Elogio por los hijos que no serán

“El mejor hijo es el que no nace”

La palabra esterilidad tiene a ratos el impacto impuesto por el drama de las telenovelas. Suena intenso, pero en mi caso más bien es una certeza que da calma. Alguna vez pensé en tener más hijos, cuando era muy joven y soñar no costaba nada.

Ilustración de Bryan Dechart/X

Preludio

Cuando en 2011 escuché el discurso de Fernando Vallejo tras recibir el premio FIL de Lenguas Romances decidí dos cosas: volverme vegetariano y no tener más hijos.

Aura por entonces tenía un año, y tal vez, de haber recibido Fernando el premio un par de ediciones antes, ella no habría nacido. Y no, no es que me arrepienta, la amo con todo mi corazón y es parte de mis impulsos vitales, sin embargo, las palabras del escritor colombiano fueron tan poderosas y elocuentes que mi convicción se ha mantenido hasta hoy, no así el vegetarianismo, pero, bueno, esa es otra historia.

I

Vallejo dice: “Cómo pueden traer un hijo a este desastre, a este desastre de país, a este desastre de planeta. Es un crimen traer hijos a este mundo… Traer hijos a este mundo sádico y miserable es un acto de crueldad extrema. El mejor hijo es el que no nace”.

Eso hubiera querido decirle al médico cuando me preguntó sobre la razón para hacerme la vasectomía. En su lugar le respondí —sin poética ni frases arquetípicas, pues mi nerviosismo apenas si me permitía hilar medianamente ideas con claridad— que la situación está difícil: la economía, la violencia, ya no cabemos aquí. “Tienes razón… yo tuve a mis hijos grande, a los cincuenta. Gasto catorce mil pesos nomás en pura colegiatura. A veces pienso en lo que podría usar ese dinero de no tenerlos”, dijo convencido y con una sonrisa pícara, y procedió a anotar en el formulario, cuyo objetivo es registrar si el paciente está convencido de realizarse el procedimiento.

II

Salgo de casa y camino rumbo al Centro de Salud de la zona. Lo hago convencido, pero, también —debo aceptarlo— con la ligera esperanza de no encontrar a ningún médico disponible en el área de Salud Reproductiva, posibilidad considerable al referirnos al sistema de salud público en México.

Llego, saludo al guardia de la entrada y recorro un camino conocido semanas atrás cuando investigué y acudí para los informes correspondientes. Aquella vez salí con una fotocopia recortada en la que indicaba los requerimientos para la vasectomía: 1. Rasurarse el escroto. 2. Traer un calzón ajustado. 3. Desayuno ligero. 4. Medio litro de jugo de frutas. 5. Acompañante (de ser posible). 6. Limpieza del área correspondiente.

Salud Reproductiva en el T–III México–España es muy distinta al resto del edificio. La zona general se percibe gris y decadente. Cajas con archivos en el piso, butacas viejas y oxidadas en el pasillo, cartulinas rosas y blancas con collages informativos chafas que parecen realizados por jóvenes de secundaria; pacientes de mirada triste, desesperada, sentados en bancas hiladas de fierro y frías que parecen diseñadas para potenciar el dolor, y, lo peor: empleados administrativos y médicos que proyectan irritación y hastío, que provocan miedo y desconfianza.

Siempre he pensado que cuando contratan personal para el sector gubernamental exigen entre los requisitos poseer un odio por la vida. Desafortunadamente, es tan común encontrarse este perfil de servidores en la burocracia.

Subo las escaleras, doy vuelta a la izquierda, camino algunos pasos y giro de nuevo a la izquierda. Al fondo hay una puerta de cristal que desde lejos encandila, luce como esos portales en las películas que llevan al más allá. Al abrirla, la blancura de la sala de Salud Reproductiva causa desconcierto en el paciente, parecería que se está en un hospital de primer mundo de no ser porque el personal pronto da una bofetada de realidad. La secretaria, una señora de alrededor de sesenta años, gruñona e impaciente, no tiene pudor en hacer caras de disgusto ante quienes le solicitamos su apoyo. Siempre he pensado que cuando contratan personal para el sector gubernamental exigen entre los requisitos poseer un odio por la vida. Desafortunadamente, es tan común encontrarse este perfil de servidores en la burocracia. Otra mujer, más amable, pero torpe, da indicaciones a un grupo de pacientes femeninos que acuden sin que sepa bien a qué. La gruñona interrumpe, les da sus archivos, que no son otra cosa que fólders beige con números en la pestaña. Enuncia una sarta de indicaciones que espera memoricen. No lo hacen, así que acuden a ella y piden de nuevo —tímidas— les expliquen qué hacer. La mujer bufa y responde, al final al menos queda el consuelo de que hace su trabajo.

Vuelven a sentarse y acatan las indicaciones, luego les indican que salgan a comprar algo de comida y regresen para consumirla allí adentro. Me parece inapropiado y un poco asqueroso imaginarlas comiendo en la sala de espera, ¿quién habrá inventado ese protocolo?

Lleno mi expediente y aguardo. Soy el único hombre, aunque a nadie parece importarle. Estoy un poco ansioso, tengo miedo al dolor y por más que he investigado sobre el procedimiento —que además, ahora, y gracias al doctor chino Li Shunqiang es sin bisturí— desconfío de que un extraño manipule mis genitales. Transcurren algunos minutos y una enfermera me invita a pasar a una habitación en la que hace otras preguntas y me toma la presión. Mientras el esfigmomanómetro aprieta mi bíceps izquierdo entra un hombre delgado y ñoño con el que la enfermera comienza a charlar. Hablan en voz baja, pero los escucho. Le dice que por la madrugada llegó una paciente con complicaciones por el medicamento abortivo. No alcanzo a entender si hubo una negligencia o el sentido real de la charla, empero, el tono de secrecía me hace sospechar. La tensión se rompe cuando hace presencia un médico —que después sabré que realizará el procedimiento— y le dice que lo ve más delgado; los tres comienzan a reír sin que encuentre cuál es la gracia.

La enfermera verifica mi presión y me pasa a otro cuarto donde toma mi peso y medidas. Hay tres mujeres en bata que se perciben incómodas ante mi presencia. Están allí para abortar, lo sé porque la enfermera lo dice en un tono que intenta hacerlas sentir culpables. O tal vez es el miedo, la incertidumbre, la duda. Tengo ganas de decirles que todo estará bien y que confíen en el valor de sus decisiones.

Cien kilos, dice la báscula. He bajado cinco. Correr y montar en bicicleta parece que está haciendo lo suyo. Tomo mis cosas y antes de pasar al consultorio donde habrán de intervenirme escucho un chiste barato en el matutino “Venga la alegría” que está sintonizado en la televisión de la sala de espera, ahora vacía.

“Benita, ¿cuál es el conducto que transporta los espermatozoides?” Benita se pone nerviosa y responde lo que todo estudiante que no ha interiorizado el aprendizaje: “Sí lo sé, pero se me olvidó”.

En la habitación se encuentra el doctor, un hombre en los cincuenta, calvo y regordete, que viste una casaca médica con figuras de Mickey Mouse; también una joven pasante completamente de blanco, de baja estatura, cuerpo frágil y lentes. Es Benita —así se referirá a ella constantemente—. Odio cuando en los procedimientos participan los estudiantes porque siento que uno se convierte en una especie de conejillo de Indias en el que se permiten la prueba y el error. No quiero ser el error.

Pregunta a pregunta respondo el cuestionario de certeza de esterilidad y condición física. En algunas el doctor aprovecha y cuestiona a la pasante a manera de examen: “Benita, ¿cuál es el conducto que transporta los espermatozoides?” Benita se pone nerviosa y responde lo que todo estudiante que no ha interiorizado el aprendizaje: “Sí lo sé, pero se me olvidó”. Así será expuesta durante todo el rato, lo cual me causa mayor inquietud, y ruego a la vida que sea una simple observadora, pues si de aplicar los conceptos teóricos se tratara, de antemano estaría jodido. Por último, firmo una exclusión de responsabilidades en la que sutilmente me obligan a estar de acuerdo en que cualquier fallo que pueda ocurrir es cosa del destino y no de una negligencia.

