La Policía de la Decencia en la blanca Mérida

El perverso programa “Escudo Yucatán”

En 2016 apareció el programa “Escudo Yucatán”, criticado duramente desde sus orígenes por los numerosos casos de extorsión, intimidación y violencia contra los ciudadanos, y contra periodistas que denuncian.

I

Logotipo del programa «Escudo Yucatán».

Imagina que una noche sales de fiesta. Consumes con moderación. Decides hacerlo así porque ese día te permiten sacar el auto —o porque vas en bicicleta, o a pie, o simplemente porque sabes que tienes volver sano y salvo. Te vas a casa temprano. Sin saber por qué, la policía comienza a seguirte. Prefieres pensar en otra cosa. Que no te siguen, que, por Dios, eso no puede estar pasándote a ti. Imagina que la policía te detiene de forma arbitraria. Te cierran el paso. Te obligan a bajarte del coche o de la bicicleta o a detenerte. Luego, simplemente te apuntan a la cabeza. Con una pistola de verdad. Con balas que pueden destrozar tu cráneo. Y entonces desaparecerías en las profundidades de la noche. Las tinieblas te morderían la piel, desgarrándote por completo. Nadie sabría nada de ti.

Imagina que, mientras te apuntan a la cabeza te obligan a desnudarte, a tirarte al piso. Y mientras tanto, te gritan. Te acusan de un crimen que no has cometido. No un crimen cualquiera, sino un asesinato. Imagina que te dicen que mataste a alguien. Te dicen que te vas a morir. Que ni siquiera tu madre te va a encontrar. Que nadie va a volver a saber de ti. Los minutos pasan. Tú sigues en el suelo, mientras los oficiales de policía continúan gritándote. Pero tú sólo piensas en que no sabes qué has hecho, en que no quieres morir esa noche, en que, si mueres, preferirías que te encontraran —más que nada, para no mantener a tu madre con el pensamiento, con la Eterna Espera, pensando que cualquier día podrías aparecer por tu casa, como si nada hubiera pasado—. Te aferras a que volverás a casa. Las piedras que hay en el pavimento se clavan en tu piel, se aferran a morderla como si realmente fueras a desaparecer esa misma noche. Al cabo de un momento, un superior aparece. Supuso que algo iba mal y decidió seguir a las patrullas que te siguieron. Investigó un poco y se dio cuenta de que te detuvieron de forma arbitraria. Te levanta del piso, te dice que te vistas, te dice que te vayas a casa. Y le haces caso. Te levantas, te vistes, te subes a tu coche o a tu bicicleta o te vas a pie, te vas a casa, el sudor te baña como lluvia de verano, no le dices nada a nadie. Estás asustado. Sobre todo, estás asustado por algo que viste. Los policías —quizá todos— eran como tú: la piel morena, los ojos negros, el cabello lacio y terco, los rasgos indígenas —somos hermanos, se supone—. Antes estuviste rabioso, algo se rompió dentro de ti por el dolor que te ocasionaron esas personas sin tener un motivo real. Quisiste matarlos. Quisiste hacerles todo lo que te hicieron. Pero sigues muy asustado como para contarlo a alguien. En lugar de eso, enciendes la computadora, a las dos de la mañana, más sobrio que la noche que debe seguir despierta hasta el amanecer, y comienzas a escribir al respecto.1

En Yucatán es mucho más difícil encontrar a esos policías buenos. Sobre todo cuando están dispuestos a todo lo contrario.

II

En 2010 fueron encontrados doce hombres decapitados en la comisaría Chichí Suárez y el municipio de Buctzotz, en el estado de Yucatán. Hay quienes señalan que, a partir de ahí, el supuesto blindaje de la entidad comenzó a reforzarse. Se dice que las autoridades echaron mano de la sorpresa que este hallazgo ocasionó. Si bien es cierto que a lo largo y ancho de México el tema de la violencia es recurrente, en Yucatán se dice que no pasa nada —lo cual es totalmente falso—, por lo que este hecho conmocionó a la sociedad yucateca. Lo que ocurre es que la violencia en el estado es de otra índole. Basta echar una mirada a las estadísticas que señalan el índice de suicidios —suicidios en jóvenes, en especial2— en toda la península, o bien, aquellos que apuntan la violencia intrafamiliar, o bien, los que abordan los accidentes automovilísticos.

Los policías —quizá todos— eran como tú: la piel morena, los ojos negros, el cabello lacio y terco, los rasgos indígenas —somos hermanos, se supone—. Antes estuviste rabioso, algo se rompió dentro de ti por el dolor que te ocasionaron esas personas sin tener un motivo real.

Cuando se habla del blindaje del estado éste parece no escatimar en recursos —incluso más allá de los económicos—. La violencia por parte de los organismos oficiales se ha vuelto más severa contra cualquiera que sea diferente a lo que se ha impuesto desde las altas cúpulas gubernamentales. Los registros han quedado ahí: las detenciones arbitrarias son el pan de cada día. Las golpizas por parte de la policía no se quedan atrás —sobre todo si la detención haya sido arbitraria—. Los cateos sin orden también son algo común, como en todo el país. ¿Extorsiones en contra de campesinos? Nada desconocido dentro de la entidad. La intimidación por medio de las armas tampoco es un tema nuevo. En 2016 apareció el programa “Escudo Yucatán”, criticado duramente desde sus orígenes. Este programa había tenido antecedentes en la fundación de la Policía Estatal Acreditada (PEA) en 2013, con una inversión inicial de 61 millones de pesos. Esta PEA sentó las bases que luego retomó el Escudo: homologación de procesos, desarrollo de programas de prevención del delito, entre otras.

Jesús Díaz Kantún ha sido víctima de este alto nivel de violencia por parte de los organismos oficiales en más de una ocasión, la PEA, incluida, y quienes, una vez, estuvieron a punto de detenerlo y golpearlo por el simple motivo de esperar cerca del coche de un amigo, en el estacionamiento de una plaza al norte de Mérida: cuenta él mismo que había más de treinta policías rodeándolo, dispuestos a someterlo. La última vez en que Jesús sufrió de este acoso fue a manos de la Policía Estatal (diferente a la PEA), hace apenas unas semanas:

Fui a un Oxxo a comprar, solo. Estaba en la casa con un cuate, pero fui solo. Creo que igual hicimos una pendejada porque este compa me dio su tarjeta para comprar, pero no mames, eso lo hacen todos, siempre, y no pasa nada. Ya estando ahí en el Oxxo, agarré lo que iba a pagar, y cuando estaba cerca de la caja, tiré un envase que se rompió. Entonces la banda del Oxxo se me acercó y me preguntó que qué pedo, que qué había hecho, Yo lo pago, no hay pedo, acá tengo la tarjeta, y a la hora de pagar se me olvidó el pinche NIP. Les expliqué a los batos que esa tarjeta era de un cuate, pero me dijeron que yo estaba robando, o que eso era lo que les parecía, Entonces, güey, revisa tus cámaras pa’ que veas que no es así, y me dijeron que no, que iban a llamar a la policía. Ahí empezó el desvergue, porque los batos del Oxxo me retuvieron, me cerraron el paso, no me querían dejar pasar. Ya luego llegó la policía, Vamos afuera para hablar, pero qué verga, con esos simios no se puede hablar. Yasta traían listas las esposas los hijos de la verga, me subieron a la camioneta y me empezaron a romper la madre, siempre cuidando que nadie del Oxxo me viera, Eres un pinche drogadicto, esto te pasa por rebelde, hijo de tu reputísima madre, y me seguían puteando, las esposas bien apretadas, me dolía todo hasta casa de la verga. Luego me echaron gas pimienta en los ojos y me llevaron a los separos mientras me seguían puteando. Ya cuando llegamos, los hijos de puta me tiraron al suelo de grava, así, esposado, me levantaron y yo les pedía que me echaran agua encima pero los hijos de puta sólo se reían. Luego me mojaron todo y lo que quedó de una botella me lo echaron en los ojos. Me obligaron a quitarme los zapatos y me pasaron con una doctora que me obligó a desvestirme de cintura p’arriba, claro, acompañada de un puerco. Quesque sus análisis. Me pidieron unos datos y luego me llevaron a la entrada, donde ya me estaban esperando otros tres. Ahí me obligaron a quitarme todo, y yo les dije que no, que no quería, y me siguieron puteando, me apretaron más las esposas, y ora sí, me pegaron hasta con la macana y me desviaron el tabique. Me robaron mis cosas, los puercos: un reloj y mis zapatos, que según firmé como míos pero nunca volvieron. Me revisaron el culo a la fuerza, me desvistieron, Aquí vas a obedecer porque obedeces, hijo de tu puta madre, eso te pasa por rebelde, y me volvieron a esposar, bien culero, y me aventaron a una celda así. Estuve gritando hasta que alguien fue a aflojar las esposas, pero como una hora después, porque no mames, imagínate: esposado, todo mojado, y con el ventilador dando directo a la celda. Como no fue nadie de derechos humanos, tampoco me dejaron llamar, ni a mí ni a nadie de los que estaba conmigo, ni tampoco me hicieron firmar ninguna declaración, solo estuve ahí, 36 horas, bien puteado. Al rato llegó un bato caminando escaldado porque lo habían torturado electrocutándole los huevos. Ya luego me dieron agua y un bolillo con jamón y queso que no merece llamarse torta. La banda de ahí adentro se portó bien chido, a todos los que le llevaban comida la compartían con los demás, y si había alguien impertinente, hacíamos que lo cambiaran de celda. Pero estuvo de la verga, cuando te metes con los estatales, te dejan bien plumita.

