Canasta de estampas políticas

El líder magisterial, el líder de izquierda y el líder priista

Son tres personajes que reúnen características muy similares, pues los tres proceden de la misma cultura política —premoderna, corporativa, demagógica— y echan mano de los mismos recursos.

I. Profe Lupe

Diputados © Guillermo G. Montenegro

El equipo lo forman Lupe o Lupillo, quien es el más cercano al diputado y tiene jerarquía sobre los otros, Serratos o Serra, Vicente o Vice y Jaime o Jaimillo, quien se diferencia físicamente de los otros por ser chaparrito y más barrigón. El bigote, me parece, más que el acento norteño, es el rasgo común más notorio desde mi perspectiva chilanga. El diputado, a diferencia de ellos, tiñe sus canas como parte del cuidado de su imagen y porque, siendo congruente con su pensamiento político, es liberal y “está con la modernidad”.

Jaime es de Tampico y uno de los fundadores del primer Tecnológico de allá, eso asegura, donde fue docente antes de estar comisionado para el desempeño de tareas sindicales. Su formación académica es de profesor, pero lo de la política se le fue dando, “y es que el equipo viene de años”. Le gusta contar de cuando iban juntos en la Normal, una rural en la que sólo había hombres, que cuando se bañaban “los jotillos” veían quién estaba virilmente más dotado, para ofrecerle ayuda económica y didáctica, es decir, que le hacían las tareas o trabajos a cambio de una cogida, por lo cual al diputado lo tenían siempre con las mejores calificaciones. A la menor oportunidad o sin ella los del equipo reiteran que el diputado, Quiquilín, como le decían en aquellos años, “vive bien lejos”, que “calza grande”, como si fuera parte de su lealtad expresarlo.

El profe cambió su lugar de residencia a Ciudad Victoria desde que Enrique se colocó bien en La 30, su sección sindical, para formar parte de su equipo de tiempo completo, es decir, con una comisión definitiva. Era cuestión de tiempo para que llegara a líder, pues su “buena estrella” así lo marcaba, y él ha estado siempre para apoyarlo en todo lo que necesite. Así lo hizo cuando ganaron La 30 y luego en la campaña a la diputación.

Viene de Victoria en autobús el lunes o el martes y regresa igual el jueves o el viernes. Completa los ingresos que recibe de sus plazas con la venta de cajas de “vino”, en realidad de whiskey, que un cuate suyo le provee del aeropuerto. Cada vez que vuelve a Victoria se lleva una consigo. Allá también tiene un par de taxis que da a trabajar y de lo que le quedan “otros centavos”. Los días que está en la Ciudad de México se hospeda en el Hotel del Maestro, que es uno de varios que mantiene el sindicato para alojar a profesores que vienen a alguna comisión. Está en la colonia Santa María La Ribera y lo mejor de todo es que tiene una azotea donde los líderes seccionales y algunos de El Nacional (Comité Ejecutivo Nacional) se reúnen allí de vez en cuando para la tertulia. Lupillo es el experto en carnes asadas y Jaimillo en mariscadas. Sea de día, de noche o de madrugada, les da un gusto enorme que reconozcan su talento culinario.

Llega en la mañana a la oficina del diputado a cumplir con sus funciones operativas ordinarias. Coordina las gestiones en educación. Para ello revisa las solicitudes de la ciudadanía y le pide a una secretaria que realice los “oficios” correspondientes. Gente que quiere admisión a universidades, cambios de turno, entrega de “recursos” o dinero, becas, nombramientos administrativos y un largo etcétera. Generalmente “los oficios” ruegan a las autoridades correspondientes que “giren sus apreciables instrucciones a fin de que” y luego el nombre del ciudadano y la materia del asunto. Jaime se ocupa de esta labor, dado que es el más aventajado en el equipo en su formación académica, es quien arrastra el lápiz, por lo que se asegura de que estén correctamente escritos los nombres y la redacción. El profe tiene, además, sentido de la política, por lo que se asegura de que en los oficios vayan en altas los cargos correspondientes, como Secretario, Maestro, Licenciado, Senador o Presidente. Estando todo bien, lleva los oficios al diputado para que los firme. La secretaria se encargará luego de entregarlos a los ciudadanos cuando pasen a recogerlos.

