La neurodiversidad ha existido siempre, lo que ha cambiado es que ahora la ciencia comprende mejor estas condiciones y la sociedad empieza a reconocer que millones de personas han vivido durante décadas enfrentando barreras que nunca debieron existir.

Soy diferente, no menos.
—Temple Grandin
Hubo un tiempo en que hablar de igualdad entre mujeres y hombres parecía una exageración, también existió una época en la que las personas con discapacidad eran vistas desde la caridad y no desde el reconocimiento de sus derechos.
Lo mismo ocurrió con la diversidad sexual, cuyos integrantes enfrentaron durante años el rechazo social, la invisibilidad jurídica y la discriminación institucional.
La historia demuestra que los derechos humanos avanzan cuando la sociedad deja de preguntarse si un grupo merece reconocimiento y comienza a preguntarse qué debe hacer el Estado para garantizar que ese reconocimiento se traduzca en igualdad de oportunidades.
Hoy México se encuentra frente a una nueva realidad que exige esa misma reflexión: la neurodiversidad, no porque antes no existieran personas con trastorno del espectro autista (TEA), trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), dislexia, dispraxia o síndrome de Tourette.
Han existido siempre, lo que ha cambiado es que ahora la ciencia comprende mejor estas condiciones y la sociedad empieza a reconocer que millones de personas han vivido durante décadas enfrentando barreras que nunca debieron existir.
México continúa tratando estas condiciones como asuntos exclusivamente médicos o familiares, cuando en realidad constituyen un desafío para las políticas públicas y para el respeto efectivo de los derechos humanos.
La neurodivergencia parte de una idea sencilla pero profundamente transformadora: no todos los cerebros funcionan de la misma manera, y esa diferencia no convierte a nadie en una persona menos capaz ni menos valiosa.
Aun así, México continúa tratando estas condiciones como asuntos exclusivamente médicos o familiares, cuando en realidad constituyen un desafío para las políticas públicas y para el respeto efectivo de los derechos humanos.
Durante muchos años se creyó que quien debía adaptarse era la persona, hoy sabemos que también la sociedad tiene la obligación de adaptarse. Un niño con autismo no enfrenta dificultades únicamente por su condición, sino porque muchas escuelas carecen de docentes capacitados, porque existen ambientes con sobrecarga sensorial o porque todavía hay quienes interpretan su comportamiento como falta de educación.
Una persona con TDAH no fracasa necesariamente por su condición, sino porque los sistemas educativos y laborales siguen diseñados con la idea de que todos aprenden, trabajan y procesan la información exactamente igual.
La inclusión consiste precisamente en eliminar esas barreras; además, existe otro obstáculo del que pocas veces hablamos: el lenguaje.
Se ha vuelto frecuente escuchar frases como “eres autista”, “seguro tienes TDAH”, “andas en el espectro” o “estás bien hiperactivo” para burlarse de alguien distraído, reservado o desorganizado.
Lo preocupante es que estas expresiones se han normalizado, especialmente entre adolescentes y jóvenes, como si se tratara de bromas inocentes y, créanme, no lo son.
Cada vez que utilizamos una condición neurológica como insulto o descalificación reforzamos estereotipos que afectan a miles de personas que diariamente luchan por ser comprendidas y respetadas.
Las palabras construyen cultura y ésta también puede excluir, mientras México apenas empieza a discutir este tema, diversos países han comprendido que la inclusión requiere acciones concretas.
En España existen municipios, comercios, museos y espacios públicos que participan en programas de accesibilidad cognitiva y atención amigable para personas con autismo. Muchas familias identifican estos lugares porque cuentan con personal sensibilizado y protocolos para brindar atención respetuosa.
La velocidad legislativa sigue siendo menor que la velocidad con la que crece la necesidad social, mientras que miles de familias continúan enfrentando diagnósticos tardíos, terapias inaccesibles, ausencia de apoyos escolares, desconocimiento institucional.
En el Reino Unido numerosos supermercados ponen en práctica las llamadas quiet hours, durante las cuales disminuyen la intensidad de las luces, reducen el volumen de la música y limitan los anuncios por altavoz para crear ambientes más accesibles para personas con hipersensibilidad sensorial.
Australia y Canadá han impulsado estrategias nacionales que fortalecen el diagnóstico temprano, la capacitación docente, la inclusión educativa y la incorporación laboral de personas neurodivergentes.
Ninguna de estas medidas representa un privilegio, más bien son manifestaciones claras de la eliminación de barreras que impiden ejercer derechos en igualdad de condiciones.
Nuestro país ha avanzado parcialmente mediante la Ley General para la Inclusión de las Personas con Discapacidad y mediante diversas reformas locales.
En la Ciudad de México incluso se han presentado iniciativas para expedir una Ley para la Atención, Protección e Inclusión de las Personas Neurodiversas, con el propósito de establecer políticas públicas específicas en materia de salud, educación, empleo, accesibilidad y no discriminación.
Sin embargo, la velocidad legislativa sigue siendo menor que la velocidad con la que crece la necesidad social, mientras que miles de familias continúan enfrentando diagnósticos tardíos, terapias inaccesibles, ausencia de apoyos escolares, desconocimiento institucional y, sobre todo, una profunda falta de comprensión.
La realidad avanza mucho más rápido que las leyes, cada generación ha ampliado el catálogo de derechos humanos. Primero fueron los derechos civiles y políticos, después los derechos sociales y más tarde llegaron los derechos de las mujeres, de las personas con discapacidad, de la niñez, de los pueblos indígenas y de la diversidad sexual.
Es una verdad innegable que en todos los casos existió resistencia, siempre hubo quien pensó que no era necesario legislar, también quien creyó que eran problemas aislados, y nunca faltaron quienes calificaron esas demandas como exageraciones.
Con el tiempo, la historia terminó demostrando que reconocer derechos nunca divide a una sociedad, por el contrario, la hace más justa. La neurodiversidad representa uno de los siguientes grandes retos de las democracias modernas.
No porque implique crear derechos nuevos, sino porque exige garantizar que derechos ya reconocidos —como la educación, la salud, el trabajo, la igualdad y la no discriminación— puedan ejercerse plenamente por quienes procesan el mundo de una manera distinta.
El desafío implica como primer paso aprobar una nueva ley, pero también consiste en transformar la forma en que entendemos la diferencia. Necesitamos escuelas preparadas para enseñar de distintas maneras.
Se debe crear infraestructura que por lo menos considere hospitales con diagnósticos oportunos, centros laborales que valoren capacidades antes que prejuicios, museos, transporte público, oficinas gubernamentales y espacios culturales verdaderamente accesibles.
Lo único que reclaman es aquello que cualquier democracia constitucional debe garantizar: el derecho a vivir, aprender, trabajar y participar en la sociedad sin que una condición neurológica determine las oportunidades que tendrán durante su vida.
Necesitamos campañas nacionales que erradiquen los estigmas y promuevan el respeto, así como comprender que la inclusión no significa tratar a todos exactamente igual, sino ofrecer a cada persona las condiciones necesarias para desarrollar plenamente su potencial.
Las personas neurodivergentes no necesitan lástima, no buscan privilegios, no pretenden trato preferencial. Lo único que reclaman es aquello que cualquier democracia constitucional debe garantizar: el derecho a vivir, aprender, trabajar y participar en la sociedad sin que una condición neurológica determine las oportunidades que tendrán durante su vida.
Quizá dentro de algunos años veremos hacia atrás y nos preguntaremos cómo fue posible que tardáramos tanto en reconocer una realidad que siempre estuvo frente a nosotros. Ojalá que cuando ese momento llegue México haya decidido colocarse del lado correcto de la historia.
Tengamos claro que la neurodiversidad no representa un desafío para las personas que viven con ella; representa un desafío para una sociedad que todavía no ha aprendido que la igualdad nunca ha significado uniformidad. ®