III

La inversión inicial que recibió el “Escudo Yucatán” fue de mil quinientos millones de pesos, los cuales Banorte otorgó al gobierno estatal mediante un crédito, con el fin de blindar al estado. El Escudo, dice, tiene tres ejes principales: Política de Prevención Social del delito (Escudo Social); Actualización del marco jurídico penal (Escudo Jurídico); Fortalecimiento tecnológico (Escudo Tecnológico). El Escudo Yucatán es un programa que pretende involucrar al pueblo —o cuando menos, a una parte—. En la página oficial del programa puede leerse, como primera línea de presentación del programa “Escudo eres tú, tus papás, tus abuelos, tus amigos de la colonia o de la escuela. Escudo somos todos, quienes vivimos y cuidamos la seguridad de nuestro estado”. Entre las acciones que se incluyen en el programa están la creación del Sistema Estatal de Seguridad Pública; la del Instituto de Ciencias Forenses del Estado. De igual forma, se busca tipificar varios delitos como graves (robo a casa habitación, abuso sexual infantil); asimismo, aumentó el número de cámaras y arcos de vigilancia, llegando en su número a más de 1,800 en toda la ciudad.

Fue una de esas noches de la supuesta blanca y supuesta tranquila capital yucateca cuando detuvieron a Mateo Peraza, Carlos Chuc, J.T. y C.P. Estaban saliendo de una lectura de poesía en un bar cercano. Pidieron un Uber y se quedaron parados en la banqueta, esperando el vehículo. Alguno llevaba una botella de cerveza vacía en las manos.

La noche es un espacio en el que, dicen, hay que andarse con cuidado —sobre todo por los policías que rondan las diferentes partes de Mérida—. Fue una de esas noches de la supuesta blanca y supuesta tranquila capital yucateca cuando detuvieron a Mateo Peraza, Carlos Chuc, J.T. y C.P. Estaban saliendo de una lectura de poesía en un bar cercano. Pidieron un Uber y se quedaron parados en la banqueta, esperando el vehículo. Alguno llevaba una botella de cerveza vacía en las manos. Una caguama, llena y cerrada, iba en la mochila de otro de ellos. Era un poco tarde. De pronto una patrulla apareció y se orilló justo en donde estaban los cuatro.

A ver, a ver, chaos, qué drogas traen. ¿Qué?, respondieron los cuatro, sorprendidos por la acusación. Sí, sí, a ver, qué se andan metiendo en la vía pública, díganme de una vez porque si no los vamos a chingar. Nada, dijeron ellos. No, no, no estén con sus chingaderas, qué se andan metiendo, chaos, perico, piedra, mariguana, a ver.

Le enseñaron la botella vacía de cerveza y dijeron que no llevaban nada. Sin tener por qué hacerlo, explicaron que estaban saliendo de la tertulia literaria en la que algunos de ellos habían participado.

