Ficción de pulpa

Why do we feel that we need to yak about shit in order to be comfortably? That’s when you know you find someone special: when you can just shut up, and enjoy silence.
—Uma Thurman, Pulp Fiction

—Sécame suavemente, todavía me duele el brazo —me dijo, y empezó a llorar.

© Alva Bernardine

La había untado con loción fragante, le había lavado el pelo con el champú que olía a flores del campo, la enjaboné con una pastilla de esencia de manzanilla, y así, desnuda, oliendo a manzanilla y llorando, me volví a enamorar de ella.

La cargué hasta la cama y me limité a arroparla. Al día siguiente despertaría y se iría para siempre. Pero esa noche estaba ahí, sobre mi cama, desnuda y cubierta de gotitas de agua. Se quedó dormida a los pocos minutos y yo puse a lavar su ropa. Revisé los bolsillos del pantalón y saqué las llaves, un boleto del metro, algunas monedas y la nota que Argimiro le había dejado junto al dinero.

“Lo siento. Pero creo que es lo mejor. Gracias por todo y suerte”.

Tal vez Argimiro nunca se entere, pero esas fueron las mismas palabras que ella me dijo al abandonarme por primera vez.

Por aquellos días estábamos jugando a la casita y eso no iba a durar mucho. Yo lo sabía, presumía que pronto se cansaría de vivir conmigo en ese apartamento alquilado; la crónica costumbrista de vernos todas las mañanas, desayunar juntos y buscar palabras vacías que espantaran el silencio, se estaba haciendo pesada.

Ella quería salir de casa de sus padres, y yo la complací: la traje conmigo a este aparto-estudio que tengo rentado desde que llegué a Caracas a estudiar.

La primera vez que la vi estaba bailando una canción de Audioslave. Yo estaba al pendiente de cazar a Nicolás para felicitarlo por el toque de su banda. “Los Muertesúbita” le habían teloneado el toque a los ganadores del último festival de nuevas bandas, y lo habían hecho muy mal. Sin embargo, tenía que mentirle. No podía soltarle que el toque me había parecido una mierda, que el sonido era pésimo, que no tenían fuerza en tarima y que la música del grupo me había parecido una mala copia de los peores temas de Bloc Party.

La cargué hasta la cama y me limité a arroparla. Al día siguiente despertaría y se iría para siempre. Pero esa noche estaba ahí, sobre mi cama, desnuda y cubierta de gotitas de agua. Se quedó dormida a los pocos minutos y yo puse a lavar su ropa. Revisé los bolsillos del pantalón y saqué las llaves, un boleto del metro, algunas monedas y la nota que Argimiro le había dejado junto al dinero.

En Discovery empezaron a poner música sádicamente combinada. Desde “El martillo” de los Caramelos de Cianuro hasta una versión en changa de “Terrenal” de Dermis Tatu. Ese sacrilegio, lejos de ser cuestionado por los presentes, era bailado con emoción por los alternativos, quienes luego de las dos de la madrugada abandonan las imposturas y empiezan a comportarse como departientes de cualquier matrimonio de malgusto. Mientras me abría paso entre el círculo de danzantes, cesó de sonar “Gorilón”, la peor canción de Desorden Público, y empezó a sonar “Show Me How To Live”, de Audioslave.

El tipo que bailaba detrás de ella le metía mano por la cadera, buscando sus glúteos. Ella parecía no darse por enterada, pero se movía hacia adelante, como alejándose de su compañero. Cuando terminó el tema de Audioslave y sonaba “Ingrata”, de los Cafetas, ella paró de bailar, le dijo algo a su acompañante y éste sacó de la cartera un billete de veinte, se lo dio, y siguió bailando frente a la tarima mientras ella iba hacia la barra.

Me le acerqué.

—¿Me dejas que te invite ese trago? —le pregunté, afectando la cara menos idiota de mi repertorio de rostros.

—Bueno.

—¿Qué tal las bandas?

—La primera me pareció una cagada, la otra me pareció normal. ¿Viste como el pana se lanzó al público?

