“República del Amor” y progresismo

De morenazos y ocupas hipsters

Acerca del populismo y las sentencias amorosas de un López Obrador más cercano a Franco que a una izquierda democrática, de la dudosa existencia de una “mafia del poder” y de la salud del capitalismo, a pesar de los ocupas de aquí y de allá, escribe el autor en esta polémica entrega.

¿Necesitamos un gobierno de ángeles?

En la Alemania nazi se atribuía a los judíos la causa de todos los males. Bastaría eliminarlos, según su simplismo y moralismo histórico [véase: Glosario sobre la sinrazón], para que el bien se impusiera en todo: desde las artes —erradicando a creadores de “arte sifilítico”—, a las familias —segregándolos con leyes “raciales”— y en el gobierno, prohibiéndoles que pudieran ser funcionarios públicos. Era condición necesaria y suficiente la eliminación de aquellos a quienes se atribuía la responsabilidad de los males para que quienes se consideraban superiores al resto del mundo ocuparan el lugar predominante que según ellos les debía corresponder.

De manera similar, el simplismo y moralismo histórico del líder del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Andrés Manuel López Obrador (AMLO), tiene una retórica y explicación según la cual los problemas del país son atribuibles a la responsabilidad de pocos que son poderosos y malvados, pero cambia la palabra judíos por mafia. Bastará con que los buenos —en primer lugar él— le quiten el poder a los malos para que México sea un país sin pobreza, sin corrupción, sin criminalidad, como si todo fuera un asunto de que prevalezcan las buenas intenciones sobre las malas. Los problemas no son complejos ni difíciles ni costosos de resolver, sólo hace falta que quienes tomen las decisiones posean cualidades morales como la bondad, la honestidad (no robarás) y el amor al prójimo (caridad).

Se trata de un movimiento político que además de polarizar, confrontar y promover el odio del pobre bueno hacia el rico malo (“no todo el que tiene es malvado”, pero casi todos) y del izquierdista digno o indignado hacia el derechista mafioso y corrupto, convoca a la afiliación de sus militantes a partir de características fenotípicas, cual vil nazismo: “Raza de bronce, de piel morena, pueblo de México en general”, dice su himno. La polarización y el encono que le faltaba incitar: el de morenos contra güeros.

Sobre si habrá o debería haber una solución final de quienes según AMLO integran esa mafia, sea en forma de encarcelamiento, exilio u otra, a pregunta de Jesús Silva Herzog Márquez, el führer del morenazismo se limitó a decir que “sencillamente ya no van a dominar en el país” [Véase: 22:20-27:45]. Pero, ¿será posible garantizar el bien al Pueblo Bueno de manera perdurable si no se les impide definitivamente a los mafiosos y a sus voceros o quienes somos sus peleles que vuelvan o traten de volver a recuperar el poder para sus fines malignos, si no se les impide que traten de sabotear los actos buenos del gobierno de los honestos y justos? Si la causa del mal son los malvados y sólo los buenos pueden garantizar el bien, necesariamente el mandato moral es perpetuar indefinidamente el gobierno de los buenos e impedir definitivamente que los malos vuelvan a gobernar. A propósito de ello, una de las características más importantes del populismo es que quienes dicen representar al pueblo son capaces de contrariar la voluntad de su mayoría bajo el argumento de que el pueblo no sabe lo que más le conviene, porque ha sido engañado o alienado por la acción perversa de los malignos mediante su control de los medios de comunicación, las campañas negras (“guerra sucia”) y una educación deficiente. Entonces se justifica así su antidemocracia: hay valores superiores a ella, como la protección del pueblo y su lento proceso de desalienación. Quienes somos demócratas nos oponemos por eso a los populismos.

¿Moralismo es progresismo?

El progresismo tiene que ver con orientar la coordinación social y la dirección del Estado con base en lo que la ciencia va descubriendo como verdadero y la tecnología permite hacer posible. Los cambios posibilitados por estos avances transforman el modo de producción económico y con ello las relaciones sociales, culturales y políticas. Junto con ellas cambian también los valores o, mejor dicho, la valoración que se le da a los fenómenos y a la orientación de la conducta y las decisiones personales y colectivas. La idea de valores permanentes y orientaciones conductuales que deben ser inmutables corresponde a sociedades en las que no hay cambios o son sumamente lentos; pero el progresismo —en tanto idea y como construcción de un Estado moderno— implica el planteamiento de éticas consensuales, de situación y pragmáticas, que se renuevan constantemente. El conservadurismo, en cambio, es la resistencia a aceptar que los cambios en la economía, la sociedad, la cultura y la política determinen cambios en el sistema de valores, pues considera que éstos corresponden a un orden superior que debe ser refractario a la realidad temporal.

Quienes somos liberales consideramos que al Estado no le corresponde más función moral que tener autoridades que cumplan y hagan cumplir con las leyes, en el marco de un sistema legal y jurídico que garantice y promueva los derechos.

El pensamiento progresista contemporáneo, en cambio, procura la orientación de las conductas de los individuos a partir de reglas e incentivos determinados por políticas públicas modernas, las cuales, lejos de plantearle un dilema moral al ciudadano con base en códigos, cartillas, catecismos o credos, lo que hacen es presentarle situaciones posibles para su elección racional, en el sentido me conviene hacer esto o no me conviene hacer esto, sistema que es fuertemente apuntalado por muy eficientes aparatos de procuración y administración de justicia. La sola existencia de estos instrumentos es condición suficiente para mantener tasas bajas de criminalidad en sociedades que no son orientadas por pensamiento progresista, como en Estados integristas musulmanes, en los que las pautas de comportamiento están orientadas por un sistema de valores religioso.

El progresismo, por lo tanto, es opuesto al simplismo y el moralismo histórico, a las teorías de conspiración y a la conducción de las políticas públicas a partir de códigos morales que no sean las convenciones de derechos humanos. Reaccionario, por lo tanto, es quien quiere regresar a cartillas, catecismos y credos que corresponden a sociedades no secularizadas o de un incipiente desarrollo secular en que el Estado cumplía una función supletoria a las Iglesias. Quienes somos liberales consideramos que al Estado no le corresponde más función moral que tener autoridades que cumplan y hagan cumplir con las leyes, en el marco de un sistema legal y jurídico que garantice y promueva los derechos. Asimismo, quienes somos liberales no queremos que un político quiera ser presidente para, según él, asegurarse de que su gobierno haga feliz al pueblo, como si eso le correspondiera a la autoridad y no a cada quien. El punto es que el morenazismo está muchísimo más cerca del pensamiento de Francisco Franco que del progresismo: nacionalismo, moralismo y caudillismo. La “regeneración nacional” es un típico motivo del discurso ultraderechista, como de Jean Marie Le Pen, y el de la “decadencia” por la pérdida de valores es uno de los más socorridos por los conservadores. Para el progresismo, el nacionalismo es una etapa superada o que debe ser superada a favor de una ciudadanía universal, de la preeminencia de los derechos de las personas sobre las soberanías nacionales, y la idea de “decadencia” no tiene sentido porque las culturas y las identidades están en permanente construcción y redefinición. “Decadencia” es una interpretación del cambio como algo negativo y es incapaz de advertir cambios no previstos por ciclos. (La Unión Soviética dejó de existir en plenitud de su poder militar, cultural y de mayor influencia política en el mundo, por ejemplo.)

El progresismo, por supuesto, tiene un componente humanístico, según el cual el desarrollo de la ciencia y la tecnología tiene que estar centrado y subordinado al del desarrollo humano, es decir, al mejoramiento de las condiciones de vida y la reducción de la desigualdad, pero no puede suponer o considerar que esté basado en la moralidad de los gobernantes y no en la eficiencia de instituciones bien diseñadas.

¿Existe una mafia del poder?

La pregunta nos puede remontar a una discusión académica entre dos teorías: la de la élite del poder (C. Wright Mills) y la de la poliarquía (Robert Dahl). Según la primera, en Estados Unidos hay lazos familiares y de negocios entre los dueños de la industria militar, los altos mandos del ejército y políticos, por lo cual puede hablarse de una élite amplia que domina al país sin que los resultados electorales puedan afectar definitivamente sus posiciones y beneficios. La otra enfatiza que no hay un solo grupo de poder, sino muchos que compiten entre sí. En realidad existen muchos y con tensiones y pugnas entre sí y al seno de cada uno. Hay en esta discusión un problema conceptual de fondo que otros han dirimido al distinguir distintos tipos entre los individuos poderosos, con base en su posición, su reputación o sus relaciones.

Quienes gustan de las teorías de conspiraciones al estilo de Henry Ford o Salvador Borrego se ahorran cualquier discusión teórica o conceptual por medio de un recurso falazmente empírico: la elaboración de listas negras; es decir, un conjunto de nombres de personas poderosas más o menos famosas a las que se les atribuyen la responsabilidad de los males, para que así pueda reconocerlos el pueblo. La manera de intentar probar una conspiración es la de visibilizar a los supuestos autores de ella acusándolos de actuar deliberadamente de manera malvada en perjuicio de la gran mayoría. En este aspecto la conspiromanía funciona exactamente como lo hacen los hechiceros, que siempre le atribuyen la causa de los males a un envidioso. Alguien es evidentemente huevón, panzón, tarado y le va mal en la vida. El trabajo del hechicero no es decirle que trabaje, estudie, haga ejercicio y se supere, sino que se haga una limpia, que cumpla un ritual y que, sobre todo, tenga fe en él y su magia.

