El mercado de Los Ángeles

Un tianguis del sur en los United States

Más allá de los predicadores y los puestos de comida mis ojos descubrieron, sobre las banquetas, un mercado al aire libre. Era un mercado de cosas usadas y baratijas que contrastaba con la imagen que veía al fondo de la calle: una imagen de postal, iluminada por la luz de la tarde, la de los rascacielos del distrito financiero de Los Ángeles.

Apenas bajar del automóvil, luego de recorrer despacio desde la costa el suntuoso Wilshire Boulevard en dirección al centro de Los Ángeles, al llegar al mítico MacArthur Park, lo primero que acudió a mi memoria fueron algunos recuerdos de los años ochenta. Cuando caminar por aquella zona de la ciudad era una peligrosa aventura. Una época en que toda el área aledaña al parque era permanentemente azotada por una fuerte ola de violencia. Violencia relacionada con el excesivo consumo de la flamante droga sintética llamada crack y la presencia constante de la naciente Mara Salvatrucha. Ese grupo pandilleril, formado principalmente por adolescentes refugiados de las guerras que en esa época devastaban varios países centroamericanos. Aquella ganga, como se les conoce a las pandillas en el argot chicano, fue formada principalmente como un signo de identidad. Para diferenciar a este grupo de jóvenes expatriados de los jóvenes mexicanos y méxico-americanos que llevaban varias generaciones habitando distintas partes de la geografía angelina.

Era la época en la que, debido a una profunda crisis económica, el gobierno estatal, al no tener recursos suficientes, había puesto a circular por las calles a todo tipo de enfermos mentales.

Cerré la puerta del automóvil al recordar en ese momento con claridad algunas cosas de aquella época, cuando caminar por esa zona era internarse en un laberinto de horror, en el que a cada paso uno se encontraba con algún desquiciado perdido en el interior de su cabeza por cualquier razón. Era la época en la que, debido a una profunda crisis económica, el gobierno estatal, al no tener recursos suficientes, había puesto a circular por las calles a todo tipo de enfermos mentales.

En el famoso parque MacArthur, dominado por la presencia de los cholos de la Mara, cualquier acto de barbarie era posible. La venta y el consumo de droga en la zona era al por mayor. Por tanto, uno debía caminar siempre atento. Porque lo mismo molían a golpes a cualquiera por diversión o asesinaban a alguien para despojarlo de unos cuantos dólares para comprar más droga.

Desde la última vez que me aventurara a caminar por esas calles y hasta el día de hoy han transcurrido ya muchos años. Ahora, a simple vista, todo parece distinto.

Mientras me alejaba de mi automóvil pude percatarme a un lado y otro del parque de la presencia de varias familias, parejas y hombres solitarios que disfrutaban de los últimos rayos del sol de la tarde.

Tenía dos horas de haber descendido de un avión que me trajo desde la Ciudad de México hasta aquí, por eso aún me costaba distinguir entre una realidad y otra. Mientras caminaba sobre la calle Alvarado, las imágenes de mi reciente visita al D.F. se iban mezclando con el presente. Un presente en el cual, no obstante la distancia que separa a un lugar de otro, en cierto modo era como si nunca hubiera cambiado de realidad; los rostros de hombres y mujeres centroamericanos y los rostros indígenas y mestizos de los mexicanos que me encontraba al paso, además del entorno en el que el paisaje urbano, dominado por cantinas y fondas en las que se ofrecían tacos, pupusas y cerveza Corona y Tecate, me hacían sentir como si todavía caminara por alguna calle laberíntica atrás de la Catedral de la Ciudad de México. Observando con atención tiendas y banquetas, los productos expuestos a la venta eran similares a los que se venden en cualquier pueblo o ciudad de Latinoamérica: discos y películas piratas, ropa y zapatos importados de China, baratijas de plástico, artículos e imágenes religiosas y un montón de cosas más que me hacían sentir que entre una ciudad y otra no había miles de kilómetros de distancia, ni cuatro horas de vuelo.

