La ética y la revolución rusa

Lenin. Vida y verdad, de Juan María Alponte

Con buen ritmo, saltos temporales pertinentes y de corta extensión, el autor expone claramente la personalidad y la circunstancia del personaje histórico que ocupara un papel central en uno de los goznes vitales del siglo XX.

Lenin

¿Qué atractivo, al mismo tiempo trágico y sublime, ineludible e irrefrenable, provoca la historia de Rusia durante el siglo XX? El mismo que produce la deslumbrante y vertiginosa certeza de que esa historia es uno de los vértices del destino del mundo en ese siglo. Sin Rusia, sin los acontecimientos ciclónicos de resonancia universal que allá ocurrieran durante setenta de los cien años del siglo pasado, la configuración del sistema social occidental, así como parte del cercano y lejano oriente, hubiera sido otra muy distinta, sin lugar a dudas.

Es así como la aproximación del ensayista y profesor universitario Juan María Alponte (Enrique Ruiz García es su nombre original) a la figura de Vladimir Illich Ulianov, Lenin, en este libro [Grijalbo, 2002] no resulta ni anacrónica ni impertinente. De subtítulo inexacto, por no decir desmesurado, ya que el Lenin de Alponte no es, con mucho, ni biografía historiográficamente exhaustiva ni, mucho menos, pudiera alguien —como no sea un teólogo— afirmar que posee la verdad, o la interpretación verdadera, de tópicos plagados de teoría y perspectivas, de lugares de sombra y momentos en los que la libre especulación ha de suplir el relato firme de acontecimientos que se desdibujan o cuya memoria se ha perdido sin remedio. El accidentado terreno de la historia habrá de conformarse siempre con un mapeo hecho con base en argumentos, reconstrucciones y conjeturas altamente razonables. No más.

La obra es, en cambio, eso sí, un lúcido y por lo mismo discutible ensayo histórico con un objetivo claro y específico: mostrar que eso que conocemos como pensamiento izquierdista tiene aún la oportunidad de cumplir las promesas de cambio y mejoría social que dejó para mejor ocasión durante el siglo pasado. Porque eso que conocimos con el membrete de “socialismo”, o que generaciones enteras de intelectuales y teóricos “rojos” quisieron hacer pasar como pensamiento izquierdista, no lo era en absoluto. Y el primero de los mencionados teóricos fue Lenin. Ni más ni menos.1

Con buen ritmo, saltos temporales pertinentes y de corta extensión, el autor expone claramente la personalidad y la circunstancia del personaje histórico que ocupara un papel central en uno de los goznes vitales del siglo XX. Burgués —es decir, solvente e ilustrado—, poco conocedor de Rusia (“¡Y yo que conozco tan mal Rusia. Simbirsk, Kazan, Petesburgo y el exilio. Eso es todo!”, confesará a Gorki en Capri), viajero al mismo tiempo forzado que turista por placer (huye del país en 1907 después de la condena zarista a los miembros del soviet de Petrogrado; al mismo tiempo, en sus cartas europeas afirma que en numerosas ocasiones se dedicó a “veranear” y olvidarse de la política), Lenin se convertirá durante los largos diez años de exilio europeo (París, Finlandia, Suiza, Londres) en figura central del socialismo revolucionario ruso en diáspora; en el crítico y visionario del futuro de su país y de Europa toda, en el mesías de la anhelada Gran Revolución internacional. Agorero del fin del capitalismo a través de la violencia rebelde del proletariado que, finalmente, llevaría a su superación dialéctica, necesaria, ineludible. Demasiados errores empíricos en un puñado de teoría. Ni revolución universal ni dictadura del proletariado ni superación del capitalismo. En cambio, el solo y puro ejercicio del poder con base en una peculiar justificación teórica y un empecinamiento personal. El comunismo de verdad: cupular, despótico, implacable.

En su imprescindible y estupenda obra Rusia y sus imperios (FCE, 1997) —raramente excluida de la bibliografía de Alponte: ¿desconocimiento o desdén?— Jean Meyer recoge una broma moscovita al uso: “En realidad, Rusia no es más que una república alto voltaica con cohetes nucleares”. El trasfondo del dicho recoge una parte fundamental del problema ruso: La incompleta evolución sistémica de una sociedad que ingresó al siglo XX petrificada entre los siglos XV y XVII. Así, para cuando Lenin y unos cuantos “revolucionarios profesionales” asaltan la cúpula del sistema político ruso, no existía alternativa verdadera que pudiera destrabar el monolito estructural de la nación. Convencido y formado en el dogmatismo teórico, Vladimir Illich no pudo hallarse en mejor elemento que el molde del poder piramidal que dejaran vacantes los zares tras su partida. Quedaba sólo hacerlo eficaz, engrasar la anquilosada maquinaria despótica; validar el esquema, que se convertiría en modus vivendi, de “todo el poder para una sola persona”. Impedir a como diera lugar la intromisión en su funcionamiento de factores perturbadores. Disidencia, crítica, reclamo, suspicacia, se convirtieron en elementos exterminables tras la orden de “Todo el poder para los soviets [consejos bolcheviques]”.

La revolución, que en el caso ruso incluyó de manera preponderante el cambio de camarillas e ideologías en el poder, pero no así la modificación de su ejercicio omnímodo, seguía su propia lógica instrumental ajena a cualquier consideración moralizante. De otra manera no se comprende la maquinaria de represión y poder central que ésta generó.

Como es consustancial a la política y al resto de componentes inherentes a la evolución del sistema social, no hay en todo esto ni un ápice de ética.2 Sólo la frialdad de la estructura y sus funciones, compartida por los papeles que cumplen las personalidades políticas que en esto intervienen. No obstante, el escritor enfatiza a lo largo del texto que las diferentes encrucijadas políticas de Lenin (plegarse al marxismo, pactar con los alemanes y firmar la paz con ellos en Brest-Litovsk, exigir unilateralidad partidista, expropiación del poder en torno suyo, y un largo etcétera) eran de orden ético: “Sabemos bien que los medios y los fines son indisociables y que constituyen una estructura orgánica y dialéctica, ética, inescapable”. Y “no existe hoy la menor duda respecto de algo esencial: que la política es inseparable de la ética y que los medios no justificarán nunca los fines” (pp. 91 y 238, respectivamente; los subrayados son míos).

No fue y no es así. La revolución, que en el caso ruso incluyó de manera preponderante el cambio de camarillas e ideologías en el poder, pero no así la modificación de su ejercicio omnímodo, seguía su propia lógica instrumental ajena a cualquier consideración moralizante. De otra manera no se comprende la maquinaria de represión y poder central que ésta generó. Si la ética hubiera tenido pertinencia Lenin no habría podido erigir la estructura de poder unidimensional que hábilmente consiguió. Mucho menos comprensible sería la era de Stalin.

Desde la ética, como es efectivamente verdadero, ambas prestaciones erróneas del sistema se interpretan como sin razón, como la tragedia de lo absurdo. No obstante, poseían pleno sentido; dependían de una peculiar anomalía sistémica que las propició y garantizó su desarrollo hasta su inevitable implosión final. Ciertamente, no debieron ocurrir en un ámbito sociológico sano, que no era el caso ruso. Su defectuosidad quedó manifestada en diferentes momentos de esta historia: de la penuria para vencer al ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial, debido a la matanza de oficiales perpetrada por Stalin, al desastre total que era la economía soviética que al mismo tiempo sostenía armamentos nucleares que provocaba hambrunas y bajísimas condiciones de vida. Anclado en la visión moralizante de lo político, el texto de Ruiz García, deja ver que comprender los fenómenos políticos y sociales a la luz de nuevas teorías (por ejemplo, la teoría de sistemas), muchas veces satanizadas o ninguneadas, es quizá uno de los primeros pasos que habrá de dar el pensamiento izquierdista para no volver a mezclar ideales con teorías; ilusiones con historia.

Por otra parte, Alponte enfatiza y establece una verdad que si bien después de 1989 es ya plenamente aceptada, fue motivo de debates y desgarraduras en la época del izquierdismo añejo y clásico (generación a la que pertenece el autor): que Lenin fue la piedra fundamental de la aberración sistémica que fue la Unión Soviética en el siglo pasado. Ni el idealista saboteado por el demonio Stalin ni el revolucionario bienintencionado cuya visión se nubló ante los embates políticos y sociales de su tiempo. Simplemente (y en esta simplicidad radicó su peligrosidad socio-histórica) un hombre del poder y para el poder: el poder absoluto, el único que quiso concebir. El ensayista lo nombra con todo rigor: la deposición del zar y el encumbramiento de Vladimir Illich puso en marcha el desarrollo del “imperialismo comunista feudal”, nacido sin base social, estancado en el endiosamiento del líder, cercado por las potencias occidentales y prisionero de su propia telaraña teórica. Imperio sangriento como pocos; epítome de la arbitrariedad estatal en la era del reinado de la tecnología y del yugo de la burocracia policiaca. A pesar de ello, con ilusión ilustrada y más sentimiento que razón, Ruiz García afirma que “la violencia no es la madre de la historia: es su madrastra”. Eficaz frase; más problemático es su contenido. Si algo ha sido perenne en el paso de esta especie por el planeta ha sido precisamente eso: la violencia, la crueldad y la guerra. Más todavía en el caso de la Rusia soviética. Por supuesto, reconocerlo no significa dejar de aceptar la tragedia que ello implica.

