Las apariciones de la Virgen de Salta

Anacrónica salteña

El autor, incrédulo, viajó a Salta, Argentina, para atestiguar por qué tanta gente cree en las apariciones de la Virgen, la primera de ellas a una ama de casa de nombre María Livia. Hoy el Cerrro de las Apariciones es un lugar de peregrinación de miles de personas cada año.

María Llivia Galliano

Fui al Cerro de las Apariciones, en Salta, porque recibí el llamado de la Virgen. Así me lo hicieron entender los veinte mil peregrinos que subieron al cerro conmigo, María Livia Galliano de Obeid —la vidente—, Florencia Lacroze —una de las organizadoras de la peregrinación—, la hermana Benigna —una de las 23 carmelitas descalzas que viven en el convento San Bernardo— y la Virgen, cuya presencia en el cerro se huele, se siente y se ve. No se trata de una broma: el que no asume, aunque sea místicamente, esa presencia, es un terco. En el caso remoto de que esto sea una creación de un ser humano el ideólogo debería alcanzar, como mínimo, el estatuto de fama de Alfred Hitchcock, de Diego Maradona o de la Madre Teresa y ganar un Oscar, una Copa del Mundo o un premio Nobel. Sin embargo, no existe una mente capaz de idear algo semejante.

En 1990 María Livia Galliano tenía alrededor de cuarenta años y vivía con sus tres hijos y su marido, Carlos Obeid, en un barrio de las afueras de Salta, una provincia del noroeste argentino. En esa época trabajaba como ama de casa y llevaba una vida tranquila. En un pequeño libro que nos entregan a los peregrinos antes de viajar se lee: “Nunca imaginó que vería a la Virgen y jamás pidió que eso sucediera”. Fue, entonces, a principios de los noventa cuando la vidente experimentó las primeras manifestaciones sobrenaturales. Según el librito, ella fue la más sorprendida ante esos episodios.

La historia es muy sencilla: una tarde María Livia escuchó en su interior una voz que la interpelaba. La voz joven y cristalina se presentó como “la madre de Dios” y le fue hablando con frecuencia hasta provocarle un cambio profundo. Aunque se advertía en su rostro un brillo inusual, María Livia guardó el secreto durante un tiempo hasta que decidió confiárselo, de manera espontánea y natural, a su familia. A su vez, el diálogo entre ella y “la madre de Dios” se tornaba cada vez más íntimo. Antes de que se produjera la primera aparición de la Virgen, María Livia mantuvo este diálogo con la voz, escalonado en distintos días:

—¿Me recibes en tu casa y aceptas compartir tu hogar conmigo?
—Madre, acepto. A partir de hoy, te pertenece —luego de ese intercambio, la Virgen sonrió.
—Hija, deseo ser coronada como reina en esta casa.
—Si ése es tu deseo, seré obediente y lo haré —la Virgen volvió a sonreír.
—Deseo que me entregues a tus hijos.
—Madre, te los entrego. Desde hoy son tuyos —nuevamente, la Virgen sonrió.
—Hija, quiero estar entre tú y tu esposo.
—A partir de hoy, madre, estarás siempre entre los dos —esta vez la Virgen sonrió con mucha alegría.

El diálogo, que parece extraído de una obra de teatro de Samuel Beckett, terminó así: “Te voy a instruir. Dios tiene designios sobre ti desde toda la eternidad, ¿los aceptas?” Retumbó en el cuarto un “Sí” rotundo, la Virgen emitió una carcajada serena y no dejó de hablarle durante tres años. Algunas amigas, notando la brillantez inusual en la cara de María Livia, le preguntaban, por ejemplo, si había cambiado de maquillaje. “Me sentía como se siente una recién casada. Estaba radiante, mi corazón se transformaba y las cadenas que me separaban de Dios se iban cayendo”, contó María Livia en la conferencia a la que asistí el día después de subir al cerro. Pese a que las fechas son imprecisas, se sabe que la Virgen se le apareció en su casa mientras rezaba el rosario. “Precedida por una enorme luz cegadora, apareció una joven preciosa de unos catorce años, apoyada sobre una pequeña nube, a pocos centímetros del suelo. Sus ojos grandes y azules me miraban extasiados y de sus manos brotaban rayos como cristales. Llevaba un vestido blanco, un velo del mismo color y un manto azul la cubría hasta los pies. Durante tres días no comí y apenas tragaba saliva”, relató, con voz impasible y sin titubeos, María Livia frente a una multitud.

