Do you want to be famous?

Go to jail

Existen diversas vías rápidas para llegar a la fama, la censura y la muerte suelen ayudar, pero pasar unos días en la cárcel puede conseguirte los titulares de la prensa rosa mundial. La evidencia es incontrovertible.

George Michael literalmente le pidió a la juez: “Póngame las esposas, lléveme a la celda, tengo que aprender”. La cárcel, el castigo público, los juicios mediáticos son catapultas para recuperar la fama, ese monstruo voraz que exige a diario un sacrificio y sin el cual desfallece, se reduce hasta morir de inanición y dejar al sujeto de su adicción desolado y en el abandono. Peor que la pobreza o la enfermedad —que al final es otro motivo de interés para los medios— es perder la fama. Y se recupera súbitamente con una fotografía con un número en el pecho, y aunque esto lleve al personaje a la ignominia trae consigo el premio divino de la popularidad.

Desde el ejemplo de Strauss-Kahn, ¿quién, fuera de los enterados de economía y política, sabía el nombre del director del FMI? Hoy todo el mundo sabe quién es y la importancia de su puesto, por eso la magnitud de la caída. La carrera de Lindsay Lohan se recuperó gracias a sus continuos juicios, ya en el colmo del descaro robó en una joyería para posicionarse de nuevo en los tabloides. Como dijo Jay Leno, “Los jueces son los únicos que llevan a Lindsay a la pantalla”. El castigo ejemplar hace del individuo que lo recibe el representante de la sociedad completa, encarna no sólo a la justicia sino que permite una catarsis colectiva, convierte a la masa en jurado, deja que especulemos con la inocencia o la culpabilidad de sus cargos, nos permite aventurar condenas, nos da una imagen de alguien que antes no tendríamos y nos dice que para eso se castiga, para crear un escenario del miedo, de la capacidad de la ley que a todos alcanza. Esa coartada encubre la ineficacia de encontrar verdaderos culpables, la flexibilidad y la incongruencia de los castigos y las persecuciones, y las vueltas que da la legislación a favor de alguien.

Ya no ponemos como parámetro el sistema legal mexicano, que no tiene punto de referencia ante su ineficacia y patente corrupción, que raya en la violencia más grave. Aquí vemos como detienen con gran ostentación a cantantes y actores por evasión de impuestos mientras que los grandes narcos viven libres, en la total impunidad, y los bancos roban y evaden descaradamente los impuestos que generan con sus transacciones de compra y venta de acciones, y que son cifras infinitamente mayores a los impuestos que puede deber Paquita la del Barrio.

El Estado crea impuestos a los depósitos en efectivo para permitir que el narco legalice sus ingresos, y por eso no hay manera de perseguir el lavado de dinero. Pero Paquita es ejemplar: si a ella le pasa, le puede suceder a cualquiera, esa en la función del castigo.

La cárcel, el castigo público, los juicios mediáticos son catapultas para recuperar la fama, ese monstruo voraz que exige a diario un sacrificio y sin el cual desfallece, se reduce hasta morir de inanición y dejar al sujeto de su adicción desolado y en el abandono.

Esta arma de doble filo, poner al famoso en el patíbulo, le otorga el premio de la luz de los reflectores, es un riesgo que se corre por la fama misma, por recuperar ese placer de mirar ediciones completas de los periódicos dedicadas a su rostro, el close-up. ¿Es un precio que vale la pena pagar? Por supuesto, y lo confirman la enorme cantidad de casos, desde el legendario y ultrarreseñado juicio de O.J. Simpson, con su persecución filmada en tiempo real, hasta los desvaríos drogadictos de Charlie Sheen o los casos de pederastia de Michael Jackson. El paso de Paris Hilton por la cárcel la ayudó a subir aún más los peldaños de la fama. Después de la prisión se consolidó su personaje de rich and dangerous, de rubia de alto riesgo. En el imaginario colectivo ver a alguien que lo tiene todo —éxito, dinero, lujos, ese amor irracional de los fanáticos— con las manos esposadas, es una impresión que acrecienta el apetito por el personaje, lo lleva a lo que de verdad importa: a la morbosidad del espectáculo.

La Revolución francesa no se consagró con la toma de la Bastilla, su clímax, el orgasmo colectivo fue la decapitación de Luis XVI y más tarde a su esposa María Antonieta. Luis fue un rey gris, torpe, insensible, todas las monarquías lo despreciaban, pero obtuvo un lugar en la historia gracias a su decapitación; si hubiera muerto en su cama sería hoy un rey olvidado y sin interés alguno en su figura: existe por el castigo que recibió y la Revolución se convirtió en el movimiento rector de los cambios sociales porque fueron capaces de encarcelar a un rey y a su familia y llevarlos al patíbulo, hacer un espectáculo popular de su muerte, con el verdugo Sansón recibiendo los aplausos de la muchedumbre histérica como si se tratara de un ídolo.

La cárcel es la mitad de la trayectoria de Amy Winehouse, es el mito de seductor de Frank Sinatra, la transfusión en la ya muertisíma carrera de Winona Ryder. Y se la juegan arriesgando poco, porque saben que a pesar de la pena van a recibir un trato definitivamente preferencial. En Estados Unidos robar en una tienda de conveniencia (de las que abren toda la noche) merece una pena mínima de cinco años de prisión, pero a Lindsay Lohan no le dieron ni remotamente ese castigo por robar un collar de 2,500 dólares en una joyería. Una mujer negra acaba de ser liberada después de estar cuatro años en prisión por robar 16 dólares de la caja de una tienda, la soltaron porque necesitaba diálisis y el tratamiento era muy caro para que lo sufragara la cárcel del condado. ¿Se la juegan o están jugando? Para que la fama no se extinga, esto es una apuesta que conviene hasta a los abogados que con el seguimiento del juicio adquieren un lugar en el sistema legal, que les permite cobrar lo que quieran, como los estratosféricos honorarios de los abogados de Strauss-Kahn, William Taylor y Benjamin Brafman, que defendieron en su momento a Michael Jackson, y ya ven, llegaron a un arreglo, pagaron a los padres los servicios sexuales que sus hijos le proporcionaron al cantante, padres que dejaron que sus niños durmieran y vivieran con un hombre adulto, a cambio de dinero, y evitaron que el ídolo del pop pasara a la historia como pederasta, como los sacerdotes católicos.

Contra un famoso son pocos los que buscan justicia, quieren un beneficio extra, y eso es lo que hace del juicio el circo romano de la actualidad, donde los gladiadores pelean cuerpo a cuerpo para ver que el dedo del populacho suba o baje. Este triunfo puede traer dinero o la presencia mediática suficiente para crear arreglos económicos a través de escándalos. Las entrevistas de las víctimas se cobran, las fotografías tienen un tabulador de cotización. Esta vorágine se enreda, crece hasta perderse de vista el objetivo de la justicia, queda el apetito social por el espectáculo, y como en un teatro vergonzoso y profundamente humano todos participan: los criminales, los jueces, los medios, las víctimas y la gran boca de una sociedad que pide más y nunca se siente satisfecha. ®

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Publicado en: Cárceles, Destacados, Junio 2011

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