Historiadores que inventan sus propias historias

Falsificación y propaganda

Desde el jesuita Jerónimo Román de la Higuera en el siglo XVII hasta, por ejemplo, Pedro Salmerón en nuestros días, ha habido falsificadores de la historia por encargo, motu proprio o por ignorancia.

Jerónimo Román de la Higuera (Toledo, 28 de agosto de 1538 – 14 de septiembre de 1611). Ilustración recreada con IA.
No lo entiendo. En la clase de matemáticas yo me lo creo todo… Bueno, pues me exigen la demostración. En cambio, en la de historia lo que me exigen es sólo que me lo crea.
De una viñeta incluida por Josep Fontana en su libro Historia.

La historia puede ser falsificada por encargo, motu proprio o por ignorancia.

Desde finales del siglo XVI, con abundancia durante el XVII y con menos frecuencia y número en el XVIII, florecieron ilustres fabricantes de historias entonces comúnmente aludidas como cronicones. El primero de ellos, en todo caso el que sentó escuela, fue el jesuita Jerónimo Román de la Higuera, nacido en Toledo en fecha indeterminada y muerto en 1611.

Flavio Lucio Dextro (varios se refieren a él como Flavio Marco Dextro; José Godoy Alcántara, autor de una extraordinaria obra que desnuda con amenidad erudita estas mixtificaciones históricas, sostiene que debiese ser Marco Flavio Dextro) fue un personaje histórico del siglo V muerto hacia el año 444, nativo de Barcelona (entonces llamada Barcino) e hijo de San Paciano, obispo de ese lugar y padre de la Iglesia.

A Dextro se le atribuye una “omnímoda historia”, y si bien la fuente es nada menos que San Jerónimo, otro padre de la Iglesia y amigo suyo, es esa la única referencia al respecto.[1] Pues bien, de la Higuera pretendió haber descubierto en Alemania fragmentos de esta obra, que se supone abarca desde el año 1 al 430, y según él se puso a copiarla.

Habló de ella hacia 1594 pero sería publicada, en dos encarnaciones, años después de su muerte: una en 1619[2] y la otra, la mayor, en 1627.[3] De la Higuera se esforzó por imitar tanto el estilo como la gramática del latín del siglo V, pero cometió errores históricos de bulto que Nicolás Antonio se encargaría de exhibir en su Censura de historias fabulosas, al lado del libro de Godoy Alcántara los dos mejores estudios críticos sobre estas adulteraciones y algunas más.[4]

Como incluso tratándose de embustes históricos es justo y necesario otorgar los créditos correspondientes, hay que decir de paso que según Gregorio Mayans el primero en mencionar a Dextro y hacer uso de él fue fray Juan de Rihuerga.[5]

El retrato que de Román de la Higuera hace Godoy a la vez con precisión, elegancia y sarcasmo, es imperdible:

[…] hombre de mediana instruccion, de natural complaciente, curioso de antigüedades, de opinión movediza al compás de sus impresiones, dado á intervenir en cuestiones de erudicion con ánimo conciliador, y que se ocupaba en ilustrar la geografía antigua, escribir vidas de santos poco conocidos, é historias de viejas ciudades, cuyas oscuridades iluminaba y cuyas lagunas colmaba con conjeturas é inducciones pocas veces felices, que muy luego trocaba en verdades recibidas; acabando, como Ulises, por creer sus propias ficciones.[6]

Mediante el mismo agilísimo expediente de la invención de sus fuentes, de la Higuera escribió también una Historia eclesiástica de la imperial ciudad de Toledo.[7] Inmerso en la prolongada disputa por la primacía eclesiástica entre esta ciudad y la de Santiago de Compostela (además de contendientes menores como Sevilla, Tarragona y Braga), fray Román pretendía dejar sentada en ella —añadiendo, alterando, reordenando e inventando— la primacía de la Iglesia de Toledo prácticamente desde los orígenes de la Iglesia católica.