—Sí, se conectan con el público y eso me gusta, pero lo de jugar con animales de peluche sobre la tarima sigue sin convencerme.

—A mí tampoco.

—¡Que tontería, imagínate tú a Mayhem degollando ovejas de peluche! ¿Cómo te llamas?

—Penny Lane, como la canción y cómo la película de Cameron Crowe.

—Ah bueno, en ese caso, yo me llamo Elton John, y espero que cantemos a dos voces “Tiny Dancer” en un autobús que compartamos con alguna banda a la que persigamos.

—Sí, pero no se te olvide que el carajito-periodista no se queda con la protagonista, es el otro el que se la coge, el rockstar.

—Claro, pero el carajito la ama, y lo hace desprendidamente. Hay algo en los amores inconclusos que los hace poderosos y eternos, Cameron Crowe hizo esa película para hablar de un amor imposible y de la dignidad que hay en quienes se enamoran solos.

—Así que eres cursi.

—Así que sí, lo soy. ¿Él?

—Un amigo que quiere conmigo.

—¿Y tú quieres con él?

—No… pero no soy tan miserable como para abandonarlo luego de que me invitó toda la noche.

Ella volvió hasta su cita, pero antes escribió en un papel su teléfono, su dirección electrónica y su nombre verdadero, para que la agregara en Facebook.

A la semana fuimos al cine. La llevé hasta La Previsora para ver el último bodrio de Arriaga e Iñárritu.

—Que ladilla con el ánimo de pontificar de estos carajos.

—Sí, que bolas. Memo es como un cura inquisidor con complejo freudiano.

—Y El Negro lo muestra todo con el lente de Rodrigo Prieto. Tal vez le hace falta un poco de ambigüedad a su cámara nerviosa.

—¿Adónde vamos?

—Al único sitio que esta ciudad permite para los caminantes: un centro comercial.

—¿El Recreo? Sip, el Sambil de los pobres.

—No, el Sambil de los pobres es Metrocenter; El Recreo es como el San Ignacio de los menos favorecidos de la clase media.

A los pocos días de estarla viendo esas destrucciones a dos voces se convertían en verdadera poesía a dos tenores. Yo sacaba un tema y ella argumentaba, yo contradecía y ella replicaba, hasta que terminaba por darle la razón. O era al revés: ella decía, yo respondía, ella contravenía y así, en un ciclo iteractivo que tenía como variante cualquier tema del que pudiéramos presumir conocimiento.

—Somos el cliché de la posmodernidad —le dije un día en el que estaba triste y no tenía ganas de burlarme de Los Telecasters.

—Somos un lugar tan común que pronto nos convertiremos en refranes —me dijo ella tratando de ser solidaria conmigo.

Esa tarde fuimos a echarnos en la grama del parque del este, a hacer cebo como todos los que se echan en esa grama. Estuvimos en silencio viendo la copa del árbol que nos cobijaba. Y cuando noté que el silencio entre ambos ya no era incómodo, supe que debía decírselo:

—Amanda, vamos a mi casa a hacer el amor.

Llegamos a mi casa a eso de las siete y media de la noche. Ella fue a la cocina y luego de hurgar en mi nevera extrajo de la hielera un pote de plástico con dos muslos de pollo. Los descongeló bajo el chorro y luego los pasó por harina, sal y salsa de ajo. Sacó un bol y amasó dos bollos. Sofrió los muslos, hirvió el agua para cocinar los bollos y puso a percolar café.

Fuimos al cuarto.

—Échate —me dijo como a un perro, antes de colocar el plato en el piso, al lado de la cama.

Se echó conmigo en el colchón y comenzamos a comer en silencio. Luego me pidió que pusiera una película.

—¿Tarantino? ¿Kar Wai? ¿Kitano? ¿Morris? ¿Herzog?

—Coño, tengo ganas de ver Kill Bill vol. II, ¿la tienes?

—No, tengo el volumen I. Tengo Jackie Brown y Pulp Fiction, claro.