Entonces empezó a ir a misa todos los días y tuvo, como suele decirse, un “director espiritual”, con el que se confesó durante dieciséis años. “Me acostumbré a coexistir con lo extraordinario”, explicó María Livia, “a vivir en el cielo y a bajar de allí para realizar mis tareas habituales”. Cuando la relación entre ella y la joven se afianzó ésta le dijo: “Necesito que cumplas algunos pedidos”. Como los encargos eran imposibles de concretar para la voluntad de un ser humano, la Virgen intervino: “Si quieres, anota, pero más importante es que escuches: yo allanaré todos los caminos”. En primer lugar, la Virgen, en carne y hueso, le exigió “obediencia absoluta” y solicitó, entre otras cosas, que se erigiera en Salta un santuario dedicado a su hijo Jesús, quien también se apareció frente a María Livia en distintas oportunidades. “En cuaresma vi un corazón real latiendo con una herida. Tenía espasmos de dolor y goteaba sangre. Me desmayé, agonicé junto a él y sentí que me moría hasta que Jesús me sacó de ese estado”, describió María Livia, imperturbable.

En 1995 la Virgen le pidió que fuera al convento San Bernardo de las carmelitas descalzas, situado en pleno centro de la capital salteña. Allí, María Livia llegó con un elocuente mensaje de la Virgen bajo el brazo: “Deseo que ellas sean las transmisoras de mis mensajes”. Las carmelitas adoptaron espiritualmente a la vidente —así suelen llamar a María Livia— y los mensajes que recibía de la Virgen empezaron a circular en pequeños papelitos. El 13 de septiembre de 1996, en persona, la Virgen le dijo: “Soy la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús”. Acto seguido María Livia preguntó: “¿Así quieres ser nombrada?” y obtuvo esta respuesta: “Así me conoceréis”. Un año más tarde, Julio Blanchoud —entonces arzobispo de Salta— autorizó la publicación de los mensajes. El librito que los contiene no se vende y nos fue entregado antes de iniciar el viaje.

* * *

La historia del santuario merece un capítulo aparte. La Virgen le indicó a María Livia que debía ser construido en el segundo de los Tres Cerritos, ubicados a media hora de la capital provincial y desde los cuales la vista panorámica de la ciudad es fantástica. El cerro elegido formaba parte de un terreno de cientos de hectáreas perteneciente a la familia porteña Garat. En poco tiempo, los Garat se contactaron con María Livia, viajaron a la provincia norteña y conocieron su obra. La mayoría de ellos —adultos, adolescentes y niños— se convirtió rápidamente, algo que la Virgen pregona en casi todos sus mensajes (“Convertíos pronto”, se lee, por ejemplo, en una misiva del 25 de marzo de 1999).

En la mitad de la historia, cuando está a punto de contarme que su corazón se partió al medio y recibió “la gracia de Dios”, el relato se ahoga en un llanto íntimo, apenas perceptible. Florencia proviene de una familia laica, es arquitecta y dejó todo para dedicarse a la fundación que se encarga de difundir y apoyar la obra de María Livia.

Florencia Lacroze es una de las hijas de María Marta Garat, tiene treinta años y fue una de las últimas de su familia en convertirse a la fe católica. En la actualidad está fuertemente comprometida con la obra de María Livia y su tarea radica, entre otras cosas, en difundirla. La entrevisto en la oficina de Buenos Aires, desde donde se organizan las multitudinarias peregrinaciones a Salta. De manera alternada, tres mujeres de mediana edad atienden el teléfono, reciben a peregrinos y les explican la metodología del viaje. “No es un paseo turístico”, insisten. Florencia y yo nos reunimos en un pequeño cuarto, rodeados por fotos de Gandhi y la madre Teresa, de folletos, organigramas y libritos con los mensajes de la Virgen. Para disipar mis dudas lo primero que me dice Florencia es que la Virgen se aparece todos los sábados “en cuerpo y alma”, en el cerro, bajo la advocación —cada uno de los nombres con que se rinde culto a la Virgen en el mundo— de la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús.

