NO HAY UN MUNDO MEJOR

El día que la vea la voy a matar, de Guillermo Fadanelli

Existen obras que se desmoronan con el paso del tiempo. No es éste el caso de El día que la vea la voy a matar, libro de Guillermo Fadanelli publicado por primera vez en Grijalbo en 1991 y reeditado ahora por la Editorial Moho.

Hay hits musicales que a duras penas resisten el paso del tiempo, una excrecencia nostálgica que suele poner más en evidencia a los músicos décadas después del momento de su éxito que ensalzar sus virtudes, a estas alturas puros tics repetitivos, gestos de una juventud y rebeldía perdidas desde hace mucho. Los revivals tan de moda en festivales no son más que una especie de turismo de la arqueología del pop-rock a través de sus adocenados, mediáticos y ya pellejudos supervivientes con sus estudiadas poses de rebeldía barata. Puras anécdotas del trasnochado star system por las que no vale la pena pagar mucho.

No es éste el caso de El día que la vea la voy a matar, libro de Guillermo Fadanelli publicado por primera vez en Grijalbo en 1991 y reeditado ahora por la Editorial Moho, que dirige Fadanelli junto a Yolanda Martínez, y que engrosa la lista del catálogo en esta segunda etapa de la aventura editorial iniciada hace poco más de un año, haciendo de éste el quinto título de la nueva época.

Su relectura, la primera lectura para muchos que no conocieron la primera edición, transportará a los lectores habituales de Guillermo Fadanelli a las pulsiones y atmósferas enloquecidas que este prolífico escritor narraba (y vivía) veinte años atrás.

Su relectura, la primera lectura para muchos que no conocieron la primera edición, transportará a los lectores habituales de Guillermo Fadanelli a las pulsiones y atmósferas enloquecidas que este prolífico escritor narraba (y vivía) veinte años atrás.

Este conjunto de relatos, algunos muy breves, rezuman una dosis de exceso del absurdo, casi surrealista, tomado como anomalía necesaria un contrapunto descabellado a una “normalidad” institucionalizada y promovida desde la televisión entre otros entes que, ahora, con la debacle social y económica que atravesamos, ya todos sabemos que era una utopía descafeinada, desesperada y falaz, y que sobre todo obedecía a intereses de la derecha oligarca y la pretendida izquierda liberal e intelectual que se comporta(ba)n como mafiosos empresariales de la cultura. Al fin y al cabo, diversas vías para llegar al mismo punto: el colapso y la estupidez social absoluta.

Quizás esta idea del colapso, de lo imposible, se ejemplifique de manera más contundente en el relato con el que abre el libro, “Rogelio contra el muro”, donde el en un principio involuntario compañero de cuarto del narrador tiene un único objetivo en la vida: lograr atravesar la pared y aparecer del otro lado, a costa del insomnio de su room mate quien en un arranque de extraña solidaridad se convierte en su enfermero y cómplice, a cambio de que sus intentos ocurran una vez que éste se haya ido a trabajar para no ser despertado abruptamente.

Pareciera que en este relato Fadanelli nos quisiera decir que todo aquel que quiera cambiar su realidad está condenado a estrellarse una y otra vez contra un muro, y sólo la piedad combinada con el engaño harán creer a Rogelio que sí logró su cometido de atravesar la pared. ¿No es esto una parodia de lo que viven millones de mexicanos tratando de cruzar al otro lado? ¿O los de aquellos que creen en la justicia social y en el trabajo en un país de aprovechados y sanguijuelas que sobreviven a la sombra de la impunidad que ofrecen las diferentes instituciones? ¿Y qué decir del lado de los diáfanos terrenos de la cultura?, hiperpoblados por esos mequetrefes pedantes cuya única habilidad es aferrarse con los dientes a los subsidios y a una estrafalaria idea de pírrico poder.

Pareciera que en este relato Fadanelli nos quisiera decir que todo aquel que quiera cambiar su realidad está condenado a estrellarse una y otra vez contra un muro, y sólo la piedad combinada con el engaño harán creer a Rogelio que sí logró su cometido de atravesar la pared.

La atmósfera predominante de los relatos incluidos en El día que la vea… es la desesperanza y la incomprensión del mundo actual, como sucede en “Macabeos”, minirrelatos de seis personajes en los que las situaciones que viven los llevan a todos a una misma reflexión: quitarse la vida de inmediato. El motivo, por insignificante que parezca, al fin y al cabo, es lo de menos.

Como en una parábola contemporánea en la que la vida no vale nada, varios relatos están orquestados de tal modo en que ninguna de las situaciones límite que se presentan haya lugar para la solidaridad o el afecto en ninguno de los personajes… Un mundo de perturbados que acaban con la vida de quienes tratan de ser amables con ellos, como la enfermera de un manicomio que, en un rapto de humanidad, organiza una cena de navidad para los enfermos y acaba siendo horriblemente asesinada por ellos frente a su sobrino, quien en un acto de desprendimiento heroico decide que la fiesta debe continuar. O cuando el protagonista de otro de los relatos mantiene relaciones sexuales con las hijas, menores de edad y disminuidas psíquicas, de un amigo a las que supuestamente debe cuidar. Inmisericorde una de ellas, le da un mordisco en el pito; por supuesto que esto no es un resquicio de moralidad o moraleja, porque el violador vuelve a la carga dejando a las “niñas” babeando después de varios episodios obscenos.

Ni qué decir de la madre paralítica de su amigo Mauricio, quien pensando que la estaba entreteniendo mientras hace la comida es profusamente hostigada con obscenidades verbales y hasta orinada en su lucha desesperada por correr al gañán de su hogar.

O en el caso de un accidente automovilístico, en el que la accidentada es subida a un departamento no para ser auxiliada, sino para ser violada y vuelta a dejar en el automóvil para que sea la ambulancia quien se la lleve. O el suicida de la calle Tacuba, que al final decide no tirarse sólo para no dar gusto al numeroso público que se había congregado ante las expectativas de un espectáculo gratis y que conminaban al suicida para que se lanzara de una vez dejando la vía libre para cada quien se dedicara a sus ocupaciones.

Siendo éste un libro de relatos alejado en el tiempo de lo que posteriormente ha ido publicando Fadanelli, más elaborado y cada vez más alejado de la literatura basura que este título oficialmente inauguraba, están todos los elementos que caracterizarán a la literatura de este escritor: desesperanza, absurdo vital y la literatura esgrimida como una triste arma, ante las proporciones del desastre, de denuncia. O quizás no se trate de denunciar nada en particular sino de dejar constancia del sinsetido de la vida en el seno de las sociedades contemporáneas que ya se venía apuntando desde varias décadas atrás.

Como constata después de otro de los intentos de Rogelio, nombre recurrente del protagonista de varios relatos, por llegar a otro lugar, a otra realidad… cuando el narrador le pregunta: —¿Encontraste un mundo mejor? —No, respondió con tristeza.

Y ciertamente este tipo de literatura no se hizo para vislumbrar mundos mejores, sino que queda expuesta, inmersa en los parámetros inquietantes del absurdo, la absoluta e irreversible podredumbre de éste, el que todos habitamos. ®

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Publicado en: Libros y autores, Noviembre 2010

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