En el balance final de la serie de momentos vitales que Juan María Alponte extrajo de la amplia biografía de Lenin para ser examinados y comentados por su pluma, ciertamente se cumple su intención explícita de crear “un abanico exploratorio […] al margen de la mitología o la diatriba energúmena”.

Dentro de las virtudes del texto, además de las ya mencionadas, se halla el rescate de un dato significativo de la biografía de Lenin: el amorío que sostuvo durante años con Inessa Armand, seguidora incondicional del revolucionario desde que se conocieran durante el exilio francés. El asunto es de importancia no porque sea especialmente relevante conocer los líos de faldas de Ulianov, sino por una razón capital: durante decenios la historiografía comunista sometida negó una serie de acontecimientos que humanizaban la figura del líder bolchevique, dando peso y brillo a las supuestas virtudes que hacían de él un héroe, un pretendido campeón del proletariado mundial. Lo más embarazoso del asunto es que esto fue válido no sólo dentro de la esfera del amurallado pensamiento soviético, sino también para los numerosos acólitos y apologistas occidentales que durante años, con pleno desconocimiento de lo que verdaderamente ocurría en esa amplia extensión de la Tierra no hicieron más que recitar y calcar las aberraciones textuales que de allá provenían. Dura lección para los teóricos izquierdistas de todas las épocas.

En el balance final de la serie de momentos vitales que Juan María Alponte extrajo de la amplia biografía de Lenin para ser examinados y comentados por su pluma, ciertamente se cumple su intención explícita de crear “un abanico exploratorio […] al margen de la mitología o la diatriba energúmena”. No obstante, y a pesar del sereno revisionismo que ha vivido un boom desde el 89, a la izquierda y el socialismo mundial no le será suficiente con la deconstrucción de sus mitos y compromisos teóricos; ello sólo es la primera parte del proceso. La segunda consiste en la imperiosa necesidad de volver la atención a nuevas y eficaces teorías que den cuenta de manera amplia de los fenómenos sociales, sin importar qué tan cerca o lejos estén de la versión del socialismo al uso. Por supuesto, tales teorías, por poderosas y precisas que resulten, serán abiertas y siempre provisionales, si bien cierta y necesariamente combativas, y nunca más cerradas y pensadas completas y verdaderas de una vez para siempre. ®

—Esta reseña fue publicada originalmente en la revista Este País, número 137, agosto del 2002.

Notas
1 Sugerir, como hace Alponte en la Presentación que “Marcos” —sí, el “subcomandante” Rafael Guillén— es la antítesis de Ulianov y la encarnación de un izquierdismo posible y deseable, cuando afirma que “Este libro es inseparable del Subcomandante Marcos porque tuvo el valor, de enormes consecuencias para la racionalidad de la Ciencia Política, de esclarecer de manera magistral la diferencia entre el rebelde —él dijo de sí, que era un rebelde— y el revolucionario, porque el primero está con la base social mientras que el revolucionario pretende resolverlo todo autoritariamente y para siempre, desde arriba, sin la base social y por eso fracasa…”, parece no ya un despropósito, sino un franco desvarío. Ello sólo hace referencia a un sentimiento personal del autor, carente de coherencia con el ensayo que sigue y que ahora nos ocupa. No es casual, entonces, que únicamente lo sugiera y lo introduzca como dedicatoria, sin intentar sostenerlo argumentativamente. La razón es diáfana: la afirmación es insostenible.

2 En el sentido que ha mostrado Niklas Luhmann: que la moral y su reflexión teórica (es decir, la ética) son esferas independientes de lo que ocurre tanto con la evolución del sistema social en el nivel histórico como de la dinámica propia del sistema político. En diferentes lugares, pero puede verse especialmente “Sobre políticos, honestidad y la alta amoralidad de la política” en Nexos 219, marzo de 1996; “Paradigm lost: sobre la reflexión ética de la moral” en Niklas Luhmann, Complejidad y modernidad, Barcelona: Trotta, 1998, y Teoría política en el Estado de bienestar, especialmente capítulo 2, Madrid: Alianza, 1991.

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Publicado en: Libros y autores, Mayo 2012

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