Cuando el futbol, en serio, es lo de menos

Una crónica desde la fría Dinamarca

Se termina mayo, y después de sobrevivir al invierno más frío que se ha vivido en Dinamarca en los últimos 35 años ahora tenemos que sobrellevar anímicamente la peor primavera en la última década. Mientras el mundo se calienta, esta región escandinava parece enfriarse cada vez más.

“¡Chin chú!” “¡Chin chú!” grita el kurdo de Siria, Tofán, para atraer la mirada de Chang, uno de los tres refugiados birmanos de la sala. Es el primer “Chin chú” del día. Tofán —también llamado Masoud— se burla un poco del impronunciable nombre del birmano cada vez que se aburre. “Armemos un equipo de futbol”, dice Tofan en danés, sin mucha convicción y antes de que la maestra Elsebet dé comienzo a la sesión del día. Yo volteo en el acto y le pregunto si le gusta el futbol; veo en su mirada su desinterés por el tema y su desesperado interés por la atención de los demás. “A mí me gusta mucho”, respondo, en el danés más precario. “¡Amín!”, dice Tofán, llamando a un joven refugiado de Teherán, “¿te gusta el futbol?” A lo cual yo, entrometidamente, respondo, “Amín es portero”, recordando la conversación que tuve con Amín el día anterior cuando le pregunté si estaba interesado en el Mundial de Sudáfrica. “Fui portero a los quince años, pero ahora no lo sigo para nada, soy raro”, me dijo, y continuó: “En Irán todos están locos por el futbol. Hay tres ligas y como ochenta equipos, pero sólo dos de ellos son los principales, los poderosos, los apoyados por los partidos políticos”. Luego prosiguió: “Mis amigos aquí, los iraníes, siguen todo por internet, pero yo soy un caso especial, no sigo el futbol”. Recordé otra conversación que tuve con el mismo Amín, unos días después de conocerlo, hará unos dos meses, aquí mismo, en la escuela de danés. Amín leía un artículo en persa sobre Ahmadineyad. En la pantalla de la computadora la fotografía del presidente iraní resaltaba entre todos esos símbolos ininteligibles para mí. Así fue como me enteré de que Amín era estudiante de medicina en la Universidad de Teherán y que tras una manifestación política en contra del gobierno fue detenido y encarcelado. Me contó también lo afortunado que era por tener un tío en el gobierno, quien tramitó su exilio, es decir, el permiso de residencia en Dinamarca como refugiado político, antes de que fuera ejecutado. Amín tiene 21 años.

La maestra Elsebet está aquí, llega un poco tarde porque su coche no arrancó. Ella vive en Odense, la tercera ciudad más grande del país y que está a unos 20 kilómetros de esta ciudad, la pequeña Nyborg. Elsebet está visiblemente apenada por el retraso.

Rápido ponemos manos a la obra, nos agrupamos en tercias para un ejercicio de conversación. A mí me toca con Bahman, es la primera vez que trabajo con él. Bahman tendrá unos cincuenta años y es del Kurdistán iraní. Es serio pero muy amable y tiene el don de hacer reír a los demás sin proponérselo. No alcanzo a ver ni una pizca de malicia en él, pero al cabo de un rato me cuenta que ha tenido que escapar de Irán por problemas políticos graves. “Soy comunista”, dice, “y si no salgo de Irán, ggggh”. Éste es el sonido que emite y que acompaña la clásica señal de la mano cortando el cuello hacia afuera. No puedo evitar preguntarle por lo que ha dejado atrás en su país. A pesar de hablar en un inglés rudimentario la respuesta es clara: “All my family”. Después me explica que su esposa y sus hijos están atrapados en Irán. Vigilados e incomunicados. No se les permite tener teléfono ni computadora. La inmovilidad y el aislamiento que el gobierno de Ahmadineyad aplica sobre ésta y muchas familias por estar relacionadas con activistas opositores al régimen llega al extremo de confiscar un par de zapatos que Bahman ha enviado para su hijo menor.