Así hace también el populista: el pobre debe su condición a que ha sido históricamente saqueado, robado por los que son ricos. Luego, cuando llega a gobernar y no logra cumplir lo que prometió, por lo cual el pobre sigue siendo pobre, la culpa va a ser siempre de un ente maligno ajeno: la banca internacional, Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional, oligarquías, “poderes fácticos”, etcétera. Para que la ideología disfrazada de teoría cuadre se hacen malabares argumentativos para cubrir sus carencias lógicas más evidentes, como por ejemplo: la mafia tiene dos partidos, usa a uno o a otro según le convenga, con lo cual explica el cambio y la derrota de quienes se supone son beneficiarios de la continuidad, tal como Salvador Borrego aseguraba que los judíos controlaban al comunismo soviético tanto como al capitalismo de Wall Street y con cualquiera de los dos tramaban dominar al mundo.

Así hace también el populista: el pobre debe su condición a que ha sido históricamente saqueado, robado por los que son ricos. Luego, cuando llega a gobernar y no logra cumplir lo que prometió, por lo cual el pobre sigue siendo pobre, la culpa va a ser siempre de un ente maligno ajeno: la banca internacional, Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional, oligarquías, “poderes fácticos”, etcétera.

Tan falsa es la Mafia del Poder de la que habla la retórica morenazi como un grupo compacto que actúa de manera coordinada con base en la intriga y la manipulación, que los nombrados en la lista negra son enemigos o rivales entre sí. O han sido aliados durante un tiempo y luego dejan de serlo, según vayan coincidiendo o no en sus intereses particulares. Tal como sucede en la propia y bendita izquierda: AMLO y Ebrard llegaron a un punto en el que se distanciaron y fueron adversarios. Jesús Ortega fue su coordinador de campaña en 2006 y sus acólitos lo maldicen y vituperan todos los días. A punto estuvo Ebrard de que fuera puesto en la lista maldita por haber osado disputar la candidatura de quien no iba a renunciar a ella. El führer ni siquiera aceptó debatir.

De modo que, ¿cuánto poder tiene Carlos Salinas de Gortari? Estuvo exiliado de hecho durante seis años, su hermano estuvo preso durante una década, la mayor parte del tiempo en un penal de alta seguridad, acusado con pruebas falsas y con un procedimiento evidentemente viciado. Su otro hermano fue asesinado y el crimen permanece impune. ¿Es tan poderoso? Zedillo fue el autor de la construcción histórica de Salinas como el personaje del villano favorito, a quien mejor le convino el mito del chupacabras con el rostro de su predecesor como responsable del error de diciembre de 1994. El peor enemigo de Salinas no es AMLO, ha sido Zedillo. Asimismo, Calderón no era el candidato de Fox. Eso todo mundo lo sabe. Ni Madrazo fue el candidato de Zedillo. Es decir, las disputas y divisiones al seno del PAN como del PRI tienen tanto encono que frecuentemente son peores que las que pueden tener con individuos o grupos de otros partidos. Así pasa también entre los empresarios. Los de la lista negra de la mafia están enfrentados o confrontados entre sí, son rivales y en el mejor de los casos son exsocios. Y también son pragmáticos, van cambiando sus preferencias y sus afinidades según les vaya conviniendo. Las televisoras no se hubieran peleado con AMLO si hubiera ganado la presidencia, habrían tendido puentes y ya lo habían hecho durante la campaña.

AMLO es más poderoso —y más mafioso— que varios de los que tiene enlistados. ¿Qué poder tiene actualmente Zedillo? ¿Qué puede hacer? ¿Nombrar candidatos, favorecer licitaciones o privatizaciones, garantizar impunidad a quien quiera, o qué? Nada. ¿Sobre quiénes influye? Ni siquiera en el que es o fue nominalmente su partido lo puede hacer. ¿Y qué ha hecho Salinas en venganza? Nada. Hasta parece que no tiene tanto poder. AMLO, en cambio, ha tenido a su disposición personal dos partidos y la mitad de otro, y a los grupos parlamentarios respectivos de éstos, con los que satura la programación de televisión y radio con su imagen y prédica pastoril en tiempos oficiales y cobra tributo o diezmo a quienes usufructúan las posiciones con que los ha beneficiado; es líder de un movimiento en el que las decisiones se toman autocráticamente, de manera vertical y descendente, del que no rinde cuentas a propios ni a extraños.

