El sanatorio de las bailarinas enfermas

El sueño era mentira

Exigirle a una mujer que deforme sus pies hasta que parezcan los de un pato no sólo es absurdo sino un crimen; su cuerpo está hecho para representar sentimientos humanos, no a bellos animales alados. Que en el siglo XXI se siga enseñando a bailar como en el XVII, cuando el ballet servía para que los reyes validaran con un cuento de hadas su pertenencia a una raza fantástica, es una atrocidad equivalente a mantener un sistema político que provocó un genocidio.

I

© Ferdinand Hodler

A las afueras de la ciudad hay un sanatorio para bailarinas enfermas. Es un edificio feo y gris cuya principal característica es que no tiene ventanas ni espejos. Tal excentricidad se explica entendiendo las características de las internas: de ser conscientes de sus rostros ajados y cuerpos mutilados, se arrancarían los ojos con las uñas; afuera hay un panorama de abetos y montañas y cualquier contemplación de naturaleza les provoca colapsos nerviosos.

En el sanatorio no existe el tiempo y la vida transcurre en la repetición del mismo instante: las bailarinas enfermas creen que han dado segunda llamada y se encuentran absortas en la idea de su propia belleza, a punto de salir al escenario para protagonizar una gran danza como cisnes, hadas o princesas.

De vez en cuando, no muy frecuentemente, ocurre una variación en este instante eterno: a veces el nerviosismo de salir a escena se acentúa en el corazón de alguna bailarina y de pronto es consciente de la existencia de las demás, hallazgo que le produce incontenible envidia.

Extraída de su condena, en un estado de ira ciega, la enferma se desliza furtivamente hacia un armario vacío donde todas imaginan guardar zapatillas; una vez que está segura de que nadie la observa y su acto permanecerá impune, imagina introducir en el calzado de su enemiga vidrios rotos o un pedazo de hierro ardiendo; entonces regresa a su mismo lugar de siempre embriagada por una gran felicidad.

II

Esperanza, con 89 años, es la reclusa más vieja; a pesar de mirar al mundo con amargura desde su silla de ruedas, no es la más triste ni la que más rencor guarda; dice que por fin, tras 55 años de oscuridad, ha reunido suficiente lucidez para atisbar, a un instante de la muerte, algunos significados de su encierro.

Nació en un pueblito francés no lejos de París; desde los tres años estudió ballet en la capital en una escuela dirigida por rusas. A los dieciséis debutó profesionalmente en Canadá y durante trece recorrió como solista varios países, como Australia, Dinamarca y Brasil.

Una noche, después de bailar, se desplomó en su cuarto de hotel y tuvieron que operarla de la espina dorsal. Tenía 29 años; no pudo volver a bailar. En un lapso de tres años la intervinieron dos veces más, pero nada pudo hacerse y quedó paralítica.

Sin embargo, durante los últimos años de su carrera, experimentó dolores tan insoportables, sobre todo en la columna vertebral y los pies, que para poder interpretar era necesario que sus amigas le inyectaran droga por las venas.

Una noche, después de bailar, se desplomó en su cuarto de hotel y tuvieron que operarla de la espina dorsal. Tenía 29 años; no pudo volver a bailar. En un lapso de tres años la intervinieron dos veces más, pero nada pudo hacerse y quedó paralítica.

No tenía hijos ni amante y a sus padres les había perdido la pista desde que realizó su primera gira. Inválida y delirante, a la brillante edad de 34 años fue recluida en el sanatorio para bailarinas enfermas.

III

“Y aquí me tienes, a punto de cumplir noventa”; la voz de Esperanza es áspera, hombruna y temblorosa.

En el sanatorio de bailarinas enfermas, así como no hay espejos ni ventanas, están prohibidas las visitas, pero Gloria Contreras piensa mucho en Esperanza.

Lo que más le duele es el hecho de que algo tan simple y puro como la ilusión por ser bailarina pueda provocar que una niña se convierta en un ser humano extraviado que a fuerza de lastimarse y romper con todo lo amado termina aprisionada en la locura.

Sólo a un instante de la muerte, desprendida completamente del pasado, después de haber vivido loca la mitad de su vida, Esperanza encuentra la luz para entender que el sueño que persiguió era mentira. ®

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Publicado en: Narrativa, Septiembre 2012

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