Chaos, coño, díganme la neta, qué pendejáa se andáan metiendo.

Los oficiales se bajaron, increpando nuevamente el consumo de drogas. Era el escenario perfecto: la madrugada yucateca, una zona comercial sin transeúntes trasnochados que pudieran impedir el acto, poco tráfico en la zona. Los cuatro que esperaban el Uber estaban conscientes de esto, además de que traían el casco vacío en la mano, y decidieron cooperar con lo que los oficiales pedían —aun cuando no entendían por qué los estaban interrogando—. Comenzaron a dialogar, dice Carlos Chuc, con aquellos que los habían increpado por consumir drogas en la vía pública. Se nos salió de las manos, dice luego Chuc, y la neta a ellos también, se pasaron de verga. Cuando todo apuntaba a que la provocación había quedado atrás, que no pasaría nada más, otra patrulla llegó para reforzar a la primera. Carlos cuenta: “Se bajó un policía de la patrulla y se me acercó, A ver, chao, ¡otra vez!, yo te conozco, una vez te paré por allá del Tec, ¡otra vez tú!, ¿ya no te acuerdas de mí?”

Carlos miró al policía. Claro que lo recordaba: era el mismo oficial que lo había seguido unas cuadras en su patrulla, lo detuvo, lo interrogó y lo retuvo por más de una hora por el simple hecho de que no llevaba identificación aquella noche. Le hizo las mismas preguntas una y otra vez, hasta que Carlos le dijo que lo dejara llamar a casa, que lo esperaban para llegar, a lo que el policía, claro está, se negó. Chuc se enojó cuando le hicieron las mismas preguntas por cuarta vez. Estás enojao, chao. Pues sí, no manches, qué quieres que te diga, ya déjame ir, le dije, pero me retuvo más de una hora hasta que lo mandé a la verga, me puse mis audífonos y me fui. Carlos se quedó mirando al policía.

“No, la neta no me acuerdo, mintió, creo que me está confundiendo. A ver, a ver, chao, ven acá, y sin esperar respuesta, me jalaron aparte.”

Carlos alcanzó a sacar su celular y le dijo a Mateo que si las cosas se ponían feas llamara a Fito, el dueño del bar en donde había sido la tertulia unas horas antes. No, ni madres chao, no vasallamar a nadie, dijo uno de los oficiales de la primera patrulla. Para este punto, se enfrentaban a dos antimotines, y, al poco rato, llegaron dos policías más en sus motocicletas. J.T. miraba a Mateo.

“Llámale a Fito, decía el primero, llámale, llámale, llámale, ¡llámale!”

Sin embargo, Mateo sabía que estaban rodeados de policías y miraba al comandante, que era el que los había increpado sobre el consumo de drogas. A lo lejos, podían ver cómo el oficial que había llegado en la segunda patrulla hablaba con Carlos Chuc, pero no podía distinguir completamente lo que se decían. Carlos no lo recuerda muy bien, pero sí sabe que, en ese punto, fue el único al que catearon. A nadie más. Le encontraron un jíter, nuevo, sin usar.

“Qué drogas traes, me decían, yo les decía que nada, el jíter ni siquiera lo había usado, Dale chao, qué otras drogas traes, porque si no nosotros ahorita nos los envergamos con lo que sea, les plantamos cualquier cosa y se los lleva la verga.”

Los otros no la pasaban mejor:

“Yo estaba atento al policía que se había puesto más verraco al principio, dice Mateo, Ni madres, dijo el comandante, no le vas a llamar a nadie.” “¡LLÁMALELLÁMALE!, decía J.T.” “Por qué no le voy a llamar, preguntó Mateo. Porque ni madres. Mire, oficial, soy reportero del palacio municipal y sé cómo funcionan estas cosas, conozco la capacitación que se les dio con lo de Escudo Yucatán, los seminarios sobre derechos humanos que recibieron y nosotros conocemos esos derechos.”

El comandante sólo se rió. Ah sí, ¿cuáles derechos?, te crees muy verga, te sientes muy verga porque eres reportero, te sientes muy verga porque sabes de derechos humanos. A mí me vale verga.