Llaman al número 01-800, luego los comunican a la extensión y el profe opera los enlaces. A la vez, su criterio y experiencia política, magisterial y sindical le permiten filtrar los asuntos y llamadas que deban ser del conocimiento del diputado como recado para su regreso o que deban ser hechos de su conocimiento de inmediato.

Por las tardes, después de que se van las secretarias que salen a las 3:00, Jaime cumple con otra función operativa ordinaria: la realización de enlaces. Para ello toma posesión del escritorio con el teléfono al que llegan las llamadas del conmutador. Desde ahí responde a paisanos que necesitan hablar de larga distancia sin que les cueste y que piden que los enlacen, es decir, que se les permita aprovechar que las llamadas desde la Cámara son gratuitas, o sea, que ya están presupuestadas de manera anual. Llaman al número 01-800, luego los comunican a la extensión y el profe opera los enlaces. A la vez, su criterio y experiencia política, magisterial y sindical le permiten filtrar los asuntos y llamadas que deban ser del conocimiento del diputado como recado para su regreso o que deban ser hechos de su conocimiento de inmediato.

Mientras realiza estas tareas hay algunos tiempos muertos que aprovecha para el cuidado personal, como recortarse el vello de la nariz con unas enormes tijeras, a las que la secretaria no les da mejor uso, retirarse el exceso de cutícula con un cúter o asear de cerilla sus oídos con una llave. Por la nochecita, si hay que quedarse, hojea revistas de chavas para amenizar la estancia y romper con la rutina, pues, dice, le gustan las piernas de la mujer.

Son un equipo moderno, repiten. No son como ésos que andan todos como muéganos pegados al líder. Cada uno tiene sus tareas y se ocupa de lo suyo. Sólo de vez en cuando que hay que ir a El Nacional lo acompañan todos. El diputado es muy sencillo, pues contesta solo su teléfono y su Nextel. Por lo general con el chofer se las arregla para ir y venir.

Jaimillo está emocionado. Es un día especial. Presume una camioneta que le prestan, un mueble, dice, que “está con madre”. Una camioneta Ford Lobo negra, doble cabina, que enciende a control remoto. Se le ha encomendado una comisión de la más alta responsabilidad: ir a Tampico a comprar una cantidad de mariscos equivalente a dos hieleras. Él sabe exactamente quién y dónde vende los mejores del puerto. No sólo el prestigio, sino la carrera política y sindical del diputado van de por medio: es el tributo que va llevar como obsequio a la líder, La Maestra, en el día de su cumpleaños, más o menos como hacían con Moctezuma para llevarle pescado fresco del Golfo. Manejará la Lobo de día para volver de noche y preservar así, bien helada, la valiosa carga. “Voy, vengo”. Se despide.

II. Martí, político de mil batallas y las que faltan

Sonríe sin separar los labios. La anfitriona lo presenta como un hombre “de izquierda de toda la vida” y menciona varios de sus cargos profesionales y políticos, como legislador local y federal, dirigente capitalino de su partido, el de la Revolución Democrática, subsecretario y secretario en el Gobierno del Distrito Federal, y “ahora…”, dice mientras voltea a ver a Martí Batres como pidiendo su aprobación, y éste responde: “activista”.

Llegó con media hora de retraso acompañado sólo por una asistente que lleva su agenda. Es de complexión y estatura media. Viste traje oscuro, camisa blanca y corbata guinda. Su cabello es muy corto, casi como su barba rasa, y peinado con un fleco pequeñito. A sus 44 años no muestra una sola cana, lo que me hace pensar que cuida su imagen con algún artilugio cosmético. Anteojos discretos, poco visibles, por cierto. Su apariencia solemne como invitado de honor y conferenciante contrasta con quienes estamos delante de él como público, vestidos de manera informal tirando a facha; pero hay una empatía como la que se da entre un líder carismático y sus partidarios. Es querido por los presentes y eso siente. Estamos en la sede de un comité del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) de Coyoacán, en una casa en la calle Alberto Zamora conocida como Albergue del Arte. Somos alrededor de setenta personas, la mayoría de la tercera edad.