Primer tiempo

Dinamarca ha aceptado en promedio entre 800 y mil refugiados políticos en los últimos tres años. Esta cifra es muy contrastante con la de los 10 mil que aceptó en el año 2000. Desde que gobierna el partido liberal Venstre —palabra que irónicamente se traduce como izquierda— las fronteras danesas se han cerrado. Sólo 1.3 por ciento de las aproximadamente 150 mil solicitudes de asilo termina concretándose. El proceso empieza cuando los aspirantes a ser refugiados solicitan personalmente, a través del consulado, su estancia en algún país extranjero. Hay otros que piden asilo político a través de Amnistía Internacional. AI se pone en contacto con los países que tienen un programa para refugiados. Después ya todo es suerte e incertidumbre. El destino del solicitante depende de los espacios disponibles en cada país. Quizá, para dar un ejemplo, la lista de opciones contenga un lugar en Alemania, otro en Noruega y otro en Dinamarca. En el caso de Bahman, quien tenía que salir inmediatamente pues su vida corría peligro, la única opción en aquel momento fue Dinamarca. Así comenzó la aventura de un hombre de cincuenta años, casado y padre de tres hijos, quien un buen día se vio forzado a dejarlo todo para trasladarse a un país cuya existencia, según el mismo afirma, desconocía. “¿Denmark?” repite Bahman con un hilo de voz para que la maestra no se entere de nuestro tema de conversación y sigue: “¿What language do they speak there? ¡Jejeje!”

Hacemos el ejercicio: una entrevista corta con preguntas básicas para practicar el uso del pretérito: “Hvornår kom du til Danmark? (¿Cuándo llegaste a Dinamarca?) Hvad lavede du til mad i går? (¿Qué preparaste para comer ayer?)…” Después viene la pausa y antes de volver a mi asiento le pregunto a Bahman sobre el futbol. Su respuesta viene después de una sonrisa torcida que me hace sentir un poco imbécil: “No puedo pensar en eso ahora”. Hace una pausa y continúa como para no parecer descortés: “El futbol está hecho para manipular a la gente, es como la televisión”. Yo asiento y pienso: “Quizá es verdad, pero si supieras cuánto me gusta a mí el pinche futbol…”

En el descanso me compro un chocolate caliente de máquina, cuesta tres coronas, algo así como siete pesos mexicanos, no está mal. Luego me acerco a Aryan, quien tiene la mirada clavada en un mapa de Europa. “Qué pequeño país es Dinamarca”, me dice con una sonrisa y sabiendo que indefectiblemente estaré de acuerdo con él. “Es de los más chicos de Europa”, contesto. Luego le pregunto si ha estado en otros países, a lo que responde con entusiasmo y al tiempo que los señala en el mapa, que ha estado en Italia, en Grecia, en Turquía y en Inglaterra. Después continúa diciendo que el clima en los tres primeros es muy bueno, pero que en Inglaterra es una mierda igual que aquí. Nos reímos un poco, pero también lo lamentamos. Luego le pregunto por el futbol. Aryan es del Kurdistán iraquí. Iraq tiene mucha tradición futbolera en Asia, ha asistido a una Copa del Mundo, en México, 1986, en la que no pasó de la primera ronda, y ha ganado la Copa de Asia una vez en 2007. Aryan es conciso en su respuesta: “No me gusta el futbol, prefiero la música, todo el tiempo música”. Después me enseña en el mapa dónde está el Kurdistán. El mapa es de Europa pero en el extremo inferior izquierdo alcanza a estar impresa la entrada occidental de Asia, la que no es por Rusia, sino la que está conectada con Europa a través de ese gran limbo que es Turquía. Ahí mismo está el Kurdistán que abarca regiones de Armenia, Turquía, Siria, Iraq e Irán. “Éste es mi pueblo, ahí vive mi padre”. Me acerco al mapa para tratar de leer el nombre. En ese momento escuchamos la voz de Elsebet reiniciando la clase y volvemos a la sala.