El testimonio de Florencia resulta largo y emotivo. Habla —me doy cuenta un tiempo después— como María Livia en la conferencia; es decir, pausadamente, pero sin vacilaciones, contagiando una suerte de paz, de sosiego reconfortante. En la mitad de la historia, cuando está a punto de contarme que su corazón se partió al medio y recibió “la gracia de Dios”, el relato se ahoga en un llanto íntimo, apenas perceptible. Florencia proviene de una familia laica, es arquitecta y dejó todo para dedicarse a la fundación que se encarga de difundir y apoyar la obra de María Livia. Cuando le pregunto por la conversión —esa palabra, quizá, un tanto temible—, me cuenta que se trata de algo mágico. “Implica un proceso lento, pero dinámico. Yo me convierto todo el tiempo. Transito ese camino y lo transitaré hasta el día de mi muerte”. Según ella, no es broma que Dios es todopoderoso. “Él puede dar vuelta a cualquiera. Por eso, tenés que subir al cerro y comprobar lo que pasa con tus propios ojos”, me dice al despedirme.

* * *

Capilla de Salta

Los siete colectivos zarpan de Buenos Aires al atardecer de un jueves. Salta queda a más de 1,600 kilómetros de la capital argentina y eso implica casi un día de ruta. Cada ómnibus tiene dos coordinadores asignados y cada peregrino (digo “peregrino” más de una vez, para compenetrarme con el personaje) debe elegir un asiento: ése será su lugar de pertenencia hasta la vuelta, el domingo al mediodía. Me instalo al lado de Ricardo. Estudia cine, tiene 28 años y muestra inmediatamente sus dotes de músico mezclando canciones de iglesia con estrofas de Radiohead. Una vez que nos presentamos averigua, de entrada, si es la primera vez que voy al cerro. Contesto que sí y, de entrada, yo también, como para dejar las cosas en claro, le cuento que hago el viaje por curiosidad y le confieso mi agnosticismo. “Es la octava vez que vengo y todavía no me caí”, dice. “¿No te caíste?”, respondo, desconcertado. Se ríe.

Enseguida nuestros coordinadores se presentan. “Somos Flavio y Florencia”, escucho por los parlantes. Cuando levanto la mirada reconozco a Florencia Lacroze. Su presencia, de alguna manera, me calma. “Peregrinación significa sacrificio”, empiezan diciendo y me siento identificado. Luego nos entregan un rosario fluorescente, una estampita de la Virgen, un instructivo con todas las indicaciones necesarias para llegar a buen puerto y el libro de los mensajes. Cuando me dispongo a leerlo, Flavio anuncia por el micrófono que es hora de rezar el rosario. Afuera llueve y hace frío. Antes de cerrar los ojos Ricardo me mira, extrañado. Es que jamás recé el rosario y, aunque no lo voy a hacer, me cuelgo el collar que brilla en la oscuridad y lo escondo debajo de mi remera.

En la primera parada que hacemos oigo hablar con soltura de “hechos sobrenaturales” y de “sucesos extraordinarios”. Intercambio unas palabras con Luciana, una adolescente de Concordia, provincia de Entre Ríos, que viaja al cerro en busca de una respuesta. “Quiero que la Virgen me diga si debo seguir el camino de la vocación religiosa”, admite con desparpajo. Cristian, su compañero de viaje, desea que Jesús, a través de María Livia, le indique si su padrino, que murió hace poco, aterrizó en el Paraíso; Ricardo, mi compañero de asiento, ansía renovar las gracias y sentirse fortalecido; Claudia, una bella mujer de unos cuarenta años, va a pedir por el hijo de una amiga que nació con una malformación en la espalda. En un minuto entiendo que todos viajan con una inquietud o un pedido a cuestas, excepto yo.

