LA BELLEZA, DARDO LETAL

Acuarelas y grabados de Ramón Sanmiquel

Si el sexo se convierte automáticamente en pornográfico (e insoportablemente primario) cuando no somos los actores principales, o sea quienes practican el acto sexual, porque pornográfico es todo lo que lleve implícito el acto de mirar (ver en vivo o en diferido cómo una pareja de menonitas llevan a cabo una casta cópula también es pornografía), observar y disfrutar de la belleza natural de la infancia en estos tiempos conlleva elevadas dosis de sospecha moral. La infancia y su digitalmente mancillada pureza han abierto un debate peliagudo en un campo abonado para que afloren, ante la expresión de la belleza más tierna, las perversiones más abyectas, las conductas más deleznables, ejemplificadas en nuestra sociedad en su vertiente más horrenda por el sacerdocio corrupto y aprovechado de la confianza que hasta ahora le había depositado el grueso de la sociedad.

Casi en el mismo rango de aberración social —lo de los curas con los niños es peor porque éstos están indefensos— que ocupa la policía corrupta que en lugar de proteger a la comunidad de infractores y delincuentes encubre o participa directamente en las actividades criminales. O como los políticos que persiguen su enriquecimiento personal por encima del bienestar de la sociedad que les ha votado. De ese tipo de autoridad estamos rodeados y lo más paradójico, además, es que nos quieren imponer su moral y elevan el grito al cielo junto a las derechas del mundo condenando los matrimonios gay, el aborto o las pinturas de Balthus o de Jules Pascin, ambos pintores que desarrollaron su obra a lo largo del siglo pasado.

Un asco en definitiva.

Una dosis de sospecha, observar a los infantes, la mayoría de las veces infundada, porque presupone que todo aquel que admira la imagen de un niño desnudo lo hace con el ojo mental enfermo, y eso en sí mismo constituye el mayor acto de perversión. Pensar que todos potencialmente albergamos intenciones turbias cuando vemos un niño o una niña desnudos. ¿Cuántos de nosotros no conservamos fotografías de cuando éramos bebés en la orilla de alguna playa la primera vez que nos llevaron al mar? ¿Será pornografía colgarlas en alguna de las redes sociales para chulear a familiares y amigos lo rollizo y sano que está el bebé? He aquí el dilema, no vaya a ser que la visión de ese pedazo de carne rosada en la playa con un ridículo sombrerito alimente las fantasías onanistas de un pornógrafo y que eyacule sobre la pantalla de su computadora.

No hay malicia en estas imágenes, hay en todo caso una ligera seducción innata al ser humano.

Ramón Sanmiquel lleva hechos ya varios retratos en acuarela, en gran parte desnudos, de jóvenes adolescentes, casi perfectos en su ejecución, púberes la mayoría de las modelos, pero aniñadas por la anorexia y la flacura que imponen los cánones estéticos de este tiempo. También pinta niños y niñas, la mayoría por encargo, pero luego su ojo clínico también advierte las posibilidades estéticas de los rostros y actitudes de algunos de los infantes con los que se topa en su vida de pintor, hijos de amigos o de vecinos… Según el artista, los rasgos de belleza en el rostro, una vez superada la fase de abotargamiento facial de los bebés, aparecen a partir de los tres años de vida. Y lo dice un artista que estudió medicina, que de hecho ha ejercido de médico, hasta el momento de cambiar el diagnóstico de las dolencias corporales por la radiografía del alma cuya receta se escribe con el pincel y queda plasmada en estos fabulosos y detallados trabajos, ya sean acuarelas o grabados, donde la punta seca llena de detalles humanizantes y reveladores lo que de otro modo no pasaría de ser un esbozo de la personalidad a través del retrato, véanse sino los grabados La meona o Fimosis reciente. No hay malicia en estas imágenes, hay en todo caso una ligera seducción innata al ser humano, al igual que se manifiesta cierta picardía, pero la frontera del arrobo la marca el espectador, en última instancia el que procesa la carga moral añadida a esa visión dándole validez a los demonios sociales interiorizados o más bien mandándolos a paseo para poder admirar libres de prejuicios lo que en última instancia son: una obra de arte que rinde culto a la belleza, sin importar el sujeto en quien encarne, sea éste niño, niña, joven púber o sirena.

Hay muchas cualidades psicológicas en los retratos que hace Ramón Sanmiquel. Eso es uno de sus aciertos como artista, ya que además de un excelente fisonomista es una gran observador metafísico, meticuloso y con deudas hacia la realidad que lo inspira, como inspiró a Balthus en su polémico cuadro La lección de guitarra, pintado en 1934 y retirado de la retrospectiva que el Georges Pompidou le dedicó a Balthus en los años ochenta acusado de pornógrafo.

Y antes de que aquellos confusos, quizás la confusión que albergan sea hacia sus propios instintos depredadores, que le puedan tildar de pornógrafo pederasta, Ramón Sanmiquel se ha encargado de poner en la picota en esos mismos retratos a los verdaderos demonios de la infancia, que son ni más ni menos que aquellos que se la pasan hablando de las bondades de estar cerca del (Su) Señor y de las ventajas de una vida casta en la abstinencia, para que ellos violen y destrocen vidas a placer: si obedeces, no te equivocarás. ®

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Publicado en: Diciembre 2010, Plástica

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