Tras el descanso, Amadou se integra a la clase. Amadou es de Gambia. De los catorce que somos —diez hombres y cuatro mujeres— Amadou es el único africano. La diferencia con el resto es notable no sólo físicamente: su humor es tan bueno como ingenuo. Se viste como rapero del Bronx, con colores chillantes, pañoletas en la cabeza —nunca he visto su cabello, siempre trae gorros o pañuelos—, pantalones enormes, tenis blancos, cadenas de oro colgando del cuello, una de ellas con una medalla enorme que luce la clásica hoja de mota. Como a casi todos, a Amadou le cuesta un chingo de trabajo aprender danés. Por eso casi todo el tiempo prefiere hablar en inglés. Su inglés me recuerda al de los beliceños: uno con acento británico extrañamente pronunciado. Amadou parece estar siempre pacheco, siempre con los ojos reventados. Pero nos consta que no lo está. Trabaja de noche limpiando Føtex, una de las tiendas de autoservicio más grandes de la ciudad. De ahí se viene directo a la escuela. Es por ello que el cabrón vive adormilado, combinando lenguas incoherentemente, cotorreándose a quien se deja. “I have only slept two hours in the last four days, you know”, dice cuando lo cuestionan sobre su semblante y sus retrasos. Amadou y yo tenemos algo en común: ambos estamos casados con mujeres danesas. Esto, con todos sus obstáculos, se puede considerar un privilegio, ya que aspiramos a tener una residencia permanente dentro de siete años, al contrario de los refugiados, que deben cumplir con más requisitos aún, siempre están en la mira y tienen que trabajar durante un tiempo sin recibir sueldo. Ni Amadou ni yo recibimos un centavo del gobierno, pero tenemos libertad para movernos y contratarnos en donde sea. Los refugiados, en cambio, reciben una cantidad mensual fija por parte del gobierno, pero tienen todos sus gastos y actividades vigilados por él.

“¡Eeey, hombre de Rusia!”, grita Amadou en un pésimo danés para referirse a Timur. Timur tendrá unos 45 años y normalmente da la impresión de estar un poco nervioso. Tiene una mini laptop que coloca sobre una mesa que está detrás de él y que, mediante un cable, está permanentemente conectada a internet. En los descansos Timur aprovecha para comunicarse con la que aparenta ser su familia. Ya son varias las veces en las que he visto la imagen de unos niños comunicándose con Timur a través del messenger. Timur no está refugiado en Dinamarca, él sólo ha venido en busca de trabajo y un buen sueldo. Al igual que miles de personas de países pertenecientes al ex bloque socialista, Timur ha salido a buscar mejor fortuna en los países más ricos. La mayoría de estas personas se ha topado con las repercusiones de la recesión económica y, en el mejor de los casos, sólo han encontrado trabajos de medio tiempo y con contratos muy cortos. La idea de todos ellos es llegar aquí, encontrar un trabajo, establecerse y luego, aprovechando las reformas en las leyes de la Unión Europea, traer a toda su familia. En eso consiste el sueño europeo de los trabajadores migrantes. Lamentablemente para ellos el sueño casi nunca se concreta.

Timur es un personaje muy peculiar. El día que lo conocí se presentó diciéndome que venía de la Unión Soviética, así tal cual: “The Soviet Union”. Yo pensé: “¡Ah, qué buen humor tiene este cabrón!” Pero con el paso de los días me he dado cuenta de que Timur no quiso bromear con aquel comentario. Todavía no descifro bien por qué pensó que debía presentarse así; sólo una nostalgia absoluta podría llevarlo a decir tal cosa. Ayer le pregunté sobre futbol. Su respuesta volvió a llamar mi atención: me dijo que le había perdido la pista al futbol. Que desde que su país ya no era la Unión Soviética el equipo se había vuelto muy malo. Nunca mencionó la palabra Bielorrusia, sólo dijo que ahora ya no es como antes. Luego la maestra nos llamó para revisar un ejercicio escrito que habíamos comenzado el día anterior. Timur nervioso como un ratón se movió subrepticiamente hasta el bote de basura y sacó una bolita de papel. Como pudo la desdoblo para después ponerse a corregir sobre las arrugas.