El viaje se torna cada vez más tedioso y me siento cansado. “No te olvides de que estás acá porque recibiste el llamado de la Virgen”, me recuerda Flavio. Él festeja las bodas de plata con María Livia: es la vigésimoquinta vez que viaja a Salta y en su cara se dibuja una sonrisa dócil. “¡Mamá, mamá, vino mi amiga Paula!”, le informa una chica a su madre, que es coordinadora. “¡Qué bueno!”, contesta ella, feliz, “tus amigas van cayendo de a poco”. Los peregrinos llevamos un cartelito con nuestro nombre en el pecho: no sé si alucino, pero veo a muchas chicas que se llaman María, Rosario, Ángeles, Luján, Fátima, Milagros… Antes de subir al colectivo Claudia me dice: “Si Dios quiere, nos vemos en el cerro”. Recuerdo que Florencia me contó que, para ella, no existen la suerte o el azar sino la providencia. El parador de la ruta se llama, ¿providencialmente?, La Providencia.

* * *

Llegamos a Salta a la tarde y los coordinadores nos instalan en los pabellones del regimiento de artillería del ejército (los hombres, en un inmenso pabellón; las mujeres, en otro). Como estamos en fecha patria (cada 25 de mayo se conmemora el primer gobierno argentino, creado en 1810) algunos soldados desfilan por un sendero de palmeras tocando el redoblante mientras otros cargan una ametralladora. Dejo mi bolso sobre la cama del soldado Germán Chocobar y enfilo hacia el convento San Bernardo, adonde viven las carmelitas descalzas. Miguel, el taxista que me lleva hasta ahí, me dice que María Livia tergiversa las cosas. “¿Qué cosas?”, pregunto. “No sé”, contesta de manera categórica y desorientado por el misterio, “el que manda es el Vaticano”. Frente al enorme portón de entrada del convento hay una multitud de vendedores ambulantes. Ofrecen desde estampitas, rosarios y cruces, hasta gorros, charangos y hojas de coca.

Le cuento que estoy en Salta porque voy a subir al Cerro de las Apariciones y, mostrándome su sonrisa, dice: “La Virgen se posa allí todos los sábados por designio de Dios y María Livia es su instrumento. Procure no entender esa maravilla con la cabeza —ahí está Satanás— sino con el corazón. Le aconsejo que no busque explicaciones”. Enmudezco.

El convento es inaccesible, pero se sabe que las 23 hermanas que viven allí se contactan permanentemente con María Livia y reciben los videos que Carlos Obeid, su marido, filma todos los sábados en el cerro. Detrás del portón se adivina un cuarto pequeño y oscuro. Sentada frente a una vidriera en la que se exhiben distintos objetos una señora gorda y simpática asegura que conoce a María Livia antes de que la Virgen le hablara. “Aunque era una persona ‘de tener’, siempre fue muy sencilla. Por eso Dios la eligió”, me susurra al oído. Le pregunto cómo se llama y responde, con humor, que, según las carmelitas, los nombres carecen de importancia. A la derecha de la mujer anónima está el torno. Gracias a ese simple artefacto giratorio, empotrado en la pared, cualquiera puede hablar con alguna de las hermanas y comprar una cruz, un rosario o una estampita. Me acerco al torno, toco un timbre blanco, diminuto, y digo, al aire:

—Hola.
—Buenas tardes, hermano, ¿cuál es su nombre?
—Me llamo Esteban.
—¿Qué se le ofrece, joven?
—Quisiera… pedir una audiencia con la madre superiora.
—Nosotras no somos tan importantes como para dar audiencias, hijo.
—Perdón. Quería…
—¿Por qué está aquí?
—Porque no creo en nada, pero creo en creer.
—Está bien, hijo. Cuando una de las hermanas se desocupe le preguntaré si puede recibirlo.

* * *

“¿Cómo te fue?”, inquiere la señora sin nombre. “Bien”, contesto, “ahora debo esperar a que me llamen”. A su izquierda hay una puerta angosta vigilada por una suerte de cancerbero irritable. Por allí entran y salen sin apuro algunos devotos. Al cabo de unos minutos y rendido ante mi impaciencia intento entrar, pero el hombre me lo prohíbe. Luego, no sé cómo, desaparece, y la mujer gorda y simpática me autoriza la entrada. “Aproveche y pase al locutorio”, me indica. Atravieso la puerta. No hay nadie y me siento a esperar, al mismo tiempo que estudio las celosías de clausura, unas esterillas de madera a través de las cuales las monjas que permanecen aisladas en el convento se comunican con el exterior.

Entreveo una silueta lenta detrás de las celosías y me acerco. Ahora tengo enfrente a la hermana Benigna. Me saluda y charlamos media hora. Entre otras cosas, me explica que la conversión se trata de dejar los vicios que se detallan en los diez mandamientos. Le cuento que estoy en Salta porque voy a subir al Cerro de las Apariciones y, mostrándome su sonrisa, dice: “La Virgen se posa allí todos los sábados por designio de Dios y María Livia es su instrumento. Procure no entender esa maravilla con la cabeza —ahí está Satanás— sino con el corazón. Le aconsejo que no busque explicaciones”. Enmudezco. Su sermón resulta entre narcotizante y didáctico. Prosigue: “Usted está aquí por gracia de la Virgen. Recibió su llamado y viajó. Disfrute del abrazo que Jesucristo le dará mañana, cuando él se presente entre usted y María Livia”. Enmudezco nuevamente. Le pregunto por Mario Cargnello, el actual arzobispo de Salta, quien mantiene una postura reticente con respecto a las apariciones y es, en Argentina, la máxima autoridad de la iglesia en torno a lo relacionado con María Livia. “Yo no me meto con él”, apunta Benigna en un tono cordial. A modo de despedida, añade: “Cada uno cree en lo que quiere y nosotras, las carmelitas, a María Livia le creemos todo”. Tal vez por eso la familia Garat les cedió a las carmelitas el terreno en donde está emplazado el cerro, para darle un marco “legal” a la donación.

* * *

Vuelvo a los pabellones del ejército y me dirijo sin escalas a un gran salón adonde se lleva a cabo una misa multitudinaria dada por Jalil, un cura libanés que vive en Argentina desde hace catorce años. En efecto, allí estamos congregados los setecientos peregrinos —en su gran mayoría adolescentes— que viajamos desde Buenos Aires. “María Livia podría haberse quedado en su casa, pero decidió compartir con nosotros los mensajes que recibió de la Virgen”, recuerda, entre otras cosas, el sacerdote. Luego de la misa y de la adoración los soldados del predio despliegan una infinidad de sillas y mesas en el mismo salón y nos sirven un plato de locro hirviente. Los coordinadores, que llevan en el pecho una cintita amarilla, bendicen la comida.

Me siento al lado de Yolanda. Tiene veinte años y me cuenta que ésta será su décima vez en el cerro. “Cuando la veo a María Livia”, dice, “una paz inexplicable recorre mi cuerpo”. Asegura que tomó fotos de la oración de intercesión (el momento en que la vidente apoya su mano sobre el hombro de cada uno de los peregrinos que están dispuestos a recibir las gracias de la Virgen y de Jesús) y que, en la pantalla de su cámara digital, las imágenes se plasmaron con figuras de hostias y estelas de colores. “Una vez saqué una foto y entre María Livia y un peregrino apareció, clarísima, la imagen de un santo”, describe Yolanda. Luego del postre —dos bananas por persona— me cuenta que es epiléptica y que los ataques disminuyeron desde la primera vez que subió al cerro. Miro a mi alrededor: en la mesa algunas caras afichan desconcierto; otras, sosiego. Entiendo que la Virgen del cerro no sólo provee paz y atrae cada vez a más personas hacia el reino de Dios sino que también hace milagros y que María Livia es su instrumento, el medio que eligió para realizarlos.

* * *

“Peregrinos, ¡arriba!”, grita un coordinador por un megáfono. Me visto, tomo el desayuno en el mismo salón en el que tuvieron lugar la misa y la cena y subo al colectivo. Son las siete de la mañana del sábado. Antes de llegar a la base del cerro se ven las montañas, escarchadas, despabilándose con los rayos del sol. A su vez los coordinadores nos piden que abramos nuestro corazón y nos recuerdan que el santuario es un lugar sagrado, con lo cual debemos mantenernos en silencio y vestir correctamente. “Como si fueran a misa”, señalan. A primera vista el cerro no parece muy escarpado; el follaje es tupido, árido y de un verde oscuro. Ya en la base, en el gigante playón repleto de colectivos, nadie habla. Son las ocho de la mañana.

Inicio, entonces, la subida, que dura un poco más de media hora. En el camino algunas personas disimulan un rezo monótono, aprietan un rosario entre los dedos o lloran, mientras otras suben descalzas, sacrificándose; me topo, incluso, con un peregrino que efectúa de rodillas el último tramo del sendero, con las palmas de las manos soldadas a la altura del pecho. El silencio es absoluto: sólo las pisadas como cinta de sonido. Aquellos que están imposibilitados para subir a pie lo hacen en auto o en colectivos dispuestos gratuitamente por los organizadores. Cuando alcanzo la cima del cerro Silvia Giordano, una coordinadora muy amable, me ofrece, sin que medie palabra, un vaso de agua. Aunque es temprano se advierte una cola eterna y prolija para entrar en la ermita, adonde está entronizada la imagen de la Virgen; en otra cola, más austera y caótica, algunos peregrinos esperan su turno para confesarse. Las filas avanzan a paso lento sin que nadie se impaciente.

Paseo por el santuario y veo cada vez más peregrinos. Cerca de la rotonda adonde llegan los colectivos y los autos hay una carpa destinada a los enfermos; allí son atendidos y comen (en el resto del santuario está prohibido fumar, comer y hablar por teléfono celular), mientras esperan a que María Livia les dé la oración de intercesión.

A pesar de que el santuario fue construido en un terreno de desniveles, en el centro se aprecia una suerte de plataforma cementada, cubierta a la altura de los árboles por un inmenso paño de media sombra, una tela que repele los rayos del sol. Alrededor, hay miles de sillas y banquitos —a la manera de un anfiteatro antiguo— en los que se instalan los peregrinos para acceder al escenario y recibir la oración de intercesión, que no tiene nada que ver con la imposición de manos. Los que no hacen ninguna cola ni se sientan en el pasto o pasean lentamente, reconociendo el lugar. Muchísimas personas llevan las fotos de sus seres queridos prendidas al pecho y, de vez en cuando, las acarician. Los servidores, niños y adultos, llevan atado al cuello un pañuelo celeste y se multiplican (según Florencia, hay casi cuatrocientos): los hay repartiendo estampitas, vigilando el sendero, arreglando los jardines, atendiendo a los enfermos… En una carta abierta que 276 servidores de todo el país le mandaron al obispo Cargnello en julio de 2005 se lee, entre otras cosas, que por el trabajo que realizan en el cerro no cobran ni un centavo. A su vez, en una extensa lista incluida en la carta se describen todas las donaciones que hacen posible el funcionamiento del santuario, que está siempre abierto. “Vemos en María Livia a una madre espiritual”, dicen los servidores en el pasaje más emotivo de la epístola. Es cierto que en el cerro no se ve brillar ni una moneda. Antes de viajar se paga una suma de dinero muy accesible y, después, no hace falta abrir la billetera.

Por los altoparlantes, escondidos entre los árboles, se oye una voz nítida y puntual que nos recuerda periódicamente algunos datos de color; luego, surgen los acordes new-age de guitarras y voces tímidas, pero afinadas. En la parte más elevada del cerro se ubica la ermita, donde se encuentra la estatua de la Virgen, una pequeña figura de unos cincuenta centímetros fabricada de acuerdo con las visiones de María Livia. En la puerta de la ermita hay una tusca, un típico arbusto del lugar cuyas ramas están a punto de quebrarse, vencidas por la infinidad de rosarios que cuelgan de ellas. La tusca es, quizá, el elemento más pintoresco del lugar, y la mayoría de los peregrinos da cuenta de su visita dejando allí un rosario, una cadenita o el cartel con su nombre. Pegado a la ermita hay un buzón que engulle miles de cartas por hora. La gente toma un papel blanco de una canasta, anota sus deseos o intenciones (por ejemplo, una chica escribió: “Dios no quiere que estemos con las piernas cruzadas, María Livia. Por eso estoy acá. Gracias por el abrazo que me diste”) y lo echa en el buzón.

Paseo por el santuario y veo cada vez más peregrinos. Cerca de la rotonda adonde llegan los colectivos y los autos hay una carpa destinada a los enfermos; allí son atendidos y comen (en el resto del santuario está prohibido fumar, comer y hablar por teléfono celular), mientras esperan a que María Livia les dé la oración de intercesión. Caminando, me encuentro con Eliseo, un salteño de 75 años que sube todos los sábados al cerro —llueve o truene— desde hace tres años. Su pecho abrigado exhibe las fotos de sus dos nietos, por los que reza día y noche. “Una vez”, me cuenta, “le pedí a la Virgen que se manifestara e, inmediatamente, un rosario cayó del cielo y fue a parar a mis pies”. Según él, sólo en el Paraíso tomaremos consciencia de la dimensión de este fenómeno.

* * *

De pronto percibo el rumor etéreo de un murmullo generalizado. En la rotonda estaciona un Citroën C3 manejado por Carlos Obeid, alias “Pupa”. En el asiento del copiloto está sentada María Livia, quien se baja del coche y se acerca sin prisa a una ambulancia. Camina como habla, despacio y sin titubeos, y, aunque tiene 58 años, su piel parece de porcelana. Lleva puestos varios suéteres, una pollera de tablitas gris larga hasta los tobillos, medias blancas y zapatillas deportivas. El pelo recogido descubre una cara regordeta que denota placidez, hidalguía y una serena comprensión del dolor ajeno. Saluda a algunos enfermos, los toca con las dos manos en la cabeza o en los hombros. Ellos parecen hechizados. Una niña inválida, que hace minutos permanecía estática en su silla de ruedas, ahora patalea sin consuelo, grita, llora y agita los brazos.

Los peregrinos terminan de instalarse en las tribunas, los asientos y los banquitos. Es la hora del rezo. En el centro del escenario cuatro sacerdotes esperan a María Livia. El coro ha cesado su canto, el sol está en su cenit y los miles de peregrinos, sumidos en un silencio arcaico, respetuoso, alistan sus mandalas. Mediante un gesto sobrio la vidente se acuclilla sobre un almohadón y una oración total, magnífica, cubre el cerro. Estoy muy cerca de María Livia, que no se inmuta. A pesar de que la Iglesia todavía no permite que se oficie misa en el santuario éste es el momento más religioso del día, una hora en que la fe se potencia y ocurren cosas inesperadas. Huelo repentinamente un perfume a rosas y le consulto a Ricardo, que está a mi lado, si percibe el intenso aroma. Me contesta que no y se ríe. Al rato oigo un secreteo molesto. Me doy vuelta y les pregunto a tres chicos de qué hablan. Como si se tratara de algo normal explican que, sobre mi cabeza, hay una estela amarilla, una luz potente, pero difusa varada en mis cabellos. Por supuesto, yo no la veo; Ricardo tampoco. Quedo petrificado.

Verifico si se advierte la “danza del sol”, una de las típicas manifestaciones de la presencia de la Virgen. Aunque no veo nada fuera de lo común, fijo mi mirada en el sol durante un tiempo, sin enceguecerme. Hay quienes le toman fotos al sol y, en los visores de sus cámaras digitales, la imagen que se plasma es roja y contiene un corazón o el perfil de Jesús en el centro. Otros llegan al cerro con un rosario de cuentas azules que, extrañamente, cambian de color y se tornan, por ejemplo, violetas o verdes. Muchos peregrinos sienten una somnolencia o un cansancio inimaginables, a algunos les pasa exactamente lo opuesto y otros tantos han visto a la estatua de la ermita llorar con gotas de sangre o sonreír. Al parecer, las manifestaciones de la Virgen son múltiples y no sólo le suceden a María Livia.

Apenas finaliza el rezo del rosario la vidente se incorpora y, sin que medie palabra, les practica la oración de intercesión a los sacerdotes y a un pequeño grupo de enfermos. Los cuatro curas, al recibir la caricia de María Livia en el hombro, caen desplomados, sostenidos cada uno por un servidor. Los servidores más morrudos, al momento de la oración, se ubican detrás de cada peregrino; si éste se cae lo sostienen y acomodan en el suelo. Lo curioso es que los cuerpos, cuando se derrumban, lo hacen en forma completamente vertical, como un álamo recién talado. Los demás servidores ubican a las personas en la plataforma, una al lado de la otra, formando filas larguísimas y geométricas. Mientras eso sucede, María Livia se esfuma en la carpa de los enfermos y, cuando vuelve a entrar en escena, se mueve con pausa, pero ágilmente, como si tuviera rueditas en lugar de pies. Apoya unos segundos su mano izquierda sobre el hombro izquierdo de un peregrino y su mano derecha sobre el hombro derecho de otro peregrino: eso basta para que nadie se quede sin el famoso abrazo y reciba las gracias.

