Hacia el país de Rulfo

Diario de un espectador, XII

Hablar de libros y de música, de poesía, de pájaros, flores y árboles, dos caballos mansos, y después emprender el camino al Llano Grande.

Fotografía de Juan Rulfo.

Atmosféricas. Leve frío. Pasa el dos de diciembre y gira la vuelta cincuenta y cinco del pasmo y la maravilla, del primer pan. El jardín entero se llena de amigos, lo celebra.

* * *

La casa encendida. Es una frase del enorme poeta español Luis Rosales. Así se llama cierta notoria institución madrileña situada en el castizo e inolvidable barrio de Lavapiés. Pero ampliemos el campo de batalla y tomemos el verso de Rosales tal cual: Encender una casa, prenderla, incendiarla, entregarla al viento del tiempo que habrá de devorarla, a veces de transfigurarla en cenizas, o in a blaze of glory, como dijo otro poeta eléctrico. Las casas se encienden con método: una idea, una iluminación, titubeos, torturas, y luego unos primeros cimientos, unos primeros muros. Recintos, cuartos, ventanas de ardua proporción, una chimenea difícil de poner en su lugar, el patio, el corral para la caballada, el jardín, el estanque, el aguaje para el estío; los primeros pasos del incrédulo o escéptico patrono: a sus ojos todo va quedando muy chico, muy grande. Lo verdaderamente crucial es el azoro de una muchachita que será la heredera, sus descubrimientos: tapancos, aberturas que señalan los volcanes o el Llano Grande, escaleras a ninguna parte, la oscuridad propicia a la uva de la cava trabajosa y pétrea. Precisamente de la aprobación o censura de esta muchachita depende la fortuna de la casa. Si se tiene suerte, la niña sonreirá, y en ese instante la casa comenzará realmente la fogata de amor y cuidados que incendiará el transcurso de la finca. Pero habrá que ser cuidadosos, la niña no se anda con miramientos ni alberga ninguna piedad. La majestad de su mirada determina el triunfo o la derrota. El patrono, sabio, sabe que él simplemente costea la edificación, que los breves años que siempre habitamos las moradas no son más que la continuación de un esfuerzo milenario por domar la intemperie: la del mundo, la del corazón. Que, si el azar o la Providencia así lo deciden, podremos pasar la tenue estafeta de lo que construimos a las generaciones venideras. Quién lo sabrá.

Pero por lo pronto, la casa se levanta, como de la misma tierra, sin los ingenios que irremediablemente le hurtarán su momentánea pureza primigenia. Vendrán carpinterías de puertas y ventanas, minucias culinarias, pisos, muebles más o menos atinados. Y, como dice Kalach, los libros, que son los que verdaderamente hacen una casa. Pero ahora los bravíos muros de piedra, los heroicos empedradores de los patios —semejantes a los egipcios y a los romanos y a los zapotecas—, las pilas de ladrillos insuperables y las tejas en aplicada formación, los aperos de los albañiles sabios y silenciosos, el olor de las tortillas de su almuerzo, el humo leve y azul de sus lumbradas: todo lo irremediablemente perdido. La diosa de los ojos de acetileno, la augusta belleza, por el breve presente, sonríe. Mira los volcanes, pasa la mano por los muros, corrige los tiros de las chimeneas, endereza el lugar de un tanque de natación, extraña la presencia de ciertas fuentes, sueña con una tarde en la que, a lo lejos, en el Llano Grande, cabalguen Pedro Páramo y Fulgor Sedano, en la que Eduviges Dyada —esa otra diosa absoluta— envíe sus destellos a través del aire liviano. Nadie ve a la de la mirada de acetileno. Deambula invisible por la finca y sus patios considerando la remota posibilidad de hacer allí otra de sus moradas. Si acaso, sobre un muro determinado, traza con un dedo las correcciones necesarias: sabe bien que nadie le hará caso, y no le importa. Algo sabe de la necedad de los mortales. A su alrededor, precarios, se afanan el patrono, jardineros venidos de ultramar, albañiles y maestros, consultores, poetas y artistas, biólogos, algún arquitecto atribulado y pensativo.