Caminar por estas calles, recién desembarcado, treinta años después, empezaba a convertirse en una experiencia única. Conforme avanzaba por aquel sitio, en el que calles, casas y establecimientos comerciales eran cada vez más decrépitos, aumentaba la sensación de encontrarme caminado por cualquier barrio popular de algún país al sur. A dondequiera que miraba mis ojos se encontraban con artículos y objetos que supuestamente pertenecían a otra realidad: vestidos para quinceañeras, botas vaqueras y sombreros, pan de dulce y churros, tamales, veladoras y amuletos, vírgenes y santos, pócimas mágicas para deshacer embrujos… Fue al llegar a la esquina donde se cruzan la calle Seis y la Alvarado donde me recibieron los gritos de un grupo de fanáticos cristianos. Como poseídos, con Biblia en mano, gritaban a los transeúntes que se arrepintieran de sus pecados… Unos pasos más adelante, sobre la misma acera, mi olfato fue abofeteado por un feroz olor a fritangas, proveniente de un improvisado puesto callejero en el que vendían hot-dogs, tacos de bistec y quesadillas. En otro puesto vendían pupusas salvadoreñas y elotes con crema y chile.

Fue al llegar a la esquina donde se cruzan la calle Seis y la Alvarado donde me recibieron los gritos de un grupo de fanáticos cristianos. Como poseídos, con Biblia en mano, gritaban a los transeúntes que se arrepintieran de sus pecados…

Poco más allá de los predicadores y los puestos de comida mis ojos atónitos descubrieron, a ambos lados de la calle, sobre las banquetas, un mercado al aire libre. Era un mercado de cosas usadas y baratijas que contrastaba con la imagen que veía al fondo de la calle: una imagen de postal, iluminada por la luz de la tarde, la de los rascacielos del distrito financiero de Los Ángeles.

Sin pensarlo un segundo me aventuré a dar un paseo entre los puestos. Descubrí zapatos usados, computadoras viejas, joyas de fantasía, ropa fuera de época, películas piratas, perfumes de imitación y hasta refrigeradores y colchones de segunda mano.

Aquellas imágenes me parecían insólitas, sobre todo teniendo en cuenta la ciudad en la que me encontraba: una ciudad gloriosa del primer mundo…

Sobre la alambrada de un estacionamiento para autos un vendedor tenía colgadas una surtida variedad de pantalones y camisas. Al final, esas imágenes no eran tan extrañas pues, pensándolo bien, eran parecidas a otras que ya había visto en ciudades como San Francisco, Chicago y Nueva York.

Luego de andar un rato y de hacer unas cuantas fotografías, me sentía simultáneamente transportado a la calle Misión, en San Francisco, y al Boulevard Roosevelt, en Queens, Nueva York. A la costa Oeste, donde los mayas yucatecos, chiapanecos y guatemaltecos transitan y venden sus mercancías de origen autóctono. Y a la costa Este, donde mixtecos, aymaras y quechuas pregonan sus mercancías, compitiendo con el desquiciante ruido que producen las ruedas de acero del tren elevado que recorre Queens desde Manhattan hasta Flushing.

Quizá estas imágenes y el barullo de gente comprando cosas usadas y hasta robadas y puestos de comida callejera también pueda interpretarse como un signo de resistencia velada. Una resistencia pasiva por preservar viva una ancestral tradición mercantil que ocurre en plazas y calles de distintos pueblos y culturas.

Quizás estas imágenes de puestos de baratijas y cosas usadas, improvisados en las calles de las grandes ciudades de la Unión Americana, puedan interpretarse como un signo de la última gran crisis económica que afectó principalmente a la clase trabajadora del país entero. Pero, quizá, estas imágenes y el barullo de gente comprando cosas usadas y hasta robadas y puestos de comida callejera también pueda interpretarse como un signo de resistencia velada. Una resistencia pasiva por preservar viva una ancestral tradición mercantil que ocurre en plazas y calles de distintos pueblos y culturas. Una resistencia sutil a la gran voracidad con la que las corporaciones multinacionales acaparan la venta de todo tipo de artículos de consumo, desde una simple taza de café o un poco de agua hasta medicinas, ropa, alimentos y libros.

Una voracidad mercantil que no sólo acapara y destruye las pequeñas economías locales y familiares, sino que transforma y hasta destruye, sin importarle nada, memorias, historia y culturas ancestrales. Sólo con el fin ilusorio y abstracto que significa la acumulación de números. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Julio 2013

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  1. Hola Toño: Está muy padre tu artículo, nostálgico, descriptivo y profundo, la semana pasada fuí a la Lagunilla después de muchos años de no pararme por allá, me dió mucho gusto redescubrir esas increíbles escenificaciones que crean los vendedores, estar ahí y comprar si que tiene mucho de intercambio alterno.
    Felicidades por tu trabajo fotográfico y por tu ensayo. Irma

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