El anciano

“The Old One”, de Stephen Bluestone

El poema “The Old One”, de Stephen Bluestone, apareció originalmente en la edición de otoño de 2025 de la revista estadounidense Blue Unicorn. El poema trata sobre la búsqueda de Dios por parte de Albert Einstein, quien se refería a Él como “El Anciano”.

Stephen Bluestone.

Esta versión en español del poema fue traducida conjuntamente por Roberto Mendoza Ayala y el autor. Se adjuntan las ilustraciones originales que acompañaron la publicación del poema en Blue Unicorn; los derechos de autor de estas obras pertenecen a Stephen Bluestone y éstas son tres: la primera, basada libremente en la representación de Gustave Doré del Canto XXXI de El paraíso perdido de John Milton, muestra a Einstein e Isaac Newton —“de acuerdo ahora finalmente”— contemplando a Dios como el corazón de una bola de fuego atómica.

La segunda ilustración muestra a Albert Einstein en su escritorio, en su casa de Princeton, Nueva Jersey.

Y la tercera muestra a Einstein, en silueta, contemplando el universo y específicamente la constelación de las Pléyades que se menciona en el poema.

Stephen Bluestone ha ganado los premios de poesía Thomas Merton y Greensboro Review, y ha publicado tres libros de poesía; el más reciente es The Painted Clock (Mercer University Press, 2018). También he coeditado y cotraducido una antología bilingüe de poesía de la Ciudad de México y de Nueva York: From Neza York to New York (Cofradía de Coyotes, México, 2016). Su obra ha aparecido en publicaciones como Poetry, The Sewanee Review, The Hudson Review, Boston Review y Letra Franca, entre otras.

Albert y las Pléyades. Ilustración de Stephen Bluestone.

i. Acerca de la Mecánica Cuántica

                                                 —Albert Einstein en sus veintes

Muy temprano, una oficina de patentes, un empleado
en su escritorio piensa padre, estrella, matriz, dar a luz,
pero Berna, Suiza, es donde está,
y un reloj de estación repica exactamente como él lo escucha.

¡Innombrado!, grita él, ¡Anciano! ¡La Parte más Recóndita!
mientras, en su mente, mira un velero surcando
el Aar hasta virar de súbito cuando el viento cambia,
y luego corregir. Mientras, las distracciones

lo obstaculizan: condensadores ingeniosos,
válvulas inteligentes, instrumentos para calibrar – mejoras, sí,
pero no destinos. El Anciano, él piensa,
está cerca, cercano, ¿pero dónde? La luz elevándose

brilla como el vidrio, las Pléyades, también,
encadenadas, La Osa y su cría – es misterioso –
como ondas, olas – como Suiza
amaneciendo, sólida como los Alpes – todo es improbable.

Einstein en su estudio. Ilustración de Stephen Bluestone.

ii. La teoría del campo unificado

                                    —Albert Einstein a inicios de la década de 1940

La nieve, calle abajo, los cercanos
cementerios llena, los bosques y pastizales blanquea,
el arbolado Princeton y el distante Reichstag,
bajo nevadas, ambos duermen. Esta noche, en Berlín,

la nieve cubre la Platz, el domo arruinado,
las estatuas. Cruzando los Pine Barrens,
más allá del Atlántico, hacia Unter den Linden,
la nieve establece, mantiene. En la luz de la lámpara, también,

donde Einstein trabaja, cae.
Las estrellas están ocultas, mientras él, pensando,
garabatea en cuadernos, escribe en el reverso
de sobres, encuentra nada.

Hay tormenta esta noche sobre Mercer Street,
se oculta, mientras Einstein lucha;
determinado, labora, mientras la Verdad,
su cara oculta, su oscura frente indoblegable, resiste.

¡Anciano, Tummler!, exclama él.
¡Tu mazo de cartas! ¡Tus dados!, llora.
¡Hablas, pero no para mi corrección!
¡Tu Verbo!, solloza: – ¡Deyn Shprakh!está en todos lados.

Einstein y Newton. Ilustración de Stephen Bluestone.

iii. En las Planicies, en las Ruinas

                                                 —Albert Einstein (1879–1955)

Y luego vio,
en los cielos, en los campos, sobre las planicies, en las ruinas,
en las cenizas, en el tictac de los escombros,
en la bola de fuego, carne, y hueso,

ángeles ardientes, también,
y entendió con certeza el tiempo y lugar,
y captó el corazón de ello,
la belleza de su corona, su altísimo cúmulo.

Ante lo cual, con Isaac Newton,
de acuerdo ahora finalmente, condenaron al infierno
al Anciano en Su trono,
los himnos y las alabanzas, los desfiles, los uniformes. ®

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Publicado en: Poesía

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