«Una biblioteca que contenga todo Proust, todo Greene, todo Rulfo, Saint–Exupéry, Milosz, Paz, Arreola…»

Pero viene ya el día, antes de las aguas es la esperanza, en que la nave zarpe, con sus cuadernas inversas prestas a la navegación de las décadas. Y cuando la niña prenda la primera lámpara será entonces la casa encendida. Llegarán los amigos, arderán las chimeneas, vendrá la señora del pan y de las tortillas, de los frijoles insuperables. La musa de la casa, la dueña, establecerá también su dominio. El arquitecto la imagina caminando por el jardín, sentada en un paraje que para ella está precisamente destinado y en donde se sabe, revelará su más plena belleza, devastadora y serena. Todo el recinto está poblado por los fantasmas futuros que el arquitecto cree columbrar. El estanque de los ajolotes y las inevitables sanguijuelas, de los nenúfares y de los lotos; una torre por lo pronto abolida; una biblioteca que contenga todo Proust, todo Greene, todo Rulfo, Saint–Exupéry, Milosz, Paz, Arreola, Lorca y Pessoa, Waugh, por supuesto —la mejor lectura en el campo, el Tigre Lizalde, para tener y entender al tigre en la casa; Balzac y Hugo, Alfonso Reyes, Guillermo Jiménez el de Zapotlán, las crónicas sayulenses de don Federico Munguía Cárdenas, las doctas páginas sobre la Provincia de Ávalos del Yoyo Fernández, las historias de don Luis González. Y Auster, Merwyn, Camus, Baudelaire y Verlaine y Rimbaud el príncipe de todos, D’Ornano, de Certeau, Mircea Eliade, Pérez–Reverte, Marías (padre e hijo), Vila–Matas, Torrente Ballester y León Felipe y Machado, Felipe Ehrenberg, la poesía completa de Gabriel Zaid, obligatoriamente; la de López Velarde, Gorostiza y Pellicer y González Martínez y González León… las temibles novelas de los rusos, el canon de Bloom, todo lo de Alfonso Alfaro, todo lo de Jorge Esquinca, por supuesto, Calvino, Malaparte, Auden, Dylan Thomas y Bob Dylan, Leonard Cohen integralmente.

Y, por supuesto las músicas. Arrancando con José Alfredo Jiménez, Arcade Fire, Los Planetas y Neil Young y Peter Murphy. Mozart todo el tiempo, y Brahms —al que todos queremos. Bowie, Doors, Stones, Stone Temple Pilots, Nine Inch Nails y Johnny Cash, Joan Baez y Joni Mitchell y Judy Collins. Beethoven, claro, y Palestrina, y todos los cantos gregorianos disponibles; Mahler, Stockhausen, Nyman, Glass, Los Locos del Ritmo y Juan Perro, Love of Lesbian, The War on Drugs, Sabina, Serrat, Brel, Brassens, Ferré, Ferrat, Moustaki, Renaud, The Animals, The Who, todo, todo Genesis, Yes. El tema de Rocky IV, Mancini, Morricone, Revueltas y Chávez, Blas Galindo y Moncayo y Consuelo Velázquez; el trío Los Calaveras y el de Los Diamantes, Lucha Reyes y todas las grabaciones de los mariachis de Cocula y alrededores. Javier Solís y Negrete… chance e Infante, y Miguel Aceves Mejía en su totalidad. Y mucho, mucho más. El chiste es que la biblioteca y la música sean tan precisas para la casa como lo serán las estrellas que la amparan.

Y todos los pájaros, todas las flores, y dos caballos pálidos que vaguen, mansos, por el jardín de la noche…

Y así, a la mera, la casa será digna de haber tenido el supremo atrevimiento, de haber jugado el tremendo albur, de hollar esta tierra virgen de cara a los volcanes, camino a San Gabriel.