—Esa, quiero volver a ver a Uma Thurman metiéndose heroína por la nariz.

—Quentin Tarantino es el ícono perfecto de la ignorancia cinéfila, todos se limitan a decir que es irreverente y violento. Tarantino es igual a sangre. Kar Wai es igual a romance. Y Lynch es abstracto y loco. Así hablan los idiotas que no saben nada de cine.

—¿Sabes algo?

—No, ¿qué?

—Tarantino no es violento, en Pulp Fiction son más las personas que se salvan a las que mueren. Las escenas de sangre en realidad son pocas. La mayor parte de la peli está llena de diálogos y sus personajes son, en esencia, “buenas malas personas”.

—Sí, y todos se redimen: Butch salva a su jefe, luego de traicionarlo. Vincent salva a Mia. Jules les perdona la vida a los asaltantes luego de salvarse junto a Vincent de manera milagrosa. Marcellus es el único que daña a una inocente —la chica que muere al lado del carro de Butch cuando éste está todavía inconsciente, y nunca queda claro si muere o no, sólo sabemos que está herida— y Tarantino lo castiga violándolo, pero le perdona la vida cuando Butch lo salva, y éste, en agradecimiento, también perdona a Butch. Vincent muere, y creo que lo hace porque se burla de las intenciones redencionistas de Jules. Es un castigo a su escepticismo.

—Oye, pero tú dices que ningún inocente muere ¿y los chicos del principio? ¿Y el boxeador al que mata Butch?

—Los chicos son malos, tienen el maletín y trabajaban con Marcellus, no son buenos, aunque nunca sabemos que tan criminales son. Ah, por cierto, a Marcellus todo el mundo lo abandona o traiciona: la esposa casi le es infiel con Vincent, Butch se burla de su trato y no se deja vencer como habían acordado, Jules lo abandona… El único que le es fiel durante toda la película es Vincent, y muere asesinado por Butch. Respecto al boxeador, no me parece que sea bueno, después de todo también trabajaba para Marcellus, por eso es que éste arregla la pelea. Puede que muera inocentemente, pero no es inocente.

—¿Pulp Fiction es una película sobre la redención?

—Mhmmm, no lo diría así. Creo que es una película que manipula nuestras percepciones, una cinta sobre segundas miradas. Un personaje nos resulta un criminal despreciable en una secuencia, y luego, en una secuencia posterior, descubrimos que es más profundo, que tiene miedo, que quiere redimirse y la vida le da la oportunidad de hacerlo. Por eso los criminales de Tarantino son tan entrañables, porque son tan ambiguos como nosotros.

Continué disertando:

—Y también es una cinta sobre la ternura conviviendo con la violencia. Todos los criminales de la película tienen momentos de vulnerabilidad y ternura. Vincent se descompone ante Mia y hasta puede decirse que se enamora de ella. Pumkin no puede evitar asustarse cuando cree que Honey Bunny está a punto de morir, obviamente porque lo ama. Jules ve en Honey Bunny un reflejo de la vida errada que ha llevado hasta el momento, de ahí viene su perdón. Butch tiene una novia adorable y cuando está con ella se vuelve nada. Incluso, aunque la considera estúpida, termina por perdonarle el haber perdido el reloj de su padre, y al final se la lleva, enternecido por sus lágrimas y su vocecita. Y Marcellus llora, se queja y se muestra débil cuando lo violan.

—¿Tú crees que la ternura puede convivir con la violencia?

—Claro, así como John Travolta puede bailar twist totalmente trabado luego de un pinchazo de heroína, y Amanda Plummer puede llorar asustada con un arma en las manos. Amanda, como tú.

—Vamos a dormir, ¿quieres?

Ella apagó la luz y nos metimos bajo la cobija, nos empiernamos y hablamos sobre otras cosas. Sobre Kitano, otro que puede ser violento, cómico y tierno a la vez. Sobre la redención de nosotros: sublimes perdedores caraqueños. Y sobre esta ciudad, tierna y violenta como ninguna.