Procedo a recostarme en la camilla que parece utilería de película de terror. La enfermera que antes me tomó la presión ordena que me baje los pantalones y los calzoncillos. Lo hago sintiendo un pudor juvenil. Coloco las manos en el pecho como los muertos cuando están en el ataúd. Siento el látex de los guantes y el frío del antiséptico que el doctor unta en la zona. Un piquete doloroso en el saco indica que se ha aplicado la anestesia. Benita y el médico hablan sobre lo que harán a continuación a partir de meros tecnicismos que no comprendo. Respiro hondo y hago acopio de valor, pues no hay vuelta atrás. De fondo se escucha “Corazón partío”, de Alejandro Sanz: “¿Y quién me va a entregar tus emociones? ¿Quién me va a pedir que nunca le abandone? ¿Quién me tapará esta noche si hace frío…?” ¿Cómo se arma una playlist para un momento así?

El médico toca mis testículos como si fueran dos bolas de ping pong. Las jala, aprieta y pide a Benita que palpe y sienta, “Mira, esto es… aquí está”, le explica al tacto lo que hay dentro de mi bolsa testicular. Una punción en el escroto es la señal de inicio. Tenso el cuerpo, sobre todo las piernas que no tardan en comenzar a temblarme. Llega a intermitencias un dolor en la entrepierna que escala puntualmente. Si se trata de ilustrarlo, diría que es como una fuerte patada en las bolas: primero está el golpe, que no es lo peor, sino los segundos posteriores en los que el sofocamiento y el dolor in crescendo son insoportables. Al tormento se suma la inquietante sensación del jaloneo de los conductos deferentes. Benita se sorprende cuando el médico los liga. El doctor me dice que si quiero ver y respondo categóricamente que no. Se ríe de mí y lo disfruta, prefiero ese ambiente jocoso que la seriedad y la indiferencia.

Al tormento se suma la inquietante sensación del jaloneo de los conductos deferentes. Benita se sorprende cuando el médico los liga.

“¡Listo!” Escucho decir. Lo agradezco porque estaba a punto de llegar al tope de mi umbral del dolor. Pregunto si ha terminado, a lo que me responde que ha terminado con una de las dos ligaduras. Quiero salir corriendo al saber la réplica del dolor que me espera en el otro testículo.

Después de casi media hora, que pareció una eternidad, ahora sí ha culminado la vasectomía. El doctor lanza un trapo sobre mi pecho y pide que me limpie. Lo hago, tembloroso. Me incorporo, subo mis pantalones y espero a que haga la receta en la que prescribe dos docenas de condones y nuestra próxima cita para la orden de laboratorio en la que me realizarán el conteo de espermatozoides y así confirmar mi esterilidad.

Salgo y encuentro a S. Está fuera del área de Salud Reproductiva porque la malhumorada secretaria hizo de la suyas pidiéndole que aguardara del otro lado. La abrazo y le digo, con el tono de un niño herido, que sí me dolió. Ahora entiendo por qué entre los requisitos estaba llevar un acompañante: para el consuelo y el desahogo. Camino con las piernas abiertas como si acabara de descender de un caballo y vamos rumbo a casa.

III

Recostado en mi habitación aplico los cuidados posteriores: hielo en el escroto, medicamento para el dolor, trusa ajustada, reposo absoluto. Me esperan quince días sin actividad física intensa: no correr, no andar en bicicleta; siete sin actividad sexual, además de un dolor que va y viene, aunque cada vez es menor.

La palabra esterilidad tiene a ratos el impacto impuesto por el drama de las telenovelas. Suena intenso, pero en mi caso más bien es una certeza que da calma. Alguna vez pensé en tener más hijos, cuando era muy joven y soñar no costaba nada. Hoy siento paz y como si cumpliera un deber con el mundo. Para muchos la esterilidad es como un Réquiem, en mi caso es un elogio para los hijos que no serán. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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