Me llama la atención que su lenguaje es simbólicamente bélico: habla de dar la batalla por el país y la batalla por la ciudad, de trincheras y de lucha. Recuerdo una entrevista en la que precisamente expresó que él no decidió ser político, sino que decidió “participar en la lucha política”. No es violento, pero sí beligerante.

Martí habla de lo que han logrado los gobiernos del PRD para los habitantes de la Ciudad de México, pero también es autocrítico, reconoce lo que se debe “profundizar” y lo que está pendiente en materia de derechos sociales, inclusive al seno del gobierno. Permanece sentado con la espalda recta y las piernas juntas durante su exposición, pero sus manos lo muestran relajado mientras distribuye la mirada entre el público. Pronuncia las palabras que pueblan el léxico de los políticos (democracia, justicia, derechos, participación, etcétera), pero con naturalidad, claridad y pulcritud en su exposición, a diferencia de muchos. Los primeros aplausos, luego de su presentación, llegan cuando manifiesta su convicción en que debe ser Andrés Manuel López Obrador el candidato de “las izquierdas” a la Presidencia de la República y su oposición a alianzas con el PRI y el PAN. No tiene muletillas, no repite palabras, habla pausado sin ser lento y sin dejar silencios. Cierra todas sus ideas y, lo más importante, se muestra conocedor en detalle de la ciudad: su orografía, las características de la población y de las colonias, los problemas de cada zona y grupo social, así como la manera en que están interrelacionados.

Enumera algunas de las cincuenta propuestas que tiene para lo que llama la cuarta transformación de la Ciudad de México y cita las cualidades que no debe tener quien sea el candidato de las izquierdas para jefe de Gobierno (en referencia a alguien del perfil como Mario Delgado o afín a Marcelo Ebrard, que no podrían llevar a cabo estas propuestas). Entonces varios repiten: “Martí, Martí, Martí…”, hasta que contagian a casi todos para engrosar esta manifestación de adhesión. Él continúa como si no escuchara esas aclamaciones, como si éste no fuera un acto de precampaña en vista a ganar la elección interna de su partido a la candidatura aludida. Tiene una lista muy larga de ideas plausibles, pero como buen político no dice cuánto costaría realizarlas, quiénes lo pagarían y cómo. No mete ruido de inviabilidad presupuestaria al idilio con unas bases en las que rebosa el apoyo a su favor.

Me llama la atención que su lenguaje es simbólicamente bélico: habla de dar la batalla por el país y la batalla por la ciudad, de trincheras y de lucha. Recuerdo una entrevista en la que precisamente expresó que él no decidió ser político, sino que decidió “participar en la lucha política”. No es violento, pero sí beligerante. Creció en una familia donde los valores de la izquierda fueron la materia prima de su educación, con padres que participaron en el movimiento magisterial encabezado por Demetrio Vallejo. Inició así su actividad política a los catorce años entre los fundadores del Partido Socialista Unificado de México (PSUM) y adquiriría notoriedad como dirigente estudiantil en 1986 para oponerse al incremento de cuotas en la Universidad Nacional Autónoma de México. En esa misma entrevista también afirmó que toda su vida va “a luchar desde la izquierda”.

“Congruente” y “honesto” son los adjetivos más frecuentes con los que se refieren a él quienes hacen uso de la palabra para hacerle preguntas. La gente está ahí por convicción, porque quieren un cambio en la conducción del país que transforme la injusta realidad social. Me doy cuenta de ello por el entusiasmo al manifestar sus filias y fobias. Martí escucha con atención y seriedad a cada uno, anota todas las preguntas y los temas que le plantean. Da respuestas puntuales, sin evadir o sin rodeos, reconociendo defectos tanto de su partido como del gobierno del que fue despedido hace pocas semanas, como que prevalece la corrupción en muchas áreas, y del que tiene la intención de “reorientar”, especialmente en cuanto a dar prioridad a lo público sobre lo privado, así como de “universalizar” los programas sociales.

Al finalizar atiende a quienes se acercan a él con preguntas, propuestas, quejas, invitaciones, solicitudes, simplemente para saludarle o expresarle su apoyo, gente que necesita y quiere ser escuchada, lo que debe requerir mucha paciencia y una vocación total para mantenerse de buen humor siendo cerca de las nueve de la noche, para sonreír luego de que es su tercer acto público del día.

III. El nuevo PRI: ¡Qué Viva México!

Enrique Peña Nieto

Las guayaberas han sido sustituidas por la corbata roja y la camisa o chamarra de ese color; pero la línea sigue siendo clara: todos como el líder, y todas como su mujer. El templete en forma de “T”, para formar un camino entre los militantes y sobre ellos, llevó a Enrique Peña Nieto a un atril para pronunciar un discurso en la explanada de la sede de su partido, acto que puso en escena el rito de ser priista: la congregación de los poderosos distribuidos jerárquicamente en el espacio posterior, a manera de respaldo a quien parece garantizarles el triunfo (momento “esperado por más de una década”), y delante los representantes populosos de los sectores corporativos y territoriales, contingentes que acamparon desde el día previo en las inmediaciones, para manifestar su apoyo en forma de porras, equipados con tambores, matracas, cencerros, mantas y demás, tal como acude la hinchada a un cotejo de futbol, al modo de un gran mural de Daniel Lezama sobre la cruda mexicanidad.

La unidad expresada como unanimidad, como ausencia de disenso. Era sólo el registro de una precandidatura, la única; pero en vez de un trámite administrativo hubo una fiesta del culto a la personalidad. Una voz en off alentó el entusiasmo por el orgullo priista, con el fondo musical del soundtrack de la película The Mission, para mayor épica de la ocasión, y fue narrando detalles y asistencias notables, como la presencia del campeón sin corona Juan Manuel Márquez y la ilustre productora teatral Carmen Salinas. Era la voz de don Armando Gaytán, anunciador en funciones de lucha libre, ambiente en el que se le conoce como “El Mucha Crema”. De ese tamaño fue la parafernalia.

Peña Nieto fue el único orador, con una entonación que se inscribe en una tradición oratoria del político de carrera del México previo a la transición. La mano diestra, a modo de cuchilla, cruzó reiteradamente su horizonte mientras repetía: “¡Que viva México!” Luego, las bases se agolparon sobre las barreras de contención para tocar la mano del líder o la de su mujer, para tomarles foto o video. Desmedida exaltación a la emotividad más que a la razón. El progresismo implica la modernización de la política en sus formas y fondo; pero evidentemente las del priismo corresponden más a la de una premodernidad propia del corporativismo que a un partido que se dice renovado. Y son las mismas que veremos cuando López Obrador inicie su campaña.

El discurso de Peña Nieto carece de diagnóstico. No nos dice las causas de los problemas. Aunque en general es moderno en cuanto a políticas públicas en orden a la eficiencia y la justicia social, él es conservador: su peinado, su corbata y, lo más importante, sus ideas, lo son. Por ejemplo, a pregunta expresa de Leo Zuckermann en trasmisión televisiva, se manifestó “a favor de la vida” y “en contra de la criminalización del aborto” para tratar de quedar bien con todos sin comprometerse.

Sus aliados electorales, personificados por Elba Esther Gordillo y Jorge Emilio González Martínez, líderes de los partidos Alianza Social y Verde Ecologista de México, respectivamente, le restan credibilidad a sus propuestas en cuanto a que efectivamente puedan llevarse a cabo. Puede dudarse de que con ellos integre una coalición que permita cumplir con “la hora de la grandeza de México”, pues representan intereses que inclusive el Banco Mundial ha señalado como de aquellos que capturan al Estado, por dificultar la realización de las reformas que el país requiere para su modernización, el crecimiento económico y el desarrollo social.

No obstante, dice el PRI en su eslogan que es “la fuerza de México”. ®

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Publicado en: Diciembre 2011, Letras libertinas


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