—Caracas es una ciudad tarantinesca —me dijo antes de darme un piquito y quedarse finalmente dormida.

En la mañana me dijo que estaba enamorada.

—Se llama Argimiro y de verdad disculpa pero tampoco te voy a joder, es mejor que lo sepas. Vive en Canadá y no creerás cómo lo conocí. Yo estaba caminando hacia mi casa cuando sentí que me tocaban la corneta desde un carro para ofrecerme la cola. Cuando volteé era un tipo calvo, tenía sobre la frente una matica de pelos, similar a la que se dejan las actrices porno en las zonas pudendas. Me subí a su carro y pasamos el día juntos, luego hicimos el amor en “Las Vegas”.

—Mi mamá trabajó en ese hotel —le dije. Fue lo único que se me ocurrió después de oír aquello.

—Yo creo que hay algo místico en nosotros, en él y yo, digo. Iba camino al novenario de su mamá quién falleció la semana pasada. Yo no me acuerdo que le inventé al pana, pero hice que en vez de darme la cola me llevara hasta la iglesia para supuestamente averiguar algo. Me contó que estaba casado, que vivía en Canadá, que trabajaba para una multinacional y que había venido a ver a su mamá porque estaba gravemente enferma. Según él, era afortunado por haber llegado a tiempo para despedirse de ella. Me dijo que me va a llevar a vivir a Canadá.

Pendeja, imbécil, güevona, puta, malparida, y quién sabe cuantos insultos más se me atragantaron. Afortunadamente mi garganta nunca se destapó y no se convirtieron en sonidos.

—¿Sí me entiendes, verdad?

—Claro, no te preocupes. Que bueno que anoche no hicimos nada, eso hubiera complicado todo —le respondí y tragué grueso.

A la semana me llamó, me preguntó desesperada si sabía dónde podía encontrar un cuarto de alquiler. Se estaba quedando donde una amiga, su papá la había echado de la casa, nunca me explicó porqué.

—Quédate conmigo.

—¿En condición de qué? ¿Tú crees que podemos vivir en la misma casa sin que pase nada?

—Sí, claro que podemos, yo ya entendí que no te gusto ni nada y de verdad quiero ayudarte.

No hubo nada altruista en mi ofrecimiento. Yo la traje a casa desde el fondo de mi egoísmo, desde lo más profundo de mi perversidad. Quería tenerla aquí, así fuera en condición de huésped.

© Sefa Zozokovich

Creo que el primer mes fue pasable. Volvimos a la rutina de descoser a dos voces todo lo que nos rodeaba. En las noches nos reuníamos a ver películas, echados en la cama, a veces abrazados, a veces empiernados. Vimos toda la filmografía de Tarantino, en orden cronológico. Vimos todo Minghella, y sin complejos, admitimos que El paciente inglés es una obra maestra. Nos devoramos a Ben Stiller, nuestro comediante favorito y uno de los artistas más subestimados del cine contemporáneo, según concluimos. Cero Godard, nada de neorrealismo italiano, ni un poco de la nueva ola francesa, prohibido el cine culturoso.

En mi cama formamos una cinemateca pop, preferíamos ver películas de acción en vez de cine de arte y ensayo: Arma Mortal, Duro de Matar, Misión Imposible, Rush Hour, Contracara, Un Detective Suelto en Hollywood.

—La de Eddie Murphy fue la primera película que presentó al policía simpático que echaba chistes y hacía el ridículo antes de matar.

—¿Tú crees?

—Claro, ni Clint Eastwood o Charles Bronson eran simpáticos. Aquellos policías sólo llegaban a matar, Eddie Murphy los hizo encantadores.

—Qué bolas con Mel Gibson.

—Sí, qué bolas. Digo, el pana es un gran cineasta, no es fácil hacer dos películas habladas en lenguas muertas, llenas de violencia casi pornográfica. Yo no sabía que luego de la paparruchada de Corazón Valiente…

—Y de la cursilería de El hombre sin rostro, o como fuera que se llamaba esa porquería…

—Ah sí, esa. Bueno, yo no sospechaba que ese carajo iba a hacer dos películas tan geniales.

—A Chris Tucker le falta carisma, y a Jackie Chang no lo soporto.

—John Travolta, qué arrecho, qué bolas también ¿no?

—Sí, que revival tan milagroso.

—Hace poco estaba caído en desgracia y resurgió bailando otra vez, vestido de vieja gorda.

—Me encanta cuando Nicolas Cage sobreactúa.

—A mí también, no soporto su cara de eterna tragedia.

—Yo no lo soporté como ángel enguayabao por Meg Ryan.

—Ja. Yo lo detesté como millonario arrepentido volviendo al nido familiar por la gracia de otro ángel, uno afrodescendiente, por aquello de que hay que ser políticamente correcto y darle a los negros el papel de redentores de vez en cuando.

—Ah sí, esa también es una cagada, con otra rubia: Tea Leoni.

—A esa catira la prefiero asaltando bancos con Jim Carrey.

—Bruce Willis es un gran actor, igual que Brad Pitt.

—Y ambos tienen una leche enorme para hacer películas icónicas.

—Cierto, marico. Nunca me tragué a Willis como psiquiatra espectral, pero lo amé como agente del futuro viajando por el onírico mundo de Gilliam. ¿Sabes cuál papel suyo me gustó, aunque me odies por eso?

—Como marido en trance de divorciarse de Michelle Pheifer.

—Ah no, si de lejos lo mejor de ese bodrio era él.

—Collin Farell dijo una vez que lo tiene grande, el pipí, digo. Si congelas la escena en que Butch se seca después de bañarse le puedes ver la silueta del güevo y te das cuenta de que Farell probablemente dice la verdad.

—¿Sabes cuál es mi pubis favorito del cine?

—¿El de Kristin Scott Thomas?

—No, el de Sonia Braga en Gabriela, cravo e canela.

—Esa no lo he visto.

—Es una adaptación de la novela de Jorge Amado, con Marcello Mastroiani.

—¿La tienes?

—No, pero te prometo que te la consigo y la vemos.

—Yo te tengo que congelar el cuadro de Pulp Fiction para que veas lo del pene de Bruce.

—Bueno, pero fíjate: Sonia Braga se está bañando, la cámara la enfoca como espiándola, como Kar Wai cuando muestra a Norah Jones reflejada en un vidrio sucio, y Jude Law lo limpia, haciendo su imagen clara. Igual: Sonia se ve desde lejos, la cámara se acerca por entre los latones y la vemos echarse agua con una totuma, se moja el pelo hirsuto, luego se irgue y vemos el pubis profuso en vellos, poblado y negrísimo. Estuve semanas masturbándome, pensando en ella. Sonia Braga fue mi primer acercamiento al sexo. Toda la vida he querido vivir esa escena, pero no he podido.

Luego de esos primeros treinta días, se nos acabaron las películas. Fui a Sabana Grande a proveerme, pero me quitaron los buhoneros. El gobierno había prohibido la venta ambulante de películas piratas. Ahora tenía que arreglármelas con los distribuidores del pasillo de la facultad de ingeniería de la universidad central.

Conseguir una copia de Gabriela se fue convirtiendo en una quimera, mi santo grial personal. Insólitamente, nadie tenía una copia de aquella película dirigida por Bruno Barreto.

No hubo nada altruista en mi ofrecimiento. Yo la traje a casa desde el fondo de mi egoísmo, desde lo más profundo de mi perversidad. Quería tenerla aquí, así fuera en condición de huésped.

En las noches, cuando ella regresaba, yo nunca le preguntaba por su día. No me sentía capaz de indagar sobre lo que había hecho. Estaba claro que aún veía a Argimiro, porque a veces, cuando se echaba a mi lado, sentía el olor de su colonia y la liviandad en el cuerpo de Amanda luego de un orgasmo. Cuando venía de acostarse con él yo me daba cuenta, siempre había algo que la delataba.