En ese momento Mateo le quitó el seguro a la granada que tenía en la mano: levantó el teléfono para hacer la llamada cuando el oficial que le dijo que no llamara se le colgó del cuello, intentando quitarle el celular. Mateo forcejeó con él, pero el factor sorpresa le reventó en la cara:

Había otro policía en una de las patrullas, estaba adentro, sin decir nada, y se bajó bien alterado, acelerado, gritando, como si se hubiera metido algo, o no sé, me tumbó al suelo, me jaló el cabello y me pisó el estómago, Eres un maleante, un maldito drogadicto, te voy a romper la madre, luego comenzó a golpearme en la cara, así, en seco, Maldito drogadicto, maleante, te voy a partir toda tu madre.

“¡No se pasen de verga!”, dijo Carlos Chuc, a la distancia, cuando uno de los oficiales llegó y le metió una bofetada. Carlos sólo lo miraba y se reía. Qué, me estás reconociendo, o qué, qué me ves. Ahí fue cuando me di cuenta de que esos putos también nos tenían miedo, dice Chuc, además sólo estaban buscando provocarme, mientras se los estaban chingando, a mí igual me seguían diciendo pendejadas, ya hasta traía las esposas en la mano el hijo de puta.

En Mérida, dicen, no pasa nada…

Llegaron los demás oficiales a someter a J.T. y a C.P., quienes observaban la escena; los tomaron a ambos y les pusieron las manos en la espalda mientras seguían golpeando a Carlos y a Mateo, que ya se había levantado. Chuc estaba más allá, recibiendo golpes e insultos.

“Yo sé”, dijo J.T. entre jaloneos y gritos, “que se están chingando aparte a Calín porque es el que parece más maya de todos nosotros”. Sólo hubo risas de parte de los oficiales. No hubo necesidad de afirmar nada más. Mateo seguía peleando, después de sometidos los otros tres: un oficial intentaba apoyarlo contra la pared, pero el periodista lo impedía con uno de sus pies. Finalmente, decidió patear la pared y los dos, él y el policía se fueron al suelo, en donde finalmente fue reducido. Los subieron a una de las patrullas, a todos.

Ahorita se van a poner de acuerdo para chingarnos, dijo uno de ellos. Risas de los oficiales, La neta, chao.

Las palabras fueron casi proféticas: al poco rato, las patrullas se detuvieron dentro de las fauces de la madrugada yucateca:

Y qué vamos a decir, o qué.

No traían suficiente alcohol, no podemos decir eso.

Y entonces.

¡A hueo! Disturbios en la vía pública, dijo uno y luego comenzó a mirarlos a todos, uno por uno, señalándolos: ¿disturbios en la vía pública?, ¿disturbios en

Todos estuvieron de acuerdo.

IV

En 2016 una persona murió en el municipio de Temax, después de ser torturada por agentes municipales. En Mérida, ese mismo año, otra persona falleció en los separos de la Secretaría de Protección y Vialidad. En junio un policía del municipio de Tekax se atrevió a filtrar parte de esta brutalidad por medio de un video en el que sus compañeros torturaban a un detenido acusado de robo de ganado. Tenemos orden del supremo de hacerlo cantar, decían. Hacerlo cantar, sin importar si quería o no. Ese hombre no imaginaba que, días después, sería torturado por sus compañeros —o antiguos compañeros: un día fue a trabajar, como cualquier otro, y no lo dejaron salir: lo retuvieron y lo golpearon así como él había grabado y filtrado—. Ese mismo año detuvieron a Felix Bigman, periodista del municipio de Kanasín, debido a las constantes críticas que hacía por medio de la palabra: lo torturaron psicológica y físicamente durante varias horas. En 2014 el periodista Edwin Canché, del municipio de Seyé, fue golpeado brutalmente por cinco policías municipales —en esta ocasión la violencia vino de más arriba: el ahora exalcalde de ese municipio, Emilio Dzul Huchím,3 participó en la golpiza, argumentando que el periodista ya lo tenía hasta la madre. Para completar el círculo, tanto en este caso como en el de Bigman, la golpiza fue realizada en el mismo palacio municipal.