Acabamos la corrección y viene el descanso largo, el de la comida. Las mujeres, sobre todo, sacan sus tópers con ensaladas de frutas, de vegetales y alguno que otro guisado. Yo saco un pan negro con salami, queso y una salsa roja de malasia que pica encabronadamente. Chin Hui, una de las mujeres chinas, me pregunta si es verdad que en México comemos tantos frijoles. Me dice que fue a un restaurante mexicano que está en el centro de la ciudad y que casi todos los platos llevaban frijoles. Le contesto que sí. Entonces saca un tóper y me dice que pruebe su contenido. Eso hago. Me gusta, pica un poco. Le pregunto que qué tiene. Se ríe como siempre y me dice que le echó todo lo que encontró: cebolla, tomate, carne de puerco, elote, cacahuate y frijoles. Le trato de explicar lo que es una fonda y le digo que podría trabajar en cualquiera de ellas. Más risas.

La vida de Chin Hui sigue siendo un misterio para mí. Por lo que dice, creo que está  casada con un danés. También sé que tiene un hijo adolescente que se quedó en China, al que ve poco. Un día que la oí quejándose del clima, de la gente y de no me acuerdo qué tantas cosas más, le pregunté que qué hacía aquí. Mi pregunta fue una bomba. Chin Hui sonrió y tartamudeó. Por su expresión me percaté de lo inesperado e incómodo de mi pregunta. Inmediatamente puse cara de pendejo y, de alguna forma, también le hice ver que no tenía que decirme nada si no era el momento. A partir de ahí me manejo con más cautela. Noto que a algunos les urge contar sus historias, normalmente infortunadas, pero otros prefieren mantenerse discretamente herméticos.

Cuando Nasaram ve que estoy degustando la comida de Chin Hui ella también me ofrece de la suya. Una sopa de verduras que a primera vista se ve paliducha e insípida, pero que al probarla me deja un sabor sutil, delicioso. Nasaram es tailandesa. Es joven y muy sonriente. Su pronunciación en danés es lo peor que he oído desde que llegué a Dinamarca. No le entiendo ni madres, pero es muy expresiva y me comunico con ella a señas e intuiciones. Nasaram está casada con un danés. Uno mucho mayor que ella. Es bien sabido que hay daneses pensionados y solteros que en algún momento viajan a Tailandia y se traen mujeres más jóvenes para casarse con ellas. El caso de Nasaram es uno de ellos. De su vida no sé más, pero Nasaram siempre está sonriendo, quizá porque sabe que nadie la entiende.

Medio tiempo

La sociedad danesa es una sociedad cuya madurez es al mismo tiempo su virtud y su mayor defecto. Digamos que han alcanzado un nivel de civilidad que está en las antípodas del latinoamericano. Esta hipercivilidad los ha hecho cuadrados y juiciosos. Si hiciéramos una analogía entre las sociedades y la vida de un ser humano, yo diría que la sociedad danesa es un adulto mayor, es decir, de unos cincuenta años, mientras que las sociedades latinoamericanas son adolescentes que fluctúan entre los quince y los dieciocho.

El humor danés es serio, irónico, a veces tan cínico que a los aludidos les resulta imposible salir ilesos. No hay pantomima, sólo palabras, gestos adustos para provocar sonrisas. Porque no todos ríen. No hace falta reír para expresar que algo fue chistoso. Hay una suerte de código interpersonal que permite a los interlocutores saber que lo que se está diciendo y escuchando debe ser gracioso.

Cuando salí de México hace poco menos de un año mis justificaciones, entre algunas otras, eran que la mayoría de la gente reunía tres características que me resultaban imposibles de tolerar: cochina, ignorante y católica. Tres asuntos que- algunos comprenderán y otros lamentaran ofendidos – tarde o temprano se vuelven imposibles de sobrellevar. En Dinamarca me he encontrado con que la gente es igual de cerda, pero los sistemas de saneamiento y recolección de basura acá sí funcionan.

En cuanto a la religiosidad, la herencia luterana ha dejado una iglesia fuerte económicamente pero con pocos creyentes reales. Desde luego la falta de fieles se vuelve un asunto baladí si tomamos en cuenta que la economía de la empresa eclesiástica funciona a las mil maravillas. Aunque la aplastante mayoría danesa no es religiosa, el 90 por ciento es “miembro de la iglesia”. Esto implica que la iglesia recibe mensualmente una cantidad fija que se descuenta automáticamente de las cuentas bancarias de los contribuyentes. La cantidad es, en teoría, simbólica, pero en la práctica no lo es tanto: 40 coronas multiplicadas por cinco millones de miembros arroja la cantidad de 200 millones de coronas, algo así como medio billón de pesos mexicanos al mes. La gente se siente práctica y moralmente obligada a ser “miembro” porque es una forma fácil de expiación y porque los que no gozan del privilegio de esa membresía tienen que enterrar a sus muertos en el jardín de su casa o en su kolonihave (un huerto propio que sirve a los daneses de clase media y alta como casita de descanso). Tampoco pueden ser bautizados (lo cual se vuelve complicado puesto que es por medio del bautismo como se lleva a cabo el registro civil de los niños) y, desde luego, no pueden casarse en una iglesia. Por lo anterior, la mayoría de los daneses sostienen al clero y viven en santa paz con esa institución. En resumen, volviendo a mis motivos personales, la religiosidad aquí no afecta en ningún sentido importante mi existencia. Se las cambio por la paranoia.

Los daneses son paranoicos, juiciosos y vigilantes. Hay un código interno sobre cómo debe comportarse una persona en las distintas etapas de su vida para no ser considerado un loco. Un niño como un niño (aquí hay mucha libertad, muchas y muy interesantes opciones educativas), un adolescente como un adolescente (aprenden a emborracharse desde chavitos, sólo se juntan entre ellos, se burlan de los viejos y nadie se los quiere topar en la calle por escandalosos), un adulto como un adulto (esta categoría es la más importante, la más productiva y por tanto la más vigilada) y un viejo como un viejo (es decir, como alguien decadente, pero eso sí, con los mismos derechos que los demás). Los extranjeros salimos más o menos bien librados, se nos permite estar locos y nuestra inmadurez llega a ser comprensible.

Por último, la ignorancia. Bueno, no hay analfabetos, pero sí muchos ignorantes. Para la gran mayoría el proceso educativo se acaba en la educación media-superior. Pocos, muy pocos optan por hacer estudios universitarios. Esto a pesar de que el gobierno apoya mensualmente a todos los estudiantes. La mayoría empieza a trabajar muy joven para independizarse y salir pronto de la casa de sus padres. Cualquier trabajador recibe un salario mínimo que, en el caso de los solteros, alcanza perfectamente para vivir, pagar una hipoteca de un departamento y tener y mantener un coche usado. Esto, como consecuencia, genera una sociedad muy activa y productiva pero muy ignorante académicamente. El sistema educativo, después de las reformas instauradas en la década de los setenta, dejó de ser tradicionalista para convertirse en un sistema que pone el énfasis en el razonamiento y la metodología más que en el viejo sistema de memorización de datos y efemérides. Por eso los daneses salen de la prepa acaso con poca información pero con una capacidad de razonamiento afilada. La prepa aquí, me dijo alguna vez mi mujer, tiene el nivel de la universidad allá (refiriéndose a México y con conocimiento de causa). Si bien el comentario me sigue pareciendo una exageración, no puedo discutir que los sistemas educativos en los niveles básico, medio y medio-superior en Dinamarca cumplen con estándares y controles de calidad muy elevados. Pero toda esta información la reciben en la niñez y en la adolescencia, cuando los individuos están mayormente desinteresados en los temas y los aprenden porque los tienen que aprender y se les escapa la oportunidad de enfrentar el conocimiento a una edad adulta cuando, en la mayoría de los casos, el estudiante acude voluntariamente a la universidad y es más sensible a la información que recibe y, por ende, más creativo con su procesamiento.

Segundo tiempo

Después de la pausa y de mi sabroso recorrido por el mini bufet asiático, Elsebet nos muestra unas diapositivas sobre Tivoli, el parque de diversiones más grande del país. Tivoli está en Copenhague.