El silencio se fue haciendo más perdurable en casa. Cada vez hablábamos menos y teníamos menos tiempo de convertir mi cuarto en una cinemateca. A veces no llegaba a dormir o pasábamos días sin dirigirnos la palabra, nos evitábamos en las mañanas cuando yo salía a trabajar y ella a la universidad. Ella se paraba temprano para irse antes de que yo despertara, o yo me alistaba rápido para irme y permitir que ella dejara de fingir que dormía y pudiera salir del cuarto a bañarse e irse.

Un sábado yo preparé un arroz a la marinera. Ella llegó y me abrazó estando en la cocina. Así, sin más. Ya habían pasado cuatro meses y las últimas semanas habían sido casi intolerables de tanta incomodidad. Celebré su acercamiento y le dije que se fuera a bañar para que cenáramos.

Salió del baño con una franela negra que sacó de mi clóset, la pantaleta naranja se dejaba ver coronando sus piernas morenas y tersas. Los pies descalzos, pequeños, perfectamente alineados los dedos desde el pulgar hasta el meñique. Las uñas cortas y sin pintar, dejando ver la piel rosada debajo de ellas.

Se sentó sobre la secadora a beber una cerveza que tomó de la nevera.

—¿Sabes algo?

—No, dime.

—Cuando te veo cocinando pienso en muchas güevonadas.

Sonreí.

—¿Cómo cuales?

—Como las discusiones con mis amigas. No sé si te he contado esto, pero yo fui parte de un grupo feminista cuando era chamita. Siempre abominábamos del matrimonio y la maternidad, le hacíamos análisis semióticos a la publicidad, la literatura y las películas, buscando mensajes misóginos.

Continuó:

—Te voy a decir algo: creo que la gran búsqueda de uno es ser auténtico. A veces me siento tan presionada a ser esto o aquello, y yo sólo quiero ser lo que quiera. Parece raro, pero el hecho de tener que disculparse a cada rato por lo que uno hace y piensa es muestra de que no somos liberales, sino tal vez más conservadores que el resto.

El tono de Amanda era particularmente cálido esa noche, como si en su voz se hubiera dado un cambio, una de esas epifanías que cambian a las personas para bien y para mal, llevándolas a decir la verdad para liberarse. Tal vez la verdad sea el preludio de toda despedida.

—Viejo, estoy embarazada.

—Que bolas —le dije, arrojando la olla con arroz al piso—. Coño, Amanda, qué vaina más victoriana y ridícula. ¿Estás preñada de ese pendejo?

—Sí, y no te preocupes, que no pienso pedirte que me dejes tenerlo en tu casa. Tampoco soy tan hija de puta. Ya hablé con él, me va a pagar el aborto. Esta semana se devuelve a su país. La esposa lo tiene jodido porque vinieron a ver a la mamá y ya llevan casi cinco meses aquí. Pero antes de irse me va a pagar todo. Y luego dame unos días, yo me voy pronto de aquí.

—Ok —fue todo lo que dije. Un anglicismo, un monosílabo. No quise agregar más nada.

Esa noche me fui de putas. Terminé con una pelirroja a la que casi le exigí que me hiciera olvidar a Amanda. No ocurrió, desde luego. Esa madrugada desperté en el burdel con la sensación de ser el cretino más grande del mundo, un ser tan despreciable que incluso la palabra derrota era demasiado para definirme. Un derrotado es alguien que jugó y perdió: yo ni siquiera juego, soy como esos deportistas que se lesionan de adolescentes y nunca llegan a ser vistos por lo cazatalentos.

Cuando regresé ella ya no estaba. Se había llevado buena parte de su ropa, sus libros de Simone de Beauvoir y Los Diarios de Anais Nïn, sus discos de Héctor Lavoe. Sólo había dejado una nota que decía:

“Lo siento. Pero creo que es lo mejor. Gracias por todo y suerte”.