Ese hombre no imaginaba que, días después, sería torturado por sus compañeros —o antiguos compañeros: un día fue a trabajar, como cualquier otro, y no lo dejaron salir: lo retuvieron y lo golpearon así como él había grabado y filtrado—.

A mí me amenazaron después, dice Mateo. Mira, chao, si eres reportero, tienes que andarte con cuidao, si filtras información o dices algo, te va a cargar la verga, aquí nos jodemos a los reporteros, así se hacen las cosas.

Adentro de los separos a los cuatro los hicieron firmar un papel que no pudieron leer. Si te entretienes más de lo que la autoridad considera suficiente para firmar te arrancan el documento de las manos, lo rompen en pedazos frente a ti y luego te echan doce horas más de detención: si caíste por 24 horas, pero intentaste leer el papel antes de firmarlo, ahora te corresponden 36 horas, si eran 36, serán 48, dice Mateo. Si ese día no llega la persona de derechos humanos te chingaste, continúa el periodista, no tienes derecho a la llamada, te la niegan los hijos de puta allá adentro, no te dejan hacer nada, sólo t’entamban y ya. Nadie de los que estuvo en mi celda tuvo llamada, ¡nadie, carajo!

Adentro, lo mejor es no meterse con nadie: a los presos comunes los mezclan con los que llegan y dicen que han matado a tantas personas. Los oficiales ya conocen a aquellos que son recurrentes. Se saludan, platican una o dos palabras —ambos saben que, ahí adentro, sólo queda esperar.

En mi celda había un bato que detuvieron porque estaba sancochando pepino de mar, dice Mateo, estaba bien paniqueado porque decía que adelante estaban torturando a sus parientes, los golpeaban, les daban toques en los huevos, con tal de que cantaran. En una de ésas había un bato haciendo la limpieza, un poli venía por el pasillo con un borracho que acababan de detener, pasan junto al de limpieza y el borracho le escupe, ¡No mames, poli!, ¡ese bato me escupió!, ¿Te escupió? Pues pártele la madre, y el poli agarró al borracho, así, como trapo, y le puso la cara a modo para que el de la limpieza le metiera un putazo, ¡Pártele la madre, sobres!, el de limpieza le metió un madrazo y el poli se encabronó, Mta madre, para eso te dejé que le metieras su putazo, a la siguiente no te voy a dejar, era para que le partieras la madre.

El “Escudo Yucatán”planteaba que los elementos de las policías municipales y estatales recibieran capacitación para poder acceder al siguiente nivel: es decir, los primeros podrían aspirar a ser estatales, y los segundos, a ser elementos de la Policía Federal. Sin embargo, parece que esta capacitación no llegó a buen puerto —si es que la hubo—.

La brutalidad y la tortura policíaca en el estado de Yucatán no tiene cabida en los grandes medios de comunicación: de alguna u otra forma, ya sea por medio de publicidad o cualquier otra manera, la gran mayoría de estos medios informativos con presencia en todo el estado reciben dinero del erario: como consecuencia, no se le da seguimiento a asuntos de primer orden: los feminicidios en el estado, así como tampoco al alto índice de suicidios y de suicidios en jóvenes. Esto, quizá debido al enfoque que el actual gobierno ha decidido darle a su administración: la de vender Yucatán como un destino turístico o uno en el que se puede vivir sin pasar ninguna preocupación: en 2017 Mérida fue nombrada Capital Americana de la Cultura; en 2016 la revista Forbes situó a la ciudad como una de las más seguras para vivir o para invertir. Sin embargo, las violaciones de las garantías individuales continúan a la orden del día: violaciones a la privacidad,4 detenciones arbitrarias y golpizas y tortura dentro de las mismas instalaciones oficiales son el elevado —quizá impagable— costo que trae la paz: la paz armada del “Escudo Yucatán”. ®

Notas

1 El trompetista afroamericano de jazz Christian Scott escribió la melodía “K. K. P. D.” después de una experiencia similar.

2 Al respecto, alumnos de la materia de Periodismo en Internet de la Universidad Autónoma de Yucatán desarrollaron este siguiente reportaje multimedia.

3 Para más información véase aquí.

4 Recientemente Yucatán adquirió el sistema Galileo, capaz de infiltrarse en cualquier dispositivo móvil, aún estando apagado.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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