Los que se caen lo hacen con los ojos cerrados, aferrándose a sus fotos, abrazando el aire, sollozando o entrelazando los brazos sobre el pecho. Algunos se quedan un tiempo largo en el suelo (el cura Jalil, por ejemplo, estuvo 45 minutos recostado). Cuando los peregrinos se incorporan un servidor les indica el camino de salida. El rictus de los caídos muestra un sosiego cortés. “Mientras estaba en el piso”, dice Andrea, una formoseña de 51 años, “vi, como en una película, a todos mis seres queridos”. Desde las tribunas los que esperan su turno contemplan, absortos, el espectáculo insólito que se desarrolla frente a sus narices.

Antes de recibir la oración Yolanda estaba nerviosa. Cuando María Livia le tocó el hombro se derrumbó en un instante y quedó acostada durante unos minutos en el cemento frío. Al levantarse estaba mareada y parecía en éxtasis. Se cayó de nuevo y le pasó lo mismo dos o tres veces, hasta que se sentó y recuperó poco a poco el equilibrio. “Apenas abrí los ojos, las nubes estaban rojas”, explica; “por eso me volví a caer”. Una chica uruguaya me cuenta que percibió los ojos celestes de la Virgen en los ojos marrones de María Livia y una señora mayor relata, entre murmullos, que vio la figura de Jesús cuando estaba por desvanecerse. Por mi parte, yo vi cómo un bebé se desarmaba sobre los brazos de su madre: la cabecita se venció y la madre la mantuvo erguida.

Cada vez que María Livia realiza la oración de intercesión el tiempo se detiene y el mundo parece inmóvil, anestesiado: el viento deja de soplar, las ramas de los árboles se adormecen y los pájaros desenchufan su canto. Una paz inusitada copa el cerro y envuelve a las veinte mil almas que desfilan por allí en busca de una prueba de la existencia de la Virgen. Siento algo estremecedor, pero alucinante. A pesar de que el silencio es absoluto percibo una densidad detrás de él, en su antecámara, cierta tirantez entre el mundo de los vivos y el otro, entre aquí y allá, entre lo que se ve y lo que no se ve.

* * *

Son casi las seis de la tarde y no tengo hambre ni sed; es más, ni siquiera siento ganas de ir al baño o de fumar un cigarrillo. Espero, con paciencia, que sea mi turno. No tengo grandes expectativas y estoy convencido de que no me voy a caer. Mi intención radica en mirarle los ojos a María Livia y encontrar en su mirada el celeste radiante de los ojos de la Virgen. Una servidora que se llama Cristina me acomoda en una fila formada por una centena de personas. A mi derecha una señora muy anciana, pequeñita, hurga la tierra con sus pies. Se agacha, toma una piedra y la examina, pasmada. Me la muestra y, sobre una de las caras de la piedra, descubro con nitidez la imagen de la Virgen. La mujer encierra el talismán entre sus manos y espera, emocionada, el momento de la oración.

Ya no sé en qué creer. De pronto, sin que me dé cuenta, María Livia está a dos metros de mí. Da un paso y apoya su mano izquierda sobre mi hombro izquierdo. Enfoco sus ojos, pero no logro sostener la mirada. Mis párpados se cierran involuntariamente, pierdo el equilibrio y caigo de espaldas. Siento que alguien me sostiene y me apoya en el suelo, adonde permanezco sólo unos segundos. Cuando me levanto descubro, entre mareos y una curiosa sensación de levedad, que el servidor que me sostuvo no es otro que el cancerbero irritable del convento San Bernardo, el hombre que, en su momento, me prohibió la entrada en el locutorio. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Mayo 2012

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