Entrada de las asistencias

La vida de la capital danesa es muy diferente a la del resto del país. Ahí están los más educados, los más sofisticados y los más mamones. De ahí surgen las propuestas artísticas e intelectuales más interesantes y avanzadas: los mejores museos, la mejor literatura, las mejores universidades. Ahí está la acción y la reacción. Y ahí también viven los malos, los que roban, los que venden las droguitas. El grupo de motociclistas Hells Angels tiene aterrada a una parte de la ciudad. Los índices de criminalidad se han disparado en una ciudad en donde antes el único frijolito en el arroz era el barrio pacheco y autónomo de Christiania que, por cierto, autónomo ya no es.

En contraste, la vida en las ciudades pequeñas sigue siendo muy tranquila y, a veces, aburrida. Pasan días y a veces semanas sin que uno vea una patrulla policiaca en las calles. Lo peor que puede pasar en las ciudades pequeñas es ver pintas neonazis y xenófobas en las paredes, seguramente hechas por adolescentes chaqueteros que no tienen ni idea de lo que es una guerra fuera de la pantalla de una computadora.

Reanudación del encuentro

Volviendo a las diapositivas, la maestra proyecta varias imágenes de los juegos mecánicos y de las atracciones y espectáculos posibles de admirar en Tivoli. Entre estas atracciones se encuentra un palacio enorme que alude a la arquitectura islámica. La maestra dice árabe, pero Ashkan, un iraquí que se dedica a la lucha grecorromana, la corrige diciendo que es islámica. Las demás reacciones no se hacen esperar. Bahman, el comunista iraní, pregunta con una expresión que va del desconcierto a la ironía por qué hay un árbol de navidad adornado de estrellitas junto al palacio islámico. La respuesta debería ser sencilla: porque es un maldito parque de diversiones. Sin embargo, Elsebet prefiere no responder y hacerse la sorda. Los musulmanes del salón, que son mayoría, comienzan a hablar entre sí como burlándose. Hay un poquito de tensión, poquito, casi nada. Yo me la paso bomba.

Tiempo de compensación

Son las 2 y cuarto de la tarde. Seis horas después del comienzo se acaba la sesión. Antes de salir recuerdo que aún me falta preguntarles a algunos su opinión sobre el futbol. Será mañana, pienso. Antes de despedirme Tofan —cuyo nombre, él mismo me ha explicado, significa tormenta— me llama. “¡México!” —así me dice la mayoría, debido a que no pueden recordar mi nombre y mucho menos pronunciarlo—, “¡México, kom (¡México, ven!, en danés)!” Me acerco y me pregunta casi riéndose: “¿En qué se parece México a Dinamarca?” Quizá siguen con el tema del palacio islámico y el arbolito de navidad. Yo me quedo pensando y para no interrumpir el momento gracioso les digo: “En nada”. Entonces todos se ríen y yo me despido.

Silbatazo final

De camino a casa voy pensando en esa pregunta, tan simple pero tan difícil a la vez. Después de un rato de profunda concentración por fin alcanzo una conclusión, una pequeña respuesta. Sí, hay algo que definitivamente tenemos en común los daneses y los mexicanos: la mediocridad histórica e infalible de nuestras selecciones en los mundiales de futbol. Eureka. ®

Archivado en Apuntes y crónicas, Junio 2010

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Comentarios

3 Respuestas a “Cuando el futbol, en serio, es lo de menos”
  1. Agradezco los comentarios. Acá seguimos.

  2. Lorena dice:

    Efrain, que barbaro..De verdad que disfrute este articulo. Parece que hablas de un lugar que conozco, pero tu manera de escribir la narracio me mantuvo todo el tiempo pegada a la pantalla, Perfecto!. Disfruto de tus articulos mucho, y que bien que te hayas dedicado a escribir, tienes el talento, voy a buscar y leer mas. Un Saludo

  3. hecherrod dice:

    Buenísimo, entretenido y de buen gusto futbolístico.. (más por el final)..

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