Retrato de un sátiro

Antología personal, de Gonzalo Martré

La sátira martreana tiene la facultad de consumir desde el asco hasta la indignación con carcajadas. La risa, a fin de cuentas, es el motor más eficiente para intentar poner un pie en el piso cada mañana.

La sátira disuelve en graciosos ácidos un momento preciso, una coyuntura que hace cojear al presente. Cuando se satiriza se hace historia del presente, se logra irradiar al acontecimiento luces, pero esas luces provocadas por un golpe férreo en la cabeza, porque, como apunta Gonzalo Martré, la sátira “debe tener un blanco preciso”, aunque de repente se tenga que ir por la ramas, evitando el fuego del contraataque, nomás por su falta de metáfora, es decir, ese fuego tangible que suele ser despedido por las fuerzas satirizadas con la brutalidad propia de los poderosos, sin remilgos, con la impudicia de la impunidad. Pero no debe dejar lugar a dudas. El satirizado debe sentir el ácido de la burla desfigurando su rostro para desvelarlo. La mueca sonriente de la calavera, cómo no.

Y cuando pasa el tiempo, cuando el nombre ha dejado de ser encabezado o comentario constante, la sátira se convierte en artículo histórico, no pierde fuerza ni fiereza y sí gana perspectiva, se masera según el devenir de los asuntos públicos, en el caso de la sátira política, por ejemplo. O se convierte en documento capaz de descifrar el carácter de un pueblo. Al mofarse sin ascos nos descubre y nos hiela, desnudos ante la rudeza con que se fotografía el presente.

Esto es notable en la Antología personal [Estado de México: Cofradía de Coyotes, 2011] de Gonzalo Martré. Cada cuento presume de presente y de una estática movilizada por los años, ya sea en la irresolución de los anhelos de cada personaje o en su conclusión histórica, su defenestración pública o la carcajada arrebatada, propuesta en lugar de lágrimas, reírse antes que llorar, nomás para aguantar los trancazos de la realidad. Así, los políticos descarnadamente ridiculizados por Martré se nos aparecen con rasgos tan similares que pareciera colocar al lector en un tiempo continuo, un círculo inconmovible. Sólo hace falta cambiar nombres, colocar rostros y los usos y costumbres se revitalizan.

No importa la ascensión a la democracia, pues existe una forma de ser tan arraigada que infecta las siglas hoy en boga. Si antes fue el PRI, hoy son el PRD o el PAN los laboratorios donde se confeccionan monstruosidades con perfiles facsimilares, respetando proporciones antropomórficas, sin acceder completamente a lo humano. Cruelmente, el cuento “El hexálogo”se reactualiza en casos cotidianos: quién no ha tenido o tiene el deseo por agarrar hueso y lograr el mexican dream, ése de no trabajar, de ganarse la lotería sin comprar el billete, de alcanzar la cumbre victoriosa del erario público, no a base de esfuerzo e ideología, sino a través del compadre o el amigo. Y si no, por lo menos se conoce el caso y el estruendo de la derrota. En relatos como éste Martré alcanza un poder satírico capaz de sobrepasar líneas de tiempo, incluso épocas, sobre todo porque el blanco de la sátira, por mor de acidez, es el entorno próximo, la costumbre, el propio estómago atosigado por la cotidianidad. Ahí, en lo inmóvil del tiempo presente de la cotidianidad es donde el futuro alcanzó los cuentos más antiguos y los revitalizó. Esto es flagrante en “Repetidos y obsesivos números circulares”, en el título hay ya un tratado sobre la cualidad envolvente del tiempo histórico de los textos y su relación con la actualidad y la historia se regodea en el carácter de varios conocidos (para no decir del mexicano) y en “El hombre que fue dos veces al cine” los masters of the universe financiero y empresarial supuran piel.

La Antología personal de Gonzalo Martré deja al lector con un montón de emociones tan desoladoras que podría extenuar el espíritu: desde el asco hasta la indignación uno navega al punto del naufragio, reconociendo con cada párrafo las arruguitas del rostro golpeado de nuestro mundo, quizá hallando vestigios de belleza que, a la siguiente línea, se deforman monstruosamente.

La ralea política, después de leer “Los 3 deseos”, deja ver la necesidad de su extinción, bueno, mejor dicho, de su aniquilación, pues su virulencia la ha convertido en el parásito más adaptable, con la capacidad de superar las crisis más cruentas y las catástrofes más violentas. Pareciera que al historizar (que no historiar o historiografiar) las actitudes de la gleba gobernante (gleba porque a pesar de la cima no dejan de ser simiescos, tanto simios como habitantes de las simas espirituales de la humanidad) Martré se convirtiera en una especie de ideólogo impolítico, un teórico de las relaciones de poder. Pero no. No es el quid de la literatura martreana, por más que Gonzalo no desconozca los principios de la organización política. El asunto lo salva, precisamente, la sátira brutal y sin ambages.

Este aspecto es clarísimo en el relato “Telépatas”. Esto porque el satirizado, comoapunta el propio Gonzalo Martré, es él. La sátira no tiene principios de adhesión ni aprecia la selección. Para lograrse en su máxima amplitud nada ni nadie debe escapársele y a nada ni a nadie debe darle tregua. Todo es satirizable y el propio autor, a fuerza de convivencia, es un blanco perfecto, porque ¿de quién más se conocen cabalmente las miserias? A mi gusto, “Telépatas”corona perfectamente esta Antología personal de Gonzalo Martré y ya es un clásico. Nos muestra su profundidad textual y la belleza de la urdimbre narrativa que despliega en cada párrafo. Un tejido que avanza en formaciones un tanto barrocas, desparramando oraciones cargadas de gran riqueza de lenguaje para ser rematadas con voces inoculadas de jerga popular, trastocando el inicio con una terminación explosiva.

Esta característica es mucho más palpable en los relatos de ciencia ficción elegidos por Martré para este volumen: “Dime con quién andas y te diré quién herpes”, donde el género no pierde un gramo de rigurosidad, pues es notable el bagaje científico del autor, y la sátira es absoluta. Incluso, al paso de los años, hoy no sólo es brutal, sino también demasiado políticamente incorrecta, casi un crimen de odio (podrían decir algunos) al estar destinada a satirizar la conducta sexual contemporánea, esto en dos sentidos, en el del momento en que fue escrito el relato (en la “posrevolución sexual” ochentera y la resaca que implicó el sida) y el momento actual, donde hay un choque que hace de la lectura del relato algo casi criminal, debido a que, para quienes están imposibilitados para leer entre líneas, suena descaradamente homofóbico. Pero la sátira, ya lo dije, no discrimina. En “Cuando la basura nos tape” Martré dispara al dios del Olimpo literario mexicano para colocar a su personaje fuera de un Distrito Federal convertido en basurero de dimensiones apocalípticas, donde la caca de los perros es la fuente de luz y en “Diarrea” un virus vacía al mundo “por el fundillo”. Al igual que el anterior, en “Diarrea” Gonzalo Martré logra una amalgama de lenguajes tan articulada que el olor a mierda obliga arrugar la nariz con asco. “Los antiguos mexicanos a través de sus ruinas y sus vestigios”es también ciencia ficción y aquí aparece la gran obsesión de Martré: hacia dónde va este país. Su hipótesis, explorada ya en los otros relatos mencionados, es clara. Habrá que leer el libro para descubrirla.

La Antología personal de Gonzalo Martré deja al lector con un montón de emociones tan desoladoras que podría extenuar el espíritu: desde el asco hasta la indignación uno navega al punto del naufragio, reconociendo con cada párrafo las arruguitas del rostro golpeado de nuestro mundo, quizá hallando vestigios de belleza que, a la siguiente línea, se deforman monstruosamente. Sí, no es un libro para documentar el optimismo, eso es harto difícil incluso con libelos de superación personal. Pero tampoco sirve para colgarse de una viga con la corbata burocrática de todos los días. No, de ningún modo, porque la sátira martreana tiene la facultad de consumir desde el asco hasta la indignación con carcajadas. La risa, a fin de cuentas, es el motor más eficiente para intentar poner un pie en el piso cada mañana. ®

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Publicado en: Libros y autores, Noviembre 2011


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