(Para JD, coautor y patrono ejemplar.)

* * *

El camino que lleva a San Gabriel es particularmente agreste. Los peñascos de Las Niñas, absoluta maravilla, saludan altivos al solitario paso de quien por allí se arriesga, siempre temeroso de que una partida de bandoleros, capitaneados por el infame Pedro Zamora, atraviese un tronco en la carretera y procedan entonces a sus sanguinarias labores. Pero también está la mirada en escorzo al arroyo de los Madroños, a dónde es posible, con García Lorca, llevarse a las muchachas: y yo que me la lleve al río/ pensando que era mozuela/ pero tenía marido… Pero, esta vez, el pueblo es apenas entrevisto. Otra vez será la reiterada comida a la sombra de sus pródigos portales, ir de nuevo a meditar con Marco Aurelio en las ruinas de la hacienda de Telcampana. Pero se alcanza a ver, en su esplendor, una maravilla arquitectónica sangabrielense al puro pie de la pasada hacia Sayula: el conjunto de silos cónicos y de bodegas rossianas y prehispánicas —todo pétreo, indestructible— que allí forman una magistral composición que saluda y despide al viajero. (Bien haría el Ayuntamiento —si es que el abandono que se percibe del conjunto es real— en hacer allí un centro artístico y literario, con talleres y residencias, con jardines y con el único y verdadero museo de Juan Rulfo —aunque patalee la patética fundación que intenta —sólo intenta— secuestrar al grandísimo, inmenso, escritor y poeta que pertenece a todos los jaliscienses, los mexicanos, a toda la humanidad.)

* * *

Bajando a Sayula. El paisaje va mutando imperceptiblemente. Nopales esplendorosos siguen sus interminables rezos por los que por allí pasan. Cantiles de vértigo, colores imposibles, piedras azules como las de la casa de donde salió la expedición, el motor que ronronea atento a las curvas traicioneras, Nina Simone en el radio, bajito, y Amy Winehouse que es la guía del trayecto. El aire de repente caliginoso y la rosácea extensión de las playas extraordinarias anuncian que está próxima la llegada a esa augusta población a la que el carretero siempre seguirá yendo, en donde el Ánima chocarrera aguarda.

Cantiles de vértigo, colores imposibles, piedras azules como las de la casa de donde salió la expedición, el motor que ronronea atento a las curvas traicioneras, Nina Simone en el radio, bajito, y Amy Winehouse que es la guía del trayecto.

La plaza es una fiesta permanente. Tal vez en ningún lugar de este país haya esa colección de portales de una factura exquisita y original. Frente a ella, la antigua escuela de Párvulos del pueblo experimenta una transformación. De estar en el abandono y bajo la zafia amenaza de su demolición, ahora se transfigura en otro santuario rulfiano. Se llamará La Rajada, o la Herida, o DOSjardines… Baste por lo pronto decir que habrá los dichos jardines: el del paraíso, el del infierno. Galerías, biblioteca, talleres, ocio y recreo, una pérgola que aprenda a platicar con los portales. Y un sótano en donde, tras la completa oscuridad, un rayo de luz proveniente de una torre iluminará tenuemente lo que de Pedro Páramo quedó. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.

Y un mirador. Y, a dos cuadras, un patio hospitalario donde reina el arrayán más grande y magnífico que en el mundo se haya conocido. Caso similar al del fresno más grande del mundo, situado en la cercana hacienda de Santa Cruz del Cortijo, al pie de un manantial inigualado. O al de la jacaranda que está en el mero y preciso centro de la —por el momento— derrotada y tricentenaria hacienda de la Cofradía del Rosario, pegada a la laguna de Zapotlán. Así, el país de Rulfo prosigue con sus historias, con sus maravillas sin cuento. …me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. ®

Compartir:

Publicado en: Apuntes y crónicas

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *