Llamaradas de Londres

I. Desde la lejanía

La nueva columna de Ernesto Priego comienza reflexionando sobre la escritura. El recorrido por la capital inglesa apenas inicia. Será un viaje extraordinario.

From the Faraway Towns

La escritura es una búsqueda. Se escribe para encontrarse o para explorar un territorio, físico o mental. La geografía es escritura sobre la tierra, en la tierra y sobre ella. Escribir es entonces mapear: decir, este soy yo, éste es el mundo y este pronombre me ubica en este tiempo, en este predicado. Escritura y viaje son prácticas que han estado siempre indisolublemente conectadas. Pienso en el viaje del héroe, desde Moisés y los apóstoles (la Biblia como las bitácoras de un viaje) pasando por Cervantes y Shakespeare (la performatividad de la escritura como recorrido; la pregunta por el ser y el estar en el aquí y ahora ante la muerte) como el locus y topos preferido del acto de relatar. Robinson Crusoe, abandonado e incomunicado, hace suya la isla inscribiendo su diario acontecer en los muros de su cueva. Escribir es así una apropiación del territorio ajeno. Se escribe siempre desde lejos, pero escribir y vivir en una lengua otra impone una lejanía extra. Escribir desde lejos (en lugar de escribir desde dentro, que es en realidad la regla y no la excepción) puede ofrecer la posibilidad de un punto de vista mixto, mirando y recreando desde un otro lugar (por ejemplo, México, que es mi país y mi tierra) el espacio habitado en el presente (en este caso Londres, Inglaterra). Escribir desde la lejanía puede ser entonces un acto de doble re-apropiación, la de la procedencia y la lengua y la cultura natales, y la de la experiencia presente y reciente, la de la vida afuera. Escribir es también re-inscribir y por lo tanto re-localizar. Es la oportunidad de editar representaciones previas, y al hacerlo, recobrar el derecho a reinventar el mundo y sus lugares.

Por eso escribir no es cosa fácil. Me tardé en decidirme a comenzar. No es que durante todos estos años no lo hubiera pensado todos los días, en diferentes momentos. De alguna manera comencé a escribir estas palabras en secreto, en mi mente, a veces hablando conmigo mismo en voz alta, como los locos y los desposeídos. En tierra donde la lengua propia es extraña, el sonido de la voz en lengua propia nos sorprende como cuando sin esperarlo nos encontramos reflejados en la vitrina de una tienda, o cuando en sueños, como el extraño lovecraftiano o el otro borgiano, nos topamos con nosotros mismos frente a frente. A pesar del hecho de la multiculturalidad multiétnica londinense, que atrae a grupos e individuos de cada pueblo del planeta en grandes cantidades, la extranjería propia se vive a flor de piel, se inscribe y se exhibe cada vez que se pronuncia el nombre propio, que contiene consonantes y sonidos no existentes en la lengua dominante. Cada vez que digo mi nombre me expongo a los demás como extranjero. No es cuestión de caracteres sino de pronunciación, la erre muda del inglés británico me borra del mapa cada vez que me presento.

Everybody hates a tourist

Juan Escandell Torres (dibujo); J. Antonio Vidal (texto). Robinson Crusoe ca. 1970

Así que no sé si fue la breve visita de un colega mexicano (que comparte nombre propio conmigo) lo que me hizo finalmente intentar transcribir lo que antes sólo fueron susurros y balbuceos, o si quizá tenía que pasar la justa cantidad de tiempo para que sintiera que era posible comenzar a decir algo. La dificultad se encuentra en organizar los sentimientos. Los sucesos mentales existen en una turbulencia de pesadas nubes que no siempre se animan a llover. En lugar de eso nos queda un cielo de color concreto, opresivo y vaporoso, que nubla la mirada y aprisiona el pensamiento. El cuerpo se alenta ante el feroz dictado de la rutina cotidiana. Tomar la decisión de comenzar de una vez por todas por darle sentido a esa amalgama de energías y estímulos acumulados se semeja al instante en que se deja el sillón y las papas fritas y se comienza a ir al gimnasio. Basta con cruzar la puerta.

Londres existe en una multiplicidad de dimensiones que extienden por mucho la experiencia por fuerza limitada y estereotipada del turismo. La ciudad funciona gracias a una serie de códigos explícitos e implícitos que al turista promedio le pueden pasar desapercibidos. Algunas guías de viaje explicarán algunas de estas características, pero su comprensión es sólo posible en la experiencia. Vivimos una completa ilusión de cercanía que no reemplazará nunca la experiencia de pisar el suelo y respirar el aire de un lugar. Esto sucede, por supuesto, en todas las ciudades, países y culturas del mundo. Sin embargo, a pesar de la uniformidad impuesta por la “supermodernidad” globalizada (los famosos no-lugares de Augé), cada sitio todavía muestra e impone –afortunadamente– sus propias e intraducibles formas, y Londres no es la excepción.

¿Cuáles son, en el caso de Londres, estos códigos y registros que, desde mi mirada y experiencia, construyen la ciudad? ¿Qué espacios han permanecido a la sombra y niebla estereotipadas de la casas del Parlamento, el Big Ben y la Abadía de Westminster?
¿Cuál es el mapa emocional e intelectual que he ido construyendo? Las guías de viaje y los reportes basados en experiencias breves y superficiales suelen reinventar la ciudad a través del prisma de un horizonte de expectativas altamente codificado o de un cúmulo de representaciones filtradas por la distancia mitologizante. La ciudad se sigue mirando desde afuera y pocos son los que hacen zoom-in, un close-up a la vida cotidiana y los lugares fuera de las guías, y aún menos son aquellos que la relaten sin la comodidad de habitar la cultura que les vio nacer. Pero la ciudad, es cierto, absorbe –sin saber de ellas– todas estas ficciones, las hace suyas, las engulle y luego ríe, con crueldad de diosa.

Y es que Londres es también todas esas ciudades inventadas y ficticias (que no es lo mismo), incluso por aquellos que nunca han vivido en ella, aquellos que no han caído rendidos por su embrujo. Ésto es lo que se propondrán estos textos, y no es que no haya una «agenda» detrás de ellos, ni que las luces que puedan ofrecer sean más correctas que las impresiones de otros. Pero ante la pose y la imposición de criterios culturalmente intraducibles (esperar que Londres sea como alguien en particular quisiera, o peor, lo que las películas de James Bond muestran) estos textos buscarán, en confesión pública, relatar y al hacerlo construir y compartir mi propia psicogeografía (término acuñado por Iain Sinclair) de Londres. Intentaré compartir una visión que se admite editada, y por supuesto limitada de la ciudad. O sea, se trata de una empresa imposible. Y sin embargo…

Londres llama (llamaradas de Londres)

Londres llama. Londres quema. Londres es una amante cruel: hay que quererla como es sin esperar nada a cambio, y sobre todo hay que estar dispuesto a perderlo todo. No hay justicia ni misericordia en ella. La crueldad de esta capital ejemplifica el ejercicio civilizatorio por excelencia.

Londres llama. Londres quema. Londres es una amante cruel: hay que quererla como es sin esperar nada a cambio, y sobre todo hay que estar dispuesto a perderlo todo. No hay justicia ni misericordia en ella. La crueldad de esta capital ejemplifica el ejercicio civilizatorio por excelencia; la teoría y práctica del capitalismo salvaje y la realidad de la herencia de las cruzadas coloniales. Londres o la posibilidad de vivir, con rentas, de las mitografías de lo que alguna vez fue. Londres no tiene que esforzarse, es porque fue que hoy cobra sus regalías a un alto precio. Estos textos serán un inento por ofrecer breves destellos de los fuegos que todavía arden en la capital inglesa. El diario de Samuel Pepys consigna un obscuro volumen cuyo título abreviaremos como «London’s Flames» (1667). Quisiéramos imaginar aquí con estos intentos de mapeo reescribir nuestras propias llamaradas, con mirada mexicana, pero desde la condición de habitantes, destinados a la aporía del inmigrante, nunca dentro y nunca fuera, nunca propios y nunca completamente ajenos. Como el volumen de la biblioteca de Pepys, quizá demos testimonio aquí del humo y las cenizas. ¿Qué tal si en lugar de ubicar el epicentro londinense en el Parlamento, lo ubiquemos personalmente en el Crystal Palace, memoria invisible de multiculturalismo, riqueza, imperio, viaje, tragedia e ingenio? Que la pantalla sea un muro de cristal. Espero me acompañen en el viaje. ®

Aquí pueden consultar el mapa con los sitios que visitarán a través de la columna.
Compartir:

Publicado en: Julio 2011, Llamaradas de Londres

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *