El fin de las primeras veces

Entrevista con Rafael Ruiz Espejo

Eduardo, un chico gay de dieciocho años, viaja a Guadalajara para presentar su examen de admisión a la universidad. En una ciudad que le resulta ajena y lejos de la mirada de su madre, lo que parecía una visita de unas cuantas horas pronto se convierte en un día marcado por la fiesta, los encuentros sexuales, los afectos y los errores.

Fotograma de El fin de las primeras veces.

Así, entre el deseo y la incertidumbre, intenta definir quién es mientras descubre que crecer también implica desobedecer. Se trata de El fin de las primeras veces, ópera prima de Rafael Ruiz Espejo.

A propósito del reciente estreno de la película (tras su paso por más de una veintena de festivales, entre ellos los de San Francisco, Guanajuato y Mix México), compartimos la entrevista con el director, así como con el actor Alejandro Quintana, quienes hablaron sobre una representación de la diversidad sexual en el cine contemporáneo desde la complejidad y no desde la complacencia, así como de las alianzas y complicidades que hacen posible que una película exista.

—Al leer las notas que escribiste para el press kit, mencionas que buscas contar historias sobre diversidad sexual sin autocensura y sin tratar de hacerlas complacientes para públicos heteronormativos. ¿Podrías ahondar acerca de esta declaración de principios como director?
—Como pertenezco a la generación millennial me tocó crecer con una falta de representación de la diversidad sexual en el cine mainstream y la televisión. Y cuando, eventualmente, sí la había, se trataba de historias caracterizadas por la tragedia y el castigo. Ahora hay mucha más representación, lo cual es muy bueno y me hace muy feliz. Sin embargo, también considero que gran parte de esa representación mainstream está matizada por necesidades comerciales; tiene que ampliarse para llegar a un público mayor y, en ese proceso, aparece el pudor, se liman las asperezas y todo se vuelve un poco aséptico para que estos relatos resulten más amables para todes.

Yo creo que la vida, además de tener su parte romántica, también es cruda, incierta e incluso violenta. Entonces está chido que comience a haber nuevas narrativas que hablen de eso y que no tengan miedo de incomodar a cierto sector; si van a incomodar, pues que lo hagan, mientras el público queer sí se sienta identificado en su totalidad, en sus claroscuros, en su complejidad humana. Que todo lo que nosotres consideramos bello y hermoso pueda verse en pantalla sin necesidad de suavizarlo; vaya, que sea franco.

“Estoy viviendo eso justo en este momento”. Y personas ajenas a la comunidad conectan con la historia desde otro lugar. Eso es algo bonito del cine: nos permite poner nuestra mirada en otra persona y, a partir de ahí, descubrir que no somos tan distintos.

—Hablando justamente de esa búsqueda de representación, ¿de qué manera sientes que una película como El fin de las primeras veces dialoga con el presente?
—Creo que la comunidad LGBTIQ+ la ha abrazado un montón, pero también personas que están fuera de ella se han visto reflejadas, porque esa transición de convertirte en adulto y empezar a desobedecer para poder ser uno mismo es una experiencia que compartimos todes. Pero el trayecto que vivimos las personas queer respecto a eso sí es muy particular. Existe una herida ahí, y creo que a quienes nos ha tocado atravesarla nos reconocemos en la película.

Mucha gente queer me ha dicho: “Sí, ése soy yo, veo ahí mi adolescencia”, o “Estoy viviendo eso justo en este momento”. Y personas ajenas a la comunidad conectan con la historia desde otro lugar. Eso es algo bonito del cine: nos permite poner nuestra mirada en otra persona y, a partir de ahí, descubrir que no somos tan distintos.

En el recorrido que ha tenido la película, nos hemos encontrado con festivales cuyos programadores la consideran retadora para sus públicos. Me parece muy condescendiente asumir si el público está listo o no para ver algo. Y eso aplica incluso dentro de espacios que se supondría fueran afines a la película, porque los festivales queer también tienen sus criterios y sesgos.

—Alejandro, ¿cómo llegas tú al proyecto?
Por azares del destino (risas). Yo estudio en la escuela de cine de la cual Rafa es egresado (el Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño, en Guadalajara). Un día fue a visitar la escuela, yo bajé unas escaleras rumbo al baño y pasé frente a él y, sin saberlo, ese fue mi casting (risas). Creo que Rafa vio algo en mí en esos instantes y le agradezco mucho la confianza. A partir de ahí vino todo un proceso. Rafa modificó su guion para integrar ciertas cualidades que tengo como actor natural. Luego vino la lucha que emprendió por conseguir el financiamiento, armando la carpeta de producción con mi foto y las de mis compañeres. Fue algo arriesgado y difícil, pero poco a poco el proyecto fue tomando forma hasta que finalmente logramos hacer la película.

Yo recibí el guion una semana antes de empezar a filmar y desde el inicio entendí muy bien la visión de Rafa y que quería contar esa historia sin embellecer artificialmente las cosas, porque algo muy importante dentro de la película es el descubrimiento sexual y estos primeros acercamientos que tiene el personaje, los cuales tienen muchísimos matices. Está el primer encuentro, que es más romántico, donde hay nervios y torpeza; luego momentos mucho más incómodos debido al torbellino que está pasando por su mente, entre dudas, represiones y quizás con la voz de su mamá rondándolo; después otros más liberadores, más carnales, como el encuentro cuya imagen aparece en el póster de la película —un trío tras una noche de fiesta.

No todo el sexo es igual. Comprendí que era algo muy importante para la película y que, más allá de esa costumbre que a veces tiene el cine mexicano de querer resolver cualquier drama con una escena de sexo, aquí todo tiene una razón de ser.

Y eso me parece muy valioso, porque no todo el sexo es igual. Comprendí que era algo muy importante para la película y que, más allá de esa costumbre que a veces tiene el cine mexicano de querer resolver cualquier drama con una escena de sexo, aquí todo tiene una razón de ser. No es un capricho lo que plantea Rafa; mostrar estas escenas tal como son también forma parte de la honestidad de la película.

—(Habla Rafael) Complementando lo que acaba de decir Alejandro, estas escenas no están hechas para provocar ni para escandalizar. Esa es mi mirada: pongo la cámara donde tiene que ponerse y dejo que éstas duren lo necesario para capturar algo humano dentro de ellas.
Al ver los créditos descubrí que Ruth Ramos —actriz de cintas como La región salvaje, Canción de invierno y La eterna adolescente— participó en la dirección de casting y en el acompañamiento de los actores.

—(Rafael) Sí, Ruth fungió como acting coach, pero además tuvo un papel muy importante como coordinadora de intimidad. En ese momento no la nombramos así, porque su trabajo iba mucho más allá: también era un acompañamiento emocional para los actores.

Esta película tiene una carga de intimidad muy grande, así que era fundamental que todes se sintieran seguros y supieran exactamente qué iba a suceder en cada escena. Ruth ayudó muchísimo a que existiera una comunicación muy clara entre el elenco, ella y yo, especialmente respecto a los límites de cada quien; qué sí podía hacerse y qué no.

Fotograma de El fin de las primeras veces.

La cámara —sobre todo cuando está tan cerca de los cuerpos y los rostros— percibe inmediatamente cuándo alguien está mintiendo o cuándo realmente se entrega a la escena. Por eso era necesario generar un espacio de confianza donde todo pudiera sentirse genuino. Y gran parte de eso se lo debemos a Ruth.

—¿Y cómo fue para ti ese proceso de trabajo junto a Ruth y tus compañeros, Alejandro?
—Ruth fue un faro, totalmente. Era mi primera vez frente a una cámara, igual para Carlos López Cervantes, quien interpreta a Mario, el chico con quien Eduardo, mi personaje, tiene sus primeras experiencias sexuales. Pabel Castañeda y Jaime Bernache ya habían trabajado con Rafa en algunos de sus cortometrajes, pero tampoco habían actuado en un formato largo. Con Ruth aprendimos muchas herramientas para trabajar desde la honestidad y quitarnos ciertos tapujos, lo cual no es sencillo. Eso nos permitió escuchar al compañero, ser receptivo y conectar con lo que estaba pasando en la escena.

