Cuatro postales del sur

Los pobres y los miserables

En las teorías económicas de Marx no aparece un escenario tan desolador como el de la frontera sur: los pobres explotando a los miserables.

1. Estop

Marx se quedaría tieso si visitara la frontera sur de México. No sólo por el calor infernal y los enjambres de mosquitos que el clima selvático cría, sino porque acá sus teorías económicas no encajan ni un poco. En esta frontera los pobres explotan a los miserables.

La Mara Salvatrucha ha sido desplazada por los Zetas

En una clasificación superficial los pobres son los mexicanos y los miserables los centroamericanos que quieren llegar a Estados Unidos a través de México.

Más o menos lo mismo, pero con otras palabras y sin nombrar a Marx, estaba diciendo Aarón Altúzar, agente del grupo Beta —la cara amable del Instituto Nacional de Migración—, cuando su camioneta se detuvo en la comunidad Campo Aéreo, de Motozintla, Chiapas. Se detuvo es un eufemismo para no decir la detuvieron. O más bien: debió detenerse ante una cadena que colgaba entre un par de postes blancos, uno de los cuales tenía un letrero universal: “Estop”. Corría el mes de julio de 2001.

Uno de los destinatarios menos importantes de aquel “Estop” era Altúzar, policía al fin y al cabo. La advertencia era para los ilegales que llegaban al Campo Aéreo tras una caminata de varios días. Ningún forastero podía entrar allí sin pagar la cuota: diez, veinte, cincuenta pesos. El pueblo famélico, de unas cien casas, armadas con lámina y adobes, vivía de los ilegales: los empleaba en trabajos agrícolas a cambio de sueldos míseros, les vendía comida, zapatos, hospedaje, esperanza. Los trasladaba a otro sitio a cambio de sumas cuantiosas, explicó el agente, quien, aseguró, no podía hacer nada. En la Sierra Madre de Chiapas no hay autoridad, dijo.

2. La plaga

“Son una plaga. Una plaga inacabable”, se quejó Adrián Ruiz, un policía municipal de Tapachula mientras se espantaba los moscos con la mano, en la caseta de La Estación, en Tapachula, Chiapas. ¿Los zancudos? “Los malditos centroamericanos”, respondió, con un acento centroamericano inconfundible. “Principadamente (sic) porque siempre se quejan y de todo. Por un decir: vienen y quieren que se les trate bien. Aquí ya nos tienen invadidos”.

“Son una plaga. Una plaga inacabable”, se quejó Adrián Ruiz, un policía municipal de Tapachula mientras se espantaba los moscos con la mano, en la caseta de La Estación, en Tapachula, Chiapas. ¿Los zancudos? “Los malditos centroamericanos”, respondió, con un acento centroamericano inconfundible.

Moreno oscuro, gordo, con aliento de caño, Adrián Ruiz confesó que los “malditos centroamericanos” no eran su único problema. A la caseta, junto a las vías del ferrocarril, “antes venían los judiciales estatales y metían a la plaga al cuarto. Los golpeaban y les quitaban el dinero. “Principadamente”, repite, “lo malo es que los centroamericanos decían que éramos nosotros. Ahora no dejo que metan a uno solo: que los judiciales trabajen aquí, afuera”.

“Antes nos tenían miedo. Los traíamos y, por un decir, los golpeábamos. Ahora se quejan con derechos humanos. O antes, por un decir, lo agarrábamos a usted por malacara aquí, en las vías, y se nos pasaba la mano. Luego nos dábamos cuenta de la confusión y la dejábamos ir. Ora usted se queja con derechos humanos. No nos dejan trabajar. Principadamente ese es el problema”.

3. Muertos

Ciudad Hidalgo en México y Tecún Umán en Guatemala son las dos mitades de la misma naranja podrida, dividida por un río revuelto algunas veces y casi seco en otras. Algunos dicen que Ciudad Hidalgo y Tecún Umán se parecen a Tijuana, pero en feo, sin pavimentos y con más prostíbulos.

Por esas ciudades cruzan cada año unas 140 mil personas que intentan llegar a Estados Unidos, y ahí caen cada año entre 400 y 500 ilegales centroamericanos —una cantidad parecida a los mexicanos que mueren cuando intentan cruzar la frontera norte—, según Ramón Gómez Zamudio, investigador del Departamento de Estudios Ibéricos de la Universidad de Guadalajara.

A los que no mueren les va mal. Hace un decenio, el Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova, con sede en Tapachula, denunció que nueve de cada diez trabajadoras domésticas de la ciudad eran ilegales “atoradas” en su viaje hacia Estados Unidos. A menudo, sus patrones mexicanos dejaban de pagarles hasta por un año. Aquí las autoridades sí actuaban en caso de que las muchachas se quejaran: eran deportadas de inmediato.

En la frontera sur los Zetas desplazaron hace tiempo a los temibles Maras. Ahí comienzan los 20 mil secuestros de centroamericanos que se repiten a lo largo y ancho del país, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

“He visto marchas hermosas en México cuando secuestran al hijo de un empresario, pero cada año casi 20 mil migrantes son secuestrados y nadie marcha ni a la tienda de su barrio”, se queja vía telefónica el periodista salvadoreño Óscar Martínez, autor del libro Los migrantes que no importan.

4. El cónsul

En sus palabras, los centenares de muertes violentas de indocumentados en la frontera sur, oficialmente registrados por las autoridades mexicanas, no contaban oficialmente para el consulado de Guatemala, y aunque oficialmente Tapachula está lejos de Estados Unidos, oficialmente era como estar en Disneylandia.

Los migrantes que no importan no le importan ni a los cónsules de sus países. En 2001 el entonces cónsul de Guatemala en Tapachula, Ignacio Salán, un anciano parco de gestos delicados, se refería así a las denuncias que llegaban a su oficina: “Se habla mucho de que pasan cosas, pero cuando esa gente viene nunca trae ninguna prueba [“esa gente”: sus conciudadanos]. Todo es ‘me hicieron’, ‘nos extorsionaron’, ‘nos golpearon y robaron’, pero jamás aportan una prueba […] Si me pregunta si se cometen vejaciones, oficialmente tengo que decirle que no”.

En sus palabras, los centenares de muertes violentas de indocumentados en la frontera sur, oficialmente registrados por las autoridades mexicanas, no contaban oficialmente para el consulado de Guatemala, y aunque oficialmente Tapachula está lejos de Estados Unidos, oficialmente era como estar en Disneylandia.

Quizás para Ignacio Salán las parvadas de zopilotes que volaban en círculos en la Sierra Madre de Chiapas eran parte de los mismos dichos sin pruebas. Aarón Altúzar afirmó que las rapaces aves buscaban centroamericanos caídos. Nunca se supo si bromeaba; justo cuando lo dijo una avalancha de piedras se estrelló contra la camioneta pickup del grupo Beta y debimos salir huyendo. Por fin los pobres de Campo Aéreo se habían organizado y luchaban para defender lo suyo. Lo malo es que en la frontera sur de México eso resulta funesto. ®

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Publicado en: Abril 2011, Destacados, El sureste mexicano

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