diferencias entre países, no deja mucho margen para el consuelo patrio. El Ministerio de Deportes francés —que viene de recortar su propio presupuesto tras las Olimpiadas de París 2024— opera con alrededor de 549 millones de euros, varias veces lo que México destina a la Conade. Pero una comparación de esa naturaleza resulta injusta por las diferencias económicas entre ambos países. El espejo más incómodo, y el más pertinente por historia y por tamaño, es el de Marruecos. Se trata de un país que hasta hace unos años tenía la fama de ser poco competitivo y que, para sorpresa del mundo, en Qatar 2022 se convirtió en la primera selección africana en llegar a unas semifinales mundialistas. Detrás no hay un milagro sino una decisión de Estado tomada hace más de una década. A finales de los años 2000, ante el estancamiento del fútbol marroquí, el rey Mohammed VI fundó la Academia que lleva su nombre, financiada directamente por fondos de la corona y patrocinios de las grandes corporaciones del país. A esta iniciativa se sumó una red de reclutamiento que fue a buscar a la diáspora marroquí en Europa y le ofreció, en palabras del propio cuerpo técnico, pertenencia, identidad y oportunidad. De esta manera, Marruecos, con una economía y un presupuesto público mucho menores a los de México, decidió que el futbol era un asunto de planeación de Estado y no de fe de cada cuatro años.

Somos un país que reclama el legado histórico del juego de pelota prehispánico, que se enorgullece de la entrega que despierta el fútbol en cada esquina del país, pero que no logra traducir esa pasión en una industria competitiva a escala internacional. Con una selección tan cohesiva como la de este Mundial podría haber un cambio real. Es cierto, el sabor con el que nos quedamos luego de la conclusión del Mundial en nuestro país es diferente al de ocasiones pasadas. El público mira con optimismo el futuro del fútbol mexicano. Pero el ánimo no puede quedarse en una frase como ¿Y si sí? México, con una afición y una infraestructura futbolística envidiables a escala internacional, sigue tratando la esperanza como sustituto de la estrategia. Para ver resultados duraderos —para que Gilberto Mora no sea la excepción sino la norma—, el entusiasmo tiene que traducirse, tarde o temprano, en un mayor y más serio apoyo estructural al deporte. Sólo entonces podremos responder esa pregunta con algo más que esperanza. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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