Rafa generaba una atmósfera muy libre. El guion estaba ahí como una base, pero improvisábamos mucho y probábamos cosas constantemente. Y creo que eso se nota en la película, porque ves a personas sintiendo de verdad. Nunca hubo conflictos ni situaciones que rompieran la dinámica de trabajo. Todo lo contrario: fue una experiencia retadora, pero muy divertida.

—A propósito de tus cortometrajes anteriores, en Invierno (2021) ya veíamos a un protagonista que, tras años de distancia, vuelve a convivir con un padre con quien parece tener poco en común. En El fin de las primeras veces, aunque la mamá de Eduardo nunca aparece en pantalla, su presencia se hace sentir a través de las llamadas telefónicas, ejerciendo una tensión constante sobre él. En ambos casos, los padres forman parte importante de los conflictos que atraviesan los personajes. ¿Qué te interesa de ese tipo de relaciones familiares?
—Cuando comenzamos a convertirnos en adultos siempre estamos en conflicto con la autoridad. Y la primera autoridad que tenemos enfrente son nuestros papás. Yo quiero insistir en la idea de desobedecer, porque desobedecer es empezar a definir quién eres realmente. Antes de eso, muchas veces sólo estás siguiendo órdenes o indicaciones que, sí, quizá vienen desde el amor o la protección, pero también desde prejuicios heredados por la sociedad. Entonces hay que romper con esa primera autoridad y también enseñarles a los papás qué reglas sí nos protegían y cuáles nos estaban haciendo daño. Así que invito a una rebelión adolescente (risas).

Como me preguntan mucho qué tan autobiográfica es la historia, me dijo en tono de broma: “Parece que la película está inspirada en una noche de muy malas decisiones”.

Necesitamos experimentar la vida. Y hacerlo implica equivocarse, darnos nuestros putazos y aprender de ellos. En uno de los festivales donde se exhibió la película un espectador se me acercó para platicar. Como me preguntan mucho qué tan autobiográfica es la historia, me dijo en tono de broma: “Parece que la película está inspirada en una noche de muy malas decisiones”. Y aunque no lo dijo con mala intención, el comentario se me quedó grabado porque me sentí juzgado y me hizo pensar mucho en las decisiones que toma el personaje de Eduardo, que están inspiradas, por supuesto, en aquellas que yo tomé en algún momento.

Creo que más que “malas decisiones”, para mí son decisiones libres. Si esta película la hubiera dirigido mi mamá, el personaje termina el examen y se va directo a su casa, y probablemente esto se habría convertido en un cineminuto (risas). Pero Eduardo elige quedarse, conocer gente, explorar el mundo y asumir las consecuencias. No todo es maravilloso: hay crudas, corazones rotos, culpas y preguntas sobre qué sigue. Y eso me parece profundamente bello. Me gustaría que la gente encontrara algo de eso en la película: la idea de que nos podemos equivocar muchas veces sin que eso nos convierta en malas personas. Al final, todes estamos haciendo lo mejor que podemos.

—Gran parte de la película está construida a partir de encuadres muy cerrados, por ejemplo en la larga secuencia del antro. ¿Cómo pensaste esa propuesta visual junto con tu fotógrafo, Bruno Herrera, con quien ya habías trabajado anteriormente?
—Yo quería que la cámara estuviera siempre a la altura de Eduardo, muy cerca de él, para que el espectador sintiera sus emociones y viera el mundo a través de su perspectiva. En esa construcción terminó convirtiéndose en una película de close–ups. La idea era permanecer en su piel. Gran parte de lo que ocurre a su alrededor suele quedar fuera del encuadre y lo descubrimos a través del sonido.

Siempre me han gustado los movimientos de cámara y los planos secuencia caóticos. Eso iba muy de la mano con la libertad en la dirección de actores. Yo platicaba mucho con Bruno y le decía que no quería limitar a los actores para que “se vieran bien” frente a cámara. Le decía: “El actor va a ser libre y la cámara va a tener que hacer lo que pueda” (risas). Si se perdía el foco o el actor rompía el movimiento que la cámara esperaba, obligando a Bruno a improvisar, eso también podía formar parte de la toma. Creo que esa lógica dialoga con el espíritu mismo de la película.

—Y justamente en la secuencia del antro, ¿cómo fue la selección musical?
—Fue algo extraño porque, en general, trato de no usar música en mis películas. Siento que frecuentemente se utiliza como una herramienta que limita al espectador y le indica qué debe sentir en cada momento: “Aquí lloras” o “Aquí te emocionas”.

Fotograma de El fin de las primeras veces.

Pero la naturaleza de este guion implicaba mucha música diegética. Estamos hablando de fiestas, antros y espacios nocturnos donde la música forma parte de la experiencia misma. Por eso la película terminó teniendo muchísimas canciones, casi todas de compas muy talentosos y talentosas que generosamente me dieron la bendición de usarlas. Y también hay canciones de gente que no son mis compas, pero que me gustaría que lo fueran, como María Daniela y su Sonido Lasser. “Baila duro” era una de las pocas canciones que tenía claro que quería incluir desde el principio. Mientras escribía ciertas escenas ya la escuchaba en mi cabeza. María Daniela es una referencia importante para la noche queer, y siempre me ha parecido muy bonito ver cómo artistas que proponen cosas fuera de la norma encuentran eco en públicos que también viven fuera de ella.

—Entre los productores de El fin de las primeras veces se encuentra Luna Marán. Anteriormente había producido Los años azules (Sofía Gómez–Córdova, 2017), otra película situada en Guadalajara que, al igual que la tuya, sigue a personajes jóvenes que intentan definir quiénes son mientras se emancipan. ¿Cómo se integró al proyecto?
—Luna y yo fuimos compañeros de generación en la universidad, la cual tiene una visión muy humanista del cine que creo que marcó nuestra manera de entenderlo. Compartimos muchos años de amistad y formación ahí. Ella ya había participado en la producción de mi cortometraje Verano (2022), así que fue muy natural invitarla a esta película. Además, conocía la historia desde que era apenas una idea que yo imaginaba como un cortometraje. Fueron mis maestros de guion quienes me dijeron: “No, esto es para un largometraje”, así que tuve que guardarla durante mucho tiempo y desarrollarla más.

Cuando finalmente tuve el guion se lo compartí y de inmediato se sumó al proyecto. Luna ayudó mucho a pensar la producción de una manera distinta y a construir un modelo propio, incluyendo la posibilidad de filmar fuera de la Ciudad de México y trabajar con lógicas menos cercanas a la industria y más próximas a formas de organización colectiva. Esa mirada fue muy importante para la película.

—Otro de los productores de El fin de las primeras veces es Luis Pacheco, con quien has colaborado durante los últimos años, tanto en proyectos dirigidos en conjunto como de manera individual. ¿Cómo es esa dinámica de trabajo?
Luis fue uno de los primeros aliados de la película. Con él hice el primer desarrollo del proyecto, las fotos para la carpeta de producción y las primeras búsquedas de financiamiento. Fue una de esas personas que estuvieron día y noche ayudando a levantar este sueño. Cuando las cosas no se armaban, Luis era quien me levantaba del piso. Y es curioso, porque hoy existen muchas más herramientas y oportunidades para hacer cine que antes, pero eso no quita que el proceso sea menos difícil. Al final estás poniendo tu alma y tu corazón en un proyecto, así que cada rechazo se siente como un rechazo a una parte de ti. Por eso, personas como Luis o Luna hacen que uno pueda seguir resistiendo. ®

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Publicado en: Cine

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