Durante dos meses no volví a saber de ella. Fui varias veces a la universidad, pero no había ido más a clases. Llamé a su papá, pero éste tampoco sabía de ella. El día en que dejó el apartamento pasó a ver a su padre, quién le dio algo de dinero, luego, no volvió a hablar con nadie que yo conociera. Incluso, desapareció en digital, ni siquiera en la web había rastro de ella.

Una noche, delirando como crackero de Sabana Grande, pensé que tal vez todo había sido un sueño, una fantasía lynchesca. Este era el segundo tramo de la cinta, cuando se descubre que todo lo que Naomi Watts había vivido en la primera mitad era un sueño, y ahora se le convierte en pesadilla. Yo era un personaje de una película de Lynch, obligado a vivir el reverso de mis sueños, y Amanda sólo era la morena que se echaba en una cama a verme, al otro lado de la pantalla, atravesando mi laberinto onírico, la maraña de mis alucinaciones. Tal vez la vida sea sólo un sueño incomprensible del que el amor es sólo el preludio fatal que nos despertará de la pesadilla.

Llamó. Su voz salía con dificultad. A través de la bocina podían adivinarse las babas.

—Marico, me jodí. Venme a buscar, estoy en la plaza La Castellana, escondiéndome de unos malditos de polichacao que llevan rato persiguiéndome.

La encontré detrás del Mc Donalds. Tenía sangre seca en la franela, estaba descalza y la cara tenía esa palidez que suelen adquirir los rostros luego de huir.

Se subió al carro y me contó: Argimiro le había ofrecido darle el dinero para ir a Ámsterdam y hacerse el aborto allá. El día después de irse de la casa Argimiro también se fue, regresó a Canadá con su esposa y sólo le dejó a Amanda unos 100 dólares. Amanda decidió irse donde una tía en San Cristóbal, quien la recibió durante un mes. Regresó a Caracas guiada por una amiga que le consiguió cupo en una clínica clandestina en Chacao.

—Todo salió bien. Ya me habían hecho el curetaje y me estaban dando de alta cuando llegó la policía. Allanaron la clínica y detuvieron a todo el mundo. Cuando los policías estaban revisando la habitación donde guardan los desechos, me escapé. Salté por una de las ventanas. Mira, me corté el brazo aquí —dijo, enseñándome la herida.

Paramos en una farmacia a comprar vendas, merthiolate, agua oxigenada y calmantes.

Al llegar a casa se bajó unas tres pastillas de Librax. Entre los dos curamos la cortada, que no era profunda. Luego empezó a quedarse dormida. Y así, medio dormida, la metí en la tina para bañarla.

— Sécame suavemente, todavía me duele el brazo —me dijo, y empezó a llorar.

La había untado con loción fragante, le había lavado el pelo con el champú que olía a flores del campo, la enjaboné con una pastilla de esencia de manzanilla, y así, desnuda, oliendo a manzanilla y llorando, me volví a enamorar de ella.

Dormí en el sofá. Al amanecer la sentí levantarse. Sacó un bolso que había dejado y metió allí la ropa que todavía le quedaba en el apartamento. Yo había guardado toda esa ropa en una cesta y la había dejado ahí por si algún día volvía a buscarla. No se fue, no de inmediato.

Se paró a hacer desayuno. Comimos juntos esa mañana. Fue un desayuno silencioso, las palabras estaban sobrando.

—¿Te acuerdas de Casino? No seas el Robert de Niro de esta historia. Yo siempre me voy a ir, no hay nada que pueda evitarlo, no hay nada que puedas hacer. ¿Sí entiendes, verdad?

Sonreí. ¿Qué más podía hacer?

Ella misma lavó el plato donde había comido. Era como una cortesía de despedida.

—Chao —me dijo y me abrazó—. Gracias por todo, de verdad.

Agarró su ropa y se fue.

Yo quise salir tras ella, pero tampoco soy tan güevón. Me fui al cuarto y me preparé para ir a trabajar.

Nunca conseguí la película de Sonia Braga. ®

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Publicado en: Abril 2011, Narrativa

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