¿No hay, entonces, poderes fácticos que apoyan a un candidato y hacen campañas negativas contra otro? Por supuesto que los grandes empresarios no son neutrales, que tienen preferencias, afinidades y aversiones, que tienen intereses y ejercen presión. Y eso es parte de la normalidad democrática, dentro del ejercicio de sus derechos y los límites de sus deberes en el marco de la ley.

Ocuppy whatever, el reality

La ideología sigue invicta; los indignados no son resultado del fracaso del gobierno socialista de Zapatero, sino del malo de siempre: el neoliberalismo. Un efecto imitativo ha reproducido la performación de la protesta entre quienes se dicen de izquierda y progresistas en varias ciudades en distintos países. Por cierto, mientras haya tiendas llenas de mercancías y compradores el capitalismo goza de cabal salud. Hoy hay más que nunca. Pero a los occupy les gusta fantasear con que están atestiguando los últimos momentos del capitalismo y ellos los están acelerando con sólo estar ahí, en el puro da sein.

Los videos que muestran a los occupy enfrente de Televisa no permiten reconocer a personas con capacidades intelectuales y morales superiores a las de quienes critican o descalifican, con todo y que ellos no han sido idiotizados por sus ondas catódicas (¿o sí?): discursos viscerales recargados de insultos, acusaciones carentes de pruebas, consignas, canciones con una lírica nivel junk TV y disputas entre quienes querían caciquear la protesta y los que se resistían a ello.

Importado al Valle del Anáhuac el estilo de protesta de Nueva York más que de Madrid, según la denominación occupy, de sutil toque hipster, las AMLOJügend hallaron en éste un buen pretexto para insultar a su odiada Televisa en sus propias puertas y muros. La convocatoria fue promovida por el empresario propietario del famoso Bar-Bar, Simón Charaf, autor también de Televileaks, quien brilló por su ausencia durante la realización del happening. El punto es que resulta curioso que un exsocio de Televisa se haya hermanado de este modo con quienes hasta hace menos de un par de años lo han de haber considerado socio de la mafia del poder, propietario de un antro discriminatorio, elitista y donde van a divertirse los que idiotizan al pueblo.

Los videos que muestran a los occupy enfrente de Televisa no permiten reconocer a personas con capacidades intelectuales y morales superiores a las de quienes critican o descalifican, con todo y que ellos no han sido idiotizados por sus ondas catódicas (¿o sí?): discursos viscerales recargados de insultos, acusaciones carentes de pruebas, consignas, canciones con una lírica nivel junk TV y disputas entre quienes querían caciquear la protesta y los que se resistían a ello. Por su parte, los occupy instalados en Avenida Reforma fueron piratas, no era gente desempleada, damnificados del neoliberalismo y sus recurrentes crisis, sino trabajadores de base del sindicato de la Universidad Autónoma Metropolitana. Estaban haciendo su chamba de revolucionarios profesionales. Ellos, que están blindados contra el desempleo, precisamente.

Quienes reclaman democratización de los medios no son demócratas. Si lo fueran, se ocuparían en democratizar a sus partidos —organismos de interés público financiados por todos— y movimientos de izquierda, pero parecen muy conformes con los cochineros en el PRD como método de elección de sus dirigentes y con el liderazgo vitalicio en el PT y el liderazgo vitalicio moral en el Movimiento Ciudadano (antes Conveniencia por la Dedocracia). Que vayan a hacer sus occupy en las sedes de ellos. Pero nadie da lo que no tiene: quienes no son demócratas no son capaces, ni les interesa, democratizar a sus partidos o sus movimientos. Ni siquiera pueden hacer una elección sin que se convierta en una competencia entre trampas y fraudes (y ésos son los que piden honestidad y justicia). Sus exigencias de democratizar son para sus adversarios, para quienes no piensan como ellos o para ganar legitimidad y simpatizantes con ese discurso. Del morenazismo, pues ahí no cabe el menor asomo de democracia; es un movimiento de culto a la personalidad de su führer que está sometido a su voluntad, ocurrencias y decisiones; todo lo contrario al progresismo.

Epílogo

1. Algo bueno habrán hecho el capitalismo y la democracia para que las simpatías de quienes se dicen de izquierda estén más cerca de Lula que de Castro. Y también para que Cuba se acerque más a Brasil de lo que Brasil se acerca a Cuba, según sus recientes reformas a favor de la libertad económica y la propiedad privada.

2. Los izquierdistas que dicen “izquierda moderna” constatan que izquierda, de suyo, no implica modernidad o ser moderno. ®

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Publicado en: Letras libertinas, Noviembre 2011

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