España como patria de multitud de mártires, santos y obispos; genealogías ilustres hechas por encargo o para quedar bien, todas las cuales se remontaban hasta ancestros bíblicos; la ciudad de Toledo no fundada sino invadida por judíos y realmente establecida por el mismísimo Hércules; griegos huidos de Troya que fueron a poblar Galicia…

Las invenciones históricas del jesuita hoy suenan fantasiosas e inverosímiles, pero sus cronicones —destacadamente el Dextro, pero no sólo él— fueron creídos por la mayoría de sus contemporáneos y citados como fuente durante un lapso de casi doscientos años en libros que recogían como verídicos muchos de aquellos delirios: gobernantes de media Europa cuyos lejanos antepasados eran antiquísimos monarcas españoles, desconocidos hasta que los descubrió Dextro–Higuera; España como patria de multitud de mártires, santos y obispos; genealogías ilustres hechas por encargo o para quedar bien, todas las cuales se remontaban hasta ancestros bíblicos; la ciudad de Toledo no fundada sino invadida por judíos y realmente establecida por el mismísimo Hércules; griegos huidos de Troya que fueron a poblar Galicia; que en España se vio una gran luz la noche del nacimiento de Cristo y también tres soles convertirse en uno, etcétera.

De los contenidos que explican el éxito del Dextro y demás cronicones salidos de la desenvuelta pluma de Román de la Higuera, de su fantasiosa imaginación y sus reducidos escrúpulos hace una sencilla relación José Rodríguez de Castro:

Ácia el año 1594 supuso un tal Gerónimo Roman de la Higuera haber recibido de Alemania unos ciertos fragmentos, que se hallaron en la Biblioteca de Fulda; los quales eran parte de las Historias compuestas por Dextro hijo de S. Paciano, Máximo, Obispo de Zaragoza, Luitprando, Diacono de Pavia, Julian Perez, S. Braulio, Tajon, Valderedo y Heleca, con algunos otros. Comunicó dichos fragmentos á varios sugetos eruditos, y singularmente á D. Juan Bautista Perez, Obispo de Segorve, quien hizo ver á Higuera eran fingidos los fragmentos que se decian de Dextro y de Maximo.[8]

Tres años después de fallecer el obispo Pérez, efectivamente el primero que supo ver la patraña presentada como historia, Higuera dio a esos fragmentos la forma de cronicones, ocupándose de las disputas entonces en curso entre españoles y extranjeros y entre los propios españoles en torno a puntos diversos de la historia eclesiástica. Tomó partido por los españoles contra los extranjeros y se mantuvo neutral en las controversias entre hispanos.

Algunos ejemplos de los seguidores de los cronicones deberán ser suficientes aquí. Tomás Tamayo de Vargas (1588–1641), conocido más por su polémica con Pedro Mantuano en defensa de la Historia general de España de Juan de Mariana, publicó en 1624, en Madrid, un libro con el explícito título de Flavio Lucio Dextro, caballero español de Barcelona, prefecto–pretorio de Oriente, Governador de Toledo por los años del Señor de CCCC. Defendido por Don Thomas Tamaio de Vargas.

Otro difusor, defensor y recomponedor de cronicones ajenos fue el monje benedictino Gregorio de Argaiz (c. 1600–1679). De él dice Godoy Alcántara:

Argaiz, en sus comentarios, discute el texto, lo impugna, reconviene al autor,[9] le señala contradicciones, le abruma de citas, de conjeturas, de autoridades; pero acaba por descubrir alguna razon que anula las suyas, y deja airoso el dicho de Hauberto; manejo sumamente cómico, que se repite con frecuencia.[10]

Si el fundador de esta corriente no sólo de falseadores de la historia sino de auténticos creadores de sus propias fuentes fue Jerónimo Román de la Higuera, José Pellicer de Ossau y Tovar fue su más aventajado discípulo.

Hubo, sin embargo, un precursor de esta corriente mítico–histórica, el dominico Giovanni Nanni (c. 1432–1502), italiano mejor conocido como Annio de Viterbo por su lugar de nacimiento que escribió la obra que sentaría para la posteridad inmediata el tema, que se volvería recurrente, de la remota antigüedad de España y de sus pobladores: los Commentaria super opera diversorum auctorum de antiquitatibus loquentium… (Roma, 1498).

Al modo que después se haría común entre los “descubridores” de cronicones, Viterbo pretendía publicar ahí obras perdidas de autores antiguos, principalmente del sacerdote babilónico del siglo III a. C, Beroso, descubiertas en sepulcros y sitios ocultos.

Pero como según Lucrecio ex nihilo nihil fit, también este precursor de un fundador tuvo un precedente mucho más antiguo, Rodrigo Jiménez de Rada (1170–1247), quien en su Historia de rebus Hispaniae fue el primero en dotar a España de orígenes bíblicos; algo que se convertiría en cosa aceptada, casi como un lugar común, después de Viterbo y durante la época de oro de los cronicones manufacturados.

Jiménez de Rada describía ahí la historia de la Península ibérica “desde los tiempos de Jafet, hijo de Noé”, hasta el año 1243.[11] Con el paso del tiempo la historia en lugar de racionalizarse se fue haciendo más estrambótica, empezando por Viterbo. Un condensado resumen ofrece esta panorámica:

[..] Annio basándose en el supuesto testimonio del caldeo Beroso y en los de otros autores antiguos interpretados de manera adecuada, daba a los españoles prioridad sobre los griegos y romanos en el dominio cultural e histórico; en lo cultural porque los hispanos, según Estrabón y Beroso, conocieron la escritura y tuvieron filosofía y leyes mucho antes que los griegos. En lo histórico, porque, siguiendo al mismo Beroso, la lista de sus reyes arranca 143 años después del Diluvio y 637 años antes de la fundación de Troya.[12]

Los promotores de los cronicones por su parte compartían el ya para entonces dogma de la genealogía, los orígenes y la jerarquía bíblicos de España, pero disputaban sobre la identidad del supuesto primer rey español.

La mayoría asumía que Tubal, hijo de Jafet y nieto de Noé. Pellicer sostenía que Tarsis, sobrino de Tubal. Lupián Zapata en su cronicón de Auberto Hispalense rompía todas las marcas y afirmaba que los primeros reyes de España fueron Adán y Eva.

No es para mover a escándalo, entonces, que en ese maremágnum de ficciones y fantasías otros hayan asignado a Homero la nacionalidad española, difiriendo únicamente en si lo era por parte de madre o por parte de padre. Tampoco que otros señalaran a Hércules como fundador de Toledo o de Barcelona…

No es para mover a escándalo, entonces, que en ese maremágnum de ficciones y fantasías otros hayan asignado a Homero la nacionalidad española, difiriendo únicamente en si lo era por parte de madre o por parte de padre. Tampoco que otros señalaran a Hércules como fundador de Toledo o de Barcelona, según la intención de los apologetas en cada caso.

La infrangible fortaleza de las cosas de la fe —ese peculiarísimo fenómeno de la autosustentación en el cual la tradición encuentra las pruebas de su veracidad en la existencia de la tradición misma, y a lo sumo en las creencias y en el argumento de autoridad—, apoyadas en los cronicones hechos a propósito que pretendían aportarles un fundamento histórico, les permitió pervivir aún durante el racional siglo XIX que había visto ya pasar a la Ilustración francesa, a los grandes filósofos del área germana y que sería testigo y cuna del más coherente y sólido laicismo pensable encarnado en el cuerpo teorético de Marx.

En 1829 se publicó en Zaragoza una Copia literal y autentica del proceso, y sentencia de calificacion sobre milagro obrado por la intercesion de Nuestra Señora del Pilar en la Villa de Calanda del arzobispado de Zaragoza la noche del 29 de marzo de 1640, restituyendo a Miguel Juan Pellicero, natural de la misma villa, una pierna, despues de 2 años y 5 meses que se le habia cortado en el hospital de Zaragoza.

El anónimo autor de una breve introducción delimita con claridad el campo de batalla:

Parece que la inefable providencia de Dios, siempre atenta á disipar con las luces de su sabiduría infinita las tinieblas, que intenta difundir el espíritu del error, al mismo tiempo que los arrogantes y presumidos filósofos del siglo 17º Pedro Bayle, Benito Espinoza, Hobbés con otros se empeñaron en combatir el Evangelio, é impugnar sus milagros, entonces quiso Dios obrar este singularísimo y estupendo milagro para confusion de estos impíos, y mas pleno convencimiento de su necia incredulidad […].

Casi dos siglos después de su tiempo José Pellicer de Ossau seguía siendo citado como fuente confiable y de autoridad (“el sabio y crítico Historiador”, le llama el autor).

Esto fue en el 29. En 1862, ya entrado el siglo en su madurez, Mariano Nougués Secall, individuo de muchos títulos laicos y científicos, incluía el milagro de la pierna restituida entre un vasto arsenal de argumentos y probanzas a favor de la veracidad histórica de la aparición de la Virgen María, en carne mortal, al apóstol Santiago en Zaragoza en el año 40, en una historia crítica y apologética que tiene mucho de lo segundo y muy poco de lo primero y en la cual vemos repetirse, una vez más, los conocidos argumentos de la tradición, los decretos eclesiales y la opinión de autores graves.[13]

El número de los historiadores que se movían más entre la fantasía y el mito que a través de la historia es mucho más extenso que el de los que hasta aquí hemos mencionado. También los temas y asuntos —todos ellos inextricablemente relacionados con las historias supuestas, el recurso a las mitologías existentes y la invención de ellas cuando hacía falta— como el largo y copioso empeño por demostrar la venida del apóstol Santiago a España, las disputas no menos abundantes en torno a primacías eclesiásticas de una sede u otra, de prosapias y genealogías inventadas de ciudades y personas, y sobre todo el affaire de los plomos del Sacromonte, verdadero paradigma de la invención al servicio de las historias que se deseaban y merecedor de un estudio aparte.

Para quien desee acceder a un panorama más amplio y comprehensivo no puedo hacer más que remitir, y encarecidamente aconsejar su lectura, a las obras mencionadas de Nicolás Antonio y de José Godoy Alcántara.

Útil también es el libro de Julio Caro Baroja, Las falsificaciones de la historia (en relación a España), Barcelona, Seix Barral, 1992. El autor revisa prácticamente los mismos temas, eventos y autores que los dos anteriores, contando de ese modo con sus esfuerzos y además con la ventaja del tiempo transcurrido.

Poco recomendables en cambio, a no ser como ejercicio de lectura de la historiografía burdamente politizada, son por ejemplo los panfletarios empeños periodísticos de Pedro Salmerón —sin hacer menos a Felipe Ávila— bajo la cobertura de la crítica a “los falsificadores de la historia” mexicana, etiqueta que exhibe como prueba de perspicacia cuando ni siquiera es original.

La metafórica técnica de doblar el bastón para enderezarlo no desencorva nada, sólo produce en este caso otra variante presuntamente de izquierda frente a la preexistente “liberal”; ambas utilizan con munificencia los ladrillos del lugar común para levantar “historias” en blanco y negro aunque con los respectivos colores colocados a la inversa, como en una imagen especular. A falta de argumentos plausibles echan mano de conjeturas a modo (“inferencias”, les llaman). Ambos bandos edulcoran o satanizan, según sea el caso, todo ello en una labor propia más del propagandista que del historiador.

El resultado entonces, conseguido mediante una suerte de mitosis, no es más que la duplicación de los adulteradores de la historia. De signo contrario aparentemente, pero en realidad una y la misma cosa.

Sebastián Fox Morcillo, desde hace ya 469 años, conminaba: “ha de atenderse a que no se diga nada por parcialidad, miedo, adulación, afecto, odio o inclinación”; yo añadiría que tampoco por conveniencia ni servilismo. No parece que se le haya hecho mucho caso, ni en su época ni en la nuestra.[14] ®


[1] José Godoy Alcántara, Historia crítica de los falsos cronicones, por D. José Godoy Alcántara. Obra premiada por voto unánime de la Real Academia de la Historia y publicada á sus expensas (Madrid, 1868), pp. 17–18.
[2] Fragmentum Chronici, sive Omnimodae historiae Flavvi Lucii Dextri Barcinonensis, cum chronico Marci Maximi, & additionibus Sancti Braulionis, & etiam Helecae episcoporum caesaraugustanorum… (Zaragoza, 1619). Es un librito de sólo 128 páginas numeradas más las aprobaciones, licencias, elogios y una nota al lector.
[3] Fl. Lucii Dextri Barcinonensis, Viri Clarissimi, Orientalis Imperij Praefecti Pretorio, & D. Hieronymo amicissimi, Chronicon Omnimodae historiae… (Lyon, 1627), libro que rebasa las 500 páginas.
[4] Censura de historias fabulosas, obra posthuma de Don Nicolás Antonio, Cavallero de la Orden de Santiago, Canonigo de la Santa Iglesia de Sevilla, del Consejo del Señor Don Carlos Segundo, i su Fiscal en el Real Consejo de la Cruzada. Van añadidas algunas cartas del mismo Autor, i de otros Eruditos. Publica estas Obras Don Gregorio Mayáns I Siscar… (Valencia, 1742).
[5] Véase la censura de Gregorio Mayans al libro de Francisco Javier Manuel de la Huerta y Vega —otro cultor tardío de las historias inventadas, esta vez basado en un supuesto cronicón atribuido a un tal Pedro, “Orador insigne, y Maestro de Oratoria en la Ciudad de Zaragoza, año 358 de la era christiana”—, España primitiva, historia de sus reyes, y monarcas, desde su poblacion, hasta Christo, publicada en dos tomos en Madrid, el primero 1738 y el segundo en 1740. La censura está incluida en el Semanario erudito, que comprehende varias obras ineditas, criticas, morales, instructivas, políticas, historicas, satiricas, y jocosas de nuestros mejores autores antiguos, y modernos. Dalas a luz Don Antonio de Valladares de Sotomayor. Tomo decimoseptimo (Madrid, 1789), pp. 62–63.
[6] Godoy Alcántara, op. cit., p.16.
[7] Muy extensa obra manuscrita que en dos ejemplares, el uno de siete volúmenes y 2,739 páginas y el segundo en 14 libros y 825 páginas, se encuentran disponibles en la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano.
[8] Biblioteca española. Tomo segundo, que contiene la noticia de los escritores gentiles españoles, y la de los christianos hasta fines del siglo XIII de la Iglesia. Su autor D. Joseph Rodriguez de Castro (Madrid, 1786), p.204.
[9] Godoy se refiere al Cronicón de Auberto de Antonio Lupián Zapata, otro fabricante de historias, publicado por Argaiz justo en el año de la muerte de su autor.
[10] Godoy Alcántara, op. cit., p.276.
[11] Un útil, completo y sobrio ensayo sobre este precursor de precursores en Mario Crespo López, Rodrigo Jiménez Rada, Madrid, Biblioteca Virtual Ignacio Larramendi de Polígrafos, 2015.
[12] El texto es de José Antonio Caballero López en el artículo “Annio de Viterbo y la Historiografía española del siglo XVI”, presentado en la VI Reunión Científica sobre Humanistas Españoles, efectuada en mayo de 2001 en León y San Pedro de Dueñas.
[13] Historia crítica y apologética de la Vírgen Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza y de su templo y tabernáculo desde el siglo I hasta nuestros días (Madrid, 1862).
[14] Diálogo sobre la enseñanza de la historia (